Cuautitlán Izcalli, 14 de noviembre de 2006

HOMILÍA

Pronunciada por Mons. Onésimo Cepeda Silva

Muy queridas hermanas y Presbíteros, secretarios ejecutivos de las distintas comisiones de la CEM

Amados hermanos sucesores de los Apóstoles.

Me honra presidir esta primera Eucaristía de nuestra LXXXII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Mexicana.

Quisiera reflexionar con todos ustedes algunos versículos tanto de la lectura como del Evangelio que me inspiraron para hacer esta homilía.

En la Primera Lectura Pablo escribe a Tito, Obispo de Creta y un hombre muy querido para él, y lo exhorta a que enseñe de acuerdo con la doctrina saludable, haciendo hincapié en que los ancianos sean sobrios, respetables, sensatos, bien cimentados en la fe, en le amor y la paciencia. Lo primero que me hacen pensar estos tres primeros párrafos de la Lectura es que si la doctrina es saludable, quiera decir que nosotros podemos correr el riesgo de enfermarnos en la fe. Así nos lo dice en su versión griega: UGIAINÓNTAS TE PISTÉI, es decir, siendo sanos en la fe, en el amor y en la paciencia, y continuará diciéndonos: “En cuanto a ti mismo prestando un modelo de buenas obras en enseñanza, integridad y serenidad en la palabra sana, irreprensible, para que el lado opuesto sea avergonzado, no teniendo nada malo que decir acerca de nosotros.

En esta parte, si nos alargamos hasta el versículo 10, resulta que la sana doctrina consiste en normas de conducta para varias categorías: Obispos, ancianos, ancianas, y jóvenes de ambos sexos, esclavos. En los versículos 9 y 10 habla de los esclavos, comparando esta lectura con la Carta a los Efesios Versículo 6, Capítulo 5, hay consejos para los esclavos, pero falta el correlativo para los amos: a la buena conducta, atribuye el autor, valor apologético ante paganos hostiles o benévolos, de modo particular, los esclavos, que se ennoblecen con una importante función eclesial. Y este es el mensaje central de esta parte de la Carta. En el fondo corresponde a la virtud griega cardinal de la templanza.

La razón de estas normas es que la gracia de Dios se ha manifestado, para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos para que vivamos ya desde ahora de una manera sobria, justa y fiel a Dios en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador Jesucristo, nuestra esperanza. Él se entregó por nosotros para redimimos de todo pecado y purificamos a fin de convertimos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien.

Ahora bien, este me hace pensar que podemos todos enfermamos en la fe, esto es, dejar que nuestras humanas debilidades nos lleven por caminos ajenos a la templanza y a no rechazar nuestros mundanos deseos de poder, de dinero o de otro tipo de bienes de cualquier clase que no sean dignos del pueblo de Dios que ha sido llamado a practicar siempre el bien.

La parábola del Evangelio, con toda dureza del ejemplo propuesto por Jesús, viene a subrayar la relación del servicio del discípulo que no puede exigir ni derechos, ni puestos honoríficos, ni remuneración. Lo suyo es simplemente estar siempre al servicio de Jesús, con la humildad de quien reconoce la desproporción entre sus prestaciones y la tarea encomendada. El PERITZÓSAMEN, (ceñirse) que en la traducción en español se da como:

disponte a, del siervo, da cuenta de que es algo a lo que El se adhiere, como afirmar que Jesús se ciño a la Cruz, es decir corresponde a un acto de voluntad que domina al cuerpo y templándose actúa en favor de algo superior, y esta es la función principal del esclavo.

El esclavo que describe San Pablo es siervo del Evangelio, que no debe exigir remuneración, sino que está solo cumpliendo con su trabajo, además el esclavo es el final de una pirámide de enumeraciones en el comportamiento del nuevo pueblo de Dios, cosa que no es casual ni corresponde a ordenes sociales, sino que el mismo San Pablo se siente esclavo y se coloca como espejo ante Tito para él en él se vea como un Obispo-esclavo también.

¿Cómo ennoblece al discipulado al que nos llama Jesús? San Pablo nos muestra una virtud principal: la templanza. La templanza según el catecismo de la Iglesia católica, dice lo siguiente: “Es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio del uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar para seguir la pasión de su corazón”. En otras palabras, la búsqueda desordenada de poder, de honores, de puestos, de dinero o de tantas otras pasiones que enferman nuestra fe.

Cabría entonces preguntamos, si los que nos decimos esclavos, ¿cumplimos con los requisitos que plantea la templanza, como son: la moderación, el equilibrio, el dominio, la honestidad, la discreción y la humildad? Estos son los elementos que solicita Jesús al esclavo en esta parte del Evangelio, y digo al esclavo porque la traducción griega no menciona siervo, sino DÚLOS, que significa esclavo, y al mismo tiempo es la exigencia de San Pablo para los esclavos, que se refiere a los Obispos, en la persona de Tito, y prosigue con los ancianos (Presbíteros), las ancianas y los jóvenes de ambos sexos que se ha auto- esclavizado por el anuncio de la buena nueva; es por eso que la Primera Lectura no se hace referencia al comportamiento de los amos, ya que estos esclavos no tienen otro amo que Jesucristo, seguirlo y como Él cumplir la voluntad del Padre.

Hermanos Obispos, la misión o trabajo que tiene el esclavo en el Evangelio corresponde a la dignidad del nuevo pueblo de Dios. Y me pregunto: ¿Equiparará San Pablo la esclavitud con el sacerdocio? ¿Equiparará también el trabajo de Esclavo con la vocación tanto de Sacerdote como del que está llamado a ser parte del nuevo pueblo escogido? Y esto me hace reflexionar profundamente sobre nosotros. ¿Cuántos de nosotros nos dejamos enfermar en la fe buscando puestos y honores, dejándonos llevar por la envidia, sin ser capaces de ceñirnos la espada de la Palabra, sin hablar, quizá por miedo, la verdad que exigen nuestros tiempos, olvidando la esclavitud a la que estamos ceñidos?

Quizá lo vemos como un recuerdo lejano, como un requisito que ya se cumplió, cuando nunca dejamos de ejercer nuestra esclavitud en la construcción del Reino, o quizá sobreponemos las funciones de gobierno a las de servicio o a las de la santificación sin ver que en estas últimas hacemos el verdadero servicio. A final de cuentas ser esclavos de Cristo es la clave para que todos juntos podamos decir con la mayor prioridad: Venga a nosotros tu Reino Señor. A ejemplo de María la Esclava del Señor.


+ Onésimo Cepeda Silva
Obispo de Ecatepec


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