4 de julio de 2005

Mensaje del Señor Nuncio Apostólico
en la apertura de la LXXIX Asamblea Plenaria
de la Conferencia del Episcopado Mexicano

Saludo muy cordialmente a todos los miembros y colaboradores de la Conferencia del Episcopado Mexicano y agradezco a su Presidente, el Excmo. Mons. José Guadalupe Martín Rábago, la oportunidad que me brinda de dirigirles unas palabras en esta Sesión de Apertura de la 79° Asamblea Plenaria, cuya celebración se ha pospuesto hasta el verano a causa de los importantes acontecimientos eclesiales vividos el pasado mes de abril, con el fallecimiento del muy querido y recordado Papa Juan Pablo II y la elección a la Cátedra de Pedro del Cardenal Joseph Ratzinger, con el nombre de Benedicto XVI. A todos les deseo la abundancia de los dones del Espíritu: el gozo, la paz, la esperanza, la comunión y el discernimiento.

A través de Ustedes, Señores Obispos, quiero agradecer de corazón a los fieles mexicanos las innumerables manifestaciones de duelo, profundo pesar e inmenso cariño hacia el difunto Pontífice, el ya Siervo de Dios Juan Pablo II, así como la acogida tan cordial y afectuosa que México ha brindado al nuevo Sucesor de Pedro, nuestro querido Benedicto XVI. Una vez más el pueblo mexicano ha demostrado con creces estar muy cerca del corazón del Papa.

Al comienzo de este importante encuentro eclesial, creo oportuno evocar las sugestivas palabras del Santo Padre Benedicto XVI en su reciente homilía de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cuando, al meditar sobre la unidad y la catolicidad de la Iglesia, afirma: "Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno"

Me es grato saludar ahora a los miembros que se han incorporado últimamente a la Conferencia Episcopal: los nuevos Obispos de Matamoros, Tarahumara y Tuxtepec y el nuevo Auxiliar de Monterrey. Felicito también a los recientemente nombrados Obispos de Mazatlán, Tapachula y Colima. Asimismo, quisiera tener un recuerdo lleno de reconocimiento y gratitud al Excmo. Mons. Efrén Ramos Salazar, Obispo de Chilpancingo-Chilapa, fallecido el pasado mes de febrero después de una larga enfermedad, al Excmo. Mons. Manuel Talamás Camandari, Obispo emérito de Ciudad Juárez, muerto en mayo a la edad de 87 años, y al Excmo. Mons. Manuel Samaniego Barriga, Obispo de Cuautitlán, que acaba de fallecer el pasado día 26 de manera repentina, tras haber padecido con gran entereza una dura enfermedad. ¡Que Cristo Resucitado los tenga en su gloria!

Esta Asamblea del Episcopado tiene como objetivo reflexionar y dialogar entorno a la propuesta de nuevas estructuras de la Conferencia Episcopal, dando así cumpliendo a la voluntad expresada en el Mensaje Final de la pasada Asamblea Plenaria del mes de noviembre de 2004, en el que los Obispos, después de profundizar sobre la vida, la comunión y el servicio que como Pastores deben realizar, "veían la conveniencia de revisar sus organismos, de modo que sus actitudes y acciones en servicio de los fieles fueran más eficaces en la medida del Evangelio".

En efecto, para manifestar mejor y de manera más profunda la colegialidad episcopal, y para realizar un trabajo pastoral cada vez más eficaz y aumentar la colaboración necesaria, los Obispos han aceptado valientemente, después de meses de estudio, llevar a cabo un cierto número de cambios, entre los cuales figura dar nueva vitalidad a la antiquísima institución de las Provincias Eclesiásticas, donde los Arzobispos son instrumento y signo tanto de la hermandad entre los Obispos de la Provincia como de su comunión con el Romano Pontífice (Pastores Gregis, 62). Se quiere recuperar así la antigua forma de relaciones entre las diócesis, que favoreció a lo largo de los siglos una intensa vida de colaboración entre los Obispos, en particular en los ámbitos doctrinal y pastoral, como testimonian los Concilios y los Sínodos provinciales de la antigüedad. Esto supondrá sin duda que, sin menoscabo de la responsabilidad propia de cada Obispo, las diócesis de una misma Provincia puedan unirse y realizar servicios comunes, principalmente en la catequesis, en la formación permanente del clero y de los laicos, así como en todo lo que concierne a las vocaciones, evitando de este modo la dispersión y suscitando dinamismos nuevos. La nueva organización de las Provincias Eclesiásticas será una ocasión particularmente oportuna para un trabajo colegial más intenso, reforzando los vínculos de la comunión fraterna y ayudando a los Obispos en su vida personal y en su misión pastoral.

A este respecto, como señala el Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos Apostolorum Sucesores, corresponde a los Arzobispos Metropolitanos una especial responsabilidad para la unidad de la Iglesia en relación con las diócesis sufragáneas y sus Pastores. Ellos tienen como función propia vigilar para que en toda la Provincia se mantengan con diligencia la fe y la disciplina eclesiales, y para que el ministerio episcopal sea ejercitado en conformidad con la ley canónica. Su solicitud por las diócesis sufragáneas será especialmente atenta en los periodos en que la sede episcopal esté vacante o en momentos de particulares dificultades del Obispo diocesano. Pero la misión del Metropolitano no debe limitarse a los aspectos disciplinares, sino que se extiende también a la atención, discreta y fraterna, de las necesidades de orden humano y espiritual de los Pastores sufragáneos, de los que puede considerarse en cierta medida hermano mayor, primus inter pares. Asimismo, el Arzobispo Metropolitano deberá promover, junto con los Obispos de la Provincia Eclesiástica, iniciativas comunes para responder adecuadamente a las necesidades de las diócesis de la Provincia, entre las que destaca, por su importancia y actualidad en México, la fonrmación de los candidatos al presbiterado y de los laicos empeñados en la animación pastoral (cfr. N. 23).

Hay que señalar, sin embargo, que esta revitalización de las Provincias Eclesiásticas, dentro de la comunión eclesial, no debe menoscabar la legítima diversidad y autonomía de las Iglesias particulares, cuyas propias tradiciones, lejos de perjudicar la unidad, la enriqueces y favorecen. Así pues, a cada Obispo corresponde tener una solicitud muy particular por su Iglesia local, cumpliendo lo mejor posible su misión de gobierno, procurando no alejarse de ella demasiado tiempo, visitando las diferentes comunidades, escuchándolas y animándolas.

Otro cambio importante que será examinado en esta Asamblea Plenaria es la reestructuración de los organismos de la Conferencia Episcopal. Esto demuestra que los Obispos son conscientes de que los cambios que se producen en la sociedad y en la Iglesia requieren nuevos modos de colaboración y de funcionamiento, para que las estructuras estén verdaderamente al servicio de la evangelización. La renovación de las estructuras, aunque a veces sea dolorosa, para algunas personas, resulta necesaria periódicamente, a fin de evitar formas de esclerosis y eventuales bloqueos en el dinamismo pastoral y en la búsqueda eclesial. A este propósito, es conveniente recordar la invitación que hace el Santo Padre Juan Pablo II en su Carta Apostólica Apostolos suos a evitar el peligro de la burocratización de las oficinas de la Conferencia, pues "no debe olvidarse el hecho esencial de que las Conferencias Episcopales con sus comisiones y oficios existen para ayudar a los Obispos y no para sustituirlos" (N. 18).

Quisiera concluir mis palabras señalando que el fin último de todas las estructuras y de todas las formas de organización en la Iglesia es la salvación de las almas, la salus animarum, que debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia (CIC, c. 1752). Para cumplir esta misión salvífica, que supera con creces las posibilidades humanas, el Señor ha concedido a los Obispos la ayuda y la colaboración de los sacerdotes. En efecto, como afirma la Exhortación Apostólica Pastores Gregis, los presbíteros, y especialmente los párrocos, son los más estrechos colaboradores del ministerio del Obispo. Por ello, "el Obispo ha de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico" (N. 47). Mas aún, el presbítero puede esperar razonablemente muestras de cercanía de su Obispo, de manera especial los sacerdotes jóvenes y recién ordenados, los ancianos y jubilados, así como los que padecen enfermedad grave u otras formas persistentes de debilidad, De igual modo, el Obispo debe seguir de cerca, con la oración y una caridad efectiva, a los sacerdotes que están en crisis, dudan de su vocación o han faltado a sus deberes.

No en balde el Papa Juan Pablo II cita a San Jerónimo, quien comparaba la relación que había entre Aarón y sus hijos con la que se da entre el Obispo y sus presbíteros. Y añadía: "¿Acaso no es orgullo de padre tener un hijo sabio? Felicítese el Obispo por haber tenido acierto al elegir sacerdotes así para Cristo" (Ep. ad Nepotianum presb., LII, 7).
Ojalá que este sea el mayor orgullo de los Obispos de México: ¡sus sacerdotes

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