Jueves, 19 de abril del 2007

 

HOMILÍA EN LA LXXXIII ASAMBLEA PLENARIA DE LA CEM


Hermanas y Hermanos

El Espíritu Santo y un Servidor hemos decidido proponerles estos breves pensamientos para reflexionar esta mañana.

Las experiencias vividas intensamente en días anteriores allí en nuestras diócesis y estos últimos tres días aquí en la Asamblea nos han dado la oportunidad de comprobar, personal y comunitariamente, que Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre, es decir, el que ama y ama hasta el extremo.

En efecto, los apóstoles en aquel tiempo, es decir ayer, tuvieron el privilegio de contemplar y disfrutar, por primera vez de la presencia de Jesús resucitado. Por ser la primera ocasión que esto acontecía era natural que hubiera desconcierto, dudas y hasta desaliento. Pero Jesús tuvo la delicadeza de arreglar bondadosamente todas estas circunstancias de diferentes formas.

A María Magdalena le concedió la dicha de ser la primera en verlo y de ser enviada por él a llevar esta noticia a los apóstoles.

A los discípulos de emaus los toleró y les tuvo paciencia para acompañarlos desde Jerusalén hasta su pueblo y explicarles las escrituras que hablaban de su gloriosa resurrección, hasta partir el pan y darse a conocer: “con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explica las escrituras”.

Era tal la disposición de Jesús que fue capaz hasta de cumplir algunos caprichos como lo hizo con Tomás: “sí no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mis dedos en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después sucedió lo que ya sabemos: “Aquí están mis manos, acerca tu dedo trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino creé”. “Señor mío y Dios mío” es la respuesta de Tomás.

Sabemos que estos y muchos otros signos que hizo Jesús por amor a sus discípulos lograron un cambio en la mente, en el corazón y en la voluntad de ellos, cambio que se manifestó en el ardor que pusieron para anunciar su triunfo sobre la muerte, el demonio y el pecado. Era tal el fervor con que evangelizaba que “Aquel día se les agregaron unas 3 mil personas” y también “mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén y llevaba a los enfermos y atormentados por los espíritus malignos y todos quedaban curados” en nombre de Jesús resucitado.

De igual manera es notable la firmeza y valentía con que enseñaban “les hemos prohibido, amenaza el sumo sacerdote, enseñar en nombre de ese Jesús; sin embargo ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre”. “primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”, respuesta que deja en silencio al sanedrín.

Así como Cristo y su Espíritu Santo acompañaban a la Iglesia que nacía de una manera particular al colegio de los apóstoles, hoy es el mismo Jesús y su Espíritu santo quienes guían y animan a la Iglesia de este tiempo, muy especialmente al colegio de los Obispos reunidos en la Conferencia del Episcopado Mexicano. De esto yo soy testigo. A lo largo de quince años he visto peregrinar en nuestro querido México a nuestra querida Conferencia bajo la presidencia de varios hermanos nuestros: Mons. Sergio Obeso, Mons. Luis Morales, Mons. José Guadalupe Martín Rabago y actualmente Mons. Carlos Aguiar Retes. Cada uno con sus carismas personales, pero todos con un mismo espíritu y un mismo ardor y un mismo cariño al cuerpo místico de Cristo.
Acompañan también el caminar de la CEM las estructuras que le dan solidez: el Consejo de Presidencia, el consejo permanente y las comisiones episcopales.

Son varios los signos de amor que Jesús resucitado, juntamente con su Espíritu ha dispensado a nuestra Conferencia. Los frutos de este acompañamiento de Jesús han sido varios, siendo lo más significativo la presentación de la Carta Pastoral del año 2000 “del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos”. La aparición de este documento generó una serie de expectativas, unas al interior de la Iglesia y de la CEM, como es una intención clara de revisar nuestra vida como Iglesia y como Conferencia al encontrarnos con el Señor Jesús. Este encuentro debería llevarnos necesariamente a una profunda conversión pastoral.

Otra expectativa se refería al exterior es decir a nuestra relación con el mundo, y en este sentido se pretendía un servicio que nos ayudará a consolidar nuestra identidad como nación, que nos animara al surgimiento de una cultura de solidaridad.

Otro de los frutos significativos es la renovación de las estructuras de nuestras Conferencia, con el único objetivo de dar una respuesta más eficaz al deseo más ardiente de Jesucristo manifestado como mandato” vayan por todas partes y hagan discípulos míos a toda criatura”.

Desde luego que las expectativas de la Carta del año 2000 siguen vigentes y por esta razón se ha tomado como base para clarificar en el contexto actual la misión y el servicio de la CEM en el trienio 2006-2009.

Muchas otra señales sigue haciendo Jesús al interior de la Iglesia y de la CEM. Sin duda alguna que es él quien esta acompañando muy de cerca de muchos obispos hermanos nuestros que han dado su vida al servicio de los demás y que ahora son eméritos. De otra forma no se explicaría el que se manifiesten tan entusiastas que vienen ser un testimonio vivo de Cristo resucitado.

Y que decir de quienes se encuentran enfermos, algunos de suma gravedad, como son los casos de Mons. Ramón Godínez y de Mons. José Melgoza y que enfrentan estas situaciones con actitud de que causan admiración.

No cabe duda que nuestra conferencia Episcopal está llena de Obispos que siguen los pasos de San Rafael Guízar y Valencia, nuestro flamante, recién declarado patrono de los Obispos Mexicanos.
Sin la presencia de Cristo y la iluminación de su Espíritu en esta Asamblea no hubiéramos avanzado hasta el momento en que nos encontramos, ayer concretamente, a la luz de la Carta del año 2000 y del análisis de la situación actual logramos descubrir los temas y el objetivo que orientaran las tareas de la CEM durante el presente trienio.

El día de hoy es de suma importancia y trascendencia ya que la renovación de nuestras estructuras se basan fundamentalmente en la renovación de la comisiones episcopales y en este día tenemos como principal tarea ”conocer y aprobar los programas pastoral de las mencionadas comisiones”. Quedan pendientes muchos retos que se basan en la necesidad de una verdadera conversión pastoral que nos lleve a la promoción de la tan deseada comunión eclesial.

Los desafíos son muchos y difíciles, pero no sentimos miedo ni nos desanimamos porque, al acompañamiento de Jesús y la intervención de su Santo Espíritu, se añade la presencia dulce y maternal de María de Guadalupe.

Hermanas y hermanos muy queridos; en esta eucaristía “sacramentum caritates”, Jesús nos quiere amar hasta el extremo ¡Con que devoción debió celebrar nuestro santo patrono estos misterios! ¡Que admiración debe suscitar el nuestro corazón la presencia sacramental de Jesús en esta mañana de trabajo!.

Terminemos hablando con nuestro Santo Obispo.

San Rafael Guízar y Valencia, estamos muy contentos por que Jesucristo, a través del Papa Benedicto XVI, nos ha concedido el anhelo de que seas el patrono de nosotros Obispos mexicanos.

Te pedimos que nos alcances la gracia de aprender a ser como tú, Obispos misioneros, Así sea.


+ Alejo Zavala Castro
Obispo de Chilpancingo-Chilapa

 

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