Cuautitlán Izcalli, 27 de abril de 2006

 

HOMILÍA

 

La Liturgia del Tiempo de Pascua nos muestra a los Apóstoles cumpliendo con todo empeño y valentía la Misión recibida del Resucitado. Así empezó la Iglesia y así Cristo quiere que siga evangelizando, “hasta el fin del mundo” (ver: Mt 28, 20). Pues, “enviados los Apóstoles como El fuera enviado por su Padre, Cristo, por medio de los mismos Apóstoles, hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquéllos, que son los Obispos”. (Ver: PO, 2).


De esta manera los Obispos de México, al estar, en esta Asamblea Plenaria, planificando nuestro trabajo pastoral, sabemos perfectamente que no lo hacemos para obtener mejores rendimientos, sea económicos, sea de popularidad o de otra índole. Planificamos el trabajo de los futuros tres años porque queremos ser “siervos fieles y prudentes” (ver: Mt 25, 21. 23) que podamos hacer rendir de la mejor manera posible los “talentos”, las gracias que el Señor nos da para servir a su Iglesia en México. Como el estratega prudente, como el ingeniero previsor de quienes nos habla Jesús (ver: Lc 14, 28-32), nos reunimos el día de hoy para tomar en cuenta las consecuencias de la reestructuración de la CEM, con sus estatutos y programas renovados.


También nosotros, pues, somos apóstoles de Aquél que habla las palabras de Dios porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu. El Padre lo ama y todo lo ha puesto en sus manos. Creer en El es tener la vida eterna. Proseguir su Misión es hablar las palabras de Dios e insertar su Espíritu en los acontecimientos y la cultura de nuestra Nación.


Por esta razón anunciamos al mundo, desde México, la Resurrección del Señor. Somos testigos y defensores de la vida, conforme al proyecto de Dios en Cristo Jesús. Lo somos unidos al Espíritu Santo. Lo somos como sucesores de los Apóstoles. Por tanto: al intentar reestructurar la CEM no debe impulsarnos otro motivo que el de colaborar para que nuestro México tenga vida, y la tenga en abundancia.


La planificación de los trabajos de la Conferencia Episcopal de México para el próximo trienio no puede ser, entonces, sino una planificación pastoral; y la Palabra de Dios en esta celebración nos urge a actuar: con valentía, como los Apóstoles; con la fuerza del Espíritu y haciendo de nuestra vida y de nuestra palabra una constante proclamación del anuncio del señorío de Jesús.

Somos sucesores de aquellos Apóstoles que, por obediencia a Dios antes que a los hombres, llenaron el mundo con el Evangelio de Jesús. Que toda nuestra planificación pastoral tenga, entonces, como único fin la evangelización. Una evangelización tanto más urgente en nuestros días y en nuestra Patria, cuanto el pluralismo ideológico y el relativismo pretenden ocupar el lugar de la verdad. Sabemos que, en nuestros días, desde el campo de la tecnología, de la genética, de las sectas protestantes y aun de las nuevas formas de religión “sin iglesia”, se pretende vender una verdad acomodada a las conveniencias humanas. Pero la Verdad es sólo una. La verdad es Cristo, y El es el único que puede hacernos libres.


La Pascua de Jesús fortaleció a los Apóstoles y los confirmó en su Misión: Los Doce recuperaron con inmenso gozo a su Maestro, a quien pensaban haber perdido para siempre. Cristo mismo convivió con ellos, “hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (ver: Hech 1, 3); les infundió el Espíritu Santo (ver: Jn 20, 22; Hech 2, 1-4); les comunicó su propia Misión y potestad (ver: Jn 20, 23; Mt 28, 18-20) y les aseguró su presencia en la Iglesia “todos los días hasta el fin del mundo” (ver: Mt 28, 20). Los Apóstoles fueron fieles y supieron hacer fructificar todos estos dones por medio de sus fatigas y de la entrega de sus vidas.


A la luz de esa experiencia apostólica, nosotros, los Obispos de México nos preguntamos cuáles son los regalos pascuales con los que, aquí y ahora, el Señor resucitado está enriqueciendo a nuestras Diócesis y a la entera Iglesia de México. Y cómo nos pide que organicemos nuestro trabajo pastoral para que esos dones fructifiquen en la “edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la Fe, y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo... realizando así el crecimiento del Cuerpo para su edificación en el amor”. (ver: Ef
4, 7-13. 16).


Con la confianza que acabamos de expresar en el Salmo responsorial, pongamos todos nuestros proyectos en las manos del Dios que nos libera y, con el arrojo pascual de los Apóstoles, hagamos la prueba de experimentar la cercanía y la bondad del Señor (ver: Salmo 33, 5. 7. 9. 18-20. 23).

 

+Mons. Salvador Martínez Perez
Obispo de Huejutla

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