Tulancingo, Hgo. 1 de Abril de 2007


Comunicado de la Provincia Eclesiástica de Hidalgo

Mensaje Pastoral con motivo de la Pascua
sobre el valor y la defensa de la vida

“La Pascua es el triunfo de la Vida sobre la Muerte”

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y muerto el que es la vida,
triunfante se levanta.
(Secuencia de Pascua)

En la Pascua celebramos el triunfo de Cristo resucitado sobre la muerte; es por ello necesario reafirmar el valor de la vida humana y por lo tanto, nos oponemos a lo que la Iglesia y los Papas han llamado “cultura de la muerte”.

Una de las manifestaciones más frecuentes de esta “cultura de la muerte” es el favorecer o facilitar el aborto, que es la muerte de una persona inocente e indefensa; se trata de un acto que quita las acciones que protegen el derecho de esa persona todavía no nacida a la vida, que le quieren arrancar el derecho fundamental a la vida. Cualquier acción que prive de la vida a una persona aun no nacida, es un homicidio.

En torno a esto, numerosas voces del episcopado universal, y en particular de los obispos de México, se han ido uniendo en manifestar la orientación pastoral que ahora hacemos nuestra, y por eso en bastantes momentos aprovechamos y subrayamos la coincidencia con este sentir de los hermanos del episcopado.

En los últimos días, sobre todo a través de los medios de comunicación, hemos sido testigos de iniciativas que buscan despenalizar el aborto en el país, se trata de una lucha que busca arrebatar el derecho a la vida de personas inocentes, para lo cual se lanzan argumentos que pueden aparecer justificados, pero que cuando se les analizan serenamente, resultan poco fundamentados. Ante esas circunstancias consideramos necesario realizar unas precisiones que podrán iluminar nuestro juicio y reafirmar nuestra fe, la cual siempre ha defendido el valor de la vida.

Últimamente el tema de la despenalización del aborto nos ha hecho escuchar muchas voces que quieren callar a la Iglesia, considerando que no tiene porque intervenir en este tema, que es retrógrada y que poco se preocupa por la vida de las mujeres. Piensan que defender la vida de los no nacidos es una intromisión política. ¡Qué equivocados están!

Tampoco se trata de una cuestión de democracia, pues hay derechos de toda persona humana que deben ser reconocidos y respetados por la sociedad y las autoridades, ya que tales derechos son inalienables e imprescindibles, y no están subordinados ni a los individuos, ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: simple y sencillamente pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona. (Cfr. Instr. Donum Vitae no. 3; Catecismo de la Iglesia Católica no. 2273).

Entre los argumentos que presentan mencionan que la salud de las mujeres corre riesgo, pues la práctica del aborto en lugares clandestinos pone en grave peligro a quienes tienen que recurrir a esos medios, sobre todo las mujeres más pobres. Piensan que nuestra oposición a quitar la vida a los no nacidos constituye un ataque a la salud de las mujeres; si eso fuera cierto, nosotros mismos nos estaríamos contradiciendo. La Iglesia no sólo vela por la salud de los no nacidos, por supuesto que también se preocupa por la salud de las mujeres de cualquier edad y condición social.

Algunos alegan el número de semanas a partir de las cuales el nuevo ser puede ser considerado como persona, nosotros afirmamos que a partir del momento de la concepción viene a la vida un nuevo ser a quien debemos cuidar y defender. El mismo Código Civil del Distrito Federal, en su artículo 22 reconoce que: “Desde el momento en que un individuo es concebido, entra bajo la protección de la ley y se le tiene por nacido”.

Pero debe quedar en claro que no se puede defender una vida, la de la mujer, quitando la vida a un ser inocente e indefenso. Ambos tienen el mismo derecho de vivir, y es un derecho que nadie puede arrebatar, menos ejercer.

Se trata de armonizar ambos derechos, tanto el de la mujer como el del niño no nacido, tenemos que velar por el bien de ambos; y no se trata de imponer una visión particular, un punto de vista religioso; se trata de una cuestión natural, de un derecho que todos tenemos y que por lo mismo todos debemos defender y tutelar. Es una visión ética y moral que habrá de poner el fundamento y el soporte a toda la actividad humana. Por tanto, la negativa al aborto no es una cuestión de fe, ni de mera consideración sentimental o compasiva, es cuestión humana y antropológica. A este respecto hace unos días el Papa Benedicto XVI afirmaba que: “La ley natural es la fuente de donde brotan, juntamente con los derechos fundamentales, también imperativos éticos que es preciso cumplir... La ley natural es, en definitiva, el único baluarte válido contra la arbitrariedad del poder o los engaños de la manipulación ideológica...” (Discurso a los participantes en un congreso sobre la ley moral natural, organizado por la Pontificia Universidad Lateranense en Roma).

