Hace 50 años, en uno de los actos del Congreso Eucarístico Nacional, los Obispos consagraron nuestra patria al Espíritu Santo. Una vez más, por la glorificación de Jesús, se nos condedía la efusión del Espíritu Santo.

Aunque la peticion de esa consagración estuvo respaldada por más de doscientos mil católicos mexicanos adultos, el hecho pasó relativamente desapercibido entre las grandes solemnidades del Congreso Eucarístico. Por eso los Obispos resolvieron ratificar la consagración, rodeado cada uno de su pueblo en sus respectivas diócesis, el día de Pentecostés, 31 de mayo de 1925, día consagrando a la Santísima Virgen María Mediadora de todas las gracias.

En nuestros días tal vez muy pocos conozcan o recuerden ese acto solemne que estimamos de gran trascendencia. Las vicisitudes históricas y políticas por las que México atravesó casi en seguida, lo llevaron a una seria persecución religiosa en la que muchos de nuestros hermanos derramaron su sangre por la confesión de la fe y por el amor a Cristo Rey y Señor. Y, ¿de quién, sino del Espíritu Santo recibieron la fuerza de lo alto para ser testigos de Cristo, aun a costa de sus bienes y de su vida?

Por eso, llenos de gratitud apreciamos como una verdadera gracia de Dios el hecho de que nuestra patria se haya consagrado entonces al Espíritu Santo y no nos parece justo que pase desapercibido el cincuentenario de hecho tan importante.

Más aún, es nuestra intención renovar con todo el Pueblo de Dios la consagración al Espíritu Santo el día de Pentecostés de 1975. Tanto más que, en el contexto actual de nuestra patria se hace urgente que de nuevo nos pongamos bajo la especial acción del Espíritu Santo para resolver los graves problemas que se plantean a la Iglesia, y atender tantas necesidades urgentes entre las que sobresale la de una completa y más profunda evangelización. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, vínculo de su unidad, secreto de su eficacia, fuerza de su testimonio, es también la causa primera de la evangelización, como lo ha repetido Pablo VI a propósito del reciente Sínodo de Obispos sobre la Misión evangelizadora de la Iglesia, reunión que, por su renovada toma de conciencia del papel imprescindible del Espíritu de la Verdad en la difusión y vivencia del Evangelio, ha sido llamada, con razón, el Sínodo del Espíritu Santo.

Por lo mismo, deseamos vivamente que todos nuestros sacerdotes y fieles se hagan conscientes de la gracia que México recibió hace cincuenta años, que con nosotros den gracias a Dios y que, en la oración, el estudio y la reflexión personal y comunitaria, se dispongan a renovar, a nivel nacional, su consagración al Espíritu Santo para que todos seamos verdaderos hijos de Dios, hermanos en Cristo de todos los hombres y actuemos con poder en la proclamación del Evangelio y en la salvación integral de México y del mundo.