APERTURA DE LA LXXIX ASAMBLEA GENERAL
DEL EPISCOPADO MEXICANO

 
 


Cuautitlán Izcalli, Julio 04 del Año Eucarístico 2005

Eminentísimos Señores Cardenales
Excelentísimo Señor Nuncio
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos
Muy apreciados Secretarios Ejecutivos de nuestras Comisiones Episcopales
Un saludo a todas las personas que nos honran con su distinguida presencia.

¡Que la paz y el gozo, dones del Buen Pastor a su Iglesia, sean la fuerza que nos mantenga generosos y disponibles para las actividades que realizaremos durante esta Asamblea General!

Permítanme inspirar la reflexión que comparto con Ustedes, al iniciarse nuestra Asamblea General, en la parábola del Buen Samaritano que nos ofrece el Evangelio de San Lucas (Cfr. Lc. 10,30 - 37).

I.- "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cavó en manos de salteadores, que, después de despojarlo y golpearlo, se fueron dejándole, medio muerto" (Lc. 10, 37)

Mientras nosotros nos encontramos aquí, disfrutando la alegría del encuentro fraterno y el gozo de la comunión episcopal, afuera el mundo sigue el curso diario de la vida, con su cúmulo de proyectos, de afanes y de ilusiones; pero también con la experiencia de una carga de amargas frustraciones y sufrimientos. He querido mencionar, el texto de la parábola del Buen Samaritano, porque me parece que puede iluminar la realidad que experimentan amplios sectores de nuestra sociedad mexicana, en estos momentos. Viven, pero tirados por el camino de la historia; sufren golpes y heridas que los tienen en dolorosa postración.

Sería prolijo hacer el recuento detallado de cada uno de los males; sólo quiero referirme a los que nos resultan más evidentes. Uno de los más visibles, es la violencia en sus diferentes formas: la violencia criminal que, por robo o por venganza ensangrienta nuestras calles y nuestras casas, provocando temor e inseguridad. La violencia causada a la vida que nace y que se convierte en agresión contra quienes carecen de voz y de defensa.

Otra herida, señalada ya en nuestra Carta Pastoral del año 2000, pero que permanece abierta, es el "deterioro de la capacidad adquisitiva de la mayoría de las personas, la falta de empleos bien remunerados que genera migración de amplios sectores de la población; la caída en la calidad de vida especialmente de las clases medias y su paulatina disolución como grupo social" (No. 56).

Nos afecta una enfermedad, que, como peste malsana y crónica vicia el aire que respiramos: me refiero a la corrupción que destruye el tejido social y, degradándolo, se enriquece de su descomposición. La corrupción de los que se organizan impunemente para robar, extorsionar o secuestrar personas. La corrupción que ejercen quienes se apropian de los dineros que son de todos, valiéndose de trampas administrativas de todo género.

Vemos, con indignación y dolor, la acción criminal de quienes especulan con la droga y de ella obtienen ganancias inmensas, superiores a las de las más grandes empresas productivas.

Hermanos Obispos: después de esta somera, pero dramática descripción de algunas de las heridas que padece el pueblo que nos ha sido confiado y volviendo al objetivo que nos hemos propuesto para esta Asamblea: "Continuar la revisión de las 'estructuras de nuestra Conferencia", podría surgir preocupante una pregunta: ¿No estaremos imitando a aquellos profesionales del culto, el levita y el sacerdote, que viendo al hombre tirado y medio muerto, dieron un rodeo y siguieron su camino? ¿No estaremos desviando la mirada para dirigirla, tal vez con narcisismo, sobre nosotros mismos?

II.- "Pero un Samaritano que iba de camino negó junto a él, y al verle tuvo compasión; y. acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino" (Lc. 10, 33). Con toda honestidad, debemos revisar si el trabajo que nos disponemos a realizar está hecho en sintonía con los sentimientos de aquel Buen Samaritano. El empeño por revisar, renovar y actualizar la organización estructural de nuestra Conferencia, tiene que estar conducido por el proceso interior que vivió aquel Samaritano de la caridad eficaz. Comentando este pasaje evangélico, el Papa Juan Pablo n dice: "Es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad de corazón que testimonia la compasión hacia el que sufre (…). Sin embargo, el Buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Esta se convierte en estimulo para la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Buen Samaritano es el que ofrece ayuda en el sufrimiento (…). Ayuda, dentro de lo posible eficaz" (Salvifici Doloris No. 28).

La situación del hombre al que debemos servir nos impulsa al ejercicio de la caridad pastoral; pero la caridad pastoral es el principio inspirador y la última referencia indispensable en el ejercicio de nuestro ministerio; sin embargo, no basta para la eficacia requerida. Se requieren instrumentos bien calibrados, si queremos ofrecer ayuda eficaz.

La Iglesia tiene su elemento interno, "su alma"; pero la Iglesia tiene también su "corporeidad", su forma externa y visible, construida por estructuras e instituciones, porque es la Iglesia del Verbo Encarnado. Algunos de estos organismos son inmutables por voluntad de Dios, pero otros tienen que determinarse por la forma histórica que reclaman los signos de los tiempos; de lo contrario la acción pastoral de la Iglesia no tendría incidencia, ni eficacia; su actuación resultaría obsoleta e inapropiada.

Un estudio histórico de las estructuras eclesiales nos permite descubrir la gran libertad con que actuaron las comunidades primitivas para organizarse y para responder, bajo la dirección del Espíritu Santo, a los retos que planteaban las diferentes circunstancias del tiempo y del lugar. Las épocas en que la evangelización presenta mayor dinamismo coinciden con los elementos de mayor creatividad y de mayor sensibilidad para organizarse en conformidad a los reclamos del momento. También podemos constatar que muchas posibilidades apostólicas se frustraron cuando faltó la capacidad de respuestas nuevas, imaginativas y audaces, para hacer la adaptación a las estructuras en uso. Baste referirnos a los intentos fracasados de evangelización del Oriente en el siglo XVI por presentar el mensaje universal de Jesucristo, como si fuera inseparable de las formas culturales del Occidente cristiano.

III.- "Y montándolo sobre su propia cabalgadura lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios se los dio al posadero y dijo: Cuida de él v si gastas algo más. Te lo pagaré cuando vuelva" (Lc. 10, 35). Nos hemos decidido a revisar las estructuras de nuestra Conferencia Episcopal; es decir, nos hemos decidido a ponemos en camino. Es preciso tener criterios orientadores que nos permitan llegar con seguridad al término que deseamos, "a la posada" que no es sino la habitación en el Reino consumado, donde "serán curados todos nuestros males y ya no habrá muerte, ni nanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Apc. 21, 4).

  • En la búsqueda de una mejor forma organizativa, en la Iglesia no nos movemos como técnicos, ni tomamos decisiones en base a pura eficacia operativa; somos, en primer lugar creyentes, somos Pastores y Obispos que ponemos a disposición de Cristo nuestra inteligencia, nuestra imaginación, sentimientos, fantasía, y en primer lugar nuestro entusiasmo para hacemos solidarios de las preocupaciones del Buen Pastor y de los sufrimientos de los hombres, nuestros hermanos.
  • En la Iglesia siempre las estructuras son servicios, están en función de las personas. La función de las estructuras eclesiales es defender, mantener, desarrollar y aumentar la vocación cristiana de todos los miembros del Pueblo de Dios.
  • Las estructuras deben fortalecer la unidad en la diversidad. Contradice este criterio la organización que tienda a uniformar, o que sea provocadora de anarquía.
  • La novedad de los tiempos que nos toca vivir, la rapidez con que se producen los cambios, la complejidad de los fenómenos culturales y su interrelación, nos confirman en el dicho evangélico: "A vino nuevo, odres nuevos". Podríamos decir que las estructuras son como los odres, el vino nuevo es la fuerza vivificante del Espíritu. Esto nos habla de la grandeza y la humildad de las estructuras en la Iglesia: ellas no son lo principal, ellas no producen la santificación, ellas no son el objetivo último, pero sin ellas, sin su aporte, en los planes ordinarios de Cristo, no seremos los centinelas atentos que vigilan el curso de la noche para anunciar con gozo la negada del nuevo día.


CONCLUSIÓN

No habrá un mundo nuevo, sin hombres nuevos. Podríamos decir que nuestra Conferencia Episcopal no contará con estructuras nuevas y eficientes, sin nuestro empeño por ser, cada vez más, Obispos renovados. La reflexión que realizaremos para revisar nuestras estructuras debe ir acompañada de preguntas que miran más directamente a nuestro interior: ¿Somos administradores, más o menos fieles, al servicio de una estructura que ofrece servicios religiosos?, o más bien, ¿somos testigos devorados por el fuego de la caridad pastoral que impulsó siempre a Cristo, nuestro modelo'!.

Empeñémonos con valentía y entusiasmo en el objetivo propuesto para esta Asamblea, pero recordemos que sólo podemos cumplir la tarea que nos corresponde, si primero creemos en el Señor, le damos cabida en nosotros y vivimos la fuerza transformadora del Evangelio que anunciamos. Como administradores fatigados y faltos de esperanza, no tenemos ningún futuro; como profetas comprometidos, la victoria de Cristo Resucitado nos está asegurada.

 

+ José Guadalupe Martín Rábago
Obispo de León
Presidente de la CEM

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