ROMA, 19 de enero de 2007

 


La preparación de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe


Conferencia del Card. Francisco Javier Errázuriz Ossa, Presidente del CELAM, en la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina.


Agradezco al Presidente de la Pontificia Comisión, Su Eminencia el Cardenal Juan Bautista Re, la oportunidad de presentarles el avance de los trabajos preparatorios de la Conferencia General de Aparecida. Las etapas de este camino hasta enero del año 2005 fueron expuestas en nuestra anterior Plenaria. Sólo recordaré los elementos más importantes de esa primera etapa, para referirme a continuación al trabajo preparatorio de los últimos dos años.

I. Tres constataciones

Ustedes recordarán que en la XXVIII Asamblea del CELAM, celebrada en Caracas el año 2001, el Presidente de la Conferencia Episcopal de Honduras recordó a todos que cabía pedirle al Santo Padre la convocación de una nueva Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. El asunto fue resuelto rápidamente. Casi todos los votos fueron favorables. Sólo dos abstenciones. Esa resolución tan inmediata y entusiasta me enseñó algo que ignoraba. El CELAM es una familia de Conferencias Episcopales, y ésta sentía la necesidad de encontrarse, de dialogar, de discernir juntos los signos de nuestro tiempo, y de orientar los esfuerzos pastorales con espíritu de comunión.

Tres años más tarde, en febrero del año 2004, los representantes de nuestras Conferencias Episcopales se reunieron en Puebla de Los Ángeles. Quisimos reflexionar sobre la magnitud de los cambios ocurridos recientemente en nuestros pueblos y en la Iglesia de nuestro Continente. Nos impresionó la extensa lista de transformaciones profundas. El tiempo había dejado su huella. Me detengo en tres constataciones que surgieron en aquella reflexión.

1. Sintetizando la experiencia de situaciones nuevas, podemos leer la primera constatación en el Documento que ha suscitado la participación de quienes preparan la Conferencia de Aparecida. Dicen los números 94 y 95:
América Latina y el Caribe son desafiados con fuerza por los cambios religiosos, éticos y, en general, culturales, que marcan dolores de parto de una nueva época. No somos una isla. Tenemos que orientar nuestro trabajo pastoral hacia la conversión de hombres, mujeres y jóvenes que viven en el hoy, cuyas convicciones vacilan … atraídas, desafiadas o rechazadas por los mensajes de los medios de comunicación y por los grupos que se llaman progresistas y, en reacción a ellos, por tendencias exclusivamente conservadoras. Remaremos mar adentro y lanzaremos las redes en el nombre del Señor Jesús, confiando en su palabra, navegando con frecuencia contra la corriente, pero con simpatía por cada persona, creada y recreada a imagen y semejanza de Dios. (ver DoPa 94)

Continúa el documento:

El parto de una época tiene sus tiempos de gestación, de espera y de dar a luz. Pero no todo es lineal. En el seno de la historia pueden luchar diversas criaturas que quieren triunfar y ver la luz. Los signos del crepúsculo de una era que concluye y del amanecer de otra, se han hecho presentes en las últimas décadas, en medio de luchas ideológicas, raciales y aún religiosas. Pero vienen de más lejos. El paso al tercer milenio es el símbolo de una transición que aún perdura. De hecho las relaciones del ser humano consigo, con la familia, con el mismo Dios, además con la naturaleza, la verdad, la información y la técnica, están cambiando profundamente, más allá de la evolución orgánica que conlleva el decurso de la historia. (ver DoPa 95)


Sin detenernos ahora en los cambios que podemos constatar en el ámbito del conocimiento -baste pensar en la astronomía y en la investigación genética-, de la técnica, la comunicación y la economía; de la ética y la política internacional; y sin referirnos a la globalización, temas presentes en el Documento de Participación, echemos una mirada tan sólo a ese ámbito más humano de nuestra existencia, del cual depende de manera determinante la cultura. Me refiero al matrimonio, la familia, la mujer, la vida y el amor.

Con dolor el documento mencionado (ver DoPa 99-101) constata:

La cultura condena tanto a la familia, como a la maternidad y a la natalidad. Incontables personas se encierran en su yo, y viven procurando tan sólo su autorrealización, sin desarrollar algo tan necesario para realizarse y ser felices: la vocación de ser un don gratuito para otros. La familia sufre los embates más fuertes de la historia. No se le reconoce su valor ni para los individuos ni para la vida social y religiosa. Es más, tampoco se la reconoce como fruto del matrimonio.

Por otra parte, el matrimonio como concepto y como realidad viva, es violentado por quienes lo abren a uniones pasajeras, lo separan de la procreación y lo aceptan para parejas del mismo sexo . Al menos en el mundo occidental puede ocurrir muy pronto que la mayoría de los jóvenes no haya contado con la experiencia dignificante de un hogar estable, ni con un padre cercano, ni con una madre que le brindase el cariño y la incondicionalidad que necesitaba. ¿Son éstos los signos de una nueva época, o más bien de la decadencia de la época que concluye, que gime y clama por el nacimiento de una nueva que redescubra la novedad del Evangelio, dando respuesta a grandes expectativas y procurando realizaciones más humanas?

Cambia asimismo el sentir sobre la identidad y la misión de la mujer. Faltaba su aporte de humanidad en la vida pública y en la actividad productiva , regidas muchas veces por categorías de eficacia masculina y sin suficiente consideración de las personas y de la comunión. Pero, al mismo tiempo que ella despliega el don más valioso que ha recibido, su maternidad, y la proyecta en forma espiritual para cuidar y proteger la vida, abrirle espacio y alimentarla en el mundo social, atentan contra su misión en el mundo y en la familia los intentos por conducirla al menosprecio y al ocaso de ese maravilloso don, la maternidad, a la mera competencia con el varón, al reclamo de leyes que le den el “derecho” sobre su cuerpo, vulnerando el respeto por una nueva vida que crece en él, el derecho a la disolución rápida del matrimonio y la familia, a la esterilización no terapéutica y a otras novedades, como si fueran grandes logros y derechos de “género”. Todo ello debilita la cultura de humanidad que depende vitalmente del despliegue generoso de su genio femenino.


En relación a estos temas y a muchos otros, cambian asimismo los parámetros de las políticas públicas. Con demasiada frecuencia nuestros gobiernos optan por actitudes permisivas. Constatan una gran diversidad de visiones y opciones en la sociedad, y privilegian como norma absoluta las decisiones personales de los ciudadanos, a los cuales se les reconoce la mayor libertad. Es más, se legitima y legaliza las opciones subjetivas, porque el Estado, dicen, no puede optar por ningún modelo. Esta indefinición es ya dictadura cuando los gobiernos subvencionan la educación particular sólo si cumple con una condición: que comparta la indefinición del Estado, que favorece el relativismo moral, el nihilismo, y el caos de la ética.

Un caso evidente y emblemático se da en relación a los diferentes “modelos” de matrimonio y familia. So pretexto de no interferir la libertad individual, el Estado no favorece ninguno, con lo cual menoscaba el único verdadero. Pero, ¿no debiera favorecer el matrimonio nuclear, compuesto de padre, madre e hijos en un hogar estable, sabiéndose que este modelo, precisamente por ser el querido por Dios agregaríamos nosotros, es el que más favorece a los hijos, ayudándolos a ser personalidades ricas en valores, con equilibrio afectivo, con iniciativas, que caen mucho menos que otros en la deserción escolar, el sexo precoz, la paternidad y maternidad adolescentes, la delincuencia, el alcoholismo y la droga? ¿No debiera favorecer este modelo, porque sólo así puede frenar el descenso alarmante de la natalidad, con todas sus consecuencias negativas? ¿No debiera favorecerlo, porque al considerar verdadero matrimonio a una unión de dos personas del mismo sexo, pierde toda orientación basada en la naturaleza, y así le abre la puerta a la poligamia, a la poliandria, a las uniones de varios hombres con varias mujeres, con sus pretensiones de ser consideradas matrimonio y de gozar de todas las atribuciones del mismo, especialmente del derecho a la adopción?

En este contexto podemos constatar una tendencia que acompaña y sustenta la ya mencionada, y que introduce profundos cambios en el orden de la verdad, las costumbres, la configuración de la sociedad y su legislación.

La sociedad ha abierto sus ojos y ha descubierto postergaciones, discriminaciones y amenazas reales que antes no percibía o no quería percibir: Cuestionada por ellas, se ha propuesto una acción bienvenida y liberadora. Pero cuando esta tendencia está compenetrada de indiferencia ante la voluntad del Creador, desorbita justas aspiraciones de grupos humanos y de otras realidades que sufren. En efecto, ha surgido una nueva conciencia contraria a toda discriminación, que busca la justicia y la equidad; con frecuencia, sin embargo, ajena y contraria a la verdad y el bien.. (ver DoPa 107)

Resumiendo podemos decir que los cambios culturales que son impulsados en nuestros países, y que en buena parte tienen sus raíces en Europa, constituyen un enorme desafío a la nueva evangelización. En efecto, muchos de ellos persiguen la emancipación de nuestra cultura de su matriz cristiana y católica … una emancipación que no libera, porque es la verdad del Evangelio la que nos hace libres y hermanos.

2. Sin embargo, no todas las realidades cambian. Algunas de ellas nos alegran, por ejemplo, la persistencia de la fe en Dios y de la valoración de la familia. Pero hay otras que permanecen como una profunda herida en el tejido social. Es la segunda constatación que consignamos: la enorme pobreza de un porcentaje muy importante de la población de nuestros países, y las desigualdades sociales y económicas, laborales y sanitarias, educacionales y culturales que encontramos en ellos. En general éstas no han cambiado. Tenemos altísimos índices de pobreza y de miseria, y somos el Continente con las mayores desigualdades en los ingresos.

A pesar de la insistencia de las últimas Conferencias Generales del Episcopado en impulsar la opción preferencial por los pobres, tenemos que constatar que:

…los beneficios económicos del desarrollo macroeconómico en los países de la región que han crecido, no son distribuidos con equidad. Sigue siendo escandalosa la persistencia de la pobreza, la miseria y el desempleo en un sub-continente formado mayoritariamente por cristianos. Y crece la brecha del ingreso entre los más ricos y los más pobres. Estos males golpean principalmente a millones de mujeres que son responsables de su hogar, de indígenas y de afroamericanos. La opción preferencial por los pobres aún no da frutos que permitan mirar el futuro como un tiempo de fraternidad y de paz. (ver DoPa 126)

La escasa repercusión, en términos globales, de la opción evangélica y preferente por los pobres, nos exige una reflexión acerca de sus causas. Ha sido muy débil nuestro compromiso como cristianos con el sufrimiento de Cristo en los pobres y afligidos. Muchísimos cristianos no encuentran en ellos el rostro de Cristo y no se acercan a su dolor, y un elevado número de cristianos no está comprometido con su propia identidad de ser otros cristos, con firme voluntad de no ser servidos sino de servir, con una actitud de justicia y misericordia, como constructores de la fraternidad y la paz. Nos duele constatar que, en proporción, son muy pocos los católicos destacados que entregan su vida y su liderazgo al servicio público, y menos aún los que lo hacen de manera coherente con su condición de discípulos de Jesucristo. Ha crecido la crítica por su ineficacia en la trasformación de la sociedad según el querer de Dios. Por ello surge una pregunta: ¿Nos hallamos ante un gran vacío en nuestras prioridades pastorales? (ver DoPa 154)

3. Desde las Conferencias de Puebla y Santo Domingo se han producido cambios notables también en la vida de la Iglesia. Ésta es la tercera constatación. Los valoramos, por ejemplo, cuando constatamos una creciente vitalidad espiritual y comunitaria, y la rica siembra de nuevos carismas y los brotes de nuevos ministerios; pero nos duelen cuando se refieren a la disminución del número de los católicos, tanto en términos globales como en la participación y la recepción de los sacramentos. Los constatamos asimismo en la relación de la Iglesia con la sociedad y con otras confesiones religiosas, y en los nuevos desafíos que enfrentamos y las consiguientes prioridades pastorales.

Algunos signos de estos cambios (ver DoPa 147s y 155) ya fueron presentados en nuestra anterior Plenaria:

a. La irrupción de otras confesiones cristianas, de sistemas orientales, de la New Age y de sectas, casi siempre agresivas con la Iglesia, es un hecho nuevo y desafiante. En los últimos diez años descendió hasta el 10% el número de católicos en diversos países del Continente. Esto nunca había ocurrido en nuestra historia.

Un gran número de católicos no sabe reaccionar ante este pluralismo religioso. Los desconcierta escuchar que el catolicismo sería una opción individual entre muchas de igual valor, en el mercado mundial de ofertas religiosas. Además son incontables los bautizados que no participan en la vida de las comunidades eclesiales y no celebran el día del Señor. Corren el riesgo de perder su identidad católica, y aun cristiana.

Por otra parte la Iglesia experimenta una agresividad nueva en la vida pública, desconocida en los últimos decenios y contraria a la presencia del mensaje de Jesucristo. Ella atenta contra las raíces cristianas de nuestra cultura. No faltan quienes quieren acallar y aun destruir en el Continente la autoridad moral de la Iglesia y de sus pastores, y desdibujar la realidad y la misión de la Familia de Dios. Al parecer, estiman que sólo así podrán liberalizar las costumbres y las leyes. Este trabajo lo facilitan nuestros errores y nuestra falta de ardor, como también los escándalos que causan las noticias cercanas o lejanas, verdaderas o falsas, de graves transgresiones a la ley moral, que socavan y destruyen credibilidades y confianzas.

b. El Documento de Participación no se queda, sin embargo, en constataciones deprimentes ni en lamentos estériles. También constata con alegría la acción del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios.

Podemos percibir que crecen las manifestaciones de la piedad popular, sobre todo las expresiones masivas, por ejemplo, en las grandes peregrinaciones. Son palpables las iniciativas misioneras y solidarias de estudiantes movidos por su fe. Asimismo percibimos tantas búsquedas de jóvenes, que son expresiones de una sed profunda, que se sacia con el Evangelio de Nuestro Señor.

Otro signo notable de esperanza que no se da con igual fuerza en muchas otras latitudes, es el crecimiento del número de quienes se encuentran con Jesucristo y se comprometen con Él y con su Iglesia. Crece de manera vigorosa ese fermento de verdad y de vida constituido por personas, movimientos eclesiales y comunidades cuya vida es atrayente, porque permanecen en al amor y en la misión de Cristo, porque en ellas vive el misterio de la Iglesia, misterio de comunión misionera. Esta realidad que nos conmueve es inseparable de la riqueza mariana y de la cercanía al Santo Padre de nuestras Iglesias particulares y de sus comunidades vivas. (ver DoPa 31)

Podemos constatar asimismo que la recepción del magisterio de los obispos y del Papa Juan Pablo II, como también recientemente de Su Santidad Benedicto XVI, ha fortalecido la vida de la Iglesia y su misión en el mundo. Pensemos, por ejemplo, en las anteriores Conferencias Generales del Episcopado latinoamericano, en las peregrinaciones del Papa Juan Pablo II a nuestros países y en su rico magisterio. Recordemos, además, el eco que tuvieron recientemente y siguen teniendo la Exhortación apostólica Ecclesia in America, como también la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte y la Encíclica Ecclesia de Eucaristía, y de manera creciente la primera encíclica de Su Santidad Benedicto XVI, Deus Caritas est. La Iglesia en el Continente hoy sería muy distinta sin ese caudal de vida nueva y de iniciativas pastorales que se ha abierto camino en ella, la riega y la hace más fecunda. (ver DoPa 33)

Con mucha confianza en la acción del Espíritu Santo, y conscientes del ofrecimiento que Dios nos hace de su gracia y de vida nueva, que intuimos al constatar tantos desafíos, iniciamos a comienzos del año 2004, la preparación de la V Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y el Caribe, conscientes de su necesidad y urgencia.

II. Una intuición profética en Puebla

Recordábamos en nuestra última Plenaria el encuentro que reunió al CELAM en el año 2004 para celebrar el XXV aniversario de la Conferencia de Puebla. Después de reflexionar sobre los profundos cambios que habían ocurrido en la Iglesia, en la cultura occidental y en nuestros países, nos dividimos en cuatro comisiones con el objeto de delinear el tema de la V Conferencia General. Fue grande nuestra sorpresa cuando pusimos en común las conclusiones, porque apareció un consenso unánime. Consideramos que la Conferencia debía tener como principal eje temático la vocación de ser discípulos de Jesucristo para la vida de nuestros pueblos. Y hasta el día de hoy nos impresiona esa primera intuición. No nos condujeron a ella largos análisis de los signos de los tiempos ni reflexiones deductivas. Ese consenso, visto en perpectiva, me atrevo a decir que fue una intuición profética, una moción del Espíritu Santo.

Sin echar al olvido el compromiso asumido con las grandes metas de las Conferencias Generales anteriores en relación a la Nueva Evangelización, nos convencimos de la necesidad de dar un paso más por el camino pastoral indicado en la Exhortación apostólica Ecclesia in America. A partir del “encuentro con Jesucristo vivo” nos parecía necesario llegar con profundidad al sujeto que debe responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo.

La vocación de discípulos, de gran riqueza bíblica, nos abre el camino evangélico y eclesial para ello. Queremos desplegar, con la ayuda de Dios, toda la riqueza del encuentro con Jesucristo para formar a quienes han recibido y confirmado la gracia del bautismo, y con ella la vocación de configurarse con El como discípulos suyos, y de construir la comunión, evangelizar y dar vida nueva a nuestros pueblos.


III. Las decisiones de Su Santidad Benedicto XVI
que atañen a la V Conferencia General

1. Pocos días después de su elección, el Santo Padre recibió en audiencia a la Presidencia del CELAM. Con gran interés quiso enterarse de los avances de la preparación. Ya en esa ocasión se declaró plenamente de acuerdo con la celebración de esta Conferencia General. Esperaba aprobar el tema de la V Conferencia antes de la Asamblea Ordinaria del CELAM, que se realizaría en Lima en Mayo del año 2005, Pero la cantidad de asuntos de los cuales tuvo que ocuparse al inicio de su pontificado le impidieron proceder tan rápidamente. Sin embargo, el día 7 de julio de ese año ya indicaba el tema de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano:

Discípulos y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él tengan vida.

¬- “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) -


El Santo Padre enriqueció nuestra proposición. De él proviene la expresión “en Él” y la cita evangélica. Somos discípulos y misioneros de Jesucristo cuando nuestro testimonio y nuestra misión evangelizadora se realiza verdaderamente por Él, con Él y en Él, que es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. En dicha audiencia manifestó asimismo que el inicio del tercer milenio y sus desafíos propios son el contexto que no podemos olvidar.

2. A la luz del tema aprobado por el Santo Padre, con la ayuda de algunos expertos y sobre todo de la Comisión Central de preparación de la V Conferencia, nos dedicamos a la tarea de formular un escrito que presentara el tema y suscitara la participación de las comunidades en todas las diócesis del Continente que se propusieran trabajar activamente en la preparación de esta Conferencia General. Por su objetivo propio lo llamamos Documento de Participación. Con él ofrecimos además una ayuda metodológica: las 20 fichas que lo acompañaban. La Pontificia Comisión nos ayudó con valiosas observaciones al proyecto de documento, y éste fue publicado en septiembre del año 2005.

3. Con ocasión del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, el 15 de octubre de 2005, tuvimos una audiencia con Su Santidad Benedicto XVI, en la cual participaron los Cardenales don Pedro Rubiano, dom Cláudio Hummes, don Jorge Mario Bergoglio y un servidor. Pusimos en sus manos el primer ejemplar del Documento de Participación. Él deseaba conversar con nosotros sobre los temas pendientes, a saber, sobre el lugar en que se realizaría la Conferencia y la fecha de su celebración. Nos parecía de suma importancia su presencia en América Latina. Sin lugar a dudas profundizaría la pertenencia a la Iglesia de muchos bautizados más alejados o vacilantes, y su conducción pastoral llegaría más hondamente al corazón creyente de los fieles. Además, había una razón simbólica: convenía mostrar que un Sínodo y una Conferencia General son dos expresiones diferentes de la colegialidad.


Después de escuchar proposiciones concretas, el Santo Padre decidió: “será junto al Santuario mariano de Aparecida. Dios que me ha dado este encargo, me dará las fuerzas para cumplirlo”. Como fecha aprobó que tuviera lugar desde el 13 al 31 de mayo del año 2007.

4. Pocas semanas más tarde, el 23 de noviembre del 2005, con su firma y su escudo, nos envió la oración con que imploraríamos la gracia del Señor durante la preparación de la Conferencia de Aparecida.

5. El día 20 de abril de 2006, Su Eminencia el Cardenal Re nos comunicó oficialmente que Su Santidad Benedicto XVI convocaba formalmente para los días 13 al 31 de mayo del año 2007 la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, cuya sede sería la ciudad de Aparecida en Brasil, y su tema, el enunciado más arriba.


En esa misma oportunidad el Cardenal nos comunicó que el Sumo Pontífice el día 8 de abril había aprobado el Reglamento “que deberá seguirse para la preparación, designación de participantes y el desarrollo de dicha Quinta Conferencia.” Según este Reglamento, el número de los Obispos que tendrían derecho a voto sería aproximadamente 160 (se elegiría según la clave: un obispo por cada 8 obispos en pleno ejercicio en cada país). A ellos se agregan 10 obispos sin derecho a voto, y aproximadamente 75 invitados entre sacerdotes, miembros de Institutos de Vida Consagrada, diáconos permanentes, laicos (varones y mujeres), a los cuales hay que agregar algunos observadores de otras confesiones religiosas y un número adecuado de peritos.

Dicha comunicación fue causa de una gran alegría. Escribía el Sr. Cardenal después de su audiencia con el Papa: “Me es grato participarle que el Santo Padre agradece de corazón la labor de preparación de la Quinta Conferencia que ya ha realizado el CELAM y las Conferencias Episcopales, extendiendo también su gratitud a quienes colaboran en dicha preparación"

6. El día 12 de diciembre recién pasado, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, El ‘Osservatore Romano’ publicó la decisión del Santo Padre mediante la cual nombró a los tres Presidentes de la V Conferencia General, como también al Secretario General y al Secretario adjunto.

IV. Varias vías de preparación


Los Estatutos del CELAM establecen entre sus funciones, la de “preparar las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe cuando la Santa Sede las convoque…” (Art. 4, 7).

Para cumplir con el encargo recibido, recorrimos cinco caminos que contribuirían a preparar Aparecida. Un primer camino de preparación, el camino más amplio y directo, ocurriría en las diócesis y en los países. Otro camino nos pondría en contacto con los diferentes Dicasterios de la Curia Romana, pidiéndoles sus aportaciones en la preparación de la Conferencia. De hecho, recibimos valiosas aportaciones. Un tercer camino nos llevaría a reorientar, a la luz del tema de la Conferencia de Aparecida, el cumplimiento de los programas recibidos de las Asambleas anteriores del CELAM, que configuran el Plan Global del cuatrienio, y el cuarto camino lo recorreríamos convocando congresos y seminarios de especialistas, para que los participantes pudieran enriquecerse con sus reflexiones. Por último, un quinto camino nos conduciría a la publicación de algunos libros sobre la situación de América Latina y el Caribe, y sobre temas bíblicos que iluminasen el temario de la Conferencia de Aparecida.


A. La preparación en las Conferencias Episcopales y en las diócesis.

Muchas Conferencias Episcopales recibieron con entusiasmo el temario y la invitación a participar activamente en la preparación. Algunos países y algunas diócesis, sin embargo, que ya trabajaban determinadas etapas de su propio plan pastoral, postergaron el trabajo con el temario para el tiempo posterior a Aparecida. El Documento de Participación fue reimpreso en muchos países. Otros imprimían sus diferentes capítulos, bajándolos de la página web del CELAM. Algunas Conferencias Episcopales adaptaron las fichas a su realidad específica.

El trabajo se reveló muy fecundo en aquellas diócesis que invitaron no sólo a reflexionar y elaborar aportaciones, sino además a rezar y a iniciar desde ya el procesos de vida que conlleva escuchar la palabra de Dios en el tema de la Conferencia, y cumplirla sin esperar la publicación del documento conclusivo, sino sacando de inmediato consecuencias para la vida y para la misión personal y comunitaria, conforme a las palabras de la Sma. Virgen: “Hagan lo que Él les diga”. En muchos lugares los sacerdotes quedaron sorprendidos por el interés que despertó el tema en comunidades de fieles laicos. En algunos países las Asambleas de las Conferencias Episcopales dedicaron parte de sus reflexiones a la V Conferencia General. La ficha para los Obispos fue el punto de partida de intercambios sobre su vida y su ministerio que no siempre se habían dado.

En la sede del CELAM recibimos a partir del mes de noviembre las aportaciones de las Conferencias Episcopales. Durante el mes de diciembre fueron clasificadas según los diversos temas. Respondieron 21 de las 22 Conferencias Episcopales. Sus respuestas sumaron 1.421 páginas. En los Estados Unidos de América se trabajó con el Documento de Participación en 50 diócesis. También ellas enviaron el fruto de sus reflexiones.

No faltó una Universidad que promovió trabajos de investigación sobre el tema. Nos envió dos libros con los resultados. Tampoco faltaron aportaciones de personas y organismos de varios países, también de organismos internacionales, que fueron enviadas directamente a la sede del CELAM. Sumaron otras 720 páginas.

Durante estas semanas del mes de enero un grupo de obispos y de teólogos trabajan arduamente en Bogotá, resumiendo las aportaciones que llegaron, y escribiendo el “Documento de Síntesis”. Es una labor difícil, porque este documento de síntesis por una parte debe reflejar fielmente los aportes recibidos pero sin abundar en páginas, y por otra parte debe reflejar con claridad cuáles son los grandes temas de Aparecida, de manera que sea fácil determinar los temas y sub-temas que ocuparán nuestra atención, y las comisiones que trabajarán en ellos. Éste será el instrumento sucinto que tendrán a mano los convocados para prepararse a participar en la Asamblea. Naturalmente en Aparecida también tendrán todo el acceso que deseen a las aportaciones en sus textos originales.


B. Congresos, Encuentros y Seminarios
organizados por el CELAM en preparación de la V CG

Los Encuentros y Seminarios que formaban parte del Plan Global 2003-2007, desde el momento en que el Santo Padre aprobó el tema de la Conferencia de Aparecida, casi siempre fueron realizados a la luz de dicho tema. Por eso, en muchos de ellos surgieron aportes directos para la V CG.

En forma explícita, como un servicio a la reflexión que suscita la V Conferencia General, convocamos además diversos Congresos, Encuentros y Seminario para que numerosos miembros de nuestra Iglesia, que han dedicado su vida a cumplir la misión del Pueblo de Dios desde ángulos específicos, pudieran aportar sus experiencias y reflexiones. Para ello se realizaron las siguientes actividades:

A) Dos Congresos continentales con una amplia participación de representantes de las áreas respectivas:

1.- Primer Encuentro Continental de Representantes de Movimientos Apostólicos y Nuevas Comunidades en L-A y el Caribe. Preparado en conjunto con la Pontificio Consejo de Laicos.
Tema: “Discípulos y Misioneros de Jesucristo hoy” – itinerarios de fe y compromisos.
Participantes: 189 personas (incluido equipo de apoyo)

Un primer balance mostró que este Congreso, el 1º realizado en América Latina por los Movimientos Eclesiales de nuestro Continente y del Caribe, tuvo una gran fecundidad. Participaron más de 40 movimientos eclesiales. Tanto el Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, Mons. Stanislaw Rylko, y sus colaboradores, como los miembros del CELAM y los obispos presentes, consideraron de gran valor tanto la invitación a ofrecer su experiencia como también la acogida que recibieron del Consejo episcopal tantos carismas, que el Espíritu Santo ha regalado a la Iglesia como otras tantas escuelas de formación de discípulos y misioneros, acordes con las necesidades de nuestro tiempo.

2.- Encuentro continental y congreso de teología-pastoral mariana

Tema: Destacar y acoger la piedad mariana de nuestros pueblos hacia la Sma. Virgen María, Madre de Jesús y de sus discípulos.
Lugar y Fecha: Cuautitlán, México, del 27 de septiembre al 01 de octubre 2006.
Participantes: 126 personas (incluido el equipo de apoyo)

Este gran Encuentro quería buscar respuestas a un tema candente de nuestra pastoral. En nuestro continente mariano, que también por esta característica de su cultura se le ha llamado el continente de la esperanza, nosotros los Obispos, los sacerdotes, los diáconos, los consagrados, los agentes pastorales, ¿qué hacemos pastoralmente con el gran don que Dios nos ha regalado: nuestra relación cordial y creyente con la Sma. Virgen? En nuestro trabajo pastoral, ¿sabemos alimentar y cultivar el amor a ella, de manera que produzca todos sus frutos: que nos conduzca a Cristo, que nos ayude a ser dóciles al Espíritu Santo, a confiar en el querer de Dios y a colaborar con Él, que nos contagie con su vida eucarística y su compromiso con los pobres, que nos transmita su responsabilidad por la historia, que suscite en nosotros la voluntad de vivir en comunión y forjar la paz? ¿Lo hacemos realmente? Nuestro Congreso dio vigorosos impulsos para abrir este fecundo horizonte pastoral.

B) Nueve Seminarios, es decir, nueve encuentros de expertos con el objetivo de preparar subsidios (publicaciones) para quienes participen en la V CG. Transcribo a continuación el objetivo de estos seminarios.

1.-Seminario sobre la “Iglesia en la Opinión Pública”

Tema: Recoger la actual opinión pública generalizada sobre la Iglesia católica en las diversas franjas de la población.
Lugar y fecha: Bogotá, septiembre 2005
Participantes: 23 personas

2.- Seminario sobre el Presbiterado.

Tema: El presbítero, discípulo y misionero de Jesucristo en América Latina
Lugar y fecha: Panamá, marzo, 2006
Participantes: 10 personas

3. Seminario sobre gestores sociales: políticos, empresarios, laborales

Tema: Profundizar la tarea de los laicos en el momento presente de L-A y buscar las causas de la incongruencia en el ser y quehacer de un gran número de fieles
Lugar y fecha: Bogotá, agosto 2006
Participantes: 22 personas

La invitación al Seminario recordaba un texto del Documento de Participación, que afirma: “… probablemente hemos descuidado la formación de los laicos para ordenar las realidades según el querer del Señor. Los hemos invitado más bien a participar en la construcción de la Iglesia. Por eso constatamos en incontables constructores de la sociedad influyentes y bautizados, sobre todo en un gran número de políticos, economistas, empresarios, sindicalistas y comunicadores sociales, que sus convicciones éticas son débiles y no logran cumplir su responsabilidad en el mundo con coherencia cristiana” (DPa n.154).

La convocatoria del Seminario invitaba a reflexionar sobre “los laicos en el tiempo actual de América Latina y El Caribe, desafíos y oportunidades, desde el mundo de la economía, la política y el trabajo, para consolidar su participación como discípulos y misioneros de Jesucristo con el fin de que nuestros pueblos en Él tengan vida”.


