Lo que la Iglesia celebra

S.E. Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM

La liturgia: recuerdo y actualización de la obra redentora de Cristo

Dios, creador de todas las cosas, envió al Mundo a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, para que, naciendo de la Santísima Virgen María, con su vida, pasión, muerte y resurrección, y comunicándonos al Espíritu Santo, nos liberara del pecado y de la muerte –que por el pecado original tenían sometida a la humanidad–, nos reuniera en su Iglesia, y nos hiciera hijos suyos, participes de su vida plena y eternamente feliz, que consiste en amar a Dios y al prójimo, como Jesús mismo nos ha enseñado.

Todo esto es lo que la Iglesia recuerda como hecho histórico y actualiza en la Liturgia[1] (del griego “obra o quehacer público”), que es un servicio de parte de y en favor del pueblo (cfr. Jn 17,4), por el que Cristo continúa en su Iglesia la obra de nuestra redención[2]. En ella, mediante signos sensibles, toda la Iglesia participa de la alabanza y adoración de Jesús a Dios Padre, fortaleciéndose en la unidad y llenándose del poder transformador del Espíritu Santo para ser signo e instrumento de salvación para toda la humanidad, participando también de lo que será la Liturgia celestial[3]

En la liturgia, gracias a que por el Bautismo nos hemos unido a Cristo, con la fuerza de su Espíritu podemos ofrecer a Dios al propio Jesús, presente y actuante en su Iglesia y en toda celebración litúrgica[4], y ofrecernos también a nosotros mismos. Esto se llama sacerdocio común de los fieles, en el que "no todos los miembros tienen la misma función" (Rm 12,4); de entre ellos, Dios llama a algunos para que, a través del sacramento del Orden representen a Cristo como Cabeza del Cuerpo.

Los signos de la Liturgia 

Como ser social, la persona necesita signos y símbolos para comunicarse. Lo mismo sucede en su relación con Dios, como lo manifestó Jesús (cfr. Jn 9,6). Por eso, la celebración litúrgica comprende signos y símbolos, por los cuales se nos comunica el poder salvífico de Cristo[5]. La Liturgia de la Palabra es una parte integrante de la celebración; también tienen su lugar el canto, la música, y la participación de la asamblea.

Las imágenes sagradas, que recuerdan a quienes representan, ayudan a despertar y alimentar nuestra fe en Cristo. Los templos, entre los que destacan las Catedrales, simbolizan el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y la Casa del Padre, hacia la cual caminamos como peregrinos; son lugares donde la comunidad se reúne para la acción litúrgica pública, especialmente la Eucaristía, así como para la oración personal[6].

En las Iglesias destaca el altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales del pan y del vino, que en la Eucaristía se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor; el tabernáculo, donde se reserva a Jesús presente en el Santísimo Sacramento; la sede del Obispo (cátedra) o del sacerdote, que significa su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración[7]; el ambón, para el  anuncio de la Palabra de Dios[8]; la pila Bautismal (si es Catedral o Parroquia); y un lugar para la Confesión. El Santo Crisma, don del Espíritu Santo, se coloca en un lugar digno, así como el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.

Los siete sacramentos

Para comunicarnos la vida divina[9], Jesús instituyó siete sacramentos que ha confiado a la Iglesia: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio[10]. Los sacramentos actúan por el poder de Dios, y no en virtud de la justicia del hombre que los da o que los recibe; pero dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas[11]. Los ritos visibles bajo los cuales son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento, fortalecen y expresan la fe, nos hacen partícipes de la vida divina y hacen crecer en el amor y el testimonio a la Iglesia[12]. En los sacramentos hay “una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual”[13]. La iniciación cristiana comienza con tres sacramentos: el Bautismo, comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que la afianza; y la Eucaristía, que la alimenta. 

El sacramento del Bautismo

Jesús resucitado mandó a su Iglesia: "Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19-20). El Bautismo, (del griego “baptizein”, sumergir), cuyo rito esencial consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad, es necesario para la salvación; perdona el pecado original y todos los pecados personales, nos hace hijos adoptivos del Padre, (cfr. Ga 4,5-7), miembros del Cuerpo de Cristo (cfr. 1 Co 6,15; 12,27), que es la Iglesia, templos del Espíritu Santo (cfr. 1 Co 6,19), y partícipes de la naturaleza divina ( cfr. 2 Pe 1,4; Rm 8,17). 

Además, el bautismo nos comunica la gracia santificante que nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él, de amarlo y de vivir como nos enseña, mediante las virtudes teologales, los dones del Espíritu Santo, y las virtudes morales. No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte, las debilidades de carácter y otras, así como una inclinación al pecado llamada concupiscencia, la cual no puede dañar a los que no la consienten; antes bien el que legítimamente luchare contra ella, será coronado[14].

El Bautismo, prefigurado en el Arca de Noé y en el paso del Mar Rojo, fue inaugurado por Jesús en el Jordán (cf. Mt 3,13), quien lo abrió a todos con su Pascua; constituye el fundamento nuestra unión con Dios, y de la comunión entre todos los cristianos. Nos introduce en la verdadera libertad[15], e imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el “carácter”, que, al hacer al bautizado hijo de Dios, lo consagra al culto de la religión cristiana y le hace partícipe de la misión de Jesús[16]. Por razón de este carácter, el Bautismo no puede ser reiterado[17].

La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia, atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo, como consta en Hch 16,15.33; 18,8, y 1 Co 1,16, se haya bautizado también a los niños[18]. Esto, porque el Bautismo es un don que Dios concede a través de su Iglesia, el cual no supone méritos humanos. En el caso de los adultos que no hayan sido bautizados y que deseen recibir este sacramento, deben seguir un proceso de evangelización, llamado catecumenado, para prepararse adecuadamente a recibir, en una sola celebración, llamada iniciación cristiana, los tres sacramentos: Bautismo, Confirmación y Eucaristía[19].

En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación. Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los que, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo[20].

Son ministros ordinarios del Bautismo el Obispo, el presbítero, y el diácono[21]. Sin embargo, en caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"[22].

Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres y de la madrina o del padrino, que debe ser un(a) creyente sólido(a), en plena comunión con la Iglesia, de al menos 16 años de edad, que haya recibido la Confirmación y la Comunión, y su vida sea coherente con la fe[23]. Además de los padres y padrinos, todos los que formamos la Iglesia tenemos la responsabilidad de desarrollar la gracia del Bautismo, y de ayudar a los demás a hacerlo.

El sacramento de la Confirmación

La Confirmación, que perpetúa en la Iglesia el don de Pentecostés (cfr. Hch 8,14-17)[24], perfecciona la gracia bautismal, fortaleciendo en el bautizado los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y santo temor; acrecienta en él la filiación divina, la unión con Cristo y su Iglesia; y le asocia todavía más a su misión para que dé testimonio de la fe cristiana con sus palabras y obras. Como el Bautismo, la Confirmación imprime en el alma un signo espiritual llamado “carácter”, que permanece para siempre, por lo que este sacramento sólo se puede recibir una vez en la vida.

La Confirmación, que es conferida de ordinario por el Obispo[25], la debe recibir todo bautizado aún no confirmado que haya alcanzado el uso de razón, que profese la fe, esté en gracia, tenga la intención de recibir el sacramento, y esté preparado para asumir su papel de discípulo y testigo de Cristo[26]. En peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón[27]. El rito es la unción con el Santo Crisma en la frente del bautizado, con la imposición de la mano del ministro, y las palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo".

Para la Confirmación, como para el Bautismo, conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual de un padrino o de una madrina, que de preferencia debe ser el mismo que para el Bautismo, a fin de subrayar la unidad entre los dos sacramentos[28].

El sacramento de la Eucaristía 

Nuestro Salvador, en la Última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre (cfr. Mt 26,28) para cumplir, hasta su vuelta, su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 20). Así, entregándosenos como alimento bajo las apariencias de pan y vino, nos comunica todo el poder salvífico de su pasión, muerte y resurrección, por el que, liberándonos del pecado, nos une así mismo, al Espíritu Santo, a Dios Padre, y a toda la Iglesia –con la Virgen María, los santos, y los difuntos; con el Papa, el propio Obispo, todo el clero y el pueblo de Dios entero–, dándonos así un gusto anticipado de lo que será la dicha del Cielo, y nos fortalece para ser constructores de unidad en nuestra familia, y en nuestros ambientes, con la esperanza de alcanzar la vida eterna y de resucitar. Por eso, san Ignacio de Antioquía llama a la Eucaristía “antídoto contra la muerte”[29], según la promesa de Jesús: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna" (Jn 6, 51.54.)[30].

La Eucaristía, del griego "eucharistein", acción de gracias (cfr. Lc 22,19; 1 Co 11,24), es alabanza al Padre; es memorial (actualización) del sacrificio de Cristo y presencia suya; es santo sacrificio ofrecido en reparación de los pecados de los vivos y los difuntos, y para obtener de Dios beneficios espirituales o temporales[31]. Se le llama también Banquete del Señor (cfr. 1 Co 11,20), Fracción del pan (cfr. Hch 2,42.46; 20,7.11), y Santa Misa, porque la liturgia termina con el envío de los fieles (missio) a que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana[32]. Por eso, la Eucaristía entraña particularmente el compromiso en favor de los pobres[33].

 

Desde el siglo II, según el testimonio de san Justino[34], tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística, que han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones litúrgicas: la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo; la consagración del pan y del vino, y la comunión[35]. El Misterio de la Eucaristía es tan grande, que nadie puede permitirse tratarlo a su arbitrio. De ahí el sentido profundo de las normas litúrgicas, que son competencia exclusiva de la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, del Obispo. Todos los fieles tienen el derecho de celebrar una liturgia eucarística verdadera. Por eso deben observarse las normas litúrgicas, que son garantía de ello.

Sólo los obispos y presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor[36]. Los signos esenciales del sacramento eucarístico son: pan de trigo y vino de vid[37], sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el Obispo o el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última cena[38].

Algunos de entre los fieles laicos ejercen servicios; además de los ministerios instituidos de lector y de acólito, están los monaguillos, que pueden ser niñas o mujeres. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante a distribuir la Comunión[39]

A los sacerdotes se recomienda la celebración diaria de la Misa, aunque no pueda tenerse con asistencia de fieles. La Iglesia manda a los fieles participar en la Eucaristía los domingos y días de fiesta, y recibir al menos una vez al año la Comunión, si es posible en tiempo pascual[40]. Los fieles pueden comulgar de rodillas o de pie, y tienen derecho a elegir si desean recibir la Comunión en la boca[41]; recibirla en la mano sólo se permite en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya autorizado. No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano[42].

El fiel laico que ya ha recibido la Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe[43]. Todo bautizado, que no tenga impedimento, puede comulgar. En el caso de los niños se requiere que comprendan en su capacidad el misterio y estén preparados. En peligro de muerte, basta que distingan el Pan eucarístico del alimento común[44].

Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar (cfr. 1 Co 11,27-29). Para prepararse convenientemente a recibir la Comunión, los fieles deben observar el ayuno, al menos de una hora, el cual no obliga a los ancianos o enfermos, así como a quienes los cuidan[45].

Puesto que Cristo mismo está presente en la Eucaristía, que luego de la celebración de la Misa es guardada en el copón y reservada en el Sagrario –sobre todo para poder llevarla a los enfermos–, es preciso tributarle la debida honra, mediante la Adoración Eucarística, la visita al Santísimo, las Procesiones, los Congresos Eucarísticos, y el rezo del Rosario. El ministro de la exposición del Santísimo Sacramento es el sacerdote y el diácono. En circunstancias especiales, puede exponerlo sin dar la bendición el acólito o el ministro extraordinario de la comunión[46].

Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica tienen verdaderos sacramentos, ya que en virtud de la sucesión apostólica han conservado el sacerdocio y la Eucaristía[47]. Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico[48]. Si, a juicio del Ordinario[49], se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud; en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos[50].

Estructura de la Santa Misa

La Misa consta de dos grandes partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística[51], que son preparadas por los ritos iniciales y terminadas con los ritos conclusivos.

1º.  Ritos iniciales

Para prepararnos a la celebración Eucarística y constituirnos como comunidad, se llevan a cabo los ritos iniciales[52], que comienzan con la procesión y el canto de entrada, el saludo del sacerdote, el acto penitencial (con el que pedimos perdón a Dios por los pecados cometidos), el “Señor ten piedad” (a no ser que haya formado parte del acto penitencial), y, los Domingos y celebraciones especiales, el “Gloria”. Luego, con la oración colecta, el sacerdote recoge las intenciones de la comunidad.

2º. Liturgia de la Palabra

En la Liturgia de la Palabra proclamamos la Sagrada Escritura, de la que se toman la primera lectura, el salmo, la segunda lectura y el Evangelio, que después se explican en la homilía, la cual es competencia exclusiva del sacerdote o a veces, según las circunstancias, también del diácono. Luego manifestamos nuestra adhesión a la Palabra de Dios recitando el Credo, y rogamos al Señor por las necesidades de la Iglesia y del mundo mediante la oración universal[53]. 

3º. Liturgia de la Eucaristía

Con la presentación de los dones y la oración sobre las ofrendas empieza la Liturgia Eucarística, cuyo punto central y culminante es la Oración Eucarística, que consta de: 1. Acción de gracias (Prefacio); 2. Aclamación (“Santo, Santo, Santo…”); 3. Epíclesis, (imposición de manos del sacerdote sobre el pan y el vino invocado la fuerza del Espíritu Santo para que se transformen en Cuerpo y Sangre de Cristo); 4. Narración de la Institución, en la que el propio Cristo, a través del sacerdote, actualiza su sacrificio y consagra el pan y el vino; 5. Anámnesis, con la cual la Iglesia, haciendo lo que Jesús mandó, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando su Pasión y Muerte, su Resurrección y Ascensión al Cielo; 6. Oblación, por la que ofrecemos al Padre a Jesús y nos ofrecemos con Él; 7. Intercesiones: unidos a la Iglesia celeste, pedimos por vivos y difuntos, y por la salvación de todos; 8. Doxología final: en ella, glorificamos a la Santísima Trinidad, diciendo “Por Cristo, con Él y en Él...”. Luego, rezamos el Padrenuestro, nos damos la paz, invitamos a Jesús a nuestra alma recitando “Cordero de Dios…”, y lo recibimos en la Santa Comunión[54].

4º. Rito de conclusión

Después de la comunión, el sacerdote hace la oración, imparte la bendición y despide al pueblo, que debe salir de la Misa fortalecido para cumplir la misión que Dios nos ha confiado.

El sacramento de la Reconciliación

“No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno sólo” (Mt 18, 14), exclamó Jesús, que ha venido para salvarnos del pecado que nos degrada, nos aleja de Dios y de los hermanos, y nos arrebata la vida. En Cristo, el Padre nos sigue amando, nos busca y nos ofrece el perdón que nos reconcilia con Él y con la Iglesia[55]. “Todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo –escribe san León Magno–, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que Él realiza en el presente”[56]. Esto, gracias a que la tarde de Pascua, Jesús dijo a sus apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)[57]. Por eso, san Pablo afirma: “Dios nos ha confiado el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18).

Puesto que la vida nueva de la gracia, recibida en el Bautismo, no suprimió la debilidad de la naturaleza humana, Cristo instituyó este sacramento –llamado sacramento de la Reconciliación, de la Penitencia, de la Conversión, del Perdón, o de la Confesión–, para la conversión de los bautizados que se han alejado de Dios por causa del pecado[58]. En este sacramento, el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, a través de sus sacerdotes –que son presencia y prolongación de Jesús, Buen Pastor–, corre hacia el pecador arrepentido para colmarlo de su amor, y la Iglesia se alegra por la vuelta de aquel hermano “que estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 32). “Ir al padre –afirma san Agustín– quiere decir entrar en la Iglesia... en donde... puede hacerse una confesión legítima y provechosa de los pecados"[59]. “Así debemos hacer nosotros”[60], exhorta san Juan Crisóstomo.

Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el penitente, y la absolución del sacerdote, a través de quien Cristo nos concede el perdón y establece el modo de la satisfacción[61].  Los actos propios del penitente son: examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de no volver a pecar, acusar los pecados ante el sacerdote, y cumplir la penitencia que el confesor le haya impuesto[62].

Se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerdan. Todo fiel, que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y antes de recibir la sagrada Comunión, si tiene conciencia de estar en pecado grave[63]. La Iglesia recomienda la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, y a progresar en la vida espiritual[64].

La absolución de algunos pecados particularmente graves (como son los castigados con la excomunión) está reservada a la Sede Apostólica (el Papa y sus colaboradores que han recibido de él esta encomienda) o al Obispo del lugar o a los presbíteros autorizados por ellos, aunque todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y excomunión al que se encuentra en peligro de muerte[65].  En caso de grave necesidad (como un inminente peligro de muerte), el sacerdote puede dar la absolución colectiva; pero los fieles que la hayan recibido deben hacer el propósito de confesar individualmente, cuando sea posible, los pecados graves perdonados de esta forma[66]. 

El sacramento de la Unción de los enfermos

Jesús, que sabe que la enfermedad y el sufrimiento son los problemas más graves que aquejan la vida humana, nos manda: "¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10,8). Por eso, habiendo recibido del Señor esta tarea, la Iglesia intenta llevarla a cabo proporcionando cuidados a los enfermos en sus casi 114 mil centros de salud en el mundo, visitándolos en los hospitales o en sus hogares, atendiéndolos mediante la Pastoral Sanitaria, orando por ellos, y administrándoles, por medio de los sacerdotes, la Sagrada Unción de los enfermos[67], sacramento instituido por Jesús[68], y atestiguado por Santiago (cfr. St 5,14-15).

Sólo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de este sacramento[69], que se aplica al cristiano gravemente enfermo, o que va a ser sometido a una cirugía, o se halla en peligro de muerte por enfermedad o vejez[70]. Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla recibido, la enfermedad se agrava.

Luego de imponer en silencio las manos al enfermo y orar por él, el sacerdote le unge en la frente y en las manos con aceite de oliva bendecido, diciendo: "Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad"[71].

 

La gracia de este sacramento une al enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia; le da consuelo y ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos; perdona sus pecados si no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia; le restablece la salud corporal, si conviene a la salud espiritual; y le prepara para el paso a la vida eterna. Cuando la vida cristiana toca a su fin, la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, son “sacramentos que preparan para entrar en la Patria Eterna"[72].

El sacramento del Orden

En la Última Cena, Jesús hizo a sus Apóstoles partícipes de su sacerdocio único y eterno (cfr. Lc 22,19), que ellos a su vez comunicaron a otros hombres (cfr. 2 Tm 1,6). Así, por el Sacramento del Orden, los obispos –sucesores de los Apóstoles–, y los presbíteros –que son sus colaboradores– se unen de tal manera a Cristo –Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia–, que se convierten en presencia y prolongación de su vida y de su acción, proclamando su Palabra, celebrando la liturgia y guiando a la comunidad a ellos confiada[73]. “Sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos”[74], afirma santo Tomás de Aquino. El diácono, aún cuando no recibe el sacerdocio ministerial, por el Sacramento del Orden participa del servicio de Cristo, ayudando a los Obispos y a los presbíteros.

Tres son, entonces, los grados del sacramento del Orden, que sólo puede recibir el varón: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. La Ordenación episcopal, plenitud del sacramento del Orden, hace al Obispo sucesor de los Apóstoles y miembro del Colegio episcopal, compartiendo con el Papa y los demás obispos la solicitud por todas las Iglesias, y le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar. El Obispo, a quien se confía una Iglesia particular (diócesis), es el principio visible y el fundamento de la unidad de esa Iglesia, en la cual desempeña, como vicario de Cristo, el oficio pastoral, ayudado por sus presbíteros y diáconos[75]. El Obispo puede celebrar los siete sacramentos, requiriendo, para la ordenación de otro obispo, el mandato pontificio[76].

La Ordenación presbiteral hace capaz al que la recibe de actuar en nombre de Cristo. Aunque ordenado para una misión universal, el presbítero la ejerce en una Iglesia particular, en fraternidad con los demás presbíteros que forman el “presbiterio” y en comunión con el Obispo, en dependencia de él[77]. Los presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes o padres) pueden proclamar la Palabra de Dios, bautizar, confesar, presidir la Eucaristía, asistir al matrimonio de los fieles, ungir a los enfermos, celebrar las exequias, bendecir, exponer solemnemente el Santísimo Sacramento y dar la bendición con Él, y, con delegación del Obispo, Confirmar.

La Ordenación diaconal capacita al que la recibe para servir a la Iglesia como ministro sagrado bajo la autoridad del Obispo, proclamando la Palabra de Dios, ejerciendo la caridad, y celebrando el culto divino[78]: bautizando, asistiendo al matrimonio de los fieles, distribuyendo la Comunión, exponiendo solemnemente el Santísimo Sacramento y dando la bendición con Él, celebrando las exequias, y bendiciendo a las personas o las cosas.

En cada uno de sus tres grados, el sacramento del Orden se confiere mediante la imposición de las manos sobre la cabeza del ordenando por parte del Obispo, quien pronuncia la oración consagratoria. Únicamente los obispos, sucesores de los Apóstoles, pueden conferir los tres grados del sacramento del Orden, mismo que sólo el varón bautizado puede recibir válidamente, si es considerado apto por la autoridad de la Iglesia. Para el episcopado se exige siempre el celibato. Para el presbiterado, en la Iglesia latina, son ordinariamente elegidos hombres célibes que tienen la voluntad de guardar el celibato (cfr. Mt 19, 12). Al diaconado permanente pueden acceder también hombres casados[79].

Para ayudar al varón que ha sido llamado por Dios al sacerdocio a dar una respuesta adecuada, la Iglesia ha creado, desde el siglo XVI, una institución educativa llamada “Seminario”, lugar y tiempo que revive la experiencia formativa de Jesús a sus discípulos (Mc 3,10). Ahí, a través de una formación integral –humana, espiritual, intelectual y pastoral–, se busca hacer que los futuros sacerdotes sean presencia y prolongación de la vida y de la acción de Jesús, Buen Pastor[80]. Al Seminario Menor ingresan los jóvenes que aún no han terminado sus estudios de preparatoria; al Seminario Mayor lo hacen quienes ya la han concluido. El proceso de formación en el Seminario Mayor comienza con un curso Introductorio y continúa con 3 años de estudios de Filosofía, un año de servicio y 4 años de Teología.

El sacramento del Matrimonio

Dios, que es amor, creó al hombre y a la mujer a imagen suya, con la capacidad y la responsabilidad de amar, que les lleva a una unidad fecunda mediante la Alianza Matrimonial (cfr. Mt 19, 6; Gn 1, 28), ordenada, por su propia naturaleza, al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de los hijos. A esta unión exclusiva e indisoluble entre un hombre y una mujer (cfr. Mc 10, 9), que había sido dañada por el pecado, Jesús la restableció a su estado original y la elevó a la dignidad de Sacramento, otorgando a los cónyuges la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal, y para recibir y educar responsablemente a sus hijos[81].

Por su propia naturaleza, el Matrimonio, para su validez, sólo puede celebrarse entre un hombre y una mujer que sean hábiles para contraerlo, y que, consientes de que esta Alianza constituye un consorcio permanente y exclusivo, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual, expresen libremente su consentimiento de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir un amor fiel y fecundo. Este consentimiento consciente y libre ha de efectuarse en una celebración litúrgica pública, en presencia del sacerdote (o de un testigo cualificado de la Iglesia) y de otros testigos[82]. El matrimonio sacramental que se ha celebrado válidamente y se ha consumado de manera humana, es indisoluble, y es signo del amor de Cristo hacia la Iglesia (cfr. Ef 5, 25).

Existen impedimentos de derecho divino (o natural) y de derecho eclesiástico que inhabilitan a una persona para contraer matrimonio válidamente. Los impedimentos de derecho divino (o natural), que nunca admiten dispensa son: la impotencia antecedente y perpetua para realizar el acto conyugal[83]; estar ligado por el vínculo de un matrimonio anterior que no haya sido declarado por la autoridad eclesiástica disuelto o nulo[84]; y la consanguinidad en todos los grados en línea recta (padres-hijos, abuelos-nietos, etc.) y 2º grado colateral (hermanos)[85].

Los impedimentos de derecho eclesiástico pueden dispensarse. Aquellos cuya dispensa está reservada al Obispo diocesano son: la edad mínima requerida (16 años cumplidos para el varón y 14 para la mujer)[86]; la disparidad de culto (entre católico y no bautizado)[87]; que el varón haya raptado a la mujer para casarse, siempre y cuando ella, separada del raptor, libre y en lugar seguro, elija casarse con él[88]; la consanguinidad en 3º y 4º grado colateral (primos hermanos); la relación de afinidad en línea recta (padrastros-hijastros, suegro-nuera, suegra-yerno)[89]; la pública honestidad  (la relación que surge del matrimonio inválido o del concubinato notorio o público entre los consanguíneos en primer grado del hombre o de la mujer)[90]; el parentesco legal que surge de la adopción en línea recta (adoptantes-adoptado) y 2º grado colateral (adoptado e hijo del adoptante)[91]

Los impedimentos de derecho eclesiástico, cuya dispensa se reserva a la Sede Apostólica son: el Orden Sagrado (cuando el que desea casarse es sacerdote o diácono, en este caso se le dispensa del celibato y del ejercicio del ministerio, por lo que no puede volver a realizar ninguna potestad propia del sacramento del Orden)[92]; el voto público perpetuo de castidad (cuando el que desea casarse había hecho este voto en un instituto religioso, en ese caso deja la vida consagrada)[93]; el crimen (que uno de los dos haya causado la muerte al propio cónyuge o al del otro para poder contraer matrimonio)[94].

Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado), para ser válidos necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del Matrimonio, y que el cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el Bautismo y la educación católica de los hijos[95].

La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea declarado por la autoridad eclesiástica nulo o disuelto[96].

La nulidad se declara cuando, luego de un proceso, el tribunal eclesiástico determina que nunca surgió vínculo matrimonial, sea por que alguno de los contrayentes era inhábil para casarse válidamente, o por vicio típico del consentimiento, o por defecto de forma jurídica sustancial[97]. La disolución del matrimonio se da cuando muere uno de los cónyuges, o cuando el Papa concede una dispensa del vínculo surgido de un matrimonio celebrado litúrgicamente, pero que no se ha consumado[98], o de uniones no sacramentales[99].

 

Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de divorciados vueltos a casar civilmente (cfr. Mc 10, 11-12). Sin embargo, muestra hacia ellos una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental ni la comunión eucarística, ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales, mientras dure tal situación[100], a menos que por motivos serios que les impidan separarse –como, por ejemplo, la educación de los hijos–, arrepentidos de haber violado Alianza Matrimonial, dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio, asuman el compromiso de vivir en plena continencia, absteniéndose de los actos propios de los esposos. En este caso pueden recibir la absolución en el sacramento de la Reconciliación y acceder a la Comunión eucarística, procurando ser prudentes para evitar el escándalo[101].

Otras celebraciones litúrgicas

Los Sacramentales

Los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia, por medio de los cuales se santifican algunas circunstancias de la vida. Comprenden siempre una oración acompañada de la señal de la cruz o de otros signos. Entre los sacramentales, ocupan un lugar importante las bendiciones, que son una alabanza a Dios y una oración para obtener sus dones, la consagración de personas y la dedicación de cosas al culto de Dios[102].

El exorcismo

 Un exorcismo tiene lugar, cuando la Iglesia pide con su autoridad, en nombre de Jesús, que una persona o un objeto sea protegido contra el influjo del Maligno y sustraído a su dominio. Se practica de modo ordinario en el rito del Bautismo. El exorcismo solemne, llamado gran exorcismo, puede ser efectuado solamente por un presbítero autorizado por el Obispo[103].

Las formas de piedad popular

El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado en todo tiempo su expresión en formas variadas de piedad, que acompañan la vida sacramental de la Iglesia, como son la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el “Vía crucis”, el Rosario, etc. La Iglesia, a la luz de la fe, ilumina y favorece las formas auténticas de piedad popular[104].

Las exequias cristianas

El cristiano que muere unido a Jesucristo, “va vivir con el Señor” (2 Co 5, 8). Las exequias son celebraciones que expresan esta verdad, así como la esperanza de la resurrección, y la certeza de que los lazos de amor que nos unieron al difunto en la tierra no se destruyen con la muerte, por lo que podemos rogar a Dios por la purificación de su alma, de modo que pronto lo admita en el Cielo (cfr. 2 M 12, 45-46)[105]. Nuestra oración por los difuntos puede ayudarles y hacer eficaz su intercesión en nuestro favor[106]. La Iglesia permite la incineración de los cadáveres cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo[107]. Así mismo, exhorta a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares difuntos, sino a darles la sepultura acostumbrada, hasta que Dios haga resurgir de la tierra a aquellos que reposan allí y restituya a sus muertos (cfr. Ap 20,13)[108].



[1]Santo Tomás de Aquino afirma: “Por eso el sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la pasión de Cristo; es un signo que demuestra lo que sucedió entre nosotros en virtud de la pasión de Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera”. Suma Teológica, III, 60,3.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1068-1069.

[3] Cfr. Ibíd., nn. 1111, 1112, 1187.

[4] Cfr. Mt 18,20; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1088.

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1190.

[6] Ibíd., nn. 1198, 1199.

[7] Cfr. Instrucción General del Misal Romano, n.  271.

[8] Ibíd., n. 272.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1131.

[10] Ibíd., n. 1113.

[11] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III, 68, 8.

[12] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1127 y 1134.

[13] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III, 65,1.

[14] Cfr. 2 Tm 2,5; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1264.

[15] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1252-1283.

[16] Cfr. Concilio de Florencia, DS. n. 1314;  Código de Derecho Canónico, cc. 204, § 1; 849.

[17] Cfr. DS. nn. 1609 y 1624.

[18] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. "Pastoralis actio": AAS 72 (1980) 1137-56.

[19] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1233; Código de Derecho Canónico, cc. 851, § 1, 865, 866.

[20] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. “Lumen gentium”, n. 16; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1281.

[21] Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 861, § 1.

[22] Ibíd., c. 861, § 2.

[23] Ibíd., cc. 872-874.

[24] PAULO VI, Const. Apost. "Divinae consortium naturae".

[25] Aunque el obispo puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento de la Confirmación (cfr. Código de Derecho Canónico, c. 884, § 2).

[26] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 889, §; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1316-1320.

[27] Cfr. Código de Derecho Canónico, cc. 891 y 893, §3. Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cfr. Código de Derecho Canónico, 883 §3).

[28] Cfr. Código de Derecho Canónico,  c. 893, § 1.2.

[29] Eph 20,2.

[30] Cfr. JUAN PABLO II, Enc. “Ecclesia de Eucharistia”.

[31] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1358-1414.

[32] Ibíd., nn. 1329-1332.

[33] Cfr. Mt 25,40; SAN JUAN CRISÓSTOMO, hom. in 1 Co 27,4; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1397.

[34] Apol. 1, 65; 67.

[35] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1345-1408.

[36] Ibíd., n. 1411.

[37] El pan que se emplea en la Eucaristía debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente. El vino debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper (cfr. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instrucción “Redemptionis sacramentum”, nn. 48-50).

[38] Cfr. Concilio de Trento, DS. nn. 1640, 1651.

[39] Cfr. Instrucción “Redemptionis sacramentum”, n. 173.

[40] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 920.

[41] Cfr. Instrucción “Redemptionis sacramentum”, nn. 90, 92, 178.

[42] Ibíd., nn. 179, 94, 181.

[43] Ibíd., n. 182.

[44] Cfr. Código de Derecho Canónico, cc. 912 y 913.

[45] Ibíd., c. 919, § 1.

[46] Ibíd., c. 943.

[47] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1399.

[48] Ibíd., n. 1400.

[49] Según el Código de Derecho Canónico, c. 134, § 1, por “Ordinario” se entiende: el Papa, los Obispos diocesanos, los Vicarios generales y episcopales; y también, respecto a sus miembros, los Superiores mayores de institutos religiosos clericales de derecho pontificio y de sociedades clericales de vida apostólica de derecho pontificio, que tienen, al menos, potestad ejecutiva ordinaria.

[50] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 844, § 4; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1401.

[51] Cfr. Instrucción General del Misal Romano, Cap. II Estructura de la Misa, sus elementos y partes, I,7.

[52] Ibíd., III, A.24.

[53] Ibíd., III, B. 33-47.

[54] Ibid., III, C. 48-56

[55] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. “Presbyterorum Ordinis”, n. 5; Código de Derecho Canónico, c. 960.

[56] SAN LEÓN MAGNO, “Tractatus 63” (“De passione Domini” 12). 6: CCL 138/A, 386.

[57] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1485.

[58] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 297.

[59] SAN AGUSTÍN, ut sup.

[60] SAN JUAN CRISÓSTOMO, hom 10, in epist. ad Rom.

[61] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 302.

[62] Ibíd., n. 303.

[63] Ibíd., n. 305.

[64] Ibíd., n. 306.

[65] Ibíd., n. 308.

[66] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1480-1484.

[67] CONCILIO VATICANO II, Const. “Lumen Gentium”, n. 11.

[68] Como se insinúa en Mc 6,13.

[69] Cfr. Concilio de Trento: DS. n. 1697, 1719; Código de Derecho Canónico, c. 1003.

[70] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. “Sacrosanctum Concilium”, n. 73; Código de Derecho Canónico, c. 1004, § 1; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1511-1525.

[71] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 847, § 1.

[72] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1525.

[73]Cfr. Lc 22, 19; 2 Tm 1,6; Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 335.

[74] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Hebr. VII, 4.

[75] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1557-1560.

[76] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 1013.

[77] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1562-1568.

[78] Ibíd., nn. 1569-1596.

[79] Ibíd., n. 1580.

[80] Cfr. JUAN PABLO II, Exh. Ap. “Pastores dabo vobis”, n. 60.

[81] Cfr.  Mt 19,6; Mc 10,9; Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 346.

[82] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 343.

[83] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 1084, §1.

[84] Ibíd., c. 1085, §1.

[85] Ibíd., c. 1091.

[86] Ibíd., c. 1083.

[87] Ibíd., c. 1086.

[88] Ibíd., c. 1089.

[89] Ibíd., c. 1092.

[90] Ibíd., c. 1093.

[91] Ibíd., c. 1094.

[92] Ibíd., cc. 1078, § 2, nº 1; 1087.

[93] Ibíd., cc. 1078, § 2, nº 1; 1088.

[94] Ibíd., cc 1079, § 2 nº 2; 1090.

[95] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 345.

[96] Ibíd., n. 348.

[97] Cfr. Código de Derecho Canónico, cc. 1671-1691.

[98] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 1142.

[99] Ibíd., cc. 1143-1147.

[100] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 349.

[101] Cfr. JUAN PABLO II, Exh. Ap. “Familiaris consortio”, n. 84; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comuni&am

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