Lo que la Iglesia cree

S.E. Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM

El Dios único, creador de todas las cosas, se ha revelado a la humanidad

Dios es único, pero no solitario: es Padre, Hijo y Espíritu Santo (cfr. Mt 28, 19)[1]. Él, que es misericordioso, eterno, verdad, amor, omnipotente y perfecto, ha creado libremente todas las cosas, haciéndolas esencialmente buenas[2]; las conserva en su existencia y las lleva a plenitud[3]. Entre sus criaturas destacan el hombre y la mujer, a quienes creó a imagen y semejanza suya (cfr. Gn 1,26), para que participaran de su vida plena y eternamente feliz[4].

Esto lo sabemos porque Dios, que nos da prueba de su existencia y de su amor a través de su creación, se ha revelado a los primeros seres humanos, y luego, a través de una serie de etapas –las alianzas con Noé, Abraham, Moisés, y los profetas–, que alcanzaron su culmen definitivo en Jesús, quien se encarnó, padeció, murió y resucitó por amor, para comunicarnos al Espíritu Santo, y así rescatarnos del pecado, convocarnos en su Iglesia, y hacernos hijos de Dios. Esta Revelación, contenida en la Biblia y en la Tradición[5], ha sido confiada por Cristo a su Iglesia, encomendando al Magisterio, que es la enseñanza del Papa y de los Obispos en comunión con él, su recta interpretación.

Dios se nos revela para invitarnos a la comunión con Él. A nosotros toca estrechar la mano que nos tiende a través de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, garantizada por Él, que es la Verdad misma[6]. Para que podamos hacerlo, la Iglesia, que es la primera que cree, como una madre nos enseña a creer[7], de modo que, cooperando con nuestra inteligencia y nuestra voluntad al don divino, podamos confiar en Dios y unirnos a Él, profesando, proclamando, y celebrando su amor; comprometiéndonos a reconocer la unidad y dignidad de todos los seres humanos, respetando, promoviendo y defendiendo su vida y sus derechos fundamentales; y cuidando y usando responsablemente el medio ambiente[8].

El estado original y la caída

Dios creó todo bueno, encomendando a la humanidad, creada a imagen y semajanza suya[9], vivir en plenitud y perfeccionar la tierra[10]. Así, en el estado original, el hombre y la mujer vivían en amistad con Dios, en armonía consigo mismos y con la creación, sin sufrimiento ni muerte[11]. Sin embargo, esta felicidad fue rota cuando, tentados por el diablo, desconfiaron de Dios (cfr. Gn 3,1-11), cometiendo así el pecado original, por el que se alejaron del Creador, quedaron divididos consigo mismos, debilitados e inclinados al mal (concupiscencia); las relaciones entre las personas se volvieron tensas, la armonía de la creación se rompió, y el sufrimiento y la muerte entraron en la historia. Por la unidad del género humano, la herida de este pecado se trasnmite a toda la gente[12]. Pero Dios no nos abandonó, sino que envió como salvador a Cristo, quien nos ha dado bienes mayores de los que nos quitó el pecado: llegar a ser hijos de Dios[13].

Jesús, Dios que salva, nacido de la Virgen María

Después de preparar a la humanidad a través del pueblo de Israel, como lo narra el Antiguo Testamento, Dios envió a su Hijo, Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Él es el “Cristo” (del hebreo  “Mesias”, “Ungido”), ya que Dios lo ungió con el Espíritu Santo para salvarnos. Jesucristo es verdadero Dios y se hizo verdadero hombre al encarnarse de María, la Virgen (cfr Gal 4,4-5)[14].

María es la “llena de gracia” (Lc 1,28), ya que, en atención a los méritos de Jesucristo, fue concebida y preservada de todo pecado[15]. Dando su consentimiento, llegó a ser Madre de Jesús y por lo tanto, Madre de Dios[16]. Fué siempre Virgen. Los llamados “hermanos y hermanas de Jesús”, que se mencionan en Mc 3,31-55;6,3, eran parientes próximos, según expresión del Antiguo Testamento (cfr. Gn 13,8 ; 14,16 ; 29,15). Por ejemplo: Santiago y José, llamados “Hermanos de Jesús” (Mt 13,55), son hijos de una “María” distinta de la Virgen, como consta en Mt 27,56; 28,1[17]. Jesús es el Hijo único de María, pero su maternidad espiritual, por voluntad del propio Cristo, se extiende a toda la humanidad (cfr. Jn 19,26-27). Ella, al término de su vida terrena, fue llevada por Dios a los Cielos en cuerpo y alma (Asunción), tal y como lo atestigua la Tradición de la Iglesia.

Jesús, cuyo camino inmediato fue preparado por Juan el Bautista[18], vino al mundo para salvarnos, es decir: para mostrarnos el amor de Dios y llevarnos a la comunión con Él, liberándonos del pecado, convocándonos en su Iglesia, haciéndonos participes de la naturaleza divina, y siendo nuestro modelo de vida[19]. Así, nacido en Belén en la humildad de un establo (cfr. Lc 2, 6-7), se manifestó como salvador de todo el mundo, representado en los Magos de Oriente que vinieron a adorarle[20].

Durante la mayor parte de su vida, Jesús compartió la condición de la inmensa mayoría: vida familiar, religiosa y social. Así nos da ejemplo de santidad en la vida cotidiana[21]. Más tarde, inauguró públicamente su misión recibiendo de Juan el bautismo en el Jordán (cfr. Mt 3,13-17). Luego fue al desierto, donde Satanás lo tentó para que hiciera a un lado a Dios; pero Él permaneció fiel (cf. Mc 1,12-13).

Después del arresto de Juan, Jesús marchó a Galilea y proclamaba: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios esta cerca; convertios y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Con esto, anunciaba que en Él Dios se hace presente en el mundo para liberar a la humanidad del pecado y hacerla partícipe de la vida divina, convocándola en la unidad de su Iglesia. Su invitación a entrar libremente en este Reino la hacía por medio de enseñanzas llamadas parábolas (cfr. Mt 22,1-14), y de milagros, que confirmaban que Él es el Mesías anunciando.

Jesús eligió a doce varones para que estuvieran con Él y hacerles partícipes de su misión (cfr. Mc 3,13-19). Entre ellos, Simón Pedro ocupa el primer lugar (cfr. Lc 24,34); a él, Jesús le confía “atar y desatar” (cfr. Mt 16,19), es decir, la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinales en la Iglesia[22].

Cuando ya se acercaba la hora de amar “hasta el extremo”, para alentar a los suyos, Jesús mostró su gloria divina a Pedro, Santiago y Juan a través de la transfiguración, donde se hizo presente la Trinidad, y aparecieron Moises y Elías, que al conversar con Cristo, manifiestan que en Él se cumple la ley y los profetas (cfr. Lc 24, 27).

Para algunos, Jesús actuaba contra las instituciones de Israel: la Ley, el Templo y la fe en el Dios único. Por eso lo juzgaron blasfemo (cfr. Jn 8,5)[23]. Sin embargo, Él no abolió la Ley, la perfeccionó (cfr. Mt 5,17-19); veneró el Templo (cfr. Jn 2,13-14); y al identificarse con Dios, no negó su unicidad (cfr. Jn 8,5). Por eso, en realidad, fueron los pecados de la humanidad los autores de la pasión de Cristo. No obstante, Dios permitió los actos nacidos de la ceguera humana para realizar su designio de salvación.

La víspera de su pasión, en la última cena, Jesús inventó una forma de quedarse con nosotros para comunicarnos toda la fuerza de su obra de salvación, instituyendo la Eucaristía” (Mt 26,28), y haciendo a sus Apóstoles partícipes de su sacerdocio único y eterno[24]. Luego, en Getsemaní fue a orar para pedir fuerza a Dios, de modo que, por amor, puediera ser “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8).

Es precisamente el “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) lo que confiere al sacrificio de Cristo su valor de redención, por el que devuelve a la humanidad a la comunión con Dios. Él, que nos ha dado ejemplo de amor (cfr. 1 Pe 2,21), llama a sus discípulos a “tomar su cruz y a seguirlo” (Mt 16,24), es decir: a amar hasta el extremo, aún en las circunstancias más difíciles. 

Jesús, traicionado, abandonado, humillado, golpeado, juzgado injustamente, azotado, coronado de espinas y crucificado, al morir puso fin a su existencia humana terrena. Pero, como su Persona Divina continuó asumiendo su alma y su cuerpo, separados entre si por causa de la muerte, su cuerpo muerto “no conoció la corrupción” (Hch 13,37), y su alma descendió a la morada de los muertos, para abrir las puertas del Cielo a los justos que lo habian precedido[25].

al tercer dia ¡resucito!” María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar su cuerpo, fueron las primeras en encontrar al Resucitado y anunciarlo[26]. En seguida, Jesús se apareció a los Apóstoles[27]. Resucitado en su mismo cuerpo, ahora glorioso[28], Cristo es principio y fuente de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, y más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cfr. Rm 6,4; 8,11).

Después de estar con los suyos cuarenta días, Jesús se elevó al cielo (cfr. Mc 16,19), donde nos precede en el Reino glorioso del Padre, intercediendo por nosotros para que vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente[29]  El día del Juicio, Jesús volverá en gloria para resucitarnos y llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal, emitiendo sentencia sobre lo que cada uno haya elegido con sus obras (cfr. Jn 3,18; 12,48; Mt 25, 40)[30].

El Espíritu Santo

El Espiritu Santo, que es Dios, es una de las personas de la Santísima Trinidad, a la que Jesús llama “Espíritu de Verdad” (cfr. Jn 14,16; 16,13). Es nombrado también “Paráclito” (consolador), “Abogado” (Aquel que es llamado junto a uno). Estuvo presente en la creación (cfr. Gn 1,2;2,7); iluminó a los profetas; inspiró las Escrituras y la Tradición; y por su obra, María concibió al Hijo de Dios, a quien ungió y acompañó en su misión salvadora[31]

Jesús, con su Pasión, muerte y resurrección comunica a la Iglesia el Espíritu Santo (cfr. Jn 20,21), mediante el cual nos hace partícipes de su obra de redención, por la que, liberándonos del pecado, nos convoca en su Iglesia y nos hace hijos de Dios, partrícipes de su vida plena y eterna.

La fuerza de este Espíritu, que nos ha sido dado, se manifestó el día de Pentecostés (cfr. Hch 2,1-4). Desde entonces, asiste al Papa y a los Obispos (Magisterio de la Iglesia); está presente en la Liturgia Sacramental, donde nos pone en comunicación con Cristo y nos hace partícipes de su comunión con el Padre; intercede por nosotros en la oración; edifica y da unidad a la Iglesia, y la enriquece con carismas, ministerios, y la vida apostólica y misionera; y con el testimonio de los santos nos manifiesta su Santidad[32].

Esta gracia del Espíritu Santo, que se nos comunica en el Bautismo, los apóstoles la transmitieron a sus sucesores los Obispos, quienes, con el sacramento del Orden, hacen partícipes de este don a los sacerdotes y a los diáconos, y mediante el sacramento de la Confirmación, se hace posible que sean fortalecidos por Él todos los que renacieron en el Bautismo, perpetuándose así en la Iglesia la gracia de Pentecostés[33].

El Amor, que es el primer don, contiene todos los demás dones, y “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rm 5,5). Él nos comunica la redención realizada por Cristo, y nos hace partícipes de la vida misma de la Santisima Trinidad, que es amar “como El nos ha amado” (cfr. 1 Jn 4,11-12).

Los dones que Dios nos concede, por Cristo, mediante el Espíritu Santo, son disposiciones permanentes que ayudan al cristiano a seguir las inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Los frutos del Espíritu Santo, que son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna, son doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (cfr. Ga 5, 22-23)[34].

La Iglesia y sus miembros

El Espíritu Santo es el alma del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (del griego “ekklésia”convocación), familia de Dios a la que se entra por la fe y el Bautismo. Ella es “Esposa” de Jesús, “Madre” de los hijos de Dios, “Templo” del Espíritu Santo, sacramento de salvación, e instrumento de la comunión con Dios y entre toda la humanidad[35]. San Gregorio Magno constataba: “Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con la Iglesia que Él asumió”[36].

La Iglesia es una, porque tiene un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, una sola esperanza[37]. Por voluntad de Cristo, posee el poder de perdonar los pecados por medio de los Obispos y de los presbíteros[38]. Todos los fieles cristianos estamos unidos, tanto los que peregrinan en la tierra, como los que se purifican en el purgatorio y los que gozan del Cielo, por lo que podemos interceder unos por otros[39] .

La Iglesia es santa: ya que su autor, Dios, es Santo; Cristo se entregó para santificarla, y en ella habita el Espíritu que la santifica, aunque comprenda pecadores. En los santos brilla su santidad, especialmente en María[40]. La Iglesia es católica, porque posee la totalidad de la Revelación, de la fe y de los medios de salvación; abarca todos los tiempos y es enviada a toda la humanidad. Por eso es misionera.

La Iglesia es apostólica ya que Cristo la edificó sobre los apóstoles, con Pedro a la Cabeza, cuyo ministerio (servicio) se hace presente en sus sucesores: el Papa y los obispos[41]. La Iglesia es necesaria para la salvación. Sin embargo, los que sin culpa no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, a través de lo que les dice su conciencia, tratan de hacer su voluntad, pueden alcanzar la salvación eterna[42].

Por disposición de Jesús, el Papa, Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, tiene potestad plena, suprema, inmediata y universal para guiar a la Iglesia[43]. Consciente de esta verdad, san Jerónimo decía: “Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión… con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”[44].

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con el Sucesor de Pedro, sirven a las iglesias particulares (diócesis), ayudados por los presbíteros y diáconos, anunciando Palabra de Dios, celebrando la liturgia y guiando a la comunidad que les ha sido confiada[45]. A estos ministros sagrados, que constituyen la jerarquía, se les llama clérigos. Todos los demás son laicos[46].

Los laicos son aquellos miembros de la Iglesia que están llamados por Dios a buscar la santidad, que es la perfección del amor, guiados por el Papa, los Obispos y los demás miembros de la jerarquía, construyendo el Reino de Dios en las realidades temporales (vida personal, matrimonio, familia, sociedad, educación, trabajo, política, economía, cultura, arte, deporte, medios de comunicación, etc.), procurando que todo esté orientado al servicio de la persona humana y del bien común. Así mismo, tienen el derecho y la obligación, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y mujeres en toda la tierra[47]

La vida consagrada, a la que pueden acceder tanto sacerdotes como laicos, desea imitar a Cristo, casto, pobre y obediente[48]. Algunas personas viven esta consagración ante la Iglesia de modo personal, dependiendo directamente del Obispo del lugar; otros lo hacen formando parte de algún Instituto de Vida Consagrada o Sociedad de Vida Apostólica, cuyo distintivo es la vida comunitaria y la vivencia de un carisma determinado (contemplación, educación, atención a enfermos, pobres, etc.) 

La única Iglesia de Cristo se hace presente en las iglesias particulares (diócesis), cada de las cuales es una porción del Pueblo de Dios que se confía a la guía de un Obispo, quien es principio y fundamento visible de la unidad en esa Iglesia particular. Además, los obispos constituyen un Colegio que tiene por Cabeza al Papa, Obispo de Roma, quien, como sucesor de Pedro, es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la Iglesia universal[49]

Para promover una acción pastoral común en varias diócesis vecinas, y para que se fomenten las recíprocas relaciones entre los obispos diocesanos, las Iglesias particulares se agrupan en provincias eclesiásticas. Preside la provincia eclesiástica el Metropolitano, que es a su vez Arzobispo de la diócesis que le fue encomendada[50].

Las diócesis se dividen en territorios llamados parroquias. La Parroquia es una comunidad de fieles, cuya atención pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un Párroco[51]. Para una mejor atención pastoral y la colaboración, las parroquias se reúnen en decanatos, los cuales integran zonas pastorales. Los Obispos de una nación o territorio, para promover el mayor bien que la Iglesia proporciona al género humano, integran una institución de carácter permanente llamada Conferencia Episcopal, asamblea en la que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio[52].

La resurreccion de la carne y la vida eterna

Dios ha creado a la persona humana en la unidad cuerpo-alma, y Cristo, hecho carne, nos ha redimido y nos ha comunicado su Espíritu Santo; por eso creemos en la resurrección de la carne, que entonces será perfecta[53]. Por la muerte, el alma se separa temporalmente del cuerpo, pero en la resurrección, Dios los reunirá, devolviéndonos la vida incorruptible, y este cuerpo, el mismo que tenemos ahora, será transformado en cuerpo de gloria (cfr. Flp 3,21; 1 Co 15,35-53)[54]

Al morir, cada persona recibe en su alma inmortal lo que con sus obras eligió. A esto se le llama juicio particular[55]. Los que eligieron y vivieron la perfección del amor, se unirán a Dios, con María y todos los santos en el Cielo, y serán felices por siempre[56]. Los que murieron en gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, deben pasar por una purificación espiritual (Purgatorio) después de su muerte, a fin de alcanzar la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios (cfr. 1 Co 3,15; 1 Pe 1,7)[57].  Los que rechazaron a Dios, al morir experimentarán para siempre la terrible soledad del infierno (cfr. Mt 5,22.29; 13,42.50; 25,41)[58].

Al final de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud; Jesús volverá, todos resucitaremos y compareceremos en el día del juicio final ante su Tribunal. Entonces los justos reinarán con Cristo para siempre en cuerpo y alma, el universo material será transformado, y Dios será “todo en todos”, en la vida eterna (cfr. Mt 25,31.32.46; 1 Co 15, 22)[59].

 


[1] Cfr. Mt 28,19;  2 Co 13; Catecismo de la Iglesia Católica. nn. 253, 254, 266.

[2] Cfr. Gn 1,4.10.12.18.21.31.

[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica. nn. 299, 320, 323.

[4] Ibíd., nn. 221, 231.

[5] “Manteneros firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta” (2 Tes 2, 15).

[6] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 25.

[7] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica., nn. 167, 168, 186, 187, 188.

[8] Ibíd., nn. 222-227.

[9] Cfr. Gn 1,27.

[10] Cfr. Gn 1,28; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 373.

[11] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 374-379.

[12] Ibíd., nn. 397-418.

[13] Cfr. Rm 5,20; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 410-412 y 421.

[14] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 422, 479, 480.

[15] Ibíd., nn. 491, 492, 508.

[16] Cfr. Lc 1,37-38; Jn 2,1; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 494, 495, 509.

[17] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 500 y 510.

[18] Cfr. Mt 3,3; Hch 13,24; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 523.

[19] Cfr. 1 Jn 4, 9; Jn 3,16; 2 Pe 1,4; Mt 11,29; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 458-460.

[20] Cfr. Mt 2,1.

[21] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 531, 532, 564.

[22] Ibíd., nn. 551-553.

[23] Ibíd., nn. 575, 576, 577-594.

[24] Cfr. Lc 22,19 ; Jn 17,19; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 610, 611.

[25] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 630 y 637.

[26] Cfr. Mt 28,9-10; Jn 20. 11-18; Lc 24,9-10.

[27] Cfr. Lc 22,31-32; 24,34; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 641.

[28] Cfr. Lc 24,39; 24,40 ; Jn 20, 20.40.

[29] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 659-667.

[30] Ibíd., nn. 678-682.

[31] Cfr. Lc 4, 18-19; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 717-727.

[32] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 684-688.

[33] Cfr. JUAN PABLO II, Enc. “Dominum et Vivificantem”, n. 25.

[34] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, nn. 389-390.

[35] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 777-804.

[36] Moralia in Job, Praefatio 6, 14.

[37] Cfr. Ef 4, 3-5; Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 866.

[38] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 984-987.

[39] Ibíd, n. 962.

[40] Ibíd, n. 867.

[41] Ibíd., nn. 869-870.

[42] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. “Lumen gentium”, n. 16.

[43] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 936.

[44] Cartas I, 15, 1-2.

[45] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 938-939.

[46] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 207, § 1.   

[47] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 940-943.

[48] Ibíd., n. 944.

[49] Cfr. CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, nn. 7, 8, 13.

[50] Código de Derecho Canónico,  cc. 431, § 1 y 435.

[51] Ibíd., c. 515, §1.

[52] Ibíd., c. 447.

[53] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1015.

[54] Concilio de Letrán IV: DS., n. 801.

[55] Cfr. Lc 16, 22, parábola del pobre Lázaro; y 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1051.

[56] Cfr. Ap 22,5; Mt 25,21.23; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1053.

[57] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1054.

[58] Ibíd., n. 1057.

[59] Ibíd., n. 1060.

 

Última modificación:
2016-Noviembre-03 11:14
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