Cuautitlán Izcalli, 25 de abril de 2006

 

HOMILÍA

“El Obispo servidor, servidor del Evangelio de Jesucristo
Para la esperanza del mundo” (PG. 5)

 

En medio de la alegría pascual, nos reunimos en la fe y la fraternidad sacramental, con la certeza de que el Señor estará con nosotros en los trabajos de esta Asamblea, y con la esperanza firme de que la luz de su Espíritu nos guiará en las decisiones que hemos de tomar estos días. Como los apóstoles al inicio de la Iglesia, buscamos que nuestra voluntad coincida con la voluntad de Cristo. De esta manera, como sus fieles seguidores, precisaremos los mejores caminos para la pastoral orgánica que queremos animar en nuestras Iglesias particulares, Regiones o Provincias.

“La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19), es el saludo del resucitado a sus discípulos. Es el mismo saludo que nos hace, hoy, a nosotros, sus Obispos, reunidos para definir la operatividad que Él nos pide en la reestructuración que nuestra Conferencia Episcopal se propone en los servicios de las distintas Comisiones. Este es un momento para recordar a los apóstoles llenos de miedo, manteniéndose a puerta cerrada para no ser descubiertos y no correr la misma suerte de su maestro. Él se les hace presente y llena su corazón de alegría y de una misteriosa fuerza: “Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban al Espíritu Santo” (Jn 20 22). Y el Espíritu, Señor y Dador de vida, el gran don del Resucitado, con su presencia y acción, transforma a los discípulos en testigos y mensajeros de la nueva vida.

“La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19), nos dice hoy, “no tengan miedo”, porque ‘yo estoy en medio de ustedes, reunidos en mi nombre’, porque soy yo quien los ha enviado para que vayan “por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15); “quien los ha destinado para que vayan y den fruto abundante y su fruto permanezca” (Jn 15,16): “Reciban al Espíritu Santo” (Jn 20 22).

En este día de su fiesta, San Marcos, el llamado por Pedro “su hijo” (1ª. Pe 5,14), el que recopiló la vivencia del Príncipe de los Apóstoles, la “piedra” sobre la que Cristo edificara su Iglesia, nos invita en su Evangelio a continuar haciendo viva y operante la misión que recibimos de quienes fueron los primeros Obispos, como sucesores suyos que somos: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían” (Mc. 16.20)

Somos responsables de continuar esa misión y de volver al milagro. El Beato Juan XXIII, afirmó: “Cuando la voluntad del hombre coincide con la de Dios, se realiza el milagro”. Ahora nosotros, sucesores de los Apóstoles, que hemos recibido por la Ordenación Episcopal la efusión del Espíritu, vamos a reflexionar, fieles a su inspiración, cómo asumir y ofrecer a nuestro pueblo una estructura pastoral que nos permita un servicio más eficaz, en el cumplimiento de nuestra misión. Vamos a actuar como un solo cuerpo, como Colegio unido, comprometidos en la espiritualidad de comunión, que no ha de ser sólo afectiva, sino también efectiva, fraterna y solidaria. Nuestra responsabilidad es hacer coincidir nuestra voluntad con la voluntad de Dios.
La Providencia Divina nos presenta una luz más cuando, en la preparación para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, nos llama a ser “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

Este hecho nos hace pensar que, en cuanto discípulos, los más cercanos y cualificados sacramentalmente, entramos en “comunión de vida y misión con Jesucristo, quien enseña con sabiduría y autoridad para que, desde esta profunda amistad, podamos pensar, sentir y actuar” a su estilo: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2,20)

El Obispo, dice el Venerable Papa Juan Pablo II, es reflejo del Padre amoroso, dador de vida. Esto me hace pensar en nuestra identidad y misión específicas: ser reflejo del Padre amoroso y dadores de vida.

En este contexto, al encontrarnos ante una decisión que atañe a la vida de nuestra Conferencia, -después de descubrir la necesidad, oportunidad y conveniencia de proponer la nueva estructuración de nuestras Comisiones y servicios- la Palabra de Dios proclamada hoy y la que nos dice en el caminar de nuestra Iglesia Latinoamericana, viene a llenarnos de confianza y a darnos la seguridad de que el Espíritu de Cristo nos iluminará y fortalecerá en este proceso, y que nos ayudará a proponerlo con sentido fielmente evangélico

Una buena reestructuración será oportunidad de mayor eficacia en el servicio y, dado que toda estructura en sí establece una forma específica de relación, a nosotros corresponde, -conforme a nuestra identidad de “padre amoroso” y nuestra misión de “dar vida”-, hacer de este nuevo camino, una expresión del Espíritu de Cristo, dador de vida y aliento fundamental de la nueva estrategia.

En la estructura original de la Iglesia “”Jesucristo llama y elige a sus discípulos y establece su estrategia: la comunión fraterna, una comunidad unida en Él. Sobre este cimiento crecen las piedras vivas que son los discípulos, mismos que construyen la Iglesia, Cuerpo de Cristo” (Ficha de Trabajo, 6; CELAM Hacia la V Conferencia).

San Marcos nos presenta la misión que tenemos, la misma que confió a los doce. Nos dice que Jesús los envió a predicar el Evangelio a toda criatura. San Mateo, en texto paralelo, afirma que, con autoridad plena les mandó: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos, para consagrarlos al Padre, al Hijo y al espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo cuanto yo les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mat. 28, 18-20)

Este envío es un programa que cuida elementos fundamentales: Hacer discípulos es decir, cuidar que en la estructura de su Iglesia se guarde la relación de amor que Él vino a establecer entre los hombres como un estilo de vida, una forma de ofrecer su Evangelio; bautizarlos para consagrarlos, es ofrecer el sacramento, signo y participación de la vida y amor de Dios, que establece una relación vital con la Trinidad; enseñar lo que nos ha mandado, se resume en amar como Él nos ha amado.

Hacer discípulos nos hace tener en cuenta la primera experiencia que consiste en el llamado personal que hace Jesús y en la voluntad de seguirle que nace de la persona y que le mueve a dar su respuesta creyente y amorosa, y a configurarse con el Señor.

A la elección amorosa de Jesús, el discípulo responde, por gracia de Dios, con su fidelidad hasta la cruz; es testigo de la Resurrección, y se compromete al grado de estar dispuesto a dar la vida por los demás.

La respuesta del discípulo “es una respuesta de amor a una llamada de amor”, y todos estamos “llamados… a la perfección de la caridad” (LG 40)

El discípulo encuentra en el amor de Cristo toda la fortaleza necesaria para seguirlo, conformar su vida con Él y ponerse a su servicio para la Misión.

“El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios –ha dicho el Papa Benedicto XVI- es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local (la parroquia) a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad” (DCE 20).

Formar hoy al discípulo de Jesús, no es fácil. Pero no por ser difícil dejaremos de formarlo conforme a la visión del Padre; no podemos dejar de impulsarlo para que se forme con una conciencia comunitaria, libre y personal; cuanto más el discípulo asimile la vivencia comunitaria, más se sentirá agente responsable de la evangelización.

La comunidad perfecta e infinita vivida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en una dimensión interpersonal, marca a todo hombre y consagra al bautizado, conforme a la voluntad y mandato de Cristo, para un progreso constante en esa relación que expresa la vida de la Trinidad, y que nunca puede alcanzarse aquí en la tierra.

La Comunidad Trinitaria nos marca otra característica esencial: no es una comunidad cerrada en sí misma, ni simplemente abierta d las realidades transitorias de lo creado, sino una proyección de amor que facilita a todos elevarse a su propia vida divina. Este es el fin del mandato de Jesús cuando nos pide enseñar a los discípulos a guardar lo que nos ha mandado.

Esta Eucaristía inicial nos une con Cristo, en Cristo y por Cristo. El será nuestra fuerza y unirá nuestro espíritu para cumplir hoy la misión que nos ha confiado.


+Francisco Javier Chavolla Ramos,
Obispo de Toluca.


 

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