Ciudad de México, 22 de abril de 2008

 

Día de la Tierra

La celebración del Día de la Tierra nos da a los católicos un buen motivo para agradecer a Dios por nuestro planeta; espacio para la vida y la convivencia de todos sus hijos e hijas, y que nos obsequió como signo de su bondad y de su belleza. “Nuestra hermana la madre Tierra”, como la llamaba San Francisco de Asís, es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. Los hombres y mujeres de hoy somos responsables por el cuidado de la creación.

La mejor forma de cuidar y respetar la naturaleza es promover una ecología humana, abierta a la trascendencia, que respete a la persona y al medio en el que se desarrolla. El Señor ha entregado el mundo para todos. El destino universal de los bienes exige la solidaridad con la generación presente y con las futuras. Día con día nos llegan noticias acerca de la escasez y el encarecimiento de los alimentos. Los recursos son cada vez más limitados, por eso, su uso debe estar regulado según un principio de justicia distributiva respetando el desarrollo sostenible.

Aprovechemos este día, esta celebración, para despertar nuestra conciencia al llamado de la tierra que sufre devastación. Hagamos juntos un llamado a todos los responsables de nuestro planeta para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios: no permitamos que nuestro mundo sea una tierra cada vez más degradada y degradante.

 

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