Oaxaca, a 15 de octubre de 2006



Levantar la luz de la esperanza

Comunicado de Prensa


Nos preocupan los hechos de la semana que han contaminado aún más el ambiente que respiramos y alimentan la desconfianza queriéndonos arrinconar en el callejón de la violencia; pero al mismo tiempo nos alientan expresiones de reflexión y de diálogo que buscan una salida pacífica, son signos claros de esperanza. Al alcance de todos está el bien o el mal, la vida o la muerte; depende de nuestra opción.

1- Reconocer los errores

Toda persona humana comete errores, ninguna persona y ninguna sociedad están blindadas contra ellos, pero el giro cualitativo se da cuando las personas son capaces de reconocer sus errores y tienen la valentía de enderezar el rumbo. En toda experiencia contraria y hasta dolorosa, el ser humano tiene la oportunidad de reflexionar más allá de lo sucedido y sacar una enseñanza; cuánto ha avanzado la medicina ante el flagelo de enfermedades graves y de epidemias; cuántos han aprendido a prevenir huracanes e incendios; aprendamos de nuestros errores.

Es lamentable que en este conflicto nos acostumbremos a la violencia verbal y física; se ha dañado mucho a la sociedad en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo político y psicológico; se le ha dañado gravemente inyectando desconfianza y división pero, hasta el presente, ninguno de los actores principales ha reconocido sus errores, ninguno se ha disculpado ante la sociedad.

La justicia social y el desarrollo integral de un pueblo pasan necesariamente por el reconocimiento y la restauración de los errores políticos, económicos y sociales de sus dirigentes y de la misma sociedad. La prolongación irrazonable de los conflictos sociales puede mostrar intereses creados, alejamiento de las necesidades reales de la sociedad, falta de voluntad política, pérdida del sentido auténtico de una lucha o la débil participación responsable de la sociedad.

2- Caminar en la esperanza

“La esperanza muere al último”. Este dicho popular encierra una enseñanza fundamental; la falta de esperanza produce incertidumbre, desaliento, miedo y desesperación; así se paralizan los esfuerzos para superar las dificultades y poder crecer en el bien; donde falta la esperanza todo se oscurece, la fe misma es cuestionada y se debilita el amor. El hombre no puede vivir sin esperanza; la esperanza es motor para caminar aún en medio de dificultades, estimula a buscar los signos de vida capaces de derrotar los gérmenes dañinos y mortales, ánima incluso a transformar los conflictos en oportunidades de crecimiento.

Por eso la Iglesia hace un llamado a mantener viva y activa la esperanza confiando en Dios, en nosotros mismos y en los demás comprometiéndonos en la construcción del bien común.
Cuando hay confianza en nosotros mismos podemos escuchar a los demás con serenidad, aprendemos a dialogar y descubrimos en cada persona la posibilidad de aportar lo mejor de sí misma para realizar el bien común. En un problema social como el que sufrimos nadie tiene todas las respuestas ni la solución absoluta, de aquí la necesidad de confiar en un diálogo honesto donde experimentemos que la solución se encuentra entre todos.

Urge a todos los niveles un verdadero ejercicio de confianza y de escucha que nos permita ver otras opciones y ampliar nuestra perspectiva; para esto es indispensable hacer a un lado los egoísmos, los prejuicios y las posturas cerradas; el diálogo sincero busca mover por el convencimiento y no con la fuerza, cree más en la fuerza de la razón que en la razón de la fuerza, se ocupa más en proponer que en imponer, siempre valora las razones y propuestas de los demás aunque no coincidan con las propias.

Vemos con esperanza expresiones de apertura y de diálogo en diferentes personas y grupos de nuestra sociedad con el propósito de contribuir para que el conflicto se resuelva por la vía pacífica y no violenta. La Iglesia seguirá estimulando la esperanza y los espacios de diálogo auténtico entre sus miembros.

3- Hacia un nuevo orden social

La solución de los conflictos reiterativos en Oaxaca tiene que ir de la mano con programas a mediano y a largo plazo para abatir la pobreza, para atender las necesidades fundamentales, para elevar la calidad de la educación; en una palabra, la paz auténtica y duradera solo es posible en Oaxaca con un nuevo orden social, económico y político fundado sobre la dignidad de la persona humana, la justicia social, el bien común y la solidaridad; un nuevo orden jurídico que propicie mejores relaciones entre los diferentes sectores y fuerzas de la sociedad, donde el desarrollo económico vaya junto con el desarrollo humano de las personas en el reconocimiento y cultivo de los valores fundamentales. Es la vía privilegiada de la paz.

La paz es ciertamente recomendada por todos pero trabajada por muy pocos; son pocos los que luchan por remover los obstáculos que la impiden y pocos los que, desde su misión y profesión, se comprometen en construir realmente la paz. No basta no ser malos, limitándonos al estricto apego a las leyes y costumbres; hay que ser buenos, poniéndonos al servicio del bien común especialmente de los hermanos más necesitados.

Hacen falta en Oaxaca mensajeros y artesanos de la paz. Nos viene bien recordar cómo San Rafael Guizar y Valencia logró ser mensajero de esperanza y de paz en una época convulsionada por la división, la desconfianza y la violencia; desde la fe él quería consumirse en el servicio, como las velas, dando luz a los demás. Imploramos su intercesión sobre Oaxaca en este día de su canonización.

Nuestro saludo cordial y bendición para todos.


+ José Luis Chávez Botello
Arzobispo de Antequera-Oaxaca

+ Oscar Campos Contreras
Obispo Auxiliar de Antequera-Oaxaca

 


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