Tehuacán, Puebla., 12 de abril de 2007


HABIA MUERTO, PERO VIVE PARA SIEMPRE

Obviamente, con este título nos estamos refiriendo a Jesús de Nazaret. Para quienes creemos en Él y hemos querido seguirlo, acabamos de celebrar en la Semana Santa los acontecimientos centrales de su misión, o sea su muerte en la cruz y su resurrección. Pero para muchos, incluso creyentes, ya en esta semana que ahora vamos transcurriendo, todo vuelve a su normalidad. Sin embargo la Cuaresma ha desembocado en la Pascua. Si la Cuaresma nos prepara durante 40 días para morir con Jesús, ahora la Pascua nos ayuda a celebrar durante 50 días su Resurrección.

Jesús ha resucitado, lo que significa no tanto que Jesús vence la muerte, volviendo a la vida, sino que entra en una vida nueva y ya no podrá morir nuevamente. Jesús resucitado se presenta con su mismo cuerpo, pero un cuerpo espiritualizado, o sea que puede pasar por las puertas cerradas, aparecer y desaparecer bruscamente; pero su cuerpo conserva las señales de la pasión y de la cruz, especialmente en sus manos, pies y costado. Cuando Tomás, uno de los apóstoles, duda que en verdad Jesús haya resucitado, Jesús se muestra muy complaciente y para que se convenza, invita a Tomás a que meta su dedo en la mano y su mano en el costado, “y no sigas dudando, sino cree” (Jn 20,27), le dice Jesús. Tomás contesta: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28), exclamación de fe y que muchos usan al momento de la consagración en la Eucaristía.

A pesar de que Jesús varias veces había anunciado a sus discípulos que sería rechazado y muerto, pero que luego resucitaría, ellos no estaban preparados para esto. Tras la muerte y sepultura de Jesús, los discípulos se encierran por miedo a sufrir la misma suerte. Dos de ellos piensan que todo terminó, muerto el que pensaban que sería el libertador de Israel, y se alejan de Jerusalén. Jesús los acompaña –sin darse a conocer- y los escucha con atención, pero luego les habla con fuerza, diciendo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” (Lc 24,25-26).

De esta manera los dos hechos fundamentales –la muerte y la resurrección de Jesús- se iluminan y reclaman mutuamente: si murió, es para resucitar; si resucitó, es porque ha muerto antes. Así, mientras continuamos nuestra vida terrena, estaremos uniéndonos a estos dos momentos del Misterio Pascual de Jesús: cuando experimentemos la aflicción de la cruz, no desesperemos, sino que pongamos nuestra esperanza en la resurrección; cuando experimentemos la alegría de la resurrección, tengamos en cuenta que es más sólida porque nos hemos unido a su cruz. Morir y resucitar con Jesús será la constante en nuestra vida como discípulos suyos.

Para quien cree en Jesús y se deja iluminar por Él, el aborto y la eutanasia son posturas egoístas. Para quien cree en Jesús, toda vida humana, también la del no nacido, es digna, aunque venga con malformaciones y discapacidades o incluso haya sido fruto de violación. Para quien cree en Jesús, todo sufrimiento, aunque signifique, por una parte, carencia de salud física, psicológica o espiritual, por otra parte significa la posibilidad de unirse a la redención de Cristo Jesús.

Dice la secuencia de Pascua: “Triunfaron vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es la vida, / triunfante se levanta.”

Jesús resucitado, el que es la vida, nos sostenga en la defensa y promoción de los valores fundamentales de la vida humana, que el Papa Benedicto XVI presenta como “no negociables” y que son signo de nuestra coherencia eucarística: o sea de un culto agradable a Dios, que no se queda en un acto privado, sino que exige el testimonio público de nuestra fe; lo cual vale para todos los bautizados –dice el Papa-, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones importantes. Dichos valores fundamentales son, por ejemplo: El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural; la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer; la libertad de educación de los hijos; la promoción del bien común en todas sus formas. El Papa menciona que los obispos tenemos la responsabilidad de llamar constantemente la atención sobre estos valores (cf. El Sacramento del amor, n. 83). Sostener y cultivar estos valores, no sólo es cuestión de fe, sino parte fundamental de la dignidad de la naturaleza humana.

Celebrar la resurrección de Jesús es decirle NO al ABORTO en cualquier circunstancia, decirle NO a la EUTANASIA; es decirle SÍ a la VIDA que nos ha concedido, para el bien común.

Pido a Cristo Jesús llene a usted y su familia de paz y fortaleza para cultivar estos valores fundamentales.

 


+ Rodrigo Aguilar Martínez

Obispo de Tehuacán

 

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