Cuautitlán Izcalli, 28 de abril de 2006

 

HOMILÍA


Demos gracias a Jesús Resucitado, que nos concede llegar con felicidad al término de esta Asamblea, avizorando ya, con honda y común satisfacción, el fruto esperado de la tarea en la que hemos venido trabajando tan animosamente desde el principio del actual trienio, la reestructuración de nuestra Conferencia Episcopal. El empeño ha sido de todos. La Presidencia y quienes han tenido parte en el diseño y conducción del proceso han sabido motivar y encarrilar acertadamente nuestra activa participación. Pero sin duda ha sido decisiva la asistencia y guía del Espíritu Santo.

El momento eucarístico que vivimos ahora es propicio para que todos ofrezcamos gozosamente al Padre dicho trabajo, añadiéndolo, a modo de incienso agradable, a la oblación misma de Cristo y haciéndolo también, con El y en Él, alabanza y acción de gracias.
Ilumina este momento la palabra escuchada. En el ambiente de alegría pascual que vivimos ahora nos será reconfortante volver a contemplar con los ojos del corazón la hermosa escena de la multiplicación de los panes, como nos la transmite San Juan, y derivar de ella alguna válida aplicación, que aumente nuestro gozo.

La muchedumbre que, a la otra orilla del mar de Galilea, con inmensa emoción escuchaba aquel día a Jesús, sentados todos a su pies, no había pensado en traer provisiones para comer. Sólo habían querido estar con Él. Sólo su persona les importó. Pero Jesús sí pensaba en su necesidad. Y suscitó en sus apóstoles la preocupación de hacer algo para remediarla. Felipe, a manera de un buen ecónomo, objetaba el enorme costo que supondría comprar pan para tantos. Pero Andrés, siempre solícito, hombre concreto y práctico, mencionó los cinco panes y dos pescados que traía un muchacho, aunque casi se arrepentía de haberlo dicho; qué eran para tanta gente.

Con cuánto asombro él y sus compañeros, los demás apóstoles, vieron cómo Jesús tomó los cinco panes y dos pescados y, después de dar gracias a Dios, los fue repartiendo a todos. Fueron suficientes; todos quedaron saciados. Y con las sobras llenaron doce canastos. La gente también se dio cuenta y descubrieron en Jesús “el profeta que habría de venir al mundo”. Y querrían habérselo llevado para proclamarlo Rey. Pero Jesús se retiró, sólo, a la montaña.

Jesús “bien sabía lo que iba a hacer”, pero quiso hacerlo contando con la colaboración de sus apóstoles y con la pequeñez de aquellos cinco panes y dos pescados. Quiso tomar algo de lo nuestro. Como en la Eucaristía: necesitó pan y vino para convertirlo en su cuerpo y sangre.

Este gesto de Jesús era muy estimado por el llorado Cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan, fallecido hace casi 4 años (el 17 de septiembre de 2002). Fue tema entrañable de muchas de sus conferencias, recordando el tiempo en que estuvo en la cárcel (de 1975 a 1988: 13 años).

Decía: Yo hago como dice el pasaje del Evangelio… como el muchacho (que dio a Jesús) cinco panes y dos peces: Es nada, pero es todo lo que tengo. Jesús hará el testo” (Cinco panes y dos peces, pg. 9). Sobre ese tema habló a los jóvenes en varias reuniones. También lo escucharon los presbíteros, reunidos en Monterrey. Y lo escuchamos también nosotros los Obispos, aquí, ese mismo año.

¡Cuánto bien hizo el Cardenal Van Thuan compartiendo por todo el mundo su admirable y heroico testimonio! Verdaderamente Jesús multiplicó el valor de aquellas sus humildes experiencias de soledad y privación de todo recurso humano, de sacrificio y escondido dolor y de perseverante y continuada oración, siempre penetradas de profundo amor; y las hizo capaces de suscitar en tantas gentes innumerables frutos de evangelio, de amor de Dios, de aumento de fe y de esperanza, de anhelo generoso de santidad, de oración y de más decidido compromiso de servicio para remediar las carencias del mundo.

Es verdad lo que él repetía. Jesús asume nuestra pequeñez para obrar a partir de ella maravillas. Jesús añade su poder y da eficacia a lo que hacemos con esforzado amor, aunque sea poco. Jesús nos devuelve, multiplicados, nuestros modestos esfuerzos, haciéndolos capaces de llenar de gozo y saciar el hambre de Dios de tanta gente.

También será Él quien haga eficaces y fructíferas las laboriosas y a veces difíciles resoluciones a que hemos llegado a lo largo de estas asambleas y hará que redunden en una plenitud de bienes, para beneficio espiritual de nuestros fieles, con una medida mucho más abundante y fecunda que la que hayamos podido emplear. Así sin duda lo deseamos todos y se lo pedimos.

Que también nosotros podamos, en el renovado compromiso de nuestro ministerio pastoral, en nuestras Iglesias particulares y de manera peculiar en el ámbito de nuestras provincias, ver multiplicada nuestra labor por el poder de Jesús, y que abunde en amplísima y gozosa proporción aquella dimensión que Él mismo suscitó en sus apóstoles cuando la multiplicación de los panes: la dimensión del compromiso generoso de nosotros mismos, la disposición de poner en común los dones que tenemos, de tal manera que, con su bendición, puedan servir para saciar los deseos más profundos de tantos hermanos nuestros, que sólo El puede colmar: la plenitud de vida y de salvación que brotan de su misericordioso amor.

 


+Mons. Ricardo Guízar Díaz
Arzobispo de Tlalnepantla


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