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H O M I L Í A |
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Jueves
10 de noviembre de 2005 Fiesta Litúrgica de San León Magno, Papa y Doctor de la Iglesia (Siglo V, 440-461) Hace 11 días celebré en Tepic mi aniversario 50 de Ordenación Sacerdotal y he aceptado presidir la celebración de la Eucaristía este jueves dentro de los trabajos de nuestra Conferencia. Para pedir al Señor la gracia de alcanzar los objetivos propuestos: Para prestar servicio evangelizador más eficaz al México actual. Me adelanto a decirles a todos GRACIAS por la oración que les pido en esta Santa Misa Si Dios me da vida y me permite llegar al día 1º de Marzo del año próximo cumpliré 25 años como Obispo en la Diócesis de Tepic, de manera que voy a pedirles dos veces que recen por mí. Esa celebración será el sábado 4 de marzo. No voy a tomar ocasión de las Lecturas para mi pequeña reflexión, más bien deseo detenerme estos minutos para unos pensamientos sobre el ministerio sacerdotal y episcopal, y estoy seguro que todos Ustedes los recibirán con bondad. No podría hablar sino de aquellos que todos nos debe interesar, como buenos sacerdotes y como buenos obispos y como buenos cristianos. Acepté el servicio que se me pedía como Obispo en Tepic en 1981, única y exclusivamente movido por la Fe, de veras y le dije al Señor que no sería ser ordenado Obispo si no era voluntad de El y que, por lo tanto yo debía prepararme a morir antes del 1º de Marzo 1981. Se llegó la fecha y no me había preparado bien, pero el Señor me permitió llegar a Tepic con vida. Uno mis pensamientos de Obispo con mis pensamientos de Sacerdote, porque son, muy parecidos: Es voluntad de Dios. La vida sacerdotal debe centrarse en Cristo para el servicio, en la Iglesia Particular, en plena coordinación con un Obispo y con un grande agradecimiento al Señor, especialmente por el don de la Eucaristía. Son los mismos pensamientos en mi Ministerio Episcopal: La voluntad de Dios que se manifiesta; presidir en la Fe de una Iglesia Particular y tratar de llevar el servicio del Evangelio en íntima unión con los Sacerdotes Diocesanos, los solícitos colaboradores del servicio episcopal, celebrando asiduamente la Eucaristía, para la vida de la Iglesia. Permítame que me detenga un poco
en dos de estos temas: Si creemos con fe teológica que el Señor nos llamó para ser Sacerdotes y para ser Obispos, no habrá otra forma de realizar nuestra vida sino en la cercanía de Cristo, el Señor. Y me atrevo a exponer esta doctrina, no porque ya la haya vivido, sino porque la deberíamos vivir todos los sacerdotes, en una conducta coherente y festiva. ALEGRE. Hace poco más de un mes, el Papa Benedicto XVI decía en su audiencia general del miércoles 7 de septiembre lo siguiente: CRISTO ES LA IMAGEN SOBRE LA QUE DEBEMOS MODELAR NUESTRA VIDA, lo decía, es cierto, a todos los cristianos, pero con cuanta mayor razón debemos entenderlo nosotros, los Sacerdotes, pues el Señor nos dice a nosotros en el Evangelio. Dirigiéndose a sus Apóstoles, decía: “No son ustedes los que me han elegido, sino que soy Yo quien los ha elegido y los he puesto para que vayan y den fruto y su fruto permanezca” y, cuando los enviaba a la conquista del mundo para el Evangelio, dijo: “Vayan y enseñen el Evangelio a todas las naciones;… Yo estaré todos los días con ustedes hasta el fin del los tiempos”. Es el Señor Jesús, por tanto, el que hace posible un ministerio Sacerdotal, como vida de la Iglesia, como principio de cohesión y unión en una Diócesis, como destino al que todo debe converger. Qué hermosamente lo decía San Pablo, “vivo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí” y en otro lugar decía, hablando de Cristo Creador y Salvador: “El es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. El es el principio de todo” y va guiándonos siempre hacia su pascua por su muerte en Cruz y su Resurrección y podíamos recordar aquí aquella ocasión, cuando Pablo pasó cerca de Efeso y desde Mileto llamó a los responsables de la comunidad para despedirse de ellos. Hago este recuerdo por la unión que San Pablo manifiesta hacia los Presbíteros de la Iglesia de Efeso. Nuestro Sacerdocio debería lucir como cumplimiento de la voluntad de Dios. Y por lo que toca al tema de la Sagrada Eucaristía: Qué hermosa realidad nos ha hecho vivir nuestro Santo Padre el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, cuando al terminar el Congreso Eucarístico de Guadalajara declaraba un “Año de la Eucaristía” y nosotros, en la Basílica de Guadalupe hemos declarado cumplido este año, para agradecer al Señor Jesús por todas nuestras Diócesis el Don de Sí mismo, el Misterio de su Presencia Eucarística que ilumina por sí mismo la verdad de todos los ministerios de nuestra Fe y los misterios de la vida de nuestra Iglesia en el mundo y de nuestras Iglesias Particulares. Sin duda alguna ha sido para nosotros, la Iglesia Peregrina en México, un año de gracia, pues lo hemos vivido en múltiples manifestaciones de fe. Este año, que ha sido dedicado a meditar asiduamente sobre el misterio de la Eucaristía, nos ha ayudado seguramente, como Sacerdotes y como Obispos, a comprender mejor el misterio de la Eucaristía: “hemos descubierto con ASAMBRO DE FE que se ha hecho nuestro compañero de viaje, y por ese grande acontecimiento que une la tierra con el cielo, lo hemos proclamado por doquier, en nuestras calles y plazas como una expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición” (MND 17); hemos revivido, cada vez que celebramos la Eucaristía, el clima del Cenáculo, cuando Jesús, en víspera de su Pasión, se da a Sí mismo al mundo. Dice S. Pablo en su Primera Carta a los Corintios: “La noche que fue entregado, tomó pan y después de dar gracias lo partió y dijo: Este es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. ES AQUÍ EN DONDE DEBERIA REPETIRSE NUESTRO ASOMBRO TODOS LOS DIAS. La imagen lacerante de nuestro mundo, nos interpela hoy más que nunca a nosotros como Sacerdotes, a vivir la Eucaristía como una escuela de paz, de solidaridad, de reconciliación y de servicio, donde seamos artesanos de diálogo y comunión (MND 27). En nuestra época, la sociedad humana parece envuelta en densa oscuridad, mientras se ve turbada por acontecimientos dramáticos y es transformada por catastróficos desastres naturales de los cuales hemos sido testigos en estos días. Como en aquella “NOCHE en la que fue entregado” (1Cor. 11, 23), también hoy Jesús “parte el pan” (Mat. 26,26) para nosotros, y en las celebraciones eucarísticas se da EL MISMO bajo el signo sacramental de su amor por todos. Por eso la “Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad” lo exponía el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Mane…” (MND 27), es “pan del cielo” que dando vida eterna (Jo. 6,33), abre el corazón de los hombres a una gran esperanza. La Eucaristía alimenta, sostiene y acompaña a la Iglesia y a todos los hombres en su peregrinación por este mundo. Es Jesús mismo, nuestro Redentor, que al ver a la muchedumbre necesitada sintió compasión “porque estaban fatigados y abandonados como ovejas sin pastor” (Mt. 9,36) y ahora, presente en la Eucaristía, continúa a lo largo de los siglos, manifestando compasión hacia la humanidad que se encuentra en la pobreza y en el sufrimiento. Por todo lo anterior, pido al Padre de la misericordia que al celebrar hoy el misterio eucarístico, felicitándome por mis años sacerdotales, se reavive en nosotros la Fe, DEMOS LUGAR AL ASOMBRO y al amor a este gran Sacramento, que constituya de verdad el corazón y el tesoro de nuestras Iglesias Particulares y que sea siempre el manantial de agua viva que riega la ciudad de Dios: y que hace servidores fieles y prudentes: - Que nuestra fe se fortalezca, con este
admirable Sacramento. Dirigimos nuestra mirada a María la Madre de Dios, Madre de los Sacerdotes, Nuestra Señora de Guadalupe, la “Mujer Eucarística” y le pedimos que nos haga coherentes con la Fe, que nos acompañe siempre y nos lleve al encuentro de Jesús Sacramentado.
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