Ciudad Juárez, Chih. a 9 de septiembre 2006


LA DIÓCESIS DE CIUDAD JUÁREZ CELEBRA SU 50 ANIVERSARIO
1957-2007


Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe


Muy queridos hermanos y hermanas:


"Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Que canten de alegría las naciones/ porque riges el mundo con justicia... Dios nos ha bendecido... / Que el Señor continúe bendiciéndonos", nos dice el libro de los Salmos (66). Y no puede ser otra nuestra actitud esta mañana alabamos al Señor por que él es la fuente de todo bien, "por que todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto, descienden del Padre de la Luz no sujeto a cambios ni sombras", (Sant. 1, 17). Del Padre de la luz es de quien recibimos también la oportunidad de celebrar este día, no sólo un aniversario más de la erección canónica de nuestra Diócesis, sino el poder poner en marcha el inicio de este año Jubilar con el que prepararemos nuestras Bodas de Oro de su Fundación.

Hace 49 años, por la gracia de Dios y de la Santa Sede, en la persona del Papa Pío XII, se desprendió de la Diócesis madre de Chihuahua y se erigió como Iglesia particular este territorio teniendo como sede esta Ciudad: la Diócesis de Ciudad Juárez. ¡Cuántas gracias, cuántos dones, cuántos favores, hemos recibido de Dios Nuestro Señor, por el ministerio de esta Iglesia particular! Dios ha estado presente en medio de nosotros, nos ha acompañado en nuestro camino, en nuestras penas y alegrías, en nuestras esperanzas y en los períodos un tanto obscuros.

¡Cómo no recordar en estos momentos a los hombres providenciales que han ejercido entre nosotros el ministerio Episcopal! Ellos, con su palabra y con su vida, ejercieron el ministerio del servicio y la administración de los misterios de Dios, de la multiforme gracia de Cristo a favor de su pueblo. Monseñor Don Manuel Talamás Camandari, de imborrable memoria y cuyos restos mortales están precisamente en esta Catedral, nuestro primer Obispo; a Monseñor Juan Sandoval Iñiguez, hoy Arzobispo de Guadalajara y Cardenal de quienes por el bautismo están llamados a participar en la Iglesia de una manera plena, conciente y activa, nosotros no hubiéramos podido realizar nunca la tarea que se ha llevado a cabo.

¡Qué hermoso es ver hecha realidad la visión teológica del Concilio Vaticano II sobre la unidad y los misterios en la Iglesia! En esta Iglesia todos estamos llamados a colaborar en el ministerio de salvación; cada quien, en la misión que le ha asignado el Señor, debemos ser signos cada vez más creíbles del amor con que Dios nos ha amado, en Cristo.

Esto nos lleva a pensar, mejor, en el misterio de la Iglesia. La Iglesia es misterio en cuánto que tiene su origen en la voluntad salvífico-universal de Dios. «Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente…, sino constituir un pueblo» (LG 9) La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios. Esta Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, y está constituida por múltiples Iglesias particulares que celebran y realizan su unidad en la vida sacramental, en la vida litúrgica. Esta unidad de la Iglesia tiene su momento privilegiado en la celebración de la eucaristía según nos enseña el Concilio: (LG 11).

La relación de cada Iglesia particular con la Iglesia universal, queda determinada con mayor claridad cuando en el número 26 de la Constitución LG, expone cómo el Obispo al celebrar la eucaristía, «que él mismo ofrece por sí o por medio de otros» hace crecer la vida de la Iglesia en virtud de la gracia que administra. «La Iglesia de Cristo esta verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones de los fieles, que, unidos a sus pastores, han recibido también el nombre de Iglesias e el Nuevo testamento. Las Iglesias son el pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en la plenitud. En ella se reúnen los fieles para la predicación del evangelio de Cristo y se celebra el ministerio de la Cena del Señor a fin de que, por el Cuerpo y Sangre del Señor, quede unida toda la fraternidad». Esto es lo que queremos afirmar cuando en la Anáfora II, por ejemplo, el día domingo decimos: «Acuérdate Señor de tu Iglesia extendida por todo el universo, y reunida aquí, en el día en que Cristo venció la muerte y nos hizo partícipes de su vida inmortal»; la Iglesia universal se hace visible y concreta en la comunidad que en cada Diócesis, es más, en cada parroquia, se reúne para celebrar la Cena del Señor. Esa es la Iglesia del Señor, la asamblea de Dios.

¡Qué hermoso es poder contemplar el camino recorrido! Todos los puntos que forman esta línea son otros tantos momentos en los que, animados siempre por el amor de Dios, acompañados de María, nuestra celestial Patrona, hemos sido impulsados, como Iglesia local a realizar la voluntas del Señor que nos manda: “Vayan por todo el mundo, y hagan discípulos míos a todos los pueblos; bautícenlos y enséñelos a guardar todo lo que yo les he mandado”. (Mt. 18, 19-20) Y en este camino nosotros, como Iglesia local, lo mismo que la Iglesia universal, contamos con la indefectible promesa del Señor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”. (ibis)

Pues bien, queridos hermanos, no puede haber en nuestro corazón otro sentimiento que no sea la gratitud por lo dones recibidos. Pero al mismo tiempo, de esta celebración brota un nuevo impulso, un nuevo fervor que ha de ser más intenso para continuar el camino que hace 49 años se inició. Cierto, los tiempo han cambiado, las circunstancias son otras, incluso, los retos pueden ser más desafiantes y las dificultades mayores. Hoy enfrentamos nuevas realidades tales como el fenómeno de la secularización; ahora vivimos en un mundo, según decía recientemente el Papa Benedicto XVI, que ya no es obra de Dios, sino obra de nosotros mismos y en el cual parece no haber lugar para Dios. Hoy tenemos que iluminar con la misma y eterna palabra de Dios, realidades nuevas, diferentes y tal vez, más difíciles. Pero contamos con la promesa del Señor.

Por ello, debemos dar impulso continuado y permanente a la misión; todas nuestras parroquias deben convertirse en verdaderos centros de evangelización, de catequesis, centros de donde partan todos los días misioneros animados por el Espíritu del Señor para animar la fe de todos los que, aún siendo católicos, viven en la tibieza y en la ausencia de la práctica religiosa. Pero sobre todas las cosas, nuestras parroquias tienen que ser, “escuelas de oración”.

Nuestra ciudad, desde su fundación al igual que nuestra Diócesis ha sido puesta bajo la protección amorosa de la Santísima Virgen, su erección como Diócesis coincide con la festividad litúrgica de la Natividad de María y el Papa Pío XII, en la Bula de Erección la puso bajo el patrocinio de Santa María de Guadalupe. Que sea Ella, “la que inspire nuestra respuesta, la que nos ayude con su intercesión poderosa a que nuestra vida eclesial y misionera, sea un “sí” permanente a la volunta salvífica de Dios a favor de todo los hombres.

Que Dios nuestro Señor los bendiga a todos ustedes, pueblo de Dios, a ustedes queridos hermanos sacerdotes, a ustedes consagrados y a todos los fieles laicos, que con su entrega generosa hacen posible la misión que el Señor nos ha confiado.

 


+ RENATO ASCENCIO LEÓN
Obispo de Ciudad Juárez


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