La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción, desde su primer momento de existencia (Cfr. Donum Vitae no. 1; Catecismo de la Iglesia Católica no. 2270). Dios mismo nos ha encomendado a todos los hombres la misión de conservar la vida, protegerla. (Catecismo de la Iglesia Católica no. 2271); se trata de una tarea que la Iglesia ha asumido en toda su existencia, desde el siglo I hay testimonios de que se tiene conciencia de ello.

Por todo esto, la Iglesia sanciona con pena de excomunión este delito contra la vida humana: “Quien procura el aborto, si este se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (Código de Derecho Canónico, canon 1398), es decir, desde el mismo momento en que se comete el delito. “Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad” (Catecismo de la Iglesia Católica 2272).

Los legisladores tienen en todo esto una grave responsabilidad moral, pues de aprobar estas iniciativas estarían permitiendo que con tales normas se mate legalmente a personas inocentes. Ellos no pueden dejar de lado que han sido elegidos para representar al pueblo, tienen entonces que pensar acerca de lo que promueven, si eso es en verdad lo que desean quienes los eligieron, o ¿acaso han consultado a los electores sobre la despenalización del aborto?

En todo esto no podemos dejar de pensar en quienes en determinado momento se verían obligados por las leyes a colaborar con los abortos, pienso en doctores, enfermeras, psicólogos, etc., a quienes habrá de salvaguardar su objeción de conciencia, no pueden ser obligados a ir en contra de su voluntad, no pueden ser obligados a asesinar a personas inocentes, que tienen derecho a vivir en el seno materno.

Tampoco hay que dejar de considerar cómo estas corrientes que buscan asesinar a los más indefensos, son líneas de pensamiento de una campaña en contra de la vida y de la familia que desde hace ya algún tiempo se inició en Europa: “Muchas de las modificaciones legales que se han introducido en numerosos países de América Latina en los últimos años hieren gravemente la dignidad del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Estas modificaciones no son casuales, no ocurren simplemente. Muchas veces son promovidas como elementos necesarios de agendas ‘progresistas’, con frecuencia impulsadas por determinadas ONG o por organismos de las Naciones Unidas. Persiguen la emancipación de las costumbres, las normas éticas y las leyes de su matriz cristiana. Con frecuencia responden a los intereses y estrategias de personas e instituciones con gran poder y presencia internacional, que abiertamente buscan provocar un cambio en el ethos cultural y religioso latinoamericano”. (Documento de Síntesis en preparación a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe no. 67).

No podemos permanecer callados, somos apóstoles de Jesucristo, estamos llamados a defender el derecho inalienable de la vida, pues no por el hecho de legalizar el aborto significa que eso sea moral y éticamente bueno. Es como si se legalizara el robo, el contrabando o algún otro delito, no por ello sería bueno. Nuestros legisladores deben ser cuidadosos al elaborar sus leyes, deben ampliar su visión para conseguir la auténtica tutela de los derechos fundamentales de quienes los han elegido.

Debemos urgir para que nuestros representantes populares ejerzan una libertad auténtica, que no se dejen guiar por criterios ciegos. Se trata de ser responsables, de tomar decisiones con conciencia. Además hay que recalcar este sentido de responsabilidad en todas las personas, pues necesitamos que hombres y mujeres sean responsables de su sexualidad, que no conciban vidas para luego destruirlas.

En fin hermanos, toda esta crisis que atenta contra la familia y la vida debe constituirse un reto para toda nuestra actividad pastoral; tenemos que poner mayor atención en la formación a los jóvenes en torno al matrimonio y a la responsabilidad íntegra de la persona, lo que incluye el aspecto sexual, tenemos que ir más allá de pláticas presacramentales. Es tarea de todos nosotros ofrecer a los hombres de nuestro tiempo los criterios del Evangelio sobre la persona humana, sobre la familia y la sociedad. (Cfr. Documento de Síntesis en preparación a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe no. 65).

Provincia Eclesiástica de Hidalgo

S.E.R. Mons. Pedro Arandadíaz Muñoz, Arzobispo de Tulancingo

S.E.R. Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez, Obispo de Tula

S.E.R. Mons. Salvador Martínez Pérez, Obispo de Huejutla

© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO