Viernes, 20 de abril del 2007

 

Homilía

Los auténticos discípulos de Jesucristo.

Mandaron traer a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos se retiraron del sanedrín, felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús.

Entonces la gente, al ver el signo que Jesús había hecho, decía:”Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él solo.

He querido contraponer los dos textos para iniciar la homilía presentando dos maneras distintas de reconocer a Jesús como el Señor y Mesías.

La primera muestra a unos discípulos que han sido testigos de la Pascua del Señor, que han ya asimilado la terrible prueba de ver a Jesús en la traición, en el sufrimiento, en la crueldad de la pasión y en la muerte injusta, consecuencia de una sentencia por blasfemo, y por tanto, una muerte en cruz propia de un maldito, según la ley del Deuteronomio, es decir conforme a la misma ley de Dios.

En una palabra han vivido y comprendido el escándalo de ver al Mesías crucificado.
Estos discípulos manifiestan ahora la valentía de ser seguidores de un hombre, del cual están plenamente convencidos: era también Dios, era el hijo de Dios vivo. Han visto y contemplado a Jesucristo muerto y resucitado.

En cambio los segundos que nos presenta el texto del evangelio son aprendices de discípulos, ellos siguen a Jesús, el profeta, que hace lo que solo un verdadero profeta puede hacer, actuar con poder en nombre de Dios.

Jesús se da cuenta que solo ven el poder, entiende que lo siguen porque han quedado embelesados por la grandeza divina, que se ha manifestado al multiplicar el pan y darle de comer a la multitud. Es la evidencia de la omnipotencia la que los entusiasma, y en ese entusiasmo son ignorantes del verdadero camino del discípulo que quiere y predica Jesús, el camino de la renuncia de sí mismo, del abrazar la cruz de cada día y de ponerse en manos de Dios para cumplir la voluntad del Padre.

El discípulo, puede, y quizá debe, pasar por esta primera etapa de sorpresa y admiración del poder divino; sin embargo debe recorrer el camino que lo lleve a entender el anonadamiento, el abajamiento, el empobrecimiento. Debe hacer experiencia personal de la Kénosis: del dejar, del renunciar, del desposeer, del vaciarse para que el Espíritu del Señor lo inunde y fortalezca. Le dé la espiritualidad recia y firme del auténtico discípulo de Cristo.
Pero recojamos otro texto del evangelio que nos ha sido proclamado: Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: ¿Cómo compraremos pan para que coman éstos? Parece que esta pregunta la hizo Jesús de forma que también la escucharon otros discípulos, ya que más adelante el texto dice que Andrés le dijo a Jesús, Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente? Jesús le respondió: Díganle a la gente que se siente.

Me parece interesante observar que Jesús plantea la pregunta dirigida a Felipe, pero abierta a los discípulos, y el evangelista añade que lo hizo como prueba. Jesús muestra su pedagogía como Maestro, expresa su sensibilidad por la multitud ante las necesidades básicas, plantea cuestionando: qué podemos hacer. Permite la interlocución y participación de sus discípulos y la puesta en común de lo poco que se encuentra a la mano como solución. Luego, organiza a la gente, ora y bendice, y actúa dejando en claro la limitación material ante la necesidad. Ha preparado la conciencia de sus discípulos para descubrir la intervención divina. Y con la orden final de recoger los sobrantes propicia que no solamente los que están cerca de él perciban el milagro, sino también la multitud.

Sin embargo es apenas una primera etapa del discipulado: ser sensibles a la omnipotencia divina, falta el segundo paso, más difícil sin duda, el de la Kénosis personal y comunitaria. Es decir, la intervención poderosa de Dios no estará, en general, al servicio de la humanidad para resolver las necesidades básicas de la gente. No, eso puede suceder alguna vez, pero el camino ordinario de la Providencia es actuar desde la cotidianidad de la existencia humana, el camino de la Encarnación. Por ello es que Dios te pide ponerte a su servicio, te llama para seguirlo, y te pedirá tu vida pero no te abandonará jamás. Es la experiencia de la ofrenda existencial y de la cruz que acrisola al discípulo.

Nosotros los Pastores del Pueblo de Dios, que además de haber pasado por la experiencia del discipulado, necesitamos también aprender a discernir sus etapas y descubrir en cuál de ellas se encuentran nuestros feligreses.

Estoy convencido que este mismo aprendizaje es indispensable para nuestros presbíteros. Solamente así serán pastores, entenderán su misión que no se agota con la administración de los sacramentos, sino la digna distribución y aprovechamiento de ellos exige del sacerdote ministerial la capacidad para conducir a los fieles por las etapas del discipulado.

Por una parte, esto convertirá a nuestros sacerdotes en maestros al estilo de Jesús, en Pastores que guían y conducen al Pueblo de Dios, y Padres espirituales más que en profesionales del culto como muchas veces nos identifican en la sociedad y aún en la misma comunidad cristiana.

Por otra parte, de aquí surgirá la espiritualidad laical que dé a la Iglesia apóstoles dispuestos a dar la vida y afrontar los golpes y embates que necesariamente vienen por predicar el evangelio y los valores del Reino de Dios.

Los textos litúrgicos de la Pascua son muy propios y oportunos para formar y educar a los cristianos. Así lo fue el tiempo pascual en el que Cristo resucitado acompañó y consolidó la formación de sus discípulos.

Quiera el Señor darnos la sabiduría para aprovechar con fruto este tiempo de la Pascua. Que nosotros podamos llegar a Pentecostés con la firme convicción de que el Espíritu del Señor ha sido derramado sobre nosotros y ha inundado la tierra.

Y que quienes participaremos en el evento eclesial de la Quinta Conferencia General en Aparecida nos dejemos conducir por el Espíritu para proclamar en su nombre la misión y la tarea de la Iglesia en nuestros días.

 

+ Carlos Aguiar Retes
Obispo de Texcoco y
Presidente de la CEM

 

© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO