Ciudad de México, 30 de junio de 2008

 

Por una sociedad en armonía

La tarde del sábado el Santo Padre Benedicto XVI inauguró el Año Paulino. En su homilía, el Papa nos recuerda la figura del “heraldo y apóstol”, por muchos presentado como un hombre combativo, ya que sobre su camino no faltaron las disputas. Pablo no buscó una armonía superficial, como lo menciona en su carta a los tesalonicenses: "tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas... Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia…". Para Pablo, la verdad era demasiado grande; ameritaba la lucha, la persecución, el sufrimiento.

Ese ejemplo del apóstol Pablo es el que debe guiarnos a todos los seguidores de Cristo. Sabernos amados por Él suscita el impulso a la solidaridad. En nuestra vida cotidiana recibimos diariamente noticias que nos hablan de una polarización ideológica, principalmente en el ámbito político, que no contribuye a la unidad que los mexicanos necesitamos para enfrentar la creciente espiral de violencia generada por el flagelo del narcotráfico y el alza en los precios de los alimentos básicos, que lastima los bolsillos de las familias mexicanas y aumenta la vulnerabilidad de los más pobres de nuestras sociedades.

Los católicos queremos una sociedad en armonía, sí, pero no una armonía superficial, sino una sustentada por la justicia social y la solidaridad fraterna. La construcción de esta sociedad depende de todos. Los mexicanos debemos trabajar incesantemente, desde nuestras familias, para que la cultura de diálogo sea la base de los acuerdos para un futuro mejor; en la construcción de una sociedad que con su testimonio y presencia vigilante diga “¡NO!” al flagelo del narcotráfico; en la construcción de una sociedad solidaria que mire y atienda a sus miembros más vulnerables.

Hoy la Basílica de San Pablo es el centro ecuménico más importante en la Santa Sede, esto habla de la vocación al diálogo del Apóstol de los Gentiles, aprendamos de él. Como Pablo, fundemos todo nuestro obrar y sufrir en nuestra capacidad de amar y dar testimonio de ese amor en la sociedad, para que sea más justa y humana. Seamos valientes testigos de las enseñanzas de Jesucristo y contribuyamos con nuestras acciones para hacer frente a los retos que tiene nuestra nación en el inicio del tercer milenio.

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