Miércoles 2 de abril de 2008

Homilía pronunciada por Mons. B. Rafael León Villegas en el segundo día de trabajos de la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEM

Muy estimados Hermanos:

El Papa Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, a las 21.37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Hoy se cumplen los tres años de tan sentido deceso.

El Tercer Aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II
Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del venerado pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de espera en la fila para poder acceder a la basílica de San Pedro.

El 28 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan su amado antecesor. La causa fue abierta oficialmente por el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.

El Papa Benedicto XVI, en su primer mensaje pontificio al final de la concelebración Eucarística con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina, el miércoles 20 de abril de 2005, decía a este respecto: “Amadísimos hermanos, esta íntima gratitud por el don de la misericordia divina (que no abandona nunca a su rebaño, sino que lo guía a través de los pastores que él se elige) prevalece en mi corazón, a pesar de todo. Y la considero como una gracia especial que me ha obtenido mi venerado predecesor Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía; me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras, dirigidas en este momento particularmente a mí: ‘¡No tengas miedo!’ ".

En este aniversario ¿cómo no recordar las bellas palabras finales del actual Pontífice en ese mismo mensaje?: “En este momento, vuelvo con la memoria a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos con ocasión de la muerte y las exequias del llorado Juan Pablo II. En torno a sus restos mortales, depositados en la tierra desnuda, se reunieron jefes de naciones, personas de todas las clases sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. El mundo entero con confianza dirigió a él su mirada. A muchos les pareció que esa intensa participación, difundida hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, era como una petición común de ayuda dirigida al Papa por la humanidad actual, que, turbada por incertidumbres y temores, se plantea interrogantes sobre su futuro”.

Días antes, en la homilía de la Misa exequial, el aún Cardenal Ratzinger había evocado a quien sucedería poco después con palabras que en todos los presentes suscitaron una viva emocion: "Para todos nosotros ha quedado indeleblemente en la memoria cómo en este último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre (Juan Pablo II), signado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico y por última vez dió la bendición "Urbi et Orbi". Podemos estar seguros que nuestro amado Papa se encuentra ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendícenos, Santo Padre. Encomendamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de Su Hijo Jesucristo nuestro Señor. Amen". Hoy ponemos en nuestros corazones estos sentimientos al celebrar esta Eucaristía.

La Nueva Evangelización

Hoy también recordamos al Siervo de Dios Juan Pablo II por su insistencia en acoger, proponer e impulsar en la Iglesia el proyecto de la Nueva Evangelización para América Latina y para el mundo. En 1992, en la IV Conferencia del Episcopado de América Latina en Santo Domingo, el Papa explicitó más claramente su pensamiento al respecto: Ante los desafíos que nos plantea esta nueva época en la que estamos inmersos, “se requiere un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización” (Evangelii nuntiandi, 2). No se trata de una “reevangelización”, en el sentido de que la anterior no haya sido buena. Con la Nueva Evangelización no se pretende proclamar un nuevo Evangelio, nacido del pensamiento humano, de la cultura actual o de las necesidades de los hombres contemporáneos. “No es la cultura la medida del Evangelio, sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana” (Sto. Domingo, 6). La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico. Se continua la proclamación del Evangelio de siempre en toda su fidelidad y pureza: se anuncia a una persona, que es Cristo: su nombre, su doctrina, su vida, sus promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios (cfr. Paulo VI, Evangelii nuntiandi, 22), como lo escuchamos tan nítidamente en la Liturgia de la Eucaristía en estos días del tiempo pascual en la predicación de los Apóstoles trasmitida en el libro de los Hechos. Sin embargo, para nueva época, para cultura nueva, para hombres nuevos se necesita evangelización nueva.

En frase ya consagrada, esta Evangelización es “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (Sto Domingo, 10).

El ardor

El ardor es la atrevida valentía, la audacia (parresía) con la que los Apóstoles proclaman el Evangelio. De esta intrepidez hoy escuchamos un clarísimo ejemplo: Siguiendo el mandato del ángel del Señor, los discípulos entraron en el Templo al amanecer y se pusieron a enseñar el mensaje de vida (cfr. Hech. 5,20s). Por encima de las persecuciones y violencias contra ellos, llenos de gozo, “todos los días enseñaban sin cesar y anunciaban la feliz nueva de Cristo Jesús, tanto en el Templo como en las casas” (Idem, 5,42).

No debemos olvidar que el heraldo de la nueva evangelización ha de actuar movido por el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen (cfr. Hech. 5,32). Los evangelizadores son testigos que llevan en su corazón el fuego del Espíritu Santo, la savia de la santidad. Aparecida (n. 150) nos recuerda que es el Espíritu quien en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (cfr. Hech. 4,13) y Pablo (cfr. Id. 13,19).
El método

En cuanto al método, encontramos pistas muy valiosas para la Nueva Evangelización. Los Apóstoles se esforzaron por encontrar coincidencias, levantar consensos, presentar una actitud de benévola cercanía fraterna con los interlocutores de su tiempo, con la gente del pueblo que “los tenía en grande estima” (Id. 5,13). La Nueva Evangelización quiere ser la respuesta de Jesús y su Evangelio a las preguntas que agitan a la humanidad inmersa en esta cultura posmoderna, tan cambiante, tan relativista y plural, individualista y volcada en el hedonismo y la precariedad del momento. Los discípulos misioneros de hoy están llamados a seguir los pasos de Jesús y a adoptar sus actitudes ante los hombres: su amor, su cercanía, su entrega por esta doliente humanidad. A anunciar a nuestros pueblos que Dios tanto amó al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, quien está cerca con su poder salvador y liberador, que los acompaña en la tribulación y alienta su esperanza en medio de todas las pruebas (cfr. Aparecida, 30).

En cuanto a la renovación de la acción pastoral, el Evangelio de Juan nos enseña que Dios entregó a su Hijo único al mundo para que el mundo se salvara por creer en él. Dios quiere que todos los hombres se salven. El no quiere la condenación de nadie. No todos, sin embargo, creen en El. La causa de la condenación es la decisión del hombre de no creer en Jesucristo, en preferir las tinieblas a la luz, porque sus obras son malas (cfr. Jn 3,16ss). Entra aquí en juego la libre voluntad del hombre para responder positivamente al don de la salvación que Dios a todos quiere conceder.
Estas afirmaciones del Evangelio de Juan están colocadas inmediatamente después del diálogo con Nicodemo sobre el renacimiento del hombre del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 1-6). Dios otorga gratuitamente el renacimiento del agua y del Espíritu por el bautismo, pero el hombre que lo recibe está llamado a corresponder por la fe a la nueva vida que se siembra en él. Si el hombre no responde al don de Dios, si no hace su tarea de bautizado en Cristo, de discípulo de Cristo, su vida bautismal queda infecunda.

¡Cuánta infecundidad de la vida en Cristo tenemos en nuestros bautizados! Es el enorme desafío de la ruptura entre fe y vida, entre evangelio y cultura. Una anécdota tomada de una ponencia del Sr. Cardenal don Norberto Rivera Carrera sobre la Nueva Evangelización, nos pinta a las claras este ingente reto: “Llegaron hasta la capilla. El jefe de los asaltantes exigió a la superiora de la comunidad que abriera el sagrario. Ya habían revisado toda la casa y no habían encontrado el dinero. La superiora le aseguró que no lo hallarían en el sagrario. Ante la insistencia, lo abrió. El ladrón, comprobada la ausencia del dinero, se santiguó con la mano que empuñaba el arma, mientras decía: ‘perdóname, Diosito’”. ¡Cuánto debilitamiento de la vida cristiana se percibe en el conjunto de nuestros bautizados!

¿Qué hacer en nuestra pastoral del bautismo y demás sacramentos de iniciación cristiana? ¿Negaremos el bautismo sobre todo de los niños? ¡Seguiremos bautizando sin más? Tenemos enfrente tamaños retos. Aparecida nos llama a un replanteamiento de toda la pastoral de la iniciación cristiana, que no sólo nos permita responder a la pregunta: “¿cómo bautizar a los niños?”, sino ampliar el horizonte pastoral: ¿cómo se va construyendo un cristiano?, ¿cómo se edifica y renueva una comunidad cristiana? Sin duda podremos esclarecer varios interrogantes con el estudio del Capítulo de Aparecida sobre “El Itinerario formativo de los discípulos misioneros”. En realidad todo el Documento conclusivo de la V Conferencia del Episcopado de América Latina y del Caribe es un cálido llamado a la conversión pastoral, a la renovación de los agentes y de las estructuras pastorales, a la Nueva Evangelización bajo el signo de la misión.

Que a ello nos ayude el Espíritu del Señor al que invocamos como santificador para que transforme nuestras humildes ofrendas del pan y del vino en la presencia pascual de Cristo Jesús. Que por la fuerza de esta Pascua renovada nos transforme a todos nosotros en discípulos misioneros para que nuestros pueblos tengan vida en Él.


+ B. Rafael León Villegas
Obispo de Ciudad Guzmán.

 

 

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