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| Conócelo, ámalo y proclámalo al mundo |
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Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México en el Iº Congreso Misionero Diocesano de Toluca
Excelentísimo Señor Obispo.
Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y hermanos y hermanas todos en el Señor.
En el texto del Evangelio apenas proclamado, el apóstol San Juan nos trasmite los comentarios que “en aquel tiempo”, hicieron los sumos sacerdotes y los fariseos en referencia a Jesús, que había resucitado a Lázaro; pero también nos refiere su propia reflexión al subrayar que cuanto Caifás había opinado, era una profecía, esto es, “que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos” (Jn 11, 51-52).
Convicción semejante la tuvo también San Pablo, el gran misionero, absolutamente convencido de que Dios, en y por Cristo, había planeado salvar a la humanidad entera. En su carta a los Efesios da testimonio de que "Dios nos dio a conocer el misterio de su voluntad" (1,9), "el misterio escondido desde siglos en Dios" (3,9), el de salvar al mundo. Jesús afirmó, en efecto, haber venido al mundo "para que todos tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).
Así, al igual que Juan y los demás Apóstoles, también Pablo conoció el “misterio”. Lo conoció, no sólo como noción sabida y aprendida. Lo conoció profundamente sumergiéndose en él, a tal grado, que por ello él creyó, vivió, oró, sirvió, reflexionó, dio testimonio, predicó y sufrió, para hacer que ese mismo misterio de Dios fuera proclamado, conocido, amado y aceptado en libertad. De ahí que Pablo pudo ser y sigue siendo, modelo de evangelizador.
Evangelizar: ¿qué significa este imperativo para la Iglesia? La respuesta es sencilla: se trata, ni más ni menos, de la irrenunciable tarea que reclama la proclamación viva del "misterio" que en su tiempo anunció San Pablo. Proclamación del designio amoroso de Dios de salvar a todos los hombres. Tarea de tal manera irrenunciable para la Iglesia, que ella, en cuanto comunidad de discípulos de Jesús, realiza su "más profunda identidad" y su "verdadera naturaleza" sólo cuando cumple su misión; cuando actúa conforme a su naturaleza de ser "el sacramento universal de salvación" (LG 48).
El Concilio Ecuménico Vaticano II en su Decreto "Ad Gentes" afirma sin medias tintas que "la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza" (AG 2); y el Papa Pablo VI, a su vez, con idéntica claridad confirmó "que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia (…). Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (EN 14); y por si alguien tuviera alguna duda, el Santo Padre Juan Pablo II, en su Encíclica "Redemptoris Missio" afirma que la actividad misionera debe ser "concebida no ya como una tarea al margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como compromiso básico de todo el Pueblo de Dios" (RMi 32; Cfr. 1,40.63).
En consecuencia, de acuerdo al Magisterio de la Iglesia, la misión es inicio/centro/fin/sentido mismo de la Iglesia, en su ser y en su actuar: la misión es el corazón del evento cristiano. Jesús llamó a sí a aquellos que quiso y luego los envió al mundo. La Iglesia existe para actualizar, a través de los siglos, el mandato de Jesús: vayan por todas partes y a todas las gentes. Los cristianos, cada uno, hemos sido llamados, sin excepción, a estar en comunión de vida con Cristo, para luego ir, enviados, al mundo, y lograr que el mensaje del Señor llegue a toda la tierra (Cfr. Salmo Responsorial).
En efecto, la Iglesia enviada por Jesús al mundo es la “gran familia” de Dios conformada por todos los bautizados y configurada en el tiempo y el espacio por las Iglesias particulares, abiertas, todas ellas, a las necesidades de las otras y a la coparticipación de los bienes materiales y espirituales. Desde esta comunión nace la responsabilidad y la fuerza para ir a la misión "ad gentes", muchas veces definida y muy pocas veces realizada como "primaria, esencial y nunca concluida", "tarea primordial de la Iglesia" (RMi 31; 34).
El Vaticano II afirma, en efecto, que en cada comunidad - de modo singular en la Iglesia particular - "está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica" (LG 26). Así, en cualquier parte del mundo, la Iglesia en misión encuentra su verdadera existencia y su concreta realización en la específica Iglesia particular. En ella "adherida a su pastor y reunida por el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía" (CD 11) se manifiestan los elementos principales que constituyen la Iglesia total, haciéndola, por naturaleza, misionera. "En cada Iglesia local está contenido el misterio de la Iglesia universal" (RMi 48).
En consecuencia, la misión "ad gentes" derivada del mandato misionero de Jesús, no puede ser repartido y asumido sólo por algunas comunidades o por algunos de sus miembros, - por ejemplo, sólo por religiosos específicamente misioneros -, sino que debe ser asumido por cada porción de la Iglesia, simplemente porque en cada una de ellas se realiza el misterio infragmentable de la Iglesia que es, siempre y en todas partes, misionera por naturaleza.
Así, la Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce. Pero allí donde nace una comunidad eclesial como fruto de la misión, naturalmente comienza a vivir una comunidad misionera. Es un proceso ininterrumpido. El problema, -si problema podemos llamarlo -, es que ella no vive fuera del mundo, sino inmersa en el mundo, y por ello no es de extrañar que factores diversos tienten a la comunidad a refugiarse en la instalación, a actuar una pastoral rutinaria, a la inercia, a la comodidad. Se trata de ídolos que deben ser constantemente combatidos y derrocados.
De suyo, en no pocas Iglesias particulares se nota ausente el fervor y sí, en cambio, se vive en una especie de fatiga o desilusión y consecuentemente de acomodación al medio ambiente (Cfr. EN 80). Aunque lamentable, esto no debe extrañarnos, pues, cuando en la Iglesia falta el espíritu misionero, la actividad pastoral pierde su fuerza motora y se frena el compromiso de los miembros de la Iglesia particular (Cfr. RMi 2).
El Papa Pablo VI nos ha recordado que: "El que ha sido evangelizado, evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la palabra y se haya entregado al reino, sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia" (EN 24) y por su parte, Juan Pablo II afirmó categóricamente: "en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es signo de una crisis de fe... ¡La fe se fortalece dándola!" (RMi 2). "La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros" (Ibid 11).
En una Iglesia particular que, con a la cabeza su propio Obispo, celebra la Liturgia, ora, escucha la palabra y comparte el pan de la vida eterna, la vida íntima no tiene pleno sentido sino hasta cuando ésta se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. Si la Iglesia es consciente de pertenecer a un "cuerpo enviado", y este cuerpo se siente evangelizado a través de la conversión y renovación constantes, no tendrá dificultad en comprender la necesidad que tiene de enviar evangelizadores, allá donde Cristo no es aún conocido. En efecto, una celebración eucarística no es "sincera ni plena si ella no conduce tanto a las obras de caridad como a la actividad misionera y a las varias formas de testimonio" (PO 6).
No podemos poner en duda que Cristo conocía perfectamente, tanto las necesidades locales, cuanto la tarea sobrehumana que mandó realizar a sus discípulos. Pero, no los hubiera enviado si, al mismo tiempo, no les hubiera asegurado la "fuerza de lo alto". En consecuencia y desde esta perspectiva de fe, no debe preocupar a nadie que nuestras Iglesias particulares se conviertan en comunidades "enviantes" al estilo de la Iglesia de Antioquía, que supo desprenderse hasta de sus dos más vigorosos evangelizadores.
En el cumplimiento y realización fiel de la misión, lugar, responsabilidad y tarea prioritaria, como tantas veces lo ha reafirmado el Magisterio, la tienen el Obispo diocesano y su presbiterio.
Es por demás importante notar, por ejemplo, cómo cada vez que "Pastores dabo vobis" menciona el ministerio del presbítero, recuerda que su destinación es universal: la Iglesia, el mundo, los confines de la tierra. Estas son las expresiones mayormente repetidas.
En la "Pastores dabo vobis", la trilogía Iglesia misterio, comunión y misión define muy bien la concepción eclesiológica que sirve de base al discurso sobre el presbítero. El presbítero -"de frente" a su comunidad y "dentro" de su comunidad -, está llamado a hacerse signo claro y legible de estas tres dimensiones. Mirar a los lejanos es tan esencial, como preocuparse de los vecinos, pues Dios no ha revelado nada, ni ha hecho nada, sino para todos; y Jesús, en la última cena, ha puesto en las manos de los discípulos un pan "para todos los hombres".
Vocación, consagración, misión es otra trilogía de la "Pastores dabo vobis", que a manera de columna vertebral dice muy bien cuánto la misionariedad sea constitutiva de la identidad presbiteral. Haciendo referencia al episodio de Lucas 4,14-30, la "Pastores dabo vobis" subraya fuertemente la relación de circularidad que se da entre consagración y misión, aspecto, éste, sobre el que Benedicto XVI ha repetidamente insistido a lo largo de sus intervenciones del Año Sacerdotal en curso. La misión, queridos obispos y sacerdotes, brota de la consagración y la consagración es para la misión.
Precisamente por ello y porque indisoluble a la consagración, la disponibilidad del presbítero - y del mismo Obispo - a la misión, no requiere de otra vocación más específica. ¡Al presbítero le basta la vocación que tiene! ¡Su vocación al sacerdocio es, por naturaleza, vocación a la misión, aquí, y más allá de las propias fronteras!
En la Exhortación Apostólica "Ecclesia in America (74), se lee que: "El programa de una nueva evangelización en el Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la fe los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido (…); sería erróneo no favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto de que todavía queda mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a una situación, en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia en América".
Así pues, queridos hermanos y hermanas. ¡Manos a la obra!, el Señor cuenta con todos y cada uno de nosotros, y a todos y cada uno nos ofrece y ofrecerá cuanto nos será necesario para llevar a cabo en fidelidad la tarea maravillosa que ha puesto en nuestras manos.
Como ha afirmado el profeta: “¡Pueblo de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5). También ustedes, “¡Pueblo de Dios en Toluca, en marcha! Caminemos a la luz del Señor.
El Señor Jesús, por intercesión de María Santísima, la primera evangelizadora, les bendiga abundantemente a todos y cada uno. Así sea.
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| Actualizado ( Martes, 16 de Marzo de 2010 09:51 ) |


