Córdoba,Ver a 22 de abril de 2007

 


HOMILÍA - MENSAJE

“Nunca la madre sin su hijo, nunca el hijo sin su madre”.

III Domingo de Pascua, 22 abril de 2007

 

Muy queridas hermanas y hermanos todos en el Señor:

La Palabra de Dios este III Domingo de Pascua viene a fortalecer nuestra fe y confianza en la presencia consoladora de Jesús resucitado en medio de nosotros. Como nos relata el Evangelio de San Juan, la tercera experiencia de los apóstoles del Señor resucitado se da en Galilea, junto al Lago donde les había llamado por primera vez a ser pescadores de hombres. Habiendo pasado la prueba dolorosa de la crucifixión y muerte de su Maestro, los apóstoles requieren ser de nuevo llamados y confirmados en el amor a Jesús y al Reino que vino a instaurar.

Juan, había sido el único que con María mantuvo la pureza de su amor por Cristo permaneciendo de pie junto a la Cruz. Juan fue el confidente del Señor en la última cena y se convierte para nosotros en el modelo del discípulo que está dispuesto a amar aún en las dificultades. El que con Santiago su hermano, era apodado “hijos del trueno”, seguramente se dejó moldear por Cristo en su carácter y en sus convicciones, por lo que vino a ser para Jesús “el discípulo amado”. Allá en Jerusalén, fue el que corrió con más velocidad hacia el sepulcro: “vio y creyó”, a pesar de ver solo los lienzos y el sudario. Sabía reconocer en estos signos, el cumplimiento fiel de lo anunciado por Jesús, de que resucitaría al tercer día. Ahora en el lago, reconoce en el signo de una nueva pesca milagrosa, la presencia inequívoca de Jesús su Señor: grita a Pedro y los demás apóstoles: “es el Señor”.

En Juan – modelo del discípulo fiel – se cumplen las palabras del Señor: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Su pureza y autenticidad de corazón, lo capacitan para reconocer al Señor.

Pedro, por su parte, es el discípulo que ama al Señor, pero ha caído en la prueba; sin embargo, confía en su misericordia y también “corre” hacia el sepulcro, y - en el texto de hoy - “se tira al agua”, para adelantarse a los demás apóstoles nadando hacia Jesús, con un intensa necesidad y deseo de ir al encuentro de su Señor, confesarle su debilidad y renovarle su amor.

La triple pregunta de Jesús, y la triple confesión de amor de Pedro, parecieran ser eco de su triple negación. Si antes Pedro lo negó tres veces, en medio de la confusión y de la cobardía, ahora fortalecido por la presencia del Señor resucitado, le profesa tres veces que lo ama. Pedro ha aprendido y llorado arrepentido su debilidad y su pecado, es ahora más humilde y sabe que su fuerza está solo en Dios y no en sí mismo. Así dice a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.” Ante esta triple profesión de amor, Jesús le renueva su vocación: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas.”

Hermanos, sea que hasta ahora hayamos perseverado fieles como Juan, o le hayamos fallado a Cristo como Pedro, el Señor nos invita a reencontrarnos con él, renovarle nuestro amor, y sentarnos a compartir su mesa, entrando en su comunión, con el pan que él nos prepara.

De este encuentro renovado con nuestro Señor y de la fortaleza que nos da su pan eucarístico, el Señor nos llama también hoy a ser “servidores del Evangelio y testigos de esperanza”, incluso cuando las pruebas puedan retornar una y otra vez. Así “Pedro y los otros apóstoles” – nos relata el libro de los Hechos – respondieron a quienes les amenazaban para no hablar en nombre de Jesús: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”. Cuando está de por medio la verdad y la justicia, el verdadero discípulo y apóstol debe obedecer primero a Dios, siguiendo el dictamen de su conciencia.

En la pasada semana estuvimos 115 obispos mexicanos reunidos en Asamblea, y enviamos a toda la nación un mensaje para que los católicos, conscientes de nuestra vocación, respondamos a los retos que nuestra sociedad enfrenta, ante este cambio de época que estamos viviendo. Se está gestando una nueva sociedad y una nueva cultura. Y los cristianos no podemos ser meros observadores pasivos de lo que otros deciden por nosotros, sino que debemos ser protagonistas activos, para impregnar nuestra cultura con los valores del bien, la verdad y la justicia.

Muy especialmente en esta coyuntura del país, debemos convertirnos en “testigos y defensores” de los derechos humanos, particularmente el derecho fundamental a la vida. No podemos ceder a la cultura de la muerte, dejando sacrificar la vida de ningún ser humano.

A este respecto, nos ha preocupado que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal esté por dar resolución a una iniciativa para despenalizar la interrupción de la vida a través de la práctica deliberada del aborto.

Ante esta iniciativa, como pastores, pero sobre todo como seres humanos, estamos obligados a alzar la voz en favor de la vida de los más indefensos. Desgraciadamente el problema de salud de muchas mujeres ha sido politizado y se ha polarizado tanto la discusión como la posible resolución de la Asamblea Legislativa. Para silenciar la voz de los católicos, tanto laicos como pastores, se nos ha acusado de ser insensibles a la situación de las mujeres que sufren la tentación y el dilema del aborto. Pero no: a los que formamos la Iglesia, nos preocupan tanto las madres como los hijos. Nunca debiera plantearse una solución sin una de las vidas de por medio. Nunca la madre sin su hijo, nunca el hijo sin su madre.

¿Quién puede sentirse autorizado en su conciencia a definir que antes de la doceava un ser humano no merece la protección del Estado? ¿Por qué un día antes de las doce semanas abortar no es un crimen perseguido por ley, y por qué un día después ya el Estado custodia su vida con penas adecuadas? Habrá algún médico que pueda precisar qué día de la doceava semana lleva la mujer en su embarazo, qué tal si se equivoca y da muerte al protegido por la ley por un fallo en el cálculo de horas?

Se dice que al despenalizar al aborto, no se está obligando a las madres a abortar, que simplemente el Estado ya no lo penaliza. Sin embargo, ¿los médicos y enfermeras de los servicios públicos de salud, van a ser obligados a hacerse cómplices de un crimen o deberán abandonar sus empleos por oponerse a ejecutar un aborto, siguiendo el dictamen de su conciencia? ¿Y los ciudadanos mexicanos, que con nuestros impuestos colaboramos en el funcionamiento de esos servicios públicos, nos forzarán a colaborar indirectamente con todos esos crímenes? Por otra parte, ¿con esta despenalización, terminarán realmente los abortos clandestinos, que por tantos variados motivos, seguirán buscándose?

No debemos olvidar cuanto decía proféticamente la madre Teresa de Calcuta: el aborto mata simultáneamente a tres personas: al niño que es injustamente eliminado, a la mujer que abandonada en su desesperación llega a cometer semejante crimen y a la sociedad que se hace cómplice, obscureciendo su sentido ético y abriendo la puerta así a graves abusos despóticos, donde no rige más el principio de la igualdad fundamental de todos los seres humanos, sino la tiranía del más fuerte.

Por eso en la pasada Asamblea los obispos mexicanos recordamos que “una obligación primaria del Estado consiste en velar y defender el derecho natural de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte. Si una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del estado de derecho”.

Ningún hombre o mujer, profese la religión católica o no, debe apoyar las propuestas sociales o políticas que favorezcan acciones contra la vida como el aborto o la eutanasia. Debe constar con toda claridad que “el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito” (Juan Pablo II, Evangelio de la Vida, 62).

Por todo ello, hermanos, cada quien tiene una tarea que cumplir en la defensa de los valores de la justicia, la equidad y la vida. A todos se nos pide nuestro propio testimonio de amor por la vida. Todos estamos comprometidos a poner todos los medios pacíficos a nuestro alcance para ayudar a que nuestra sociedad tenga una conciencia clara de todo lo que está en juego.

Empezando por los padres de familia: Lamentamos que con frecuencia es a la mujer a quien se le deja todo la carga del problema, cuando los varones que engendraron a la misma criatura, abandonan irresponsablemente su función de padres progenitores, orillando a la mujer a la desesperación y a una solución que las lastima profundamente y las daña aún más. En su medida, los médicos y enfermeras y todo el personal de salud. Pero muy especialmente en estos momentos: los legisladores, tienen un deber de conciencia que deberán responder ante Dios y ante la sociedad a la que se comprometieron en servir. Un asunto tan delicado, requiere un tratamiento sereno e informado de todas las implicaciones éticas, jurídicas y sociales.

Oremos para que el Señor de la vida acompañe al pueblo de México en sus esfuerzos en defensa de los más pequeños, a los padres mexicanos en el cumplimiento de la misión sublime que les fue encomendada y, de manera especial, a nuestros hermanos que tienen bajo su responsabilidad hacer leyes más justas, para que les asista en sus trabajos y puedan así contribuir decisivamente a promover el reconocimiento integral de los derechos humanos mediante la defensa de la vida.

 

+ Eduardo P. Patiño Leal
Primer Obispo de Córdoba

 

© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO