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O M I L Í A |
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Martes
8 de noviembre de 2005 Estamos reunidos en la octogésima asamblea general del episcopado como un momento importante del caminar de la Iglesia en México. Seguramente está fresco para nosotros el encuentro con el Santo Padre, con sus dicasterios; está presente la vivencia que tuvimos por provincias en camino. Seguramente está fresca una nueva o más profunda conciencia de ser obispo en la Iglesia universal: comunión que se hace solidaridad y subsidiariedad. Hemos acogido los mensajes que Su Santidad Benedicto XVI nos ha dado, hemos aclarado en el diálogo pastoral muchas cosas. Ahora nos avocamos a una tarea más inmediata desde nuestras responsabilidades más inmediatas. Comenzamos por considerar la diversidad geográfica, cultural religiosa y pastoral del país, como base para iluminar la toma de decisiones sobre la reestructuración de las provincias eclesiásticas. Esta tarea es de pastores, en nuestras días están exigidos a hacer un análisis serio, responsable, auxiliados de las ciencias humanas modernos, pero siempre con pastores, desde un enfoque de fe y en un camino de esperanza para construir en la caridad el Reino de Dios. Se trata de vivir estos días la comunión de hermanos, necesaria para realizar el primer servicio a nosotros encomendado: “ámense los unos a los otros... en esto conocerán que son mis discípulos”. Desde que nos hemos puesto en camino de seguimiento del Señor, sabemos que el testimonio de nuestra vida y ministerio es el primer anuncio del Evangelio, un evangelio de Comunión, en una Iglesia servidora. Y es oportunidad para acrecentar en nuestras relaciones interpersonales esta fuerza de vida que tenemos como Iglesia, nuestra comunión en Cristo. La comunión no es algo ya dado, es un proceso permanente de conversión, de reorientar en Cristo el amor al hermano. Esto es, abrir mi mente, mis sentimientos, mi libertad y dejarme invadir de quien está cerca de mí, con quien comparto un mismo ministerio. De por sí, pues, la comunión es el primer estadio del servicio del pastor. Entonces el siervo fiel es el que está en disposición de acoger al hermano, antes que a otros, en la misma casa, en el mismo espacio del Cenáculo, admirarnos juntos, redescubrir al Señor en la fracción del Pan en cada paso e iniciar juntos la aventura de la Misión. Juntos descubrir el horizonte de esa Gran Misión de anunciar al Resucitado y llevar a cada hombre y mujer al descubrimiento de su identidad: “Dios creo al hombre para que fuera inmortal, lo hizo a imagen de sí mismo”. Sí es el hombre nuestro destinatario común, viviendo las situaciones de cada diversidad geográfica, con una cultura y una fe. Seguramente podremos constatar una vez más que María se nos ha adelantado, Ella ha iniciado el anuncio de la Buena Nueva y ha dejado en la cultura de nuestros hermanos la impronta de su Hijo, de la Iglesia. Así nuestra misión tiene un rasgo de esperanza indeleble; la dulce Señora del Cielo nos ha preparado el camino a nosotros, los pastores de este momento histórico. Ella es la campesina que ha sembrado con su presencia la semilla de la Palabra, mostrando y dando su Amor, al Hijo de sus entrañas. Desde este Hijo vemos al hombre de nuestra geografía creado en una vida nueva. Ahí está otra dimensión de nuestra conversión, para entrar en comunión con el hermano que acoge el evangelio, conversión que es encarnación, escucha y testimonio, en donde nos hacemos maestros sin dejar de ser discípulos, en donde aprendemos juntos y enseñamos la Verdad, la Comunión nueva del Reino. Este Reino que ha de llegar a los espacios necesitados de Vida Nueva: en la educación, en la seguridad, en la participación de la vida política para construir núcleos humanos dignos de los hijos de Dios, del hombre creado a su Imagen. Por todo esto, nuestro camino de reestructuración de la Conferencia se hace un camino de conversión desde y hacia la comunión, que implica un profundo sentido de encarnación y un profundo sentido de resurrección. Ir al fondo de la vida actual para llevarla al misterio de la Vida Nueva. No, desde luego que no es posible que esta tarea la realice cualquier persona. Sólo aquél que camina en la presencia del Señor puede lograrlo. “Porque el Señor reinará eternamente sobre ellos. Los que confían en el Señor comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos”. No seremos nosotros solos, sino el Señor, el que nos ha elegido, con nosotros. En el hoy que nos toca vivir en medio de ambigüedades, de oscuridades; cuando muchos se preguntan hacia dónde ir y tantos otros ofrecen mesianismos falsos, vacíos, como aquellos ídolos que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen, boca y no hablan. Para ellos el Obispo ha de ser testigo de la Verdad, signo de Esperanza, animador de la comunión. Queridos hermanos en el episcopado, queridos sacerdotes, religiosas y seglares secretarios ejecutivos, asesores y quienes apoyan nuestro trabajo en las diversas dependencias. A cada uno y a todos, con toda sencillez, les invito a realizar el camino como Juan Diego, desde esta su tierra de origen, con la esperanza de buscar el auxilio y el consuelo; y así como él lo realizó, no para sí mismo, sino para su tío enfermo. Caminemos hacia el encuentro con Cristo y María nos saldrá al encuentro, Ella nos conducirá con ternura de Madre hacia el Verdadero Dios por quien se vive; nos mostrará aquellas flores de la vida, prueba de su amor y de la presencia de Su Hijo. Ella nos mostrará la verdad de Evangelio, de nuestra predicación, de nuestra conversión. Nos dirá como saborear la misión que se nos ha encomendado y llevar a los demás a descubrir la salvación. Juan Diego pudo comprender este misterio y se convirtió en el catequista de los indígenas, de los mestizos, de los europeos, el catequista de un nuevo México; aprendió de María a decir “aquí está la esclava del Señor” y a contemplar y guardar todas las cosas en su corazón para transmitirlas. Que Juan Diego y María de Guadalupe nos guíen en esta tarea. Así sea.
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