Basilíca de Guadalupe., 8 de agosto de 2007



Homilía de Mons. José Guadalupe Galvan Galindo
En la peregrinación anual de la Diócesis de Torreón
A la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe en el año jubilar de oro

Con gran alegría, esta mañana tenemos el gusto de llegar a la Casa de la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe. Aquí está, puntual como cada año, la Iglesia Diocesana de Torreón, representada por todos y cada uno de quienes hemos recorrido más de mil kilómetros, para encontrarnos con la bendita imagen de la Virgen Morena, impresa desde aquella mañana fría de diciembre de 1531 en el ayate de Juan Diego, y desde entonces, grabada con gran amor en el corazón de sus hijos e hijas, “habitantes de esta tierra mexicana”.

En esta ocasión, la Diócesis de Torreón acude a su cita con la “Madre del Verdadero Dios por quien se vive”, inmersa en el dinamismo, alegre y esperanzador, del Año Jubilar de Oro por un doble acontecimiento: el Cincuenta Aniversario de su Fundación y el Cincuenta Aniversario de Ordenación Episcopal de su Primer Obispo y Fundador, Mons. Fernando Romo Gutiérrez, quien por espacio de 32 años condujo con prudencia y solicitud, con gran cariño y dedicación, esta Iglesia particular. Además, con profunda alegría, nos unimos ya desde ahora a la gran celebración que el 15 de septiembre de este año se vivirá con motivo del Primer Centenario de fundación de la ciudad de Torreón. Desde aquí, ponemos a los pies de la Virgen Morena, el presente y el futuro de nuestra ciudad, los grandes retos y desafíos que esa comunidad ha de enfrentar para construir un futuro más justo y pleno para todos sus hijos e hijas.

Nuestra joven Iglesia nació con la herencia de una profunda identidad mariana. Como en el ayate de Juan Diego, María imprimió su imagen en el corazón de los laguneros. Ya desde los años anteriores a la creación de la Diócesis y de la fundación de la ciudad, el 5 de abril de 1875 fue erigida -en una localidad que posteriormente entraría a formar parte de esta diócesis- la Parroquia Nuestra Señora del Refugio, en Matamoros de la Laguna, Coah. Luego, unos cuantos meses después de que la población que se formó en torno a la estación ferroviaria El Torreón fuera elevada a la dignidad de Villa, el Primer Obispo de Saltillo, Don Santiago Garza Zambrano, erigió en ese lugar la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Era el 27 de diciembre de 1894. Después, apenas pasada la Revolución Mexicana -cuando Torreón empezaba a ser ya una ciudad en crecimiento y desarrollo- se inició la construcción de otro templo dedicado a la Virgen Santísima, ahora bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, que fue elevado a Parroquia en 1920. A la fundación de la Diócesis, este templo pasó a ser la Catedral. Posteriormente, el 18 de octubre de 1930, se bendijo otro templo mariano, dedicado ahora a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Así, haciéndose presente en tierras laguneras con estas bellas advocaciones, María, como en la Iglesia primitiva, “perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente”. Por eso, a partir de 1958, la Iglesia de Torreón no ha dejado de contemplar filialmente a la Virgen María que, “como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todas las personas, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios, ya que en María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos” (DAP. No. 267).

Recogiendo la importante presencia de María en la vida de la Iglesia, citando al reciente documento de Aparecida, podemos afirmar que “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús” (DAP. No. 269).

En este momento de nuestro caminar diocesano, María brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo. “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha, es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la Tierra”. (Benedicto XVI, Discurso en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, el 12 de mayo de 2007).

“Ella nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. En ella, la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra se hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios; su querer es un querer junto con Dios” (DAP. No. 271).

Contemplando a la Virgen María como nuestra Maestra y Guía, podemos descubrir como ella nos “ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada una de nuestras comunidades cristianas, se sientan como en su casa. Ella crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado” (DAP. No. 272).

En el marco de nuestro Año Jubilar, contemplando los grandes retos que debemos asumir, hagamos hoy el compromiso de enriquecer, con el ejemplo de María, “la dimensión materna de nuestra comunidad eclesial y su actitud acogedora, que la convierte en ‘casa y escuela de la comunión’ y en espacio espiritual que prepara para la misión” (DAP. No. 272).

Permanezcamos en la escuela de María. Inspirémonos en sus enseñanzas. Pongamos todo nuestro empeño en acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella nos ofrece.

Hermanas y hermanos: dejémonos cautivar por el testimonio alegre y fiel de María Santísima. Sigamos celebrando nuestro Año Jubilar de Oro “Anunciando el Evangelio” con renovado entusiasmo, sabiendo que siempre nos acompaña la primera evangelizadora, discípula y misionera: María, la “Madre del Verdadero Dios por quien se vive”.

Permítanme concluir, en nombre de toda nuestra Iglesia diocesana, con esta plegaria dirigida a María, la primera seguidora de Jesús, pidiendo a Dios que nos siga protegiendo con su Espíritu y que Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, nos regale la experiencia de ser discípulos amados.

Seguir a Jesús como tú, María, es revestirse de Él,
es ir adquiriendo cada vez más, un asombroso parecido a Él.
En el admirable itinerario de tu fe, nos enseñaste cómo esperar,
cómo perseverar, aún en medio de la incomprensión; cómo avanzar aún en la noche.

Sí, María, inicio y madre de nuestra fe,
fundadora de nuestra comunidad de creyentes.
Tú nos enseñas cómo hacer de Jesús el amor
y la pasión dominante de nuestras vidas.
Tú misma nos configuras con Él.

María del seguimiento, mira a la Iglesia de Torreón y sus comunidades.
De ella eres fundadora.
Intercede por ella para que sea más fiel en el seguimiento de Jesús;
para que pierda los temores que la paralizan.
María del seguimiento, ¡ayúdanos a ponernos en marcha de nuevo!

Queremos seguir a Jesús hasta el final.
Queremos estar contigo, siguiéndolo hasta la cruz, junto a la cruz, y junto a ti,
como discípulos amados de Jesús.
Queremos contigo, allí, junto a la cruz, recibir en herencia al Espíritu de Vida y Plenitud.

Queremos tenerte siempre en nuestras casas,
así no dejaremos nunca de seguir a Jesús;
así nos será imposible dejar de creer
y seremos bienaventurados y felices.

Santa María de Guadalupe, ayúdanos a ser discípulos y misioneros de tu Hijo.

México, D.F., 8 de agosto de 2007., en el Año Jubilar de Oro de la Diócesis de Torreón.

“CELEBREMOS EL JