Neza, 5 de abril de 2007


CARTA DE MONSEÑOR CARLOS GARFIAS MERLOS
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE NEZAHUALCÓYOTL
A SUS SACERDOTES
CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO
DE 2007

Queridos hermanos y amigos sacerdotes:

1. SALUDO

Jesús, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Releo con gran emoción y conmoción las palabras de Jesús, con motivo de la Cena Pascual, en la que Nuestro Señor Jesucristo Instituyo la Eucaristía y el Sacerdocio Ministerial. Como no emocionarnos hasta las lágrimas, si es en este día, en el que Él nos ofrece el don inconmensurable de la Eucaristía y nace nuestro sacerdocio, junto al mandamiento del amor fraterno. Precisamente hoy celebramos como presbiterio diocesano de Nezahualcóyotl el día de la Eucaristía y nuestro ser sacerdotal por excelencia.

Me nace del corazón exclamar «¡Abbá, Padre!», y creer que el amor con que nos ha amado el Hijo de Dios, nos ofrece nuestra adopción filial y, con él, el don del Espíritu Santo, que hace posible que nosotros y todos los seres humanos participemos en la misma comunión trinitaria. Pues lo que en estos días celebraremos, el misterio pascual, significa que Dios Padre, por medio del Hijo en el Espíritu Santo, se ha inclinado sobre cada hombre, ofreciéndole la posibilidad de la redención del pecado y la liberación de la muerte.

En nombre de Jesús que nos ha amado hasta el extremo y que nos manifiesta el misterio de filiación y comunión trinitaria, máximo anhelo de la Iglesia que peregrina en la Diócesis de Nezahualcóyotl, les saludo a todos: «La Paz esté con Ustedes».

2. NACIDOS DEL AMOR

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo», las palabras de Jesús nos revelan la radicalidad de la condescendencia de Dios que ha asumido la «forma de siervo» hasta la humillación extrema de la cruz (Flp 2,7), para abrirnos hoy a la comunidad eclesial de Nezahualcóyotl y a la humanidad entera a vivir la intimidad de la vida divina.

Esta comunión es vivida según la lógica del mandamiento nuevo: «que, como yo lo he amado, así ámense los unos a los otros» (Jn 13,34). Hoy, en la actualidad de la Palabra de Dios, somos nosotros los nuevos discípulos, que escuchando la Palabra de Jesús, formamos, edificamos, construimos la Iglesia en la Unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy nosotros somos los que hemos recibido el encargo de ser los constructores de la Iglesia comunión, que nace del Amor.

Nuestra unidad profunda como pueblo de Dios no excluye la presencia, en su interior, de tareas diversas y complementarias. Así, como a los primeros Apóstoles y discípulos está ligada la tarea de renovar in persona Christi el gesto que Jesús realizó en la Última Cena, instituyendo el sacrificio eucarístico, «fuente y cima de toda la vida cristiana» (LG 11). Así también a nosotros nos distingue el carácter sacramental, en virtud del Orden sacerdotal que hemos recibido, y desde esta óptica, la presencia y el ministerio sacramental de todos ustedes hermanos sacerdotes es único, necesario e insustituible.

Por ello, elevo mi plegaria de acción de gracia a Dios nuestro padre por todos ustedes hermanos sacerdotes, por los esfuerzos hechos durante los casi 28 años que lleva nuestra amada diócesis de haber nacido. De manera especial quiero dar las gracias a todos ustedes mis colaboradores:

Gracia hermanos sacerdotes que tienen la encomienda por mi recibida, de ser Párrocos, y hacer viva la presencia del obispo, Padre y Pastor en medio de una porción del pueblo de Dios. Se que en ocasiones no es fácil atender, acompañar, guiar y cuidar al rebaño de Dios, sin embargo, les agradezco en nombre de Dios su dedicación, su cansancio, su esfuerzo por vivir el amor por nuestras ovejas. Jesús «al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36), les recuerdo que es en el amor del Pastor donde tenemos que realizar la búsqueda constante de nuestra identidad sacerdotal. Como les he dicho repetidamente démos un exelente trato a nuestra gente y que sea la necesidad de nuestro pueblo golpeado y explotado, lo que nos sensibilice para vivir la caridad pastoral y dar el amor de Jesús a nuestro pueblo, siendo creadores de mejores condiciones de vida.

Gracias hermanos sacerdotes que tienen el encargo de ser vicarios cooperadores, recuerden que su identidad y ministerio sacerdotal ira creciendo en la medida que se integren en la comunidad parroquial y que asuman en diálogo y coordinación adecuados con el párroco, la corresponsabilidad y la pertenencia a su comunidad. Vivan en adhesión intima y fiel a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, ayúdenme a que se tenga entre los sacerdotes la comunión entre el párroco y su colaborador, para favorecer la integración de nuestro presbiterio.

Doy gracias a los Padres de la Comunidad de Formadores de nuestro seminario, por su esfuerzo, su comprensión, y la donación de su sacerdocio en pro de la formación de los que serán los nuevos sacerdotes. Su presencia, su amistad, su respeto, su acompañamiento y su amor junto a los futuros sacerdotes es tarea insustituible. Que el señor Jesús les acompañe y les continúe dando su fuerza y energía, para que desde Él puedan seguir siendo fuente de comunión y colaboración, de coherencia y fidelidad a Dios y a la Iglesia. Esfuércense por estar mas presentes en el seminario y por favorecer la armonía y la adecuada relación entre el seminario con el presbiterio y la comunidad diocesana.

Agradezco a todos los sacerdotes su anhelo de superación y de buscar nuevas oportunidades de estudio y preparación. Gracias a los sacerdotes que actualmente se encuentran estudiando para lograr una mejor preparación académica, confío en la adquisición de nuevos conocimientos y el empeño en lograr una mejor formación sacerdotal hara posible que nos enriquezcan en un futuro próximo con sus conocimientos y su testimonio sacerdotal en pro de la construcción de la Iglesia Comunión.

Agradezco también a los sacerdotes religiosos el testimonio de su consagración y el esfuerzo por vivir la comunión en sus comunidades locales, su presencia y su testimonio de vida serán siempre un regalo extraordinario para nuestra Iglesia de Nezahualcóyotl. Gracias por su esfuerzo de caminar en comunión con nuestro presbiterio y de aportar su carisma en el servicio y la corresponsabilidad dentro de las vicarias, en la zonas pastorales y en toda la diócesis.

Mi profunda gratitud para todos los sacerdotes que han recibido alguna encomienda especial a nivel diocesano, gracias por ayudarme a coordinar cualquiera de las comisiones, o formar parte de alguna de ellas, sin su presencia la estructura institucional de nuestra Iglesia no sería posible. Y los exhorto, a que vayamos conformando la estructura institucional que mantendrá la continuidad de nuestra Iglesia, como lo ha hecho a lo largo de 2000 años. Que importante reconocer que la Iglesia no se identifica con las personas, sino con Cristo, Dueño y Señor de la Historia, siendo nosotros sólo colaboradores y no dueños de ella. Gracias por su esfuerzo de colaborar en la creación de la Iglesia comunión.

Agradezco de corazón y animo a todos los sacerdotes que forman parte de nuestros sacerdotes de la tercera edad, su vejez es signo de madurez y sabiduría de vida en Jesucristo para nuestra Iglesia. Les pido nos sigan iluminando con su testimonio de entrega generosa, gozosa, esperanzadora en Dios, y que sean la expresión más creíble de nuestro Presbiterio por su testimonio de vida.

Y a ustedes mis hijos sacerdotes más jóvenes en el ministerio, los animo a que sigan buscando su identidad sacerdotal, y no frenen su esfuerzo por configurarse con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Gracias por la entrega de su juventud fuente de alegría, energía, gozo y vida a nuestra Iglesia. Que los errores de la Juventud no sean causa de la perdida de sentido de su ministerio, sino fuente de aprendizaje y sabiduría, que los conduzca a aferrarse a Jesucristo que los ha llamado a vivir junto a Él.

Quiero expresar mi gratitud y solidaridad con todos los sacerdotes que han tenido alguna adversidad o algún problema difícil de enfermedad, o contratiempo particular en el ejercicio de su ministerio. Para todos los sacerdotes enfermos mi oración y mi cercanía afectuosa. Para los sacerdotes en circunstancia de conflictos especiales mi solidaridad y apoyo incondicional. Para todos el llamado para seguir viviendo plenamente su ministerio y poner lo mejor de su parte para que se puedan ir resolviendo sus problemas y dificultades. Una palabra de cercanía y de amistad afectuosa con el padre Cesar Torres.

Pido a Dios por todos los hermanos sacerdotes que han entregado su vida por amor a Dios y a su pueblo en los municipios de Nezahualcóyotl, los Reyes la Paz e Ixtapaluca, y nos han precedido ya con el sueño de la paz. Tengo la firme creencia y esperanza de que descansan en Dios y ruegan por nosotros ante el Altísimo. Tengamos muy en cuenta en esta Eucaristía a los padres Alejandro Rutilio Trujillo, al padre Pedro Enrique Rodríguez, al P. Ramón Valles y al padre Salvador Hernández Huante, junto con todos los demás sacerdotes que han colaborado en esta diócesis y ya se encuentran gozando de Dios.

3. UN TESORO EN VASIJAS DE BARRO

«Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Cor 4,7). Es verdad. En la breve historia de nuestra función sacerdotal en la diócesis de Nezahualcóyotl, se advierte también la oscura presencia del pecado. Tantas veces nuestra fragilidad humana ha ofuscado en nuestro pueblo el rostro de Cristo Señor de la vida. Al elegir a hombres como a los doce, Cristo estoy seguro no se hacía ilusiones: en esta debilidad humana fue donde puso el sello sacramental de su presencia. Recuerdo al apóstol Pablo que con razón decía: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros»

Esta es la razón que encuentro, para que, a pesar de todas las fragilidades de nosotros sacerdotes, el pueblo de Dios siga creyendo en la fuerza de Cristo, que actúa a través de nuestro ministerio. Queridos hermanos sacerdotes les invito a redescubrir el «don» y el «misterio» que hemos recibido, para que más allá de justificar nuestras faltas, asumamos la responsabilidad que tenemos de ser puente entre los hombres y Dios, y mostremos con nuestra vida el auténtico rostro de Jesús.

Y a todos ustedes pueblo de Dios, les pido perdón a nombre de todos mis hermanos sacerdotes y mío propio, si en algo nosotros, pobres pecadores ministros de la Iglesia los hemos ofendido. El tiempo de cuaresma que nos sirvió de preparación, hoy lo hacemos vida, todos somos llamados a pedir perdón y a perdonar tal como Dios nuestro Padre nos perdona, y vivimos en la esperanza de que nos muestre su infinita misericordia, nosotros queremos ser los primeros en reconocer nuestras culpas y llamarlos a la unidad de una sola Iglesia, la Iglesia de Jesús que nos reconcilia y nos ofrece su Paz

4. HACED ESTO EN MEMORIA MÍA

Jesús tomó luego el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). El misterio eucarístico, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su Resurrección y de su segunda venida, es el corazón de la vida eclesial. Para nosotros sacerdotes adquiere un significado verdaderamente especial: es el centro de nuestro ministerio. Lo que implica que toda nuestra vida tiene su fuente en la Eucaristía, desde la que todo mana y a la vez se convierte en la meta a la que todo conduce. Junto a la eucaristía ha nacido nuestro sacerdocio.

La tarea específica de celebrar la eucaristía, el anuncio de la Palabra, la santificación de nuestros hermanos a través de los sacramentos, la guía del pueblo de Dios hacia la comunión con Él y el servicio, exige de nosotros una continua y permanente renovación humana, cristiana y sacerdotal, realizada en la integralidad de nuestra vida. Esta renovación que es una exigencia que nace del mismo misterio eucarístico, requiere que nuestro memorial sacerdotal se actualice y se renueve día a día, siendo presencia viva del Señor en medio de los suyos. No debemos olvidar que somos presencia viva de Cristo en el mundo y que ello, nos exige vivir en conversión y renovación permanente.

Puesto que, el sacerdocio de Cristo no es accidental, sino está inscrito en su identidad de Hijo encarnado, de Hombre-Dios, nosotros realizamos nuestro proceso de renovación presbiteral desde ahí, desde la humanidad que nos lleva a la divinidad. Por ello, observo con gran esperanza los esfuerzos que hemos realizado en el último año por proseguir con nuestra Formación Permanente. Recuerdo como en febrero de 2006 trabajamos arduamente en nuestra vida humana afectiva y comenzamos el proceso de realizar nuestro plan de vida. Y como, para facilitar este proceso, hicimos un primer intento de reunirnos por generaciones, que se consolido en febrero y marzo de este 2007. Nuestra búsqueda de Dios y la renovación de su alianza se ha venido fortaleciendo a través de nuestros ejercicios anuales en agosto y septiembre pasados. En el esfuerzo de la actualización académica e histórica en el mes de octubre recibimos un fuerte impulso para comprometernos en la investigación personal. Recientemente hemos planteado la necesidad de la actualización pastoral, con el empeño de lograr un lenguaje común, que nos facilite la construcción de la Iglesia comunión, ahora tomando en cuenta la necesidad imperante de estructurar a nivel diocesano y parroquial la Pastoral Vocacional. Observo con gran esperanza que vamos dando pasos seguros que nos alientan a conocernos, a escucharnos, a respetarnos, a no condenarnos, a comprendernos, a confiarnos unos de otros, a perdonarnos y a lograr el equilibrio en nuestra vida. Claro que el camino no se ha agotado y nos faltan muchos pasos por andar, puedo decir que “vamos lentos pero seguros” hacia nuestra configuración con Cristo. Tarea personal de cada uno es asumir la responsabilidad de formarnos, aprovechando para nuestra vida sacerdotal los espacios creados por el Equipo de Pastoral Presbiteral que presido y que tan amablemente es coordinado por el Vicario General. Así pues, los exhorto a que sigamos caminando hacia nuestra renovación humana, cristiana y sacerdotal, fundamento de nuestra Renovación Pastoral Diocesana.

5. EUCARISTÍA Y CELIBATO SACERDOTAL

«Cuando los envíe sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿les falto algo?» (Lc 22,35). Hace tres años hemos comenzado a preparar la renovación pastoral de nuestra diócesis. Estoy convencido que nuestra renovación pastoral dará fruto en la medida en que cada uno de nosotros como sacerdotes nos renovemos personalmente, y vayamos adquiriendo el amor de Jesús Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Como nos ha dicho su Santidad Benedicto XVI en su carta apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis. Vivencia privilegiada de este amor por la Iglesia es nuestro celibato sacerdotal, que vivido en la funcionalidad no produce vida sino frustración, mientras que si se vive desde la conformación con el estilo de vida del propio Cristo, producirá los mismos sentimientos del Hijo, que a su vez es Esposo de la Iglesia. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedicación es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma. Los invito a todos a refrendar en este día con el amor que surge del corazón por la esposa, a dar nuevamente su Sí a la vivencia del celibato sacerdotal por amor al pueblo de Dios. Un Sí que signifique la total disponibilidad para vivir el ministerio sacerdotal, asumiendo como parte de la vida celibataria la soledad apacible, el dar y recibir afecto en la amistad y fraternidad sacerdotales, como origen de la caridad pastoral que se entregue al pueblo de Dios; y el adecuado manejo de nuestro estrés y cansancio, conscientes de que nuestra fatiga, manifestación de nuestra debilidad humana tenemos que aprender a recuperarla con los recurso de la espiritualidad y de la organización humana, sintetizados en nuestro plan personal de vida sacerdotal.

Les propongo a todos ustedes hermanos sacerdotes que este día en el que celebramos la Institución del ministerio Sacerdotal sea el día en que, según el ritmo del año litúrgico, podamos revisar nuestra historia de un año a la luz de la salvación de Dios realizada en Jesucristo. Partimos del concepto de que la vida de Jesucristo no es solamente un hecho histórico, sino también el modelo que nos muestra cómo se desliza el camino que nos lleva a Dios y a nuestro auténtico yo. Y todo lo que vamos realizando pueda ser vivido a la luz del misterio de la Encarnación de Jesucristo, que con su vida encarno la salvación realizada por los hombres. El año litúrgico, el lema y el tema propio de cada año diocesano, el tema que desarrollemos durante los ejercicios espirituales y las celebraciones de multitudes nos darán la pauta de iluminación, para que cada uno de los aspectos que, personalmente y como comunidad presbiteral, tengamos que estar revisando en nuestro proyecto de vida sacerdotal.

6. DESPEDIDA: “NADIE TIENE AMOR MAYOR QUE EL QUE DA LA VIDA POR SUS AMIGOS”

Queridos hermanos sacerdotes, deseo desde lo mas profundo de mí corazón, que estas reflexiones reaviven nuestro gozo de ser sacerdotes, y nuestro deseo de serlo todavía más intensamente. Los invito a que escuchemos a nuestro Maestro y Señor Jesucristo que nos dice nuevamente: «Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos… Ya no los llamo siervos… sino amigos» (Jn 15,13.15). Y que de estas palabras se desprenda nuestra misión pastoral, aprender a vivir juntos en el amor, consolidando nuestra amistad, en el conocimiento, respeto, cuidado, y responsabilidad de unos por otros.

Les invito a confiar nuestro sacerdocio a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Oremos los unos por los otros, cada cual por su hermano, y todos por todos. Supliquemos al Espíritu Santo que llame a su Iglesia a muchos jóvenes a consagrar sus vidas a través del ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Nuestra Iglesia diocesana tiene gran necesidad de ellos, pero sólo nuestro testimonio será capaz de hacer germinar estas vocaciones.

Con todo mi afecto, y con mí presencia siempre junto a ustedes les doy mi bendición.

 

+ Carlos Garfías Merlos
Obispo de Nezahualcóyotl

 

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