Cuautitlán Izcalli, 26 de abril de 2006

 

HOMILÍA

 

La primera lectura nos recuerda que por segunda vez los apóstoles son detenidos. Los rápidos progresos de la iglesia y el aprecio que los apóstoles iban adquiriendo ante el pueblo, provocan la envidia del sumo Sacerdote y de los saduceos, y los meten a la cárcel. El ángel del Señor los libera, como ocurriría más adelante con San Pedro.


El Señor muestra una vez más su dominio sobre los acontecimientos y sobre los planes humanos. El ángel Señor saca a los apóstoles de la prisión y les encarga que vayan al templo y enseñen al pueblo lo referente “a esta nueva vida”.


El Evangelio de hoy nos presenta una parte del diálogo de Jesús con Nicodemo. Este cuadro permite medir el camino recorrido en la iniciación de Nicodemo en la fe.
Creer en Cristo es reconocer en Él, al Enviado del Padre; el don que Dios hace de su Hijo por amor del mundo, para su salvación.


Es reconocer que la salvación del hombre está unida a un nacimiento de lo alto, a una filiación, a una dependencia radical de Dios.
Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. Sin embargo, vemos que muchos de nuestros bautizados van perdiendo la fe, dejan la práctica religiosa o se sienten confundidos por otras doctrinas o por las circunstancias en que viven....


¿Cómo podremos acercarlos a la luz? ¿Cómo podemos provocar un encuentro con Cristo de aquellos que más se han alejado?
En nuestra vocación de pastores muchas veces nos vanos haciendo insensibles a las angustias y miserias de nuestra gente... las tareas administrativas absorben nuestro tiempo y nos alejan del pueblo. . . .,Cómo podremos reafirmar nuestra tarea como padres y pastores y ser más sensibles a las necesidades de nuestras ovejas? ¿y cómo podremos animar a nuestros sacerdotes en su tarea de pastores?


“Yo mismo seré el Pastor de mis ovejas” -dice el Señor-. El se interesa de tal manera por cada oveja, que nos invita a este ministerio que encama plenamente Jesús, “el Buen Pastor” (cfr. Ez 34, Juan 10).


Antes de Jesús, conducían como pastores y acompañaban al pueblo los patriarcas, los profetas y los sacerdotes. Incluso al rey de Israel también se le consideraba pastor. Hasta entonces no se conocía la imagen del padre-pastor, oficio que solamente aprendemos en plenitud con Jesús, el Buen Pastor, sacramento de la Paternidad de Dios.
El Pastor se interesa por todos y por todo. Nada humano le es ajeno, simplemente porque no le es ajeno a Dios.


Es profundamente solidario, porque es evangelizador. Tiene una mirada y una palabra que entregar para purificar y ayudar a crecer las realidades humanas, empezando por la suya propia.
El pastor es tomado de entre los hombres para dedicarse a las cosas que tienen relación con Dios. Es elegido débil y vulnerable para que, como Jesús el Buen Pastor, pueda compadecerse entrañablemente de las debilidades de quienes debe servir y pastorear.


“Todo sumo sacerdote es elegido entre los hombres y nombrado su representante ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Puede ser indulgente con ignorantes y extraviados, porque también el está sujeto a debilidad.. » (Heb 5,1-3)
El pastor no es peor ni mejor que los demás: pero ha sido llamado a una consagración y a un servicio singular, ya que “nadie se arroga tal dignidad si no es llamado por Dios” (Heb 5, 4).


Necesitamos sacerdotes bien preparados para afrontar los retos que se les presentan, pero sin perder su originalidad de pastores...
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La originalidad del pastor es el amor a Cristo y a sus hermanos

Que el pastor ame intensamente a Cristo.


Jesús nos ama con amor infinito y queremos corresponder a ese amor. En un momento de la vida Jesús se nos metió en el alma... o fuimos conscientes de su presencia envolvente. Sentimos la llamada y, por El, todo lo dejamos. Con Jesús hemos recorrido un largo trayecto y hemos asumido algunos de sus rasgos. Decimos sus palabras con agrado, hacemos sus gestos con carifio y sólo deseamos amar con los sentimientos de su corazón.


Que ame a sus hermanos


Así como Jesús, lo propio del pastor es el amor por su pueblo. Por eso, siente en carne propia lo que sucede a los suyos.
Este rasgo lo ,hemos aprendido del mismo Dios. En el libro del Éxodo encontramos que El siente amor entrañable por su pueblo esclavizado. Se conmueve profundamente porque “he visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas, me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado... para liberarlos...”(Ex 3,7- 10). De semejante manera sufre, se conmueve por la rebeldía de su propio pueblo. Pero -Él es Dios y no un hombre- en vez de castigarlo 0pta por seducirlo: lo lleva al desierto y ahí le habla al corazón.... (cfr. 0s2, 16-25 y 11,1-11;).


Este es también un rasgo de Jesús. Él siente compasión por la muchedumbre que lo sigue “porque no tenían qué comer... porque eran como ovejas sin pastor. Así se pone a enseñarles muchas cosas” (Mc 8, 2; 6, 31)
Y multiplica el pan y el pescado “porque tenían mucha hambre”. Recordemos a Jesús cuando detecta el sufrimiento de la viuda de Naím o ante el sepulcro de su amigo Lázaro, Jesús comparte la tristeza de Marta y María, y llora con ellas.

Ese rasgo tan divinamente humano es constitutivo del pastor. y, desde las entrañas de ese amor, el pastor escruta, anuncia, denuncia, aconseja, bendice, intercede.


Tiene el instinto del Evangelio y actúa de esa manera con el sólo deseo que la vida de los suyos llegue a plenitud.
El pastor es un consagrado a Dios y, por amor a Él, se dedica por completo a todos los que a Elle pertenecen. El pastor se entrega de por vida a este oficio de servir con su presencia, de consolar con su cercaní a, de anunciar con su palabra y de presidir los sacramentos en los cuales Dios salva, santifica y alimenta a su pueblo.
Pidamos a Dios que al revisar las estructuras de la CEM y sus comisiones, nos ilumine para hacerlas operativas y nos ayuden en nuestra vocación de pastores. Así sea.

 


+Mons. José Luis Dibildox Martínez
Obispo de Tampico


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