Cuautitlán Izcalli, 24 de abril de 2006

 

Mensaje del Señor Nuncio Apostólico
en la apertura de la LXXXI Asamblea Plenaria
de la Conferencia del Episcopado Mexicano

 

Considero un don del Señor participar esta tarde en la sesión inaugural de la Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano en el día del primer aniversario del Inicio solemne del Pontificado del Papa Benedicto XVI. Nos unimos a la oración de la Iglesia universal y encomendamos a Jesús Buen Pastor su ministerio de Padre y Pastor al servicio de la Iglesia y de la humanidad. Me parece natural recordar, en esta feliz circunstancia, la “Visita ad Limina” que ha reunido a los Obispos mexicanos con Su Santidad en el pasado mes de septiembre. Para todos, han sido momentos inolvidables para reafirmar la profunda comunión, que une a los católicos mexicanos y a sus pastores con el Sumo Pontífice y para consolidar los vínculos de fe y de unidad entre la Iglesia, que peregrina en este país, y la Iglesia de Roma así como con la Iglesia universal.

Durante los encuentros individuales y con los grupos regionales, Ustedes han podido palpar el cariño y el aprecio, que el Santo Padre y sus colaboradores tienen para México y comprobar su interés para conocer de cerca la vida de la comunidad católica y de la sociedad mexicana en su conjunto, con su diversidad de situaciones humanas y eclesiales no siempre fáciles. La Visita ad Limina no ha sido sólo un apoyo para el ejercicio del ministerio episcopal de cada uno sino ha manifestado concretamente que el obispo no está sólo porque está siempre con aquel que el Señor ha elegido como Sucesor de Pedro y con sus hermanos en el episcopado.

Deseo cordialmente que las palabras del Papa nos ayuden a cumplir la misión que hemos recibido del Señor para que nuestra fecundidad apostólica sea cada día mayor y la fe se acreciente y se difunda en la sociedad mexicana. Hemos celebrado solemnemente en los días pasados a Jesús Resucitado. Él es el modelo de vida, que debemos imitar, pero él es también el principio de una vida nueva, que transforma el corazón de los hombres y de las mujeres, que quieren adoptarlo como paradigma de un nuevo humanismo hacia horizontes de esperanza, de solidaridad y de paz.

En su última Asamblea Plenaria, la Conferencia Episcopal ha aprobado la reorganización de las provincias eclesiásticas “para prestar un servicio evangelizador más eficaz al México actual” a la luz de los recientes documentos de la Santa Sede y, sobre todo, de la Exhortación “Pastores Gregis”. El Santo Padre nos recuerda a menudo que “en obediencia al mandato de Cristo, que envió a sus discípulos, a anunciar el Evangelio a todas las gentes, también en nuestra época la comunidad cristiana se siente enviada a los hombres y a las mujeres’ del tercer milenio para darles a conocer la verdad del mensaje evangélico y abrirles de este modo el camino de la salvación. . . Más aún, el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios que se manifestó plenamente en el único Redentor del’ mundo, Jesucristo” (O.R.esp. N.l 1, 17.3.2006,pag.5).

Los grandes acontecimientos que la Iglesia en México ha vivido en los últimos años — entre otros, el Gran Jubileo del Año 2000, la última visita del Papa Juan Pablo II, la beatificación de los Mártires — nos han ayudado a tomar aún más conciencia de la necesidad y de la prioridad de la evangelización, con la voluntad de poner al centro de la actividad pastoral la comunicación de la fe, como anuncio y propuesta de Jesús, Hijo de Dios y único Salvador.

Más allá de lo que puede significar el profundo sentido religioso del pueblo mexicano, no podemos no ver un verdadero desafió para la Iglesia en la evolución de la sociedad en los’ últimos años con la amplificación del proceso de secularización, que mira a romper los vínculos entre las diferentes realidades sociales y la adhesión a una religión y a su influencia en los ámbitos de la vida pública. Por un lado, esta tendencia mira a confinar la religión en la esfera de la vida privada (en verdad, cosa no nueva en el debate cultural) y, por el otro, lleva a la trasformación y a la redefinición de los modelos de vida y de conducta así como de los valores de referencia.

Yo pienso que una de las consecuencias más visibles la encontramos en los jóvenes: muchos piensan que pueden vivir sin la Iglesia, la consideran como algo del pasado, no la frecuentan más y para algunos la fe aparece como algo ajeno a su vida. Hace pocos días, el Papa comentaba así este fenómeno en el encuentro con los jóvenes en preparación de la Pascua: “Me parece que el gran desafió de nuestro tiempo es el secularismo, es decir, un modo de vivir y presentar el mundo como si “Deus non daretur”, como si Dios no existiera. Se quiere relegar a Dios a la esfera privada, a un sentimiento, como si él no fuera una realidad objetiva y así cada uno se forja su propio proyecto de vida. . . Con un Dios que no se presta al experimento de lo inmediato, esta visión acaba por perjudicar también a la sociedad pues cada uno se forja su propio proyecto y al final cada uno se sitúa contra el otro. Como se ve, una situación en la que realmente no se puede vivir” (O.R.N.15, 14.4.2006, pag.6).

La Iglesia en México ha asumido con serena determinación este reto renovando sus estructuras para responder mejor a las diferentes situaciones locales y continuando un diálogo sereno y constructivo con la sociedad, en el cual participa toda la comunidad católica presentando su visión del hombre, que no es necesariamente una posición confesional sino que puede ser
compartida con otros, que no son católicos o creyentes. Muchas veces los medios de comunicación social concentran su atención sobre la Jerarquía y olvidan la presencia de los católicos presentes. en los más variados sectores profesionales, que con su experiencia y su testimonio, constituyen un puente con las diferentes corrientes culturales para construir juntos una sociedad más atenta a la dignidad y a las autenticas necesidades de la persona humana en un clima de libertad y de justicia.

Además, hay el diálogo con los poderes públicos en el pleno respeto de una laicidad bien entendida, que reconoce la no - confesionalidad del Estado y su neutralidad en materia religiosa. Autonomía y neutralidad, que no significan ignorancia o falta de relaciones porque corresponde al Estado vigilar para que cada iglesia o religión pueda ejercer sus actividades no sólo en el ámbito privado de las conciencias sino también en el espacio público como organización (Cfr. Card. Ricard, O.R.fr. N.2, 10.1.2006, pag.8).

Este dialogo constructivo toma particular importancia en el momento que está viviendo el país. Los mensajes que Ustedes han publicado en estos meses así como los talleres sobre fe y política son parte de este diálogo. Como decía el Card. Martíni hace unos años, los obispos hablan públicamente sólo para defender los principios éticos y no intervienen para proponer soluciones políticas concretas. Tales principios - como, por ejemplo, la defensa de la dignidad de la persona, de la vida humana, de la familia - no son negociables. Por eso los obispos comprometen su autoridad magisterial y los políticos cristianos no pueden tomar una postura incoherente o miedosa. La búsqueda de una solución política en las situaciones concretas es, al contrario, una tarea específica de ellos, en conformidad con sus responsabilidades, y pueden tener opiniones diferentes aunque respetando esos principios (Cfr. Principi etici e azione politica, Ti Regno-documenti, n.13. 1998, pag.438).

La edificación de una sociedad auténticamente democrática, y la búsqueda responsable del bien común es una responsabilidad de todos los miembros de la comunidad (cfr.C.A,46). La Iglesia sabe que no está sola porque comparte sus esfuerzos con hombres y mujeres de buena voluntad, con grupos y organizaciones que trabajan para un verdadero desarrollo integral del pueblo mexicano.

Quisiera concluir estas reflexiones citando una vez más al Papa, quien, recibiendo al nuevo Embajador ante la Santa Sede, ha manifestado el deseo que “el proceso electoral contribuya a seguir fortaleciendo el orden democrático, orientándolo decididamente hacia el desarrollo de políticas inspiradas en el bien común y en la promoción integral de todos los ciudadanos, atendiendo especialmente a los más débiles y desprotegidos” (El Papa habla a México, pag.53).

 

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