4. Seminario sobre el cambio cultural:

Tema: Discernir el cambio de época que estamos viviendo, con sus oportunidades y amenazas para los fieles cristianos como discípulos y misioneros de Jesucristo.
Lugar y fecha: 5 al 7 de 2006
Participantes: 20 personas

El objetivo con el que se invitó a participar en este seminario consistió en discernir los signos del cambio de época que estamos viviendo, para descubrir en ellos oportunidades que presentan para desarrollar la identidad, vocación y misión de los fieles cristianos –discípulos y misioneros de Jesucristo–, como también identificar sus amenazas.


5.- Seminario de reflexión interdisciplinar

Tema: Reflexionar sobre el acontecimiento de la V Conferencia General en el contexto histórico eclesial y social actual.
Lugar y fecha: Bogotá, octubre 2006
Participantes: 21 personas

En la carta invitación a este seminario decíamos que percibimos la necesidad de abrir un diálogo en un espacio especializado e interdisciplinar sobre el tema y el acontecimiento eclesial que significa celebrar la V Conferencia General en el actual momento histórico de la Iglesia en América Latina y El Caribe.

Agregábamos a modo de sugerencia y como primer apunte temático, que podríamos orientar nuestra reflexión siguiendo esta pauta: 1. Compartir las reacciones que suscita la V Conferencia General como acontecimiento eclesial en el momento actual de América Latina y el Caribe. 2. individuar los grandes temas que debería abordar la V Conferencia General. 3. Confrontar el alcance y significado del tema de la V Conferencia: “Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida” con esos grandes temas como respuesta a ellos.


7. Seminario “Para la vida de nuestros pueblos en Cristo” (exclusivo de mujeres)

Tema: Profundizar la contribución femenina a la perspectiva de vida que encierra el tema que nos ha entregado el Santo Padre para la V CG.
Lugar y fecha: Bogotá, noviembre 2006
Invitadas: Una mujer de cada uno de los 22 países

Les escribimos al invitarlas: El tema de la V Conferencia -“Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida, ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14,6)”-, ha suscitado un gran interés. Esta Conferencia quiere responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo, que provocan en tantas personas una dolorosa inseguridad acerca de los valores y las actitudes con los cuales construiremos el futuro, y que emergen como una apremiante sed de vida, de vida en abundancia, de vida nueva en Cristo. Queremos cumplir nuestra misión con toda la novedad y la fuerza del texto evangélico, confesando con nuestro ser y con el testimonio de nuestras obras que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, nuestra Esperanza y nuestro Canto. En este marco esperamos recoger las reflexiones que surgen de la misión de la mujer y de su maternidad espiritual a favor de la vida y la sociedad, y ése es el propósito de seminario al que la hemos invitado.


8. Seminario de misionología

Tema: Aportar criterios y orientaciones pastorales a la V Conferencia General sobre la Misión Continental, que se espera impulsar luego de la reunión de Aparecida.
Lugar y fecha: Bogotá, marzo de 2007
Participantes: 12-15 personas (por definir)


9. Encuentro con Economistas mundiales y CELAM. Realizado en común con MISEREOR

Tema: la globalización, la superación de la pobreza y la inequidad
Lugar y fecha: Roma, marzo 2007
Participantes: 5 economistas y 5 CELAM

C. Publicaciones sobre diferentes temas relacionados
con la Conferencia de Aparecida.


Si bien las comunidades que han sido consultadas han trabajado con mucho interés y entusiasmo, ello no garantiza que el resumen de sus aportaciones sea suficiente para lograr una visión profunda, global a la vez que sectorizada, de la realidad con sus elementos más determinantes y dinámicos, ni el discernimiento de lo encontrado desde el corazón y la voluntad de Dios, ni la cristalización de las líneas pastorales más sabias y proféticas para la acción pastoral en nuestras Iglesias particulares.

Desde un comienzo de la preparación la Presidencia del CELAM estimó que sería necesario ofrecer diversos estudios y reflexiones sobre temas centrales para el trabajo de la V Conferencia General. Las materias y las perspectivas para abordarlas son numerosas. Sólo nos sería posible ofrecer tan sólo algunas aportaciones sobre unos pocos temas, para prestar con ellas un limitado servicio.

El tema nos sugería publicar, desde una perspectiva bíblica, algunos estudios del CEBIPAL sobre el discipulado y el envío misionero en la Iglesia. Así apareció una serie de estudios, que publicamos conjuntamente con las Ediciones San Pablo y con las Paulinas, con el objeto de facilitar su distribución. El primero es una introducción al discipulado de Jesús. Sendos títulos se ocupan de los discípulos y misioneros en la obra de Lucas, en el evangelio de Mateo y de Marcos, y del empeño misionero de los discípulos en los Hechos de los Apóstoles. Si bien aún faltan algunos títulos, esta colección la corona un estudio sobre María, discípula de Jesús y mensajera del Evangelio.

Por otra parte, publicamos dos escritos de notables peritos que trabajaron en la Conferencia de Santo Domingo. En efecto, reeditamos el libro de un querido experto que Dios se llevó a su Casa, German Doig, con el título “De Rio a Santo Domingo”, para ubicar las reflexiones de Aparecida en el contexto de las Conferencia anteriores, y publicamos un ensayo de Joseph-Ignasi Saranyana, profesor de Historia de la Teología en la Universidad de Navarra, titulado “Cien años de teología en América Latina”.

El Observatorio de la realidad en América Latina y el Caribe, que fue creado en la Asamblea del CELAM celebrada en Tuparendá, y que en este cuatrienio ha dado sus primeros pasos, nos ofreció tres estudios, que también fueron publicados: “América Latina, sociedades en cambio”, “Católicos y Políticos, una identidad en tensión”, y “Sectas y nuevos Movimientos religiosos”.

A las publicaciones anteriores hay que sumar las que saldrán en las próximas semanas, frutos de los Congresos y Seminarios citados más arriba. De hecho, las conferencias que serán publicadas ya se encuentran fácilmente asequibles en la página web de la V Conferencia General: www.celam.info Como corresponde a su género literario, cada conferencia no es un documento del CELAM, sino una exposición de las reflexiones de quien la dio en el seminario respectivo. En su conjunto, la lectura de todas ellas es valiosa y facilita el conocimiento de personas y realidades que existen en nuestro Continente y en nuestra Iglesia. Ellas muestran sus luces y sus sombras, acompañadas de un esfuerzo de discernimiento.

No podría concluir este capítulo sin hacer una mención muy agradecida a la oración permanente de incontables católicos y comunidades del Continente y del Caribe, sobre todo en los monasterios de vida contemplativa que entre nosotros florecen, los cuales imploran al Señor que nos de siempre, y de modo especial en Aparecida, el fuego de su Santo Espíritu, para que “ilumine nuestras mentes y despierte entre nosotros el deseo de contemplarlo, el amor a los hermanos, sobre todo a los afligidos, y el ardor por anunciarlo al inicio de este siglo” (ver oración del Santo Padre para Aparecida).

V.

Sobre el presupuesto y el financiamiento de la Conferencia de Aparecida


No quisiera abusar de la paciencia de ustedes, exponiendo todos los datos que se refieren a este rubro. Lo primera que quisiera decir es que en todo momento hemos contado con la colaboración del Sr. Arzobispo de Aparecida, Mons. Raymundo Damasceno Asís y con el Rector del Santuario y su gran equipo de colaboradores. Es difícil imaginar la cantidad de comisiones que trabajan para preparar la Conferencia y acompañarla durante su desarrollo.

Los espacios en los cuales tendrán lugar los trabajos de la Conferencia, las Comisiones, Subcomisiones, Secretarías, Oficinas de Prensa, etc. están siendo subdivididos y acondicionados para nuestra Asamblea. Para algunos el alojamiento tendrá lugar en el Seminario, y para la mayoría en hoteles de no muchas estrellas, lo que será recibido con agrado por los obispos, que no quieren lujos cuando se congregan para rezar y trabajar. Habrá un servicio permanente de buses entre los lugares de alojamiento y comida y los espacios de la V Conferencia.

Con gran espíritu de colaboración fraterna hemos recibido el apoyo económico de la Pontificia Comisión para América Latina, de las Conferencias episcopales de los Estados Unidos, Italia y España, de Adveniat, Misereor y Kirche in Not, de dos diócesis alemanas, de Institutos religiosos y de Porticus.

Una de las incógnitas más difíciles de despejar es la que se refiere a los gastos de telefonía y conectividad para comunicar la Conferencia, la Oficina de Prensa y los periodistas internamente y con el mundo. Si la Compañía Telefónica nos apoya, como lo desean sus gerentes generales, la Conferencia de Aparecida podrá financiarse. Esto supone, como corresponde, que en la próxima reunión de Presidentes de Conferencias Episcopales que tendrá lugar en marzo, determinemos el monto de la aportación por cada participante, con la excepción de aquellos que provienen de los países más pobres del Continente. Si Telefónica nos apoya generosamente, estimamos que no debiera exceder US dl. 1.000.- Lo sabremos de manera más precisa a fines de marzo, cuando nos reunamos.


VI.

B. El eco que va encontrando la primera parte
del tema de la V Conferencia General:
“ discípulos y misioneros de Jesucristo”.

Resulta prematuro aquilatar debidamente la repercusión que ya ahora está teniendo el tema que dejó en nuestras manos Su Santidad Benedicto XVI. Por eso, cuanto anoto a continuación son sólo algunas pinceladas de este cuadro. Esta vez se refieren principalmente a la relación fe y cultura. No trataré en particular lo que concierne a la familia, ya que las notables conferencias que hemos escuchado han versado sobre este tema. Serán tan sólo algunos rasgos del esbozo que ya se está dibujando de las conclusiones de la gran Asamblea episcopal que preparamos.

1. Ha sorprendido su tema. La Conferencia de Medellín fue convocada para tratar de: “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. La Conferencia de Puebla se ocupó de la ‘misión esencial’ de la Iglesia, es decir, de “la evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”. Santo Domingo retomó el tema de Puebla: “Nueva evangelización” y lo proyectó hacia dos ámbitos sedientos de la novedad de la Buena Noticia: “Promoción humana y Cultura cristiana”.

Aparecida quiere centrar su atención en la persona bautizada que ha recibido la misión de evangelizar en el presente y el futuro de América Latina; que se hace responsable de la promoción del hombre y de todos los hombres; que interviene en la transformación de América Latina para que ‘venga a nosotros su Reino’, y con él, una cultura de matriz cristiana.

Ha sorprendido un enfoque, a primera vista tan diverso, pero ha sorprendido positivamente, porque el encuentro con Jesucristo dará todos sus frutos -culturales, sociales, promocionales y evangelizadores- tan sólo si nos transforma en discípulos y misioneros suyos.

2. Por otra parte, se valora este enfoque dirigido a la persona porque son muchas las tendencias dominantes en el campo de la cultura, de la educación y aún de la política, que centran su atención en el sujeto.

Todo movimiento social sabe que necesita formar al individuo para que asuma las grandes banderas de lucha. De lo contrario, no cambiará la historia. Pero incontables jóvenes en Latinoamérica se han cansado de luchas y de grandes banderas. Contraponen su autenticidad a los proyectos cupulares. No quieren imposiciones; miran escépticos los idearios políticos que no se reflejan coherentemente en la vida de quienes los promueven. El tema de la Conferencia de Aparecida acoge su anhelo de libertad, de unidad y de paz, de felicidad y fecundidad, y les dice que tanta sed de sentido se sacia cerca de Jesús, en el encuentro con Él, con su palabra y con su envío.

3. La centralidad del sujeto ha puesto en evidencia una prioridad pedagógica. No se le puede suponer ni conocido, ni cercano, ni siempre consistente en su identidad como persona y como cristiano. Antes de pedirle que mire lo que ocurre en el mundo y en la Iglesia, antes de llevarlo a “ver” el entorno, que es parte de él, el Documento de Participación de esta Conferencia le ha pedido que tome conciencia de su propia realidad y de su vocación. Lo hemos invitado a acercarse a los ojos y al corazón de Dios para mirar el mundo.

Es una visión que busca llegar al dinamismo interior de cada persona, para invitarla a meditar sobre su verdadera vocación y a comprometerse con ella, para descubrir en las situaciones que la impactan y en la naturaleza de las cosas el llamado del Señor de la Vida y de la Historia, y para cooperar con Él, consciente de ser responsable de los pueblos y de su futuro.

Esta medida pedagógica del Documento de Participación, que ayudaba a tomar conciencia de la propia identidad y del propio encargo, para “ver, juzgar y actuar” como hombres y mujeres de fe, fue objeto de numerosas críticas. Criticaron quienes no comprenden que la robustez de convicción cristiana que distinguía a los que impulsaron este método en Bélgica ya no se puede suponer. A ellos no les costaba juzgar a la luz del Evangelio. Hoy la situación es diferente. Cuando ahora invitamos a tantas comunidades a preparar la V Conferencia, era del todo necesaria esta toma de conciencia del sujeto para mirar, juzgar y actuar desde los ojos de Dios y como colaboradores suyos. De hecho, el Documento de Participación, partiendo de ese supuesto, fue una invitación a mirar la cruda realidad, a discernir los signos de los tiempos y a actuar de manera resuelta y coherente.

4. Es tal la creciente confusión en el campo de la verdad, de las costumbres y los valores –sobre todo acerca de la libertad, la familia y la vida- que se ha difundido, y tan profunda la ignorancia que se ha extendido en temas centrales de la fe, que ese discernimiento del tiempo sólo conduce a su meta si los bautizados, y en lo posible sus familias y comunidades, se acercan nuevamente a Jesús, lo reconocen como Maestro, y se detienen a escuchar sus palabras y a aprender de su sabiduría, con la voluntad de ser en todo discípulos y misioneros suyos. La respuesta de Pedro debe caracterizar a todos los discípulos de Jesús, cuando muchos lo abandonan: “Maestro, a quién iríamos? ¡tú solamente tienes palabras de vida eterna!”

Es más, nuestra esperanza se centra asimismo en la coherencia propia de los discípulos y misioneros cuando enfrentan su vida en familia y su responsabilidad en el mundo. Si vibran con su vocación, fluirán en su vida todos los frutos de la conversión a Cristo. En efecto, si un bautizado vive como discípulo de Jesús, no podrá ni querrá hacer propio el divorcio que caracteriza a tantos de sus conciudadanos entre la fe y las relaciones humanas, entre la fe y los compromisos en el hogar, como también entre la fe y la responsabilidad en el orden social, laboral, económico, comunicacional y político. Ser discípulo y misionero de Cristo es serlo siempre; es querer serlo con el heroísmo propio de la santidad.

5. Pero la V Conferencia General no puede contentarse con enunciados de metas valiosas e imprescindibles. Tiene que abrirle espacio a la pedagogía pastoral, al anuncio del kerygma, a la iniciación cristiana y a la educación de la fe. En efecto, tenemos que darle prioridad a la f o r m a c i ó n de los discípulos de Jesús. No podemos suponer que el encuentro con el Maestro y Pastor en cada cristiano haya sido hondo y personal, lleno de asombro y de confianza en la gracia, ni que ya haya conducido, en virtud del amor a Jesucristo y de su gracia, a la transformación de la vida, las ideas y las costumbres, es decir, al seguimiento y al compromiso audaz y misionero. En una palabra, el tema pide que seamos discípulos y misioneros de Jesucristo, que formemos discípulos y misioneros de Jesucristo, y que crezcamos como discípulos y misioneros de Jesucristo. El tema propone y proclama un descomunal y atrayente desafío pedagógico.

También esta orientación, encaminada a la transmisión y la educación de la fe, fue ocasión de críticas. Éstas nos han ayudado a tomar conciencia de un hecho. En América Latina y el Caribe hay líderes para los cuales la acción de la Iglesia debe estar enfocada exclusivamente o preponderantemente hacia la superación de la pobreza, con las necesarias medidas políticas, sociales y económicas que esto requiera. En su programa de acción la misión de la Iglesia en el presente no tiene o casi no tiene otras dimensiones. Entre ellos hay algunos que piensan que la única Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de incontestable valor fue la de Medellín, por haber impulsado hacia la opción preferencial por los pobres. Es más, no faltan quienes consideran que el adjetivo “preferencial” no debiera usarse, ya que debilita la opción. Hasta del documento conclusivo de Medellín olvidan los capítulos que no se encaminan directamente a esta opción. Para ellos, las orientaciones pastorales que se ocupan de otros temas son distracción y decadencia. Es cierto, no son tantos los católicos que piensan así. Pero no hay que olvidarlo: esta tendencia está presente en nuestra Iglesia. Por otra parte, la exageración reduccionista con que nos abordan no nos puede impulsar a distanciarnos de un compromiso inexcusable, que tiene su raíz en nuestro Dios y Señor, cual es la superación de esta escandalosa inequidad y miseria. Tenemos que poner las bases verdaderas para ello. Falta conversión a Cristo y determinación de construir el Reino.

6. La Conferencia de Aparecida, al llamar la atención sobre el sujeto que recibe la llamada de Jesucristo a seguirlo, a ser su discípulo y misionero, asume el vigoroso llamado de Su Santidad Juan Pablo II, formulado en la Carta apostólica “Novo Millennio Ineunte” a alejarnos de toda tentación minimalista como meta del trabajo pastoral. Asumimos así que el horizonte y la meta de toda labor pastoral es la santidad, ya que ésta es la única meta que guarda relación con nuestra vocación cristiana, recibida ya en el bautismo. Todo bautizado está llamado a la santidad y al apostolado, es decir, a la plenitud del discipulado y del compromiso misionero.

De esta manera la primera respuesta que quiere dar Aparecida a las corrientes culturales que echan al olvido el derecho natural, que suprimen la presencia de Dios de la vida pública, reduciendo los mandamientos de nuestro Creador y Padre común a convicciones subjetivas e irrelevantes, consiste en el testimonio convincente de quienes viven, como personas, como familias y como comunidades, la vida nueva en Cristo, el gozo y la contemplación de la Buena Nueva, la esperanza en los bienes futuros, la verdad, la unidad, el amor y la paz del Evangelio, la dedicación al servicio de los demás, a ejemplo de María Sma., participando del torrente de vida nueva en Cristo que es el cristianismo. En un mundo cuyas familias se desmoronan, cuyos hijos se drogan, cuyas convicciones son corroídas por el relativismo, cuyo orden social es amenazado por la violencia y la injusticia, los discípulos y misioneros de Cristo son páginas vivas del Evangelio, fuente de esperanza para el mundo.

7. La Conferencia de Aparecida será una invitación vigorosa –no sólo a los fieles, sino sobre todo a nosotros, obispos, sacerdotes y laicos, a los diáconos y a todos los miembros de los institutos de vida consagrada- a ser discípulos y misioneros de Jesucristo.

Por lo tanto, en la perspectiva del discipulado, la Conferencia de Aparecida puede tener una fecundidad sorprendente. Todos somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros; todos somos discípulos de Jesucristo; todos somos enviados por el Espíritu. El Obispo es hermano y pastor, discípulo y maestro, es servidor y guía, es hostia viva y sacerdote, es un enviado que envía. Si en los sacerdotes y en todos los pastores esa realidad profunda –ser discípulos y no sólo maestros, ser hermanos y no sólo pastores- es percibida con gran fuerza por el Pueblo de Dios, tanto más fácil se le hará reconocerlos como amigos, padres, profetas y pastores en las horas difíciles de su vida y de la historia.

8. Esto nos recuerda que el cambio cultural más hondo de la historia tuvo su origen en el misterio de la Encarnación, en ese encuentro de Dios con la humanidad, y su hora decisiva en el misterio pascual de Cristo, cuando selló en su sangre la alianza del encuentro nuevo y definitivo de la humanidad con su Dios, preparando la irrupción pentecostal del Espíritu Santo. Nuestra incorporación personal, que hace fructificar la gracia bautismal, se produce por el encuentro con Jesucristo vivo en los sacramentos y en la vida. Ese acontecimiento impregnará de manera insospechada nuestra cultura: de encuentros y no de desencuentros, enemistades o indiferencias; cultura de encuentro permanente con Jesús y entre nosotros, cultura de compromiso ecuménico e interreligioso, cultura que se expresa y potencia en nuestra vida católica cuando nos compenetramos de su Palabra, celebramos la Eucaristía, servimos a los pobres y somos sacramento de comunión.

8. Ya se puede palpar en toda América cómo crece el interés por la lectura orante, meditada y comprometedora de las Escrituras, por la “lectio divina”. Estoy seguro del lugar central que ocupará en la vida de nuestras comunidades esta ruta vivificante de encuentro con el Señor. Se valora cada vez más la dimensión bíblica de todo empeño pastoral, y crecen las escuelas del encuentro con Jesús –en los movimientos eclesiales y en otras comunidades y asociaciones- y del asombro contemplativo por su persona, que nos habla, nos atrae, nos convoca en comunión y nos invita a anunciar con Él el Reino de Dios. Asimismo, la sed de encontrar a Jesús da nueva fuerza a la participación en la Eucaristía. Nos inspira la Carta apostólica Ecclesia de Eucharistia. En efecto, en esta porción del Pueblo de Dios que quiere entrañablemente a la Sma. Virgen en sus diversas advocaciones, seguirá brotando la semilla sembrada por esa carta, que proponía seguir el camino de solidaridad con Cristo de Nuestra Señora, la mujer eucarística.

10. El ánimo de encontrar a Jesús y de dejarnos encontrar por Él, indefectiblemente clama por un compromiso sincero, vigoroso, evangélico con la causa de los pobres, por un trato conforme a su dignidad. Recordemos las palabras del Papa Juan Pablo II: “Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio , en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales” (NMI 49).

En estos hermanos suyos más pequeños (ver Mt 25, 40), se centró la “fantasía de la caridad” (NMI 50, PG 73) de los santos de Latinoamérica, comenzando con “nuestra” primera santa, Santa María de Guadalupe, que abrió las puertas al Evangelio, acercando a los pueblos indígenas, ya en los orígenes de la evangelización, la riqueza cordial de su amor a Dios y a los habitantes originarios del Continente. Su amor al Cristo pobre y sufriente fue compartido por todos nuestros santos. Baste recordar a Santo Toribio de Mogrovejo, a Santa Rosa de Lima y a San Martín de Porres, a San Roque González y, recientemente, a San Alberto Hurtado, que estremeció a su patria, proclamando que “el pobre es Cristo”.

11. A nadie se le escapa un dato fundamental de los dolores de parto que vive la humanidad, abriéndose camino a una nueva época de la historia. Nuestra cultura occidental, que valora la singularidad del individuo, se debate entre las opciones más individualistas y egoístas, y las opciones contrarias, que buscan una convivencia homogénea, tolerante, sin que se confronten ideas ni convicciones. Sería mejor –así lo sienten- dejar entre paréntesis la verdad. Entre ambos extremos afirmamos nuestra valoración de la persona como sujeto original e irrepetible, abierto a la verdad y a la comunión con Dios y con la comunidad; en cierto sentido, con toda la creación.

La opción de la Conferencia de Aparecida va a dejar huellas. La persona, y más aún la persona bautizada, es esencial y existencialmente relacional. Y con ello no pierde nada de su originalidad. Quien la llama por su nombre a ser discípula suya es Cristo, y lo hace conforme al plan admirable de Dios, que le dio a la persona llamada cuanto necesitaba para vivir y servir conforme a su originalidad personal. Esa persona, precisamente por su impronta divina, por haber sido creada a imagen de Dios, de la Sma. Trinidad, es relacional; nació para la comunión, nació para encontrarse con el “Primogénito de toda la creación” (Co 1, 15) y en Él, con la creación entera. Algo similar podemos decir también de nuestros pueblos. Nacieron para la comunión y la colaboración; tienen una profunda vocación fraterna, precisamente por la impronta cristiana de su cultura. No nacimos para ser ni “extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2, 10).

Estos rasgos caracterizan y, Dios mediante, seguirán caracterizando a nuestra cultura en Latinoamérica, y hacen más urgente la respuesta de los católicos a los desafíos de nuestro tiempo, y con ella, nuestro compromiso con la justicia y la paz, como asimismo con la unión de nuestras naciones.

12. La vocación al discipulado, tal como ocurrió durante la vida pública de nuestro Señor y tal como ocurrió en las primeras comunidades cristianas, implica siempre pertenencia a la comunidad de los discípulos de Jesucristo, a la Iglesia. En los orígenes del cristianismo no abundaban las expresiones que escuchamos en nuestros días, tales como “creo en Jesucristo pero no en la Iglesia”, o “yo soy cristiano, pero a mi manera”.

Recibir la llamada de Jesús a seguirlo, siempre significó una invitación a la conversión, a seguirlo en todo, coherentemente. Seguirlo, por otra parte, siempre implicó pertenencia a la comunidad. El centro de la comunión, su razón de ser, su alma podríamos decir, era la persona de Jesucristo, el Mesías. La comunión entre los apóstoles, y entre los discípulos y las discípulas de Cristo, si es plena se prolonga como una común-unión en Cristo y en su Vicario para la Iglesia universal. Así existe la Iglesia: en comunión con los sucesores de Pedro y de los demás apóstoles, en comunión esencial con los pobres y los afligidos, en comunión viva con todas las iniciativas carismáticas y ministeriales del Espíritu Santo, y buscando una comunión creciente con todos los que creen en Jesús como el Hijo de Dios, nuestro hermano y Salvador, nuestro Pastor y nuestro Señor.

Por eso, pedirle al Espíritu Santo que seamos una Iglesia de discípulos y misioneros es pedirle que haga de la Iglesia “la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43), un instrumento de transformación de la cultura en bien de la reconciliación y la unidad.

13. Aunque sólo sea brevemente, evoco la gran tardanza con que la Familia de Dios en América Latina y el Caribe está asumiendo una actitud misionera, también “ad gentes”. No veíamos su necesidad. Muchas diócesis de América Latina, al igual que la Iglesia en África y en Asia, recibían misioneros de Europa y también de los Estados Unidos. Nosotros carecíamos de sacerdotes y no habíamos aprendido a dar de nuestra pobreza. ¿Y qué necesidad había de misioneros entre nosotros, cuando todos éramos católicos? La primera evangelización, impulsada por misioneros venidos sobre todo de España, había recorrido toda nuestra geografía. No había paganos en nuestras tierras, a lo sumo algunos librepensadores irreductibles. Así pensaban muchos.

Es claro, en el ámbito misionero nuestra vida de fe estaba atrofiada. Por eso le pedimos al Espíritu del envío pentecostal que siembre el fermento de un cambio profundo, realmente copernicano, para ser realmente apóstoles de Jesús y constructores de su Reino. Que se extienda por toda América el despertar misionero que ya está brotando en algunas parroquias, en algunos movimientos e institutos de enseñanza católicos, entre jóvenes y familias misioneras. Queremos llegar a ser un Pueblo de discípulos-misioneros.

14. Así lo anhelamos y para ello le pedimos su intercesión a la Sma. Virgen y a todos los santos, porque tenemos conciencia de la hora dramática en que viven muchos países de antigua tradición cristiana.

Los nuestros se acercan al bicentenario de su vida soberana. Será un hito importante de su historia, una hora de re-fundación, porque están siendo seducidos para emanciparse del sustrato cristiano, verdaderamente católico, de su cultura, y abandonar a sus pastores, de manera que ocurra sin trabas la liberalización de las costumbres y las leyes, en aras de una libertad que se divorcia de la verdad y del bien; de un amor que se desprende de la fidelidad, la renuncia, el apego a los hijos y al matrimonio; y de unos poderes que no prestan ningún servicio a los designios del Creador acerca de la familia, la vida, la justicia, la equidad y la promoción de los más pobres y afligidos.

En esta hora, en la cual no se atiende a la voz de los sabios, y tiene prensa la palabra de los falsos profetas que quieren convencernos de que los caminos de vida y felicidad (ver Dt 29, 15ss) consisten en no seguir ni los mandamientos de Dios ni las bienaventuranzas de Jesús, la Conferencia de Aparecida se debe alzar no sólo como una nueva proclamación de nuestra independencia de toda colonización cultural, como una nueva abolición de toda esclavitud y de libertad en Cristo, Camino, Verdad y Vida, sino también como una promesa de futuro, como el anuncio de la aurora de un tiempo nuevo, forjado por el Espíritu del Señor con sus discípulos y misioneros.


B. Para que nuestros pueblos en Él tengan vida.

Deberíamos continuar nuestra reflexión, deteniéndonos en la segunda parte del tema de la V Conferencia General; “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Sólo quisiera invitarles a valorar brevemente su enunciado y su contenido.

Cuando meditamos en la misión de la Iglesia en bien de la sociedad nos hemos acostumbrado a pensar en la Doctrina Social de la Iglesia de manera reductiva. Rara vez lo hacemos pensando en la vida de nuestros pueblos. En efecto, las convulsiones políticas de los últimos decenios y el flagelo persistente de la pobreza, han fijado nuestra atención en los derechos humanos. Era necesario y sigue siendo necesario reafirmar sin concesiones su importancia, porque son inherentes a la obra de nuestro Creador, y abrirles siempre el espacio de respeto y promoción que se condice con la dignidad humana.

Pero va por mal camino una cultura monotemática, que sólo habla de derechos como bien supremo, y no habla de deberes; que termina fijando su atención en el bien propio y no en el bien de los demás, ante quienes tenemos obligaciones de hermanos y positivas responsabilidades comunes. No va por buen camino una cultura que mira al prójimo sólo desde el ángulo de los derechos, y que no se detiene a contemplarlo y respetarlo como obra maravillosa de Dios, ni a admirarlo con asombro, ni a procurarle con generosidad las mejores oportunidades para que viva y desarrolle las riquezas que Dios le ha entregado en beneficio propio y en bien de toda la sociedad. No será feliz un pueblo si piensa que la convivencia es sólo el cumplimiento de una red de derechos, y no descubre o redescubre el valor vivificante de la misma convivencia del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. No será feliz si no opta por los caminos del Buen Samaritano a favor de la vida y de la dignidad del malherido. No tendrá bienestar ni superará la pobreza, si no opta por la familia, como santuario de la vida, de la confianza, de la generosidad y de la paz. No será feliz si no se preocupa de la vida de los pobres y los huérfanos, de la vida de las madres abandonadas, los enfermos, los encarcelados y los drogadictos; de la vida aun de los violentos, los anárquicos y los desesperanzados.

La V Conferencia General será un gran don para América Latina y el Caribe, si logra enfocar nuestras aspiraciones y esfuerzos -particularmente de los educadores, los políticos, los empresarios, los dirigentes laborales y los comunicadores sociales- hacia ese bien por el cual el Buen Pastor nos amó hasta el extremo: hacia la vida de nuestros pueblos, hacia la vida en abundancia. Se trata de la cultura de la vida, de aquella vida que tiene su origen, su plenitud y su pascua en Dios, y que es fraterna y solidaria; de aquella vida nueva que respeta los derechos que Dios mismo asoció a nuestra naturaleza humana, entre ellos, el destino universal de los bienes, para que todos vivan según su dignidad. Se trata de esa vida que es comunión, porque fuimos creados a imagen y semejanza de la Sma. Trinidad.

Que Santa María de Guadalupe, Nuestra Señora de Aparecida, interceda para nosotros esta gracia, de manera que proclamemos con nuestra vida y nuestras obras que Dios es la Vida, que Dios es Amor.


 

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