H O M I L Í A
APERTURA DE LA LXXX ASAMBLEA DE LA
CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO

 
 
Lunes 7 de noviembre de 2005


Eminentísimos Señores Cardenales
Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos
Muy apreciados Secretarios Ejecutivos de las Comisiones Episcopales
Hermanos todos que nos honran con su distinguida presencia:

Iniciamos las actividades de nuestra Octogésima Asamblea, caldeados interiormente por las experiencias de gracia que el Señor nos ha concedido vivir en estas últimas fechas. Gozamos, durante el mes de Septiembre, el encuentro entusiasmante y profundamente eclesial de la “Visita Ad Limina Apostolorum”. Fue una peregrinación de fe para venerar las reliquias de las grandes columnas de la Iglesia, los apóstoles Pedro y Pablo que nos conectan con los orígenes de nuestra fe católica.

Fuimos a Roma a ver a “Cefas” diría, parangonando la expresión paulina (cfr. Gal. 1, 18); fuimos a encontrarnos con el Sucesor de Pedro, para ratificarle nuestra adhesión a su persona y para fortalecer los vínculos de la unidad, de la caridad y de la paz; fuimos a vivir una experiencia de intensa comunión colegial con el Romano Pontífice, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles” (L.G., 23).

Hemos vivido el Año de la Eucaristía, acompañando a nuestras comunidades en un itinerario de intensa espiritualidad. De diferentes maneras, todos hemos sido testigos de las maravillas que el Señor realiza por su presencia real en este Santo Sacramento “regalo que brota del amor del Padre, de la obediencia filial del Señor Jesús, llevada hasta el sacrificio de la cruz, y del dinamismo transformador del Espíritu Santo” (Instrumentum Laboris). Nosotros somos testigos de que Jesús está vivo y resucitado y que se ha hecho compañero de nuestra peregrinación; lo hemos percibido con especial intensidad en este Año Eucarístico y queremos ser heraldos creíbles de lo que hemos visto y oído. Hoy, con esta celebración, concluimos este tiempo de gracia. Somos conscientes de que el fervor eucarístico no solo no disminuirá, sino que se intensificará, porque hemos sido fortalecidos para crecer en conocimiento, aprecio y adoración a este gran Sacramento, “Misterio de nuestra fe”: ¡Que el Señor Jesús haga de cada uno de nosotros, creyentes de corazón eucarístico y verdaderos adoradores en espíritu y en verdad!

Nos encontramos ahora reunidos en este santuario Mariano, corazón espiritual de nuestra patria, para pedir las luces de lo Alto que iluminen los trabajos de nuestra Asamblea. Venimos con corazón de discípulos, para oír lo que el Espíritu quiere decir a las Iglesias que han sido confiadas a nuestra responsabilidad pastoral.

Nos reunimos en momentos en que amplias zonas de nuestra patria sufren las consecuencias de los dolorosos efectos de los fenómenos naturales; el sufrimiento de nuestros hermanos nos interpela y nos exige respuestas eficaces. Porque la Iglesia, como dice el Concilio Vaticano II: “abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo” (L.G., 8).

Los tiempos que vivimos, cargados de luces y de sombras, no son, en sustancia, diferentes a las épocas que ha vivido siempre la Iglesia a lo largo de la historia, “peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (s. Agustín). Los desafíos del momento presente son ocasión para vigorizarnos con la fuerza del Señor Resucitado, para vencer con paciencia y con esperanza los sufrimientos y las dificultades internas y externas; estamos llamados a descubrir en este mundo aparentemente caótico y desenfrenado, el misterio salvador de Cristo que conduce la historia; misterio que ahora vemos como entre penumbras, hasta que al final de los tiempos se nos descubra en todo su esplendor.

En la proclamación de la primera lectura de esta liturgia hemos escuchado las palabras de un sabio del Antiguo Testamento; nos describe una situación histórica que, bajo muchos aspectos, tiene impresionantes similitudes con la cultura del momento en que vivimos. El autor del libro de la Sabiduría es un judío radicado en Alejandría; pretende robustecer la fe de sus hermanos judíos sometidos al influjo pagano de la cultura griega. Nos habla de un mundo que deslumbra y desconcierta por los avances científicos, por la belleza y el misterio que está al alcance del que lo contempla. El contexto cultural era de una gran variedad de religiones y de sistemas filosóficos que ofrecían la salvación e intentaban explicar el verdadero sentido de la vida. Se trataba de concepciones filosóficas y religiosas en fuerte contraste con la fe judía que proclama la salvación como don ofrecido por el mismo Dios, el Señor Yahvé, el único a quien se le debe rendir adoración y respeto: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es único. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt. 6, 4).

Es probable que los judíos que vivían en Alejandría tuvieran que sufrir persecuciones o presiones y humillaciones a manos de gobernantes griegos y judíos. El autor denuncia con valentía la práctica de una injusticia establecida por parte de los poderosos y afirma que cualquiera que tenga autoridad y gobierno tiene que ejercer y garantizar el ejercicio de una verdadera justicia. Ningún hombre es soberano en sentido estricto; ni el rey mismo, pues todo reside en el poder de Dios a quien deberán rendir cuentas en esta vida o en la otra.

Lo contrario de la sabiduría es la idolatría que, creando dioses falsos, engendra la injusticia, absolutiza el poder y degrada al hombre. De ahí los imperativos con que se iniciaba la lectura que hemos escuchado: “Amen la justicia, ustedes, los que gobiernan la tierra, piensen bien del Señor y con sencillez de corazón búsquenlo. El se deja hallar por los que no dudan de él y se manifiesta a los que en él confían”. En ese,”ustedes los que gobiernan la tierra” quedan comprendidos todos los que tienen en sus manos los destinos de los pueblos para organizar las instituciones sociales, políticas, económicas, culturales, etc.

AMEN LA JUSTICIA USTEDES LOS QUE GOBIERNAN.

El Papa Benedicto, alentaba, con delicadeza, la responsabilidad que nos corresponde como pastores de esta Iglesia en México para exigir eso mismo: Que realicemos una acción evangelizadora capaz de “transformar las estructuras sociales para que sean más acordes con la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales… A esta tarea están llamados a colaborar los católicos que constituyen aún la mayor parte de la población, descubriendo su compromiso de fe y el sentido unitario de su presencia en el mundo” (Discurso al II Grupo de México – Visita Ad Limina).

El Papa nos habla como profeta que nos alerta a superar la separación entre la fe y la vida cotidiana. El sucesor de Pedro denuncia la idolatría que es una forma de religiosidad desviada y engañosa. “La idolatría como religión falsa representa claramente la eterna tentación del hombre de buscar la salvación en las obras de sus manos, poniendo su esperanza en la riqueza, en el poder, en el éxito, en lo material” (Benedicto XVI – Catequesis 5 de Octubre).

Esa forma de idolatría se ha instalado también en algunos ambientes de nuestra patria produciendo, “afán de poder, el deterioro de las sanas formas de convivencia y la gestión de la cosas pública; se incrementan los fenómenos de la corrupción, impunidad, infiltración del narcotráfico y del crimen organizado”. Fenómenos todo estos que reflejan “la pérdida del sentido de Dios y la pérdida de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social” (Eccl. In Am., 56).

La respuesta a estas dramáticas situaciones debe ser iluminada con criterios de pastor: “Es una tarea apremiante que se forme de manera responsable la fe de los católicos, para ayudarlos a vivir con alegría y osadía en medio del mundo” (Benedicto XVI, ibidem). “Formar de manera responsable la fe de nuestros fieles, esa es la tarea crecer en una fe que transmitida a través de las costumbres y enseñanzas familiares, sea capaz de madurar una opción personal y comunitaria” (Benedicto XVI – Discurso al primer grupo – Visita Ad Limina). Parece que escuchamos el eco de la súplica que dirigían los apóstoles al Señor: “Auméntanos la fe” (cfr. Lc. 17, 1-6).

Sí, auméntanos la fe, Señor, a pastores y a fieles; no implemente como una adhesión intelectual a una serie de verdades abstractas. Auméntanos la fe: es decir, madúranos en una decisión incondicional a la persona del Padre que nos manifiesta su amor en ti, Cristo muerto y resucitado. Auméntanos una fe que se manifiesta en obediencia a Dios, comunión con él, y que es la victoria que vence al egoísmo y la soledad. Si tú aumentas la fe en el alma de nuestro pueblo mexicano podremos realizar las transformaciones que ahora parecen imposibles: Lograremos que tú te hagas presente y actuante en un mundo secularizado que vive y se organiza como si tú no existieras.

Que seamos un pueblo de verdaderos creyentes, a ejemplo de María, venerada entre nosotros, como nuestra Señora de Guadalupe. A ella le pedimos, con palabras del Papa Juan Pablo II: “Oh Madre de los mexicanos, corrobora la fe de nuestros hermanos y hermanas… para conducir a todos a la salvación eterna, para hacer la vida sobre la tierra más humana, más digna del hombre” (Homilía Basílica de Guadalupe – 27 Enero 1979).

Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, en el Tepeyac, el 7 de Noviembre del Año 2005.


† José G. Martín Rábago
Obispo de León
Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

 

 

 

 

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