Lo que la Iglesia ora

S.E. Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM

La necesidad vital de la oración

Cuenta una narración que un rey, cuyos dominios estaban a punto de ser invadidos, envió a un caballero para pedir ayuda a un reino vecino. Cuando estaba a punto de salir montado en su brioso corcel, el caballerango le advirtió: “Cuidado señor, porque un clavo de la herradura está flojo”, a lo que el caballero respondió: “¿Qué no ves que llevo prisa como para atender detalles como ese? ¡A mi vuelta lo arreglaré!”.

Pero por el camino se cayó el clavo, se zafó la herradura, se tropezó el caballo, se rompió la pata, y el jinete no pudo llegar a tiempo para pedir ayuda, con lo que el reino se perdió. "Por un clavo se perdió la herradura. Por una herradura se perdió el caballo. Por un caballo se perdió el jinete. Por un jinete se perdió la batalla. Por una batalla se perdió el reino", dice una canción popular inglesa. Moraleja: por un clavo, se perdió un reino.

Muchas veces, las cosas más grandes dependen de otras muy pequeñas, que van generando una cadena de sucesos. Por eso, el beato Juan Pablo II decía: “Hay una tentación… pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia… Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5). La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad”[1].

Jesús, modelo de oración

Jesús, el enviado del Padre con la fuerza del Espíritu Santo para salvarnos, permanecía en comunión con Dios a través de la oración. Efectivamente, en el Evangelio lo encontramos dirigiéndose al Padre continuamente. Y es de ese encuentro con Dios de donde mana toda su fuerza para enseñar, para actuar, y hasta para sufrir, como señala el Papa Benedicto XVI[2]

¡Cómo necesitamos también nosotros esa fuerza que sólo Dios nos puede dar! Únicamente así podemos mirar con ojos de fe los acontecimientos de la vida y ser eficaces representantes suyos; unidos a Él, en estrecha y permanente comunicación con Él. Por eso, el divino Maestro nos exhorta: “Velen y oren” (Mt 26,41).

En la oración podemos poner todo en sus manos: nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras necesidades, nuestros planes y proyectos, y las necesidades de nuestra familia, de los fieles de nuestra parroquia, de nuestra diócesis, de nuestra comunidad, de nuestro país y del mundo entero, seguros de que Dios siempre nos escucha: “Descarguen en Él todas sus preocupaciones –dice el Apóstol–, porque Él se interesa por ustedes” (1 Pe 5,7).

Incluso, en los momentos de dolor por una enfermedad, sentimientos de soledad, incomprensión, confusión o fracaso podemos dirigirnos a Dios con toda confianza. Así lo hizo Jesús en la cruz; agonizando en medio de las tinieblas del sufrimiento, siguió creyendo en Dios y se dirigió a Él para descargar su dolor y manifestarle, con total esperanza, su absoluta confianza: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Como Jesús, al orar, confesamos a un Dios que es razón, voluntad y amor, y que sabe perfectamente lo que hace, cuándo lo hace, cómo lo hace, y lo que permite y porqué.

“Pidan y se les dará”

“Pidan y se les dará” (Mt 7,7), exclama Jesús, quien en el Padre Nuestro nos enseña a pedir “todo lo que podemos desear con rectitud”[3], como afirma santo Tomás de Aquino. “No decimos: «Padre mío » –comenta san Cipriano de Cártago († 258)– Dios… que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos”[4]

Sin embargo, quizá alguien diga: “Muchas veces he pedido y no he recibido. Orar no sirve”. Lo que pasa es que la oración no es un conjuro mágico. Quien cree en la magia, piensa que por decir determinadas palabras, va a obtener infaliblemente aquello que desea, independientemente de si es bueno o malo. En cambio, quien ora, cree en Dios; y creer en Dios es fiarse de Él, sabiendo que nos da lo que más nos conviene, no para una alegría pasajera, sino para nuestra felicidad eterna. 

“El cristiano que reza no pretende cambiar los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto –afirma el Papa Benedicto XVI–. Busca más bien el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo de su Espíritu, en él y en su trabajo”[5]. Comprendiendo esto, santa Teresa de Jesús exclamaba: “¡Oh Amor, que me amas más de lo que yo me puedo amar...! ¿Para qué quiero, Señor, desear más de lo que Vos quisiereis darme?”[6] 

Perseverar en la oración 

Ciertamente, la perseverancia es fundamental. Pero ¿Qué hacer cuando sentimos que Dios no nos escucha y nos vemos invadidos por el desgano y la distracción? Perseverar en la oración, aunque cueste trabajo y no sintamos “nada”. Hay que entender que la oración cristiana no consiste en desapegarse de las emociones y situaciones, sino en presentarnos a Dios tal cual somos, con todo lo que nos preocupa e inquieta. Además, en la oración nos dirigimos a Dios, no a nosotros mismos; y Dios no se distrae.

En esos momentos en los que no conseguimos concentrarnos, podemos orar con el cuerpo: poniéndonos de rodillas, alzando la vista al Sagrario o al Crucifijo, juntando las manos, y sin decir nada, confesar sólo con nuestra presencia, nuestro ser y nuestro tiempo que Dios es todo para nosotros, como aconseja el Padre Rainiero Cantalamessa, ofm. Cap. (1934- )[7]

Finalmente, en tiempo de aridez, debemos recordar que “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rm 8,26). Él, sin que lo notemos, actúa en nosotros, como los rayos del sol lo hacen, aunque a causa de lo nublado del día no lo podamos ver.

La gran oración que Jesús nos enseñó: “El Padre Nuestro” 

En Cristo se nos ha dado una vida nueva mediante la fe en el poder de Dios[8]. Por eso, Jesús nos invita a llamar confiadamente Padre Nuestro al Señor de todas las cosas, en comunión con la Iglesia.  Por pura misericordia divina somos hijos de Dios. Esto nos compromete a actuar siempre conforme a nuestra dignidad, con libertad e identidad, tratando como hermanos a todo hombre y a toda mujer, valorando, respetando, defendiendo y promoviendo su vida, su dignidad y sus derechos inalienables[9], conscientes de la herencia incorruptible que nos aguarda.

De ahí nuestro ruego de que su Nombre sea santificado, a fin de que todos conozcamos al único y verdadero Dios, y alcancemos la unidad, la plenitud y la felicidad sin ocaso que sólo Él nos puede dar[10]. Por eso suplicamos que con su gracia y nuestro esfuerzo se haga realidad en nosotros, en nuestra familia y en nuestra sociedad[11] su Reino de amor, que Cristo vino a inaugurar –del cual la Iglesia es germen–, y que llegará  a plenitud con su retorno definitivo[12].

A nosotros toca poner de nuestra parte. Por eso, a fin de ser capaces de elegir el verdadero bien, le rogamos que se haga su voluntad, que es lo mejor para todos, ya que Él quiere que alcancemos una vida plena de significado en esta tierra y felicísima en el Cielo[13].

Dios se interesa por nosotros. De ahí que podamos decirle “danos hoy nuestro pan de cada día”, suplicándole nos conceda los bienes materiales y espirituales que nos son convenientes[14], comprometiéndonos a trabajar y actuar con justicia para que nadie carezca de lo necesario: alimento, casa, vestido, atención sanitaria, seguridad, educación, trabajo digno, afecto, respeto, comprensión, y sobre todo, el alimento de su Palabra y de la Eucaristía, que hace la vida plena y eterna[15]. Vida plena que nos introduce en la dinámica de su amor, capaz del perdón.

Por eso le pedimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Así, reconociendo nuestras faltas y rogando su perdón, le dejamos liberarnos de las cadenas del pecado y del rencor, para vivir la libertad maravillosa del amor, capaz de perdonar a los demás.

“No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”, imploramos, a fin de que nos ayude a no dejarnos engañar por el diablo “que tiene la costumbre de engendrar la falta”[16], conscientes de que, como decía san Felipe Neri (1515-1595), “en la batalla contra los sentidos, el ganador es el que escapa”[17]. ¡Hay que huir de la ocasión de pecar, alejarse de la tentación, y nunca coquetear con ella!

 


[1] JUAN PABLO II, Carta Ap. Novo millennio ineunte, 38.

[2] Cfr. Gesù di Nazaret, Ed. Rizzoli, Italia, 2007, pp. 21-28.

[3] Summa theologiae, II-II, 83, 9.

[4] Del Tratado sobre el Padrenuestro, 8-9.

[5]  Enc. Deus caritas est, 37.

[6] Exclamaciones del alma a su Dios, Ed. Aguilar, colección crisol, Madrid, 1957.

[7] Cfr. Adviento 2003 en la Casa Pontificia.

[8] Cfr. Col 2,12-14.

[9] SAN CIPRIANO DE CÁRTAGO, “De oratione dominica”, 11: PL 4, 526B.

[10] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 585.

[11] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Past. “Gaudium et spes”, nn. 22, 32, 39, 45; PAULO VI, Enc. “Evangelii Nuntiandi”, n. 31.

[12] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2818.

[13] Cfr. 1 Tm 2, 3-4.

[14] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2828-2837.

[15] SAN AGUSTÍN, sermones 57, 7, 7: PL 38, 389.

[16]  SAN AMBROSIO, “De sacramentis”, 5,30: PL 16, 454AB.

[17] Cfr. “Guía espiritual del Oratorio, Oraciones al glorioso san Felipe Neri, Apóstol de Roma, para todos lo días de la semana, con algunas máximas y jaculatorias del santo”, escritas por un sacerdote del Oratorio de Roma, traducidas al castellano, 3ª edición, Impresos San Diego, Puebla, Pue., 1986, p. 17. 

Última modificación:
2016-Noviembre-03 11:17
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