Lo que la Iglesia vive

S.E. Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM

 

El ser humano, buscador de felicidad, la alcanza en Cristo

“Todos los hombres… quieren vivir felices”[1], escribió Séneca. Este anhelo, que implica una plenitud sin fin, se ve cumplido en Jesús, en quien Dios, que es amor, viene a nosotros para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su vida plena y eterna. Por eso, al joven que le pregunta “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?”, le responde: “Si quieres entrar en la vida, guarda los Mandamientos”, y después añade: “Ven y sígueme” (Mt 19, 16). Seguir a Jesús, que nos lleva a la vida plena y eterna, implica cumplir los Mandamientos que Él lleva a su culmen en las bienaventuranzas (cfr. Lc 6, 19-23), en las que “responde al deseo natural de felicidad que el Creador ha puesto en el corazón humano, y que sólo Él puede satisfacer”[2]

La ley moral, natural y revelada

Dios ha inscrito en el ser humano una La ley moral que le orienta, a través de la conciencia, a fin de que conozca los caminos que ha de seguir conforme a su naturaleza y a su dignidad, para llegar a la plena realización y a la bienaventuranza eterna. Esta Ley natural, que es universal e inmutable, permite al hombre y a la mujer discernir el bien y el mal, mediante la razón, y es la base de los deberes y derechos fundamentales de la persona, de la comunidad humana y de la ley civil.

Sin embargo, a causa del pecado, no siempre ni todos son capaces de percibir en modo inmediato y con igual claridad la ley natural. Por esto, Dios la escribió en las tablas de la Ley, dada a Moisés, la cual expresa muchas verdades naturalmente accesibles a la razón. Sus prescripciones morales, recogidas en los Mandamientos del Decálogo, indican el camino que debemos seguir y los males que hemos de evitar. Jesús ha llevado a plenitud la ley divina, natural y revelada, que se resume en el doble Mandamiento del amor a Dios y al prójimo, como Él nos ha amado[3]. 

La conciencia, juicio de la razón que impulsa a hacer el bien y a evitar el mal

La conciencia moral, presente en lo íntimo de la persona, es un juicio de la razón, que en el momento oportuno orienta a hacer el bien y a evitar el mal, permitiéndole ser libre y asumir la responsabilidad de sí misma[4]. Esto requiere educación y la asistencia del Espíritu Santo[5]. La responsabilidad de una acción (imputabilidad) puede quedar disminuida o incluso anulada a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia soportada, el miedo, los afectos desordenados y los hábitos[6]. Por respeto a la dignidad humana, ninguna persona puede ser forzada a obrar contra su conciencia, la cual siempre debe seguir tres normas generales: 1) nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien; 2) hacer a los otros lo que quisiéramos que hicieran con nosotros (cfr. Mt 7, 12); 3) respetar al prójimo y su conciencia, lo que no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es malo[7].

La moralidad de los actos humanos

La moralidad de los actos humanos depende del objeto elegido, de la intención del sujeto que actúa, y de las circunstancias de la acción, incluidas sus consecuencias. El acto es moralmente bueno sólo cuando se da al mismo tiempo la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad de quien actúa, pero no pueden modificar la calidad moral de los actos mismos, porque no convierten nunca en buena una acción mala en sí misma. Hay actos cuya elección es siempre ilícita en razón de su objeto, como, por ejemplo, cometer una injusticia[8]. 

La dimensión social del ser humano y el bien común

Dios nos ha creado para la comunión entre personas; por eso, junto a la llamada personal a la bienaventuranza divina, el ser humano posee una dimensión social, que es parte esencial de su naturaleza y de su vocación. Esto le hace comprender que la persona humana es principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales, como la familia y la comunidad civil, que le son necesarias. Una auténtica convivencia humana requiere respetar la naturaleza integral de la persona, su vida y sus derechos fundamentales[9].

 

Por eso, para asegurar el orden y la realización del bien común, que es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de sus miembros el logro de la propia perfección, es necesaria una autoridad legítima, que, elegida libremente por los ciudadanos, vele por la justicia. Las leyes injustas y las medidas contrarias al orden moral no obligan en conciencia[10].

 

Todos debemos empeñarnos por el bien común, según nuestro ámbito de responsabilidad, respetando y promoviendo la vida y los derechos fundamentales de la persona, así como el desarrollo de los bienes espirituales y temporales del individuo y de la sociedad, trabajando por la paz y la seguridad de todos. Esto exige observar los derechos y deberes con la propia familia, el trabajo, la vida pública, y el medio ambiente[11]. 

¿Qué es el pecado?

El pecado es un deseo, una palabra o una acción que ofende a Dios, que hiere nuestra naturaleza, y que atenta contra la solidaridad humana[12]. Por su gravedad, puede ser mortal o venial. El pecado mortal se comete cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave (contra la Ley natural, recogida en los Diez Mandamientos), plena advertencia y deliberado consentimiento. Por eso destruye nuestra unión con Dios y, a menos que nos arrepintamos, nos conduce a la condenación eterna. Se perdona, por vía ordinaria, mediante los sacramentos del Bautismo y de la Reconciliación. 

El pecado venial se comete cuando la materia es leve (es decir, no atenta contra los Diez Mandamientos); o bien cuando, siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento. Este pecado, aunque no rompe la alianza con Dios, debilita al alma, impide su perfeccionamiento y la hace acreedora de penas temporales de purificación[13]. Se perdona rezando el acto de contrición u ofreciendo otras oraciones u obras. La Iglesia recomienda la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, y a progresar en la vida espiritual[14]. 

Primer Mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

“No habrá para ti otros dioses delante de mí” (Ex 20, 2). “Al Señor tu Dios adorarás, sólo a Él darás culto” (Mt 4, 10). Dios nos invita a realizar la verdad de nuestro ser, reconociendo el derecho y el deber natural que todos tenemos de buscar la verdad, especialmente en lo que se refiere a Dios y a la Iglesia, y, una vez conocida, abrazarla y guardarla fielmente. Dado que por naturaleza somos seres sociales, el Estado ha de reconocer, promover y defender el derecho a la libertad religiosa, tanto en privado como en público[15].

Deseando nuestra felicidad plena y eterna, Dios nos manda creer en Él y en lo que nos ha revelado (fe); aguardar confiadamente la vida eterna que nos ofrece en Cristo (esperanza); y responder a su amor con un amor sincero (caridad)[16]. Esto se manifiesta mediante la virtud de la religión, que consiste en ofrecer a Dios el culto de adoración que le corresponde. Entre los actos de culto se encuentran los sacramentos, la oración, los sacrificios y el cumplimiento de las promesas y los votos hechos a Dios[17].

Para evitar el daño a la fe, es preciso rechazar la duda voluntaria respecto a lo que Dios ha revelado; menospreciar la verdad revelada (incredulidad), negar pertinazmente una verdad que ha de creerse (herejía), rechazar totalmente la fe cristiana (apostasía), no aceptar la comunión con el Papa (cisma)[18], desconfiar de la misericordia divina (desesperación), pensar que uno puede salvarse sin la ayuda de Dios, o que se puede obtener su perdón sin conversión (presunción)[19], despreciar la acción de Dios (indiferencia), no reconocer la bondad divina (ingratitud), ser negligente en responder al amor divino (tibieza), rechazar el gozo que viene de Dios (pereza espiritual) y el odio a Dios[20].

Para prevenirnos del error, Dios prohíbe atribuir un poder divino a lo que no lo tiene (superstición), divinizar lo que no es Dios, como el poder, el placer, la raza o el dinero (idolatría), creer en muchos dioses (politeísmo), tentarlo (irreligión), profanar a las personas o cosas sagradas (sacrilegio), comprar o vender realidades espirituales (simonía).

También nos pide no caer en el engaño de creer que se pueden domesticar potencias ocultas para conocer el futuro y ponerlas a nuestro servicio. Por eso hemos de evitar la consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios, el recurso a “mediums”, la magia, la hechicería, el uso de amuletos y el espiritismo. Así mismo, el Señor nos pide no caer en el error de negar su existencia (ateísmo), o de afirmar que nada se puede saber sobre Él (agnosticismo), o vivir como si no existiera (indiferentismo y ateísmo práctico)[21].

Al pueblo de Israel, Dios le mandó: “No te harás escultura ni imagen alguna” (Ex 20, 4-5). Sin embargo, Él mismo ordenó a Moisés la elaboración de imágenes, como los querubines del arca de la Alianza: Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio” (Ex 25, 18). También le mandó fabricar una serpiente de bronce: Hazte una serpiente de bronce y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá” (Nm 21, 8).

Meditando esto, podemos comprender que lo que Dios prohíbe es el culto idolátrico, que consiste en confundirlo con su representación. Con esta conciencia, y fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el VII Concilio Ecuménico (Nicea, 787), aprobó el culto de las imágenes de Cristo, de la Madre de Dios, de los ángeles y de los santos, ya que, “El honor de la imagen se dirige al original, y el que venera una imagen, venera a la persona en ella representada… así, los fieles realizan un genuino acto de culto, que no tiene nada que ver con la idolatría”[22]

Segundo Mandamiento: “No jurarás el nombre de Dios en vano”

“No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios” (Ex 20, 7). Sólo se puede jurar en nombre de Dios cuando se hace con verdad y justicia. Además, las promesas hechas en su nombre deben cumplirse[23]. Es contrario al amor y respeto a Dios insultarlo interior o exteriormente, tanto a Él como a lo suyo: la Iglesia, los santos y las cosas sagradas, así como recurrir a su nombre para justificar prácticas criminales (blasfemia), el uso mágico del Nombre divino, prometer algo bajo juramento sin intención de cumplirlo (juramento en falso) o no cumplir lo prometido (perjurio)[24].

Tercer Mandamiento: “Santificarás las fiestas”

Cuando se ama a alguien se desea estar con él. Por eso, Jesús, que nos ama, entró en el mundo y se quedó para siempre con nosotros, presente en su Iglesia, a través de su Palabra, de la Liturgia –sobre todo de la Eucaristía–, de la oración y del prójimo[25]. ¡Lo ha hecho para estar conmigo, porque me ama!

De ahí que en el Tercer Mandamiento, Dios nos mande: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex 20, 8). Jesús reafirmó este mandato cuando dijo: “…el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Mc 2, 27-28).  Y como el “Señor del sábado” resucitó “el primer día de la semana” (Mt 28,1), inaugurando así la nueva creación, los cristianos, comprendiendo que en la Pascua de Cristo se realiza plenamente lo que anunciaba el sábado judío, desde el principio lo sustituyeron por el domingo, que tiene por centro la celebración de la Eucaristía (cfr. Hch 2, 42-46)[26].

El domingo y las demás fiestas de precepto –Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción, Asunción, san José, santos Apóstoles Pedro y Pablo, y todos los Santos– tenemos obligación de participar en la Misa el día mismo de la fiesta o el día anterior por la tarde, a no ser que estemos excusados por una razón seria (enfermedad, cuidado de niños pequeños o personas enfermas, un trabajo inaplazable, etc.) o dispensados por nuestro Obispo o por nuestro Párroco. Los que sin causa justa deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave[27].

La institución del día del Señor contribuye a que nos unamos a Dios, descansemos y cultivemos nuestra vida religiosa, familiar, cultural y social. Por eso está consagrado a obras buenas para con la familia, los enfermos, los ancianos y los pobres. Los poderes públicos y patronos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino.

“El Domingo es el día de la resurrección; es el día de los cristianos; es nuestro día” [28], afirmaba san Jerónimo (340-420). ¡Sí! El Domingo es nuestro día, porque “es el día en que actuó el Señor” por eso es “nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24). “El Domingo –escribió el beato Juan Pablo II–, es una invitación a revivir la experiencia de los dos discípulos de Emaús, que sentían  “arder su corazón” mientras el Resucitado se les acercó y caminaba con ellos, explicando las Escrituras y revelándose al partir el pan (cfr. Lc 24,32.35)”[29]. 

Cuarto Mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”

“Honra a tu padre y a tu madre” (Ex 20, 12). Dios nos manda que, después de Él, honremos a nuestros padres, abuelos, maestros, patronos, jefes, a la patria y a los que la gobiernan, y recuerda a su vez los deberes de los padres, tutores, maestros, jefes, gobernantes y de todos los que ejercen una autoridad[30]. Esto implica honrar a la familia “célula original de la vida social”, reconociendo la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, protegiéndola, fomentándola, asegurando la moralidad pública, y favoreciendo la prosperidad doméstica[31].

En la sociedad, los ciudadanos deben cooperar con las autoridades en la construcción de una sociedad verdadera, justa, solidaria y libre. Por su parte, la autoridad pública está obligada a reconocer, respetar, promover y defender los derechos fundamentales de la persona humana y el ejercicio de su libertad. Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural[32].

Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible, al inmigrante, y aunque en razón del bien de sus ciudadanos pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, han de tener siempre presente que  la condición de irregularidad legal no permite menoscabar la dignidad del inmigrante[33]. Por su parte, el inmigrante está obligado a respetar el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, obedecer sus leyes y contribuir a su bien[34]. 

Quinto mandamiento: “No matarás” 

“Han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás» (Ex 20, 13)... Pues yo les digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal” (Mt 5, 21-22). Con estas palabras, nos pide ser responsables del don de la vida y la salud, tanto propia como de los otros[35].

Por eso, nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente, ni de cooperar a un homicidio[36], hacer algo con intención de provocar indirectamente la muerte de una persona, exponer a alguien sin razón grave a un riesgo mortal, negar la asistencia en peligro, ejercer prácticas usurarias y mercantiles que provocan el hambre y la muerte, así como provocar injusticias y desigualdades excesivas de orden económico o social, o consentir la ira, el odio y la venganza.  

El aborto directo, buscado como fin o como medio, es un delito tan grave, que quien lo procura o coopera con él, si éste se produce, incurre automáticamente en excomunión[37]. Consciente de los muchos condicionamientos que pueden haber influido en la decisión de una mujer que ha recurrido al aborto, la Iglesia la invita a acercarse al perdón de Dios en el sacramento de la Reconciliación, y a un compromiso a favor de la vida[38].

Desde su concepción, la persona debe ser defendida en su vida e integridad[39]. Es inmoral producir embriones humanos como “material biológico” disponible, así como intervenir en su patrimonio cromosómico y genético para producir seres humanos seleccionados[40].

La eutanasia directa, que consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte, es un pecado grave. En cambio, son legítimos el uso de analgésicos no destinados a causar la muerte, y la renuncia a tratamientos médicos costosos, extraordinarios, desproporcionados, peligrosos y que no brindan esperanza razonable de resultado positivo[41].

El trasplante de órganos es moralmente aceptable con el consentimiento del donante y sin riesgos excesivos para él. En cuanto al noble acto de la donación de órganos después de la muerte, hay que contar con la plena certeza del fallecimiento del donante, comprobado por la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral, y tener el previo consentimiento de sus representantes legítimos[42].

El suicidio y la cooperación voluntaria al mismo son pecados graves. Sin embargo, trastornos psíquicos graves, la angustia y otros factores pueden disminuir la responsabilidad del suicida, de cuya salvación eterna no se debe desesperar, ya Dios puede haberle facilitado la ocasión de un arrepentimiento salvador. Por eso la Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida[43].

Así mismo, son contrarios al respeto a la vida y la salud integral de las personas el escándalo (inducir a otro a pecar), el secuestro, la toma de rehenes, el terrorismo, la tortura, la violencia, la esterilización directa, las amputaciones y mutilaciones que no tienen fines terapéuticos[44]. Idolatrar la perfección física y el éxito deportivo, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas, la adicción a la droga, así como su producción y tráfico. Manejar en estado de embriaguez o a velocidad inmoderada, ya que ponen en peligro la propia seguridad y la de los demás[45].

La sociedad debe ayudar a los ciudadanos a lograr las condiciones que les permiten crecer y llegar a la madurez: alimento, vestido, vivienda, servicios sanitarios, enseñanza básica, empleo y asistencia social. Las investigaciones científicas y tecnológicas han de estar ordenadas al bien y servicio integral de la persona humana[46].

Las guerras deben evitarse, al igual que la carrera de armamentos. Y cuando éstas se presentan, deben respetarse el derecho de gentes y sus principios universales[47]. Los cuerpos de los difuntos han ser tratados con respeto y caridad en la fe. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal. La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica[48].

Sexto mandamiento: “No cometerás actos impuros”

“Han oído que se dijo: «No cometerás adulterio» (Ex 20, 14). Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28). Con este Mandamiento, perfeccionado por Cristo, Dios nos invita a asumir responsablemente la propia y específica identidad sexual, que nos hace capaces de establecer vínculos de comunión para alcanzar la complementariedad física, moral y espiritual, orientada a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar[49]

El acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio, realizado de forma humana y respetuosa del cónyuge; fuera de éste constituye siempre un pecado grave, llamado lujuria, que excluye de la comunión sacramental[50]

Entre las diversas formas de lujuria está la masturbación[51], la fornicación (unión sexual antes o fuera del matrimonio), la pornografía, la prostitución, la violación[52], el adulterio, la poligamia, el incesto, la unión libre, la unión a prueba (aunque se tenga la intención de casarse)[53], los actos homosexuales[54], así como la esterilización directa o la contracepción[55], y las técnicas de inseminación y fecundación artificiales[56].

Jesús proclamó la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mt 5, 31-32; Mt 19, 7-9). Por eso, el matrimonio celebrado válidamente y consumado de forma humana no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por causa alguna fuera de la muerte[57]. De ahí que el divorcio sea una pecado, ya que daña al cónyuge abandonado, a los hijos y a la sociedad[58].

El cónyuge injustamente abandonado o víctima del divorcio civil, no peca, si permanece fiel al vínculo matrimonial[59]. Así mismo, si el divorcio civil representa la única manera de asegurar ciertos derechos legítimos, como el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado, si quien lo tolera comprende que no es libre para contraer una nueva unión.

La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho prácticamente imposible. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea nulo y, como tal, declarado por la autoridad eclesiástica[60]. Quien contrae una nueva unión sin que el matrimonio eclesiástico haya sido declarado disuelto o nulo, aunque lo haga mediante la ley civil, incurre en adulterio público y permanente, por lo que no puede recibir los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía[61].

Séptimo Mandamiento: “No robarás”

“No robarás” (Ex 20, 15; Mt 19, 18). Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad, encomendándole su cuidado y perfeccionamiento para su beneficio (cfr. Gn 1, 26-29). Para que cada uno pueda atender a sus necesidades fundamentales y de los que están a su cargo, la propiedad privada es legítima teniendo en cuenta el destino universal de los bienes, en el sentido de que han de aprovechar también a los demás[62]. La autoridad política debe regular el ejercicio legítimo del derecho de propiedad en función del bien común[63].

El ser humano es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social, por lo que los bienes creados por Dios para todos, deben llegar de hecho a todos, según la justicia y la caridad[64]. Para esto, es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas con vistas al bien común[65]. Esto implica procurar la justicia y la solidaridad, y una adecuada relación entre los empresarios, los trabajadores, los representantes de los trabajadores (sindicatos) y los poderes públicos[66].

En el plano tanto personal como de las naciones, es necesaria la solidaridad de los ricos hacia los pobres, mediante las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cfr. Mt 25,31-46), instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y tener paciencia. 

La justicia exige también el respeto a la integridad de la creación. Es injusto hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificarlos sin necesidad; también lo es desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos[67].

Son pecado grave el robo[68] (cuando no se ha cometido por necesidad extrema)[69], la retención deliberada de bienes prestados u objetos perdidos, el fraude, pagar salarios injustos  (cfr. St 5,4), la especulación (cfr. Am 8, 4-6), la corrupción, no pagar a los organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las autoridades legítimas[70], la apropiación y uso privados de los bienes sociales de una empresa, los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro, la usura, el daño voluntario a la propiedad privada o pública, menospreciar la dignidad de la gente, así como la trata de personas y el esclavizar a los seres humanos. 

Octavo Mandamiento: “No darás falso testimonio ni mentirás” 

“No darás testimonio falso contra tu prójimo” (Ex 20, 16). Dios, el “Veraz” (Rm 3, 4), nos pide que seamos veraces, observando el justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado[71]. Por eso, debemos dar testimonio del Evangelio, en palabras y obras, sin ambigüedad (cfr. Mt 18, 16).

Son pecado la mentira[72], el falso testimonio (afirmar ante un tribunal algo contrario a la verdad), el perjurio (mentir bajo juramento)[73], el juicio temerario (admitir como verdadero un defecto moral en el prójimo sin fundamento suficiente), la maledicencia (hablar de los defectos y las faltas de otros), la calumnia, la adulación (alentar y confirmar a otro en su pecado), la vanagloria o jactancia y la ironía (ridiculizar a una persona)[74].

La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, las circunstancias, las intenciones y los daños que provoca a los perjudicados. La mentira en sí sólo constituye un pecado venial; sin embargo, llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad[75]. Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación moral y a veces material[76]

El respeto a la verdad debe estar acompañado de la discreción, la caridad, el bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada y el bien común. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla. Esto debe ser tenido en cuenta en la comunicación y en la información, en la reserva de los secretos profesionales, y las confidencias hechas bajo la exigencia de secreto[77]. En cuanto al secreto del sacramento de la Reconciliación, el sigilo sacramental es inviolable[78].

La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad[79]. La comunicación debe ser verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la caridad, respetando las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad de las personas[80]. En razón del bien común, corresponde a la autoridad civil defender y asegurar esto[81].

Noveno Mandamiento: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”

“El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28). Con estas palabras, Jesús nos manda cuidar la pureza del corazón. Esto se logra dirigiendo adecuadamente los sentidos y la imaginación, y rechazando los pensamientos impuros. Por eso, hemos de cultivar la virtud del pudor, que preserva la intimidad, ordena las miradas, los gestos, las actitudes y la vestimenta en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas[82]. Así se favorece la purificación del clima social[83].

Décimo Mandamiento: “No codiciarás los bienes ajenos”

“No codiciarás... nada que sea de tu prójimo” (Ex 20, 17). Con estas palabras, Dios prohíbe la avaricia (acumular riquezas sin compartirlas), el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos,  la envidia (que es la tristeza ante el bien del prójimo y el deseo de poseerlo, aunque sea en forma indebida), dañar al prójimo en sus bienes, y el deseo de que los semejantes estén en la miseria o que sufran algún mal, para poder lucrarse de ellos[84]. Desear al prójimo un mal grave es pecado mortal[85].

Los Mandamientos de la Iglesia

La Iglesia es la comunidad donde el cristiano recibe y acepta la Palabra de Dios, la “Ley de Cristo” (Ga 6, 2), y la gracia de sus sacramentos, con la guía del Magisterio, el cual, a través de los llamados “Mandamientos de la Iglesia” ofrece orientaciones cuya finalidad es garantizar que los fieles, por su propio bien espiritual, cumplan con lo mínimo indispensable en relación al culto, a la vida sacramental, al esfuerzo moral y al crecimiento en el amor a Dios y al prójimo.

Los preceptos de la Iglesia son cinco: 1) Participar en la Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no realizar trabajos y actividades que puedan impedir la santificación de estos días;  2) Confesar los propios pecados, mediante el sacramento de la Reconciliación al menos una vez al año; 3) Recibir el sacramento de la Eucaristía al menos en Pascua; 4) Abstenerse de comer carne y observar el ayuno en los días establecidos por la Iglesia; 5) Ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, cada uno según sus posibilidades[86].

Los mandamientos, luces en el camino

Alguno podría pensar que estos mandamientos son una carga muy pesada de llevar. Sin embargo, en realidad son como un “mapa” que nos muestra el camino que debemos seguir y los peligros que hemos de evitar para llegar al “tesoro” de la vida plena en esta tierra y eternamente feliz en el cielo.

Cuentan que, después de analizar el caso de un paciente, el doctor le recetó medicinas, ejercicio, dejar el cigarro y seguir una dieta. Luego de un tiempo, aunque se ponía cada vez más sano y fuerte, el paciente se sentía incómodo con aquellas prescripciones. Entonces, un día, a primera hora llamó al consultorio: “Buenos días. Soy el señor Godínez. Tengo muchas ocupaciones y se me olvida tomar mi medicina ¿Podría tomarla solo cuando me sienta mal?” La respuesta fue: “Si”. “Y en lo del ejercicio ¿no sería preferible hacerlo cuando tenga ganas? ¡Así lo haré mejor!”. “Si”, fue otra vez la respuesta. “En cuando a la dieta ¿podría hacerle ajustes la ocasión? ¡Ah!, y eso de dejar el cigarro... ¿podríamos negociarlo?” “Si”, fue nuevamente la respuesta. Entonces, sorprendido, el paciente reclamo: “¡Oiga! Si las cosas podían ser así, ¿por qué al principio se puso tan exigente, doctor?”. “¿Doctor? –dijo la voz– ¡Soy el velador! Y por mí puede hacer lo que le dé la gana”. 

Dios no es como ese velador, quien además de no saber, no tiene interés en el paciente. Al Señor, que es la misma Sabiduría, si le interesamos. Por eso nos dice lo que por nuestro bien debemos procurar y lo que hemos de evitar.



[1] SÉNECA Lucio Anneo, “Sobre la felicidad”, Ed. Alianza, S.A., Madrid, 1999, Cap I.1.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1718.

[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, nn. 418-420.

[4] Ibíd., nn. 1776-1797.

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, nn. 373-374.

[6] Ibíd., n. 364.

[7] Ibíd., n.375.

[8] Ibíd., nn. 367-369.

[9] Ibíd., n. 404.

[10] Ibíd., nn. 405-407.

[11] Ibíd., nn. 408-410.

[12] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 393.

[13] Ibíd., n. 396.

[14] Ibíd., n. 306.

[15] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2095 y 2105.

[16] Ibíd., nn. 2104 y 2086.

[17] Ibíd., nn. 2099-2102.

[18] Ibíd., nn. 2088 y 2089.

[19] Ibíd., nn. 2091 y 2092.

[20] Ibíd., n.  2094.

[21] Ibíd., nn. 2118, 2111-2117. 2123-2132.

[22] DS, n. 601.

[23] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2142 y 2155.

[24] Ibíd., nn. 2148-2155.

[25] Cfr. Ecclesia in America, n. 12.

[26] Código de Derecho Canónico c. 1246, §1.

[27] Ibíd., cc. 1248, § 1, 1245; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2181.

[28] In die dominica Paschae II, 52.

[29] Dies Domini, n. 1.

[30] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2197. 2199.

[31] Gaudium et spes, n. 52.

[32] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2235-2242.

[33] Cfr. COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA PASTORAL DE LA MOVILIDAD HUMANA, Mensaje, De la desconfianza al respeto, y del rechazo a la acogida, CEM, 2002.

[34] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2241.

[35] Ibíd., n. 2258. 2288.

[36] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Donum vitae, n. 5.

[37] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2270-2275; Código de Derecho Canónico, c. 1398.

[38] Cfr. Humanae vitae, n. 99.

[39] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2275.

[40] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Donum vitae, nn. 1, 3-5.

[41] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2276-2279.

[42] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2296; cfr. JUAN PABLO II, Discurso con ocasión del XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, 29 de agosto de 2000, n. 5.

[43] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2280-2283.

[44] Ibíd., n. 2297.

[45] Ibíd., nn. 2289-2291.

[46] Ibíd., n. 2288, 2292-2295.

[47] Ibíd., nn. 2302-2317.

[48] Ibíd., nn. 2299 y 2301.

[49] Ibíd., nn. 2331-2335.

[50] Ibíd., nn. 2337-2350

[51] Ibíd., n. 2352.

[52] Ibíd., nn. 2353-2356.

[53] Ibíd., nn. 2380, 2381. 2387-2391; cfr. JUAN PABLO II, Exh. Ap. “Familiaris consortio”, n.  80.

[54] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357-2359.

[55] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2366-2371; PAULO VI, Enc. “Humanae vitae”, n. 14.

[56] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2373-2378.

[57] Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 1141.

[58] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2382-2385.

[59] Ibíd., n. 2386.

[60] Cfr. Código de Derecho Canónico, cc. 1151-1155.

[61] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2384.

[62] Cfr. Gaudium et spes, n. 69, 1.

[63] Ibíd, n. 71.

[64] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2421. 2459.

[65] Ibíd., nn. 2422- 2426.

[66] Ibíd., nn. 2432-2434.

[67] Ibíd., nn. 2414-2418.

[68] Ibíd., n. 2409.

[69] Ibíd., n. 2408.

[70] Ibíd., n. 2436.

[71] Ibíd., n. 2469.

[72] Ibíd., n. 2484.

[73] Ibíd., n. 2476.

[74] Ibíd., nn. 2480 y 2481.

[75] Ibíd., n. 2484.

[76] Ibíd., n. 2487.

[77] Ibíd., nn. 2488-2489.

[78] Cfr.  Código de Derecho Canónico, c. 983, § 1.

[79] Cfr. Intermirifica, n. 11.

[80] Ídem.

[81] Ibíd., n. 12.

[82] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2521.

[83] Ibíd., n. 2525.

[84] Ibíd., n. 2536.

[85] Ibíd., nn. 2538-2539.

[86] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, nn. 429-431.

Última modificación:
2016-Noviembre-03 11:16
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