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HOMILIA |
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En
orden a obtener algunas enseñanzas de la Palabra de Dios,
para el objetivo que nos proponemos el día de hoy en nuestra
Asamblea, deseo hacer algunas reflexiones:
Del Libro del Génesis El Patriarca José es figura de Cristo. Fue entregado como esclavo a unos extranjeros por envidia, de parte de sus propios hermanos. No obstante la humillación que padeció, fue puesto al frente del pueblo en donde era un esclavo, para que ese pueblo no muriera de hambre. También libera de la muerte a quienes lo entregaron para que fuera vendido como esclavo, sus propios hermanos. Los demás pueblos de la región también se vieron liberados de la muerte por hambre, gracias a la intervención de Dios en su historia, por medio de José. En José tenemos un prototipo de la acción salvífica de Cristo: Lleno del Espíritu, es puesto por Dios al frente de su pueblo, para organizarlo, servirlo y salvar su vida. Lleno de compasión hacia sus hermanos, pasa por alto su testadurez e insensatez y hasta su mal corazón, los perdona y permitió así que el pueblo del que había de nacer el Salvador, permaneciera y continuara realizando su misión histórica.
El Evangelio de Mateo que nos ha sido proclamado, nos narra la elección que el Señor Jesús hizo de los doce apóstoles, de como los revistió de su propio poder para expulsar espíritus impuros y para curar todo tipo de enfermedades y dolencias. Tenemos aquí el envío de los Apóstoles a su primera misión y el comienzo de las instrucciones que Él mismo les dio, en lo que se refiere al contenido de su predicación y las acciones con las que han de manifestar lo mismo que anuncian. Lo sustancial de su anuncio es que el Reino de Dios está cerca. Los signos que manifiestan que el Reino de Dios empieza a acontecer, son los mismos signos que Jesús ha venido realizando y que son descritos por San Mateo en los Capítulos 8 y 9. Jesús, desde la Sinagoga de Nazaret (Cf. Lc 4,16), Jesús manifiesta el programa de su ministerio en medio del mundo, como es el anuncio de la Buena Nueva del Reino a los pobres, Reino que empieza a acontecer, que comienza a construirse con su presencia, “el Reino de Dios ya se encuentra en medio de ustedes” dirá cuando sea interrogado acerca de la llegada de ese Reino (Lc 20,21), en donde los pobres son sacados de su postración, los que tienen el corazón destrozado son sanados, los que vivían cautivos son liberados, los prisioneros salen a la libertad, los afligidos son consolados, los que viven la tristeza del luto son ungidos con perfume de alegría y su ánimo triste se convierte en cánticos de alabanza, para convertirlos en un pueblo sacerdotal, en una estirpe elegida (Cf. Lc 4,17-21; Is 61, 1-6). Ahora Jesús concede a los Apóstoles poder para realizar esos mismos signos que él realizó y que muestran que el Reino de Dios empieza a acontecer, empieza a ser construido en la historia, y por ello les ordena que curen a los enfermos, que resuciten a los muertos, que limpien a los leprosos y que expulsen a los espíritus impuros. No obstante, pone a sus discípulos, por decirlo así, dos condiciones para que el Reino que anuncian se traduzca ya en un acontecimiento histórico, que se haga presente en medio del mundo, condiciones que se exigen para que no sea un anuncio esteril: que lo que recibieron gratuitamente, gratuitamente lo den, y que no vayan apoyados en seguridad de ningún tipo, para su vida personal; esto significa, no llevar dinero en el bolsillo, ni morral para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias extras, ni buscar tampoco el mejor alojamiento (Cf. Mt 10, 7-11). En una palabra, el trabajo para el anuncio y la construcción del Reino de Dios exige de parte de los obreros, a ejemplo de su Maestro, una renuncia radical a todo aquello que no compagina con ese Reino y su Justicia. En estos textos del libro del Génesis y del Evangelio de San Mateo, encontramos pautas muy claras que orientan la espiritualidad y el ánimo con el que hemos de trabajar en la reestructuración de nuestras comisiones, en la Conferencia Episcopal y en las Provincias Eclesiásticas o Regiones, según el modo en el que nos decidamos a trabajar. Lo importante es que hagamos de la Iglesia que peregrina en México, un instrumento eficaz en las manos de Cristo, para que Él pueda instaurar su Reino en medio de nosotros. Para ello se exigen de nosotros la misma actitud humilde de Cristo, cuyos rasgos hemos descubierto hoy en la figura de José. Encontraremos en nuestro trabajo pastoral la oposición de la ancestral ideología liberal, y el secularismo moderno, que se opondrán al anuncio y a la construcción del Reino, pero no obstante la humillación en la que hemos vivido por años, a semejanza de la esclavitud de José, por la fuerza de su Espíritu podemos ponernos al servicio de nuestro pueblo, para contribuir a su organización en la justicia y la verdad, para que permanezca en la vida y no sucumba víctima de su propio desorden, desorganización y por la aridez de falsas ideologías y concepciones equivocadas de la vida social y familiar. También hoy nuestro pueblo padece hambre, no por falta de lluvia precisamente, sino por la falta de generosidad de quienes se han aliado al inhumano sistema económico imperante, que obstruye la función social de la gestión pública y viene pervirtiendo también a los políticos. Pero para vencer el mal, a semejanza de José, hemos de conservar nuestro corazón limpio y saber perdonar a quienes de distintas maneras buscarán impedir, por ignorancia y aún de mal corazón, como los hermanos de José, la misión que Cristo a encomendado a su Iglesia. Sólo pasando por encima de la maldad, con un corazón sereno, como lo hizo José, le abriremos el camino a la Iglesia: “Bienaventurados los Mansos, porque poseerán la tierra” (Mt 5,5). Y hemos aprendido también de Jesús mismo en persona, a quien en el Evangelio hemos contemplado aleccionando a sus Apóstoles, (de quienes somos sucesores), a quienes recomendó, para que no perdiera eficacia la tarea que les encomendaba de anunciar y construir el Reino de Dios y su Justicia, que conservaran su libertad ante la seducción de la riqueza: gratis lo recibieron, denlo gratuitamente y evitaran la búsqueda de su seguridad personal (Cf. Mt 10, 8-10). Juan Pablo II en la Basílica el día de la Betificación de los Mártires de Cajones en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, nos dijo a los mexicanos “Busquen el Reino de Dios y su Justicia ya desde esta tierra”. La pedagogía de Jesús fue bien clara, no les pidió a sus apóstoles lo que Él mismo no hizo. Pidió espíritu de pobreza, humildad, libertad ante los poderes del mundo, arriesgar su vida por la verdad. Nosotros no podemos pedir a los fieles lo que nosotros no hagamos. El Reino de Dios es un acontecimiento histórico que exige de nosotros los obispos y de toda la Iglesia, las mismas actitudes que asumió Jesús, y que explícitamente pidió a sus discípulos para ser instrumentos eficaces en el anuncio y la construcción del Reino de Dios. Lo
que nosotros hagamos estos días, las decisiones que tomemos,
deben tener bien presente la descripción que hace la Lumen
Gentium del Pueblo de Dios, para que nosotros como Conferencia, por
medio de nuestra acción pastoral conjunta, según los
niveles desde los que nos movamos, propiciemos que ese modelo de
Iglesia que el Espíritu Santo describió a los Padres
que participaron en el Concilio Vaticano II, acontezca como un modelo
histórico, según lo expresaba el Papa Paulo VI al final
de ese Concilio. Así describe a la Iglesia la Constitución
Dogmática Lumen Gentium: +
Fray Rául Vera López, O.P.
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