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El primer viaje del Papa busca recordar a la Iglesia lo escencial |
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COMUNICADO
Los Obispos de México, en plena comunión con el Papa Juan Pablo II, agradecemos a Dios la riqueza espiritual y pastoral que dejó en nuestra Iglesia mexicana la celebración del Misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, en el Jubileo del Año 2000. Por eso, al inicio de este nuevo siglo y milenio y en prolongación del dinamismo de la gracia del Año Jubilar, queremos proclamar, con un profundo sentido de gratitud y esperanza el Evangelio de la Vida y declaramos que, a partir de este año 2001, el 25 de marzo sea celebrado en la Iglesia católica mexicana como Día de la Vida (cfr. Evangelium vitae, 85; para observar las normas litúrgicas, al caer en este año el 25 de marzo en el IV Domingo de Cuaresma, la declaración se hará en este Domingo, pero la celebración litúrgica se trasladará al lunes 26 de marzo), celebrando, a la luz del Misterio de la Encarnación el misterio de la vida nueva en gestación. Asimismo, establecemos también la celebración del Año de la Vida del 25 de marzo de 2001 al 25 de marzo de 2002, con el fin de iniciar un proceso permanente de concientización sobre la sacralidad de la vida del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, y la vocación de la familia de ser santuario de la vida, según el proyecto originario de Dios, reflexionando sobre la grandeza de la paternidad y la maternidad responsables. Cristo describe su misión precisamente en relación con la vida: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10), y confió a su Iglesia, pueblo de la vida y para la vida (E. v., 6) el anuncio incansable de esta Buena Nueva. Por eso, en el momento presente, la Iglesia que peregrina en México, fiel a esta encomienda, quiere anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida a todos los hombres y mujeres de nuestro pueblo mexicano, guiada por la enseñanza de su Magisterio. Queremos ser testigos del amor de Cristo a la vida, frente a los signos de la cultura de la muerte que descubrimos en nuestra patria como por ejemplo la contracepción, el aborto, los secuestros, los asesinatos, la drogadicción, el narcotráfico, el mal uso y abuso de la naturaleza, una mentalidad favorable a la eutanasia, la miseria de tantos hermanos y hermanas, la falta de solidaridad para con los más desprotegidos. El punto de partida para esta misión es ciertamente el mandato supremo del amor (cfr. N.m.i., 42). Difundir el Evangelio de la vida en nuestra Nación, es un ejercicio de la caridad que debemos a todo hombre y mujer. Como Cristo, Palabra eterna de Dios que se hizo carne y puso su Morada entre nosotros (Jn 1, 14), la Iglesia quiere también ser para los mexicanos y mexicanas palabra, mensaje y coloquio de amor y de vida (cfr. Carta pastoral, 187), comprometiéndose a promover de manera constante y sistemática la dignidad de la vida del ser humano así como el respeto debido a toda vida en la naturaleza. La Iglesia, sabe sin embargo que el Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes sino que es para todos, y, por tanto, considera que el tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos (E. V. 101) sino de todo hombre y mujer de buena voluntad, por lo que desea poder trabajar en espíritu de fraterna unidad con todos para promover, proteger y defender la vida del ser humano desde su concepción hasta su muerte natural así como los valores naturales de la familia. Encomendamos a nuestros presbiterios, así como a las consagradas y consagrados, a los movimientos del apostolado laical, y, en especial, a las familias, la celebración anual del Día de la Vida, mediante celebraciones litúrgicas, jornadas de ayuno y oración, congresos y reuniones que ayuden al pueblo de Dios a tomar conciencia de su responsabilidad de promover y defender la dignidad de la vida humana desde el momento de la concepción hasta su muerte natural. Les encomendamos que difundan, en todos los niveles y por todos los medios adecuados, el Evangelio de la Vida que nos ha sido confiado y que impulsen iniciativas para promover la dignidad de la persona humana, así como la defensa del ser humano no nacido. Que todos los católicos, hombres y mujeres promovamos con entusiasmo y convicción, con valentía y oportunidad, sin tibiezas ni temores, la grandeza de la maternidad, consagrada por el mismo Cristo desde el seno de la Virgen, así como la paternidad del varón que, junto con su esposa (cfr. E. In A., 46), son colaboradores de Dios en la transmisión responsable de la vida: ¡que ningún mexicano se atreva a vulnerar el don precioso y sagrado de la vida en el vientre materno! (Juan Pablo II, Homilía Autódromo Hnos. Rodríguez, México, D.F., 24 enero de 1999). Invitamos de manera especial a los colegios, escuelas y universidades de inspiración católica, para que, en sus comunidades educativas, animen, promuevan y organicen una digna celebración de este día y en cada una de estas instituciones educativas se anuncie el Evangelio de la Vida en fidelidad a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. Invitamos también a todas las instituciones religiosas, del gobierno civil y de la ciudadanía a unirse a esta celebración y compromiso a favor de la vida del ser humano, y, ya que el don de la vida ha de ser valorado y protegido por todos, juntos impulsemos la cultura de la vida. Encomendamos a la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar la animación y promoción de esta celebración que, con la ayuda de Dios tendrá lugar cada año y ha de ser promovida cada vez con más entusiasmo y eficacia. Confiamos esta celebración a la intercesión de Santa María de Guadalupe, icono de la maternidad divina que, desde su bendita imagen, proclama en México el valor y dignidad de la vida del ser humano desde el vientre de la madre.
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