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HOMILIA |
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Muy
queridos hermanos Obispos Agradezco al Señor presidir esta Eucaristía final de la LXXIX Asamblea de la Conferencia Episcopal Mexicana: después de todo lo dicho y reflexionado en esta semana, puedo decir sin duda que el ministerio de la presidencia convierte esta Santa Misa en una de las más significativas de mi vida. La presido, en efecto, como miembro de esta Asamblea Episcopal desde hace casi diecisiete años, y me alegra recoger la acción de gracias y la oración de mis hermanos en el episcopado, para alabanza de Dios Padre y para el bien de toda la Iglesia. Y la presido también como Obispo de la Iglesia de Dios que peregrina en Zamora a la que hago presente aquí en la comunión de los Obispos de toda Iglesia en México, con la mejor carta de presentación que la Iglesia puede ofrecer que son sus hombres y mujeres santos, nacidos allí: los beatos Rafael Guizar y Valencia y la Madre Vicentita, y los siervos de Dios José Luis Sánchez del Rio, mártir de Cristo a los trece años, Leonardo Castellanos, José María Cázares y Martínez, José Antonio Plancarte y Labastida, María de Jesús Guizar Barragán y el P. José Ochoa, Fundador de los Misioneros de la Sagrada Familia. Pocas veces como en esta LXXIX Asamblea se ha cumplido aquello de que la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida de la Iglesia. En efecto, todo cuanto en estos días hemos estado viviendo, reflexionando y organizando parte de la Eucaristía y tiende a ella como a su fin. La Iglesia, en efecto nace de la Eucaristía, y también la Eucaristía nace de la Iglesia. Particularmente en nuestra Eucaristía de estos días, hemos vivido el Misterio total de la Iglesia, que es comunidad espiritual y cuerpo visible, que es comunión en la gracia y al mismo tiempo sociedad provista de órganos y estructuras, que es carisma e institución, que es dinamismo y fuerza del Espíritu y al mismo tiempo sacramento original del Señor. La Eucaristía es ikono de la Iglesia. Pero también nuestra Eucaristía es un reflejo y una imagen de la vida de nuestras Iglesias: desde este lugar elevado contemplo al pueblo de Dios que peregrina en todas y cada una de nuestras Diócesis con su historia, sus valores, sus características propias, sus sacerdotes, sus religiosas y sus laicos, sus esfuerzos de renovación, de comunión y participación, sus planes pastorales, sus grandes desafíos, y le pido al Señor: ¡Señor, que seamos uno como tú lo deseas! Como repetidas veces se mencionó en estos días, nuestra Asamblea y nuestra Eucaristía ha tenido una novedad muy grande: la presencia de un nuevo Sumo Pontífice, de un nuevo Papa, de un nuevo Santo Padre. El Primado de Pedro, como lo dice la Pastores Gregis es un ministerio intrínseco de cada Iglesia particular, y su evocación en el canon de la Eucaristía lo significa y lo expresa de una manera excelente. En su tesis doctoral sobre el Pueblo de Dios, el actual Pontífice subraya que la presidencia en la caridad que ejerce el Obispo de Roma sobre todas las Iglesias del orbe, lo ejerce desde la Eucaristía. La Eucaristía es el lugar propio de donde ejerce el Primado del Papa, de manera que la comunión católica, más que de la ortodoxia y más que de la ortopraxis, brota de la ortoeucaristía. Son sus palabras textuales Según este criterio, podemos también decir que los principios de colegialidad y de la comunión entre las Iglesias particulares brota también de la Eucaristía y tiende a que nuestra Eucaristía, donde quiera que la celebremos, sea también la única Eucaristía, la verdaderamente católica, de manera que es en la Eucaristía donde se cumple en modo más excelente ese punto de engarce que es cada Obispo de su Iglesia particular con la Iglesia universal y ese testimonio visible de la presencia de la única Iglesia de Cristo en su Iglesia particular. Y de aquí nace también aquella pasión por las Iglesias que hacía exclamar al Apóstol: ¿quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrace? Por lo mismo, los invito a que esta Eucaristía final de nuestra Asamblea, de esta Asamblea concreta, sea el momento de la fiesta, de la celebración de todo lo que hemos estado viviendo estos días, el anuncio gozoso de todo lo que intentaremos hacer en los tiempos que vienen para que se haga realidad lo que aquí está implícito, que todo se transforme y se impregne de esta realidad misteriosa: la presencia, el affectus collegialis, los acuerdos hechos, la liturgia, el abrazo de paz, la consagración y la comunión, el momento de la despedida: que todos los que comemos de un mismo pan, no formemos sino un mismo Cuerpo. La Palabra de Dios, que siempre está para edificarnos y enseñarnos, ha sido un regalo de Dios en estos días, de manera que la liturgia ha sido para nosotros un ejercicio espiritual, una verdadera lectio divina, un itinerario eclesial como magníficamente nos lo han hecho vivir los hermanos que la han presidido en estos días. Las lecturas del libro del Génesis han sido como el fondo que le ha dado un marco de historia de salvación con sus personajes, sus impresionantes narraciones, sus emocionantes acontecimientos a la estructuración del nuevo Pueblo de Dios en el capitulo 10 del Evangelio de San Mateo, el llamado discurso eclesial de este evangelio: gracias a la sacramentalidad de la palabra divina, nuestra vocación se ha confirmado con la vocación apostólica, nuestra colegialidad se ha visto prefigurada en la misión de los Doce, nuestro ministerio se ha clarificado con la predicación del Reino, nuestra vida diaria se ha enriquecido con las exigencias del seguimiento, nuestras condiciones de vida se han diseñado con las advertencias del Maestro, del Obispo de nuestras almas: sean precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas...cuídense de la gente...cuando los enjuicien, no se preocupen de lo que han de decir o como lo han de decir, pues ya se les inspirará lo que han de decir: ¿a cuántos les ha tocado, hermanos, cumplir este evangelio al pie de la letra? ¿A cuántos en forma figurada? ¿A cuántos nos tocará algún día? Nos quedamos con el versículo del aleluya: cuando venga el Espíritu de verdad, él les enseñará toda la verdad y les recordará todo cuanto yo les he dicho. ¡Veni, Sancte Spiritus ! Una última palabra, que da sentido particularmente a esta Eucaristía final de la LXXIX Asamblea de la CEM: en cierto modo, de aquí partimos colegialmente como Episcopado a la Visita ad Limina, es el sentido de nuestro ite missa est final de la Asamblea. Ir a ver a Pedro y permanecer con él, si no los quince días del Apóstol Pablo, al menos ocho días. Los motivos de la Visita ad Limina ahí están, en la Pastores Gregis –la collegialis confirmatio, la colaboración con el sucesor de Pedro para bien de la Iglesia entera, el conocimiento y la confianza mutua en la visita a los Dicasterios de la curia romana- pero me gustan más estas palabras de la misma exhortación: en la comunión eclesial, así como el Obispo no está solo, sino en continua relación con el Colegio y su Cabeza, y sostenido por ellos, tampoco el Romano Pontífice está sólo, sino siempre en relación con los Obispos y sostenido por ellos. Vamos a decirlo a Benedicto XVI y a orar por la beatificación de Juan Pablo II junto al altar de la confesión: hasta la Roma de los mártires y santos, con el gozo de ser sucesores de los Apóstoles. +
MONS. CARLOS SUAREZ CAZARES |
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