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HOMILIA |
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Eminentísimos
Señores Cardenales Muy queridos hermanos todos: Quiero comenzar invitándolos a unirnos en la oración por nuestros hermanos obispos que se nos han adelantado a la Casa paterna del cielo en el presenta año: Mons.
Genaro Alamilla Que reciban la corona merecida por tantos esfuerzos dedicados a edificar la Iglesia en el tiempo. Los acontecimientos papales de hace tres meses, condicionaron nuestra asamblea, desplazándola para su realización hasta estos días. La experiencia que vivimos durante la admirable agonía del Papa Juan Pablo II, su muerte y el novenario de honras fúnebres, es inolvidable. Haber podido compartir eclesialmente esos días en nuestras diócesis es algo que no tiene precio. Y la elección del nuevo pontífice es la constatación de la presencia activa del Espíritu Santo en su Iglesia. Es como un bálsamo que suaviza la espera y confirma la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”.Bienvenido sea Benedicto XVI. Oramos por él, lo amamos y obedecemos, vivimos en comunión… Hemos
escuchado la proclamación del Evangelio con sabor profundamente
vocacional. Este es el tiempo de los preseminarios. Estamos ansiosos de que las motivaciones de todo el año, las estrategias de los equipos de pastoral vocacional rindan suficientes frutos. No podemos ignorar que la sociedad actual permisiva, consumista y superficial llena los sentidos de los jóvenes de atractivos que lo debilitan en su personalidad, para poder tener la capacidad de optar por algo superior. La población aumenta, pero el número de sacerdotes se desfaza, no aumenta en la misma proporción. Bien sabemos que al llegar a ser sacerdotes es un signo inequívoco del amor de predilección del Señor sobre cada uno de nosotros. El nos necesita para llevar adelante su obra redentora. Legada la plenitud de los tiempos el Hijo de Dios se encarna en el vientre purísimo de María, y se hace hombre. Se sujeta a las condiciones del hombre del TIEMPO Y ESPACIO… AQUÍ Y AHORA… Cumple su misión y se va a los cielos, para siempre, hasta su segunda venida al final de los tiempos. YA NO LO VEREMOS. Su presencia física, pública ya no la tendremos. Nos uniremos definitivamente por la fe. Deja de esta manera la realización de si obra en manos de la Iglesia. Dirá a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque me ven, me oyen,… pero más dichosos serán aquellos que creerán en mí por la palabra de ustedes…” Se ha puesto en nuestras manos una misión definitivamente sublime. La aplicación de la redención en manos de la Iglesia… “VAYAN POR TODO EL MUNDO…” … “COMO EL PADRE ME ENVIO…” ¡Cuánta carga… con la misma misión, IDENTIFICACION…! Sacerdos alter Christus, ¡durante cuanto tiempo generaciones en la Iglesia consideraron al sacerdote OTRO CRISTO. Yaún ahora, aunque la gente ya no se exprese así, la realidad se sostiene: NUESTRA IDENTIFICACION CON CRSITO. Así como san Juan lleno de unción decía: “Lo que nuestros OJOS vieron… nuestros OIDOS oyeron,… nuestras MANOS tocaron… del Verbo de la vida eso comunicamos”… Así también en nosotros se debiera VER, OIR, TOCAR a Jesús, el Verbo de Vida a quien anunciamos…” El Obispo está llamado a la plenitud del sacerdocio. De qué manera me impactó cuando al comunicárseme la invitación al Episcopado, el Cardenal Gantín me dice: “Te das cuenta que te está invitando el Papa a formar parte del Colegio Apostólico?” No puedo explicar que sentí. Construir la Iglesia significa participar cada día más plenamente de la Eucaristía: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros…” “Este es el cáliz de mi Sangre que será derramada por vosotros…” Esto es más que invitación, nuestra identificación con Cristo nos lanza a la entrega total: mi cuerpo y mi sangre… En algún acontecimiento de una diócesis, celebrando el aniversario del Obispo, distribuyeron un folleto con algunas reflexiones, el título del folleto era. “El Obispo, un hombre crucificado”, con el correr de mis pocos años de Obispo he experimentado que es cierto. ¡Y con justa razón, si hemos sido invitados a un seguimiento, este tiene que ser real! Todos nosotros hemos vivido momentos gratísimos en las expresiones de fe de nuestros fieles, pero también otros momentos muy duros y lacerantes. Yno cabe duda: “El que quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y que me siga…” Ojalá que estos pensamientos nos ayuden en algo en nuestros trabajos de estos días con miras a renovar nuestras estructuras episcopales. Que María Santísima que guardaba tántas cosas en su corazón para meditarlas y entenderlas mejor, nos acompañe en estos días e inspire nuestros trabajos.
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Mons. Rafael Romo Muñoz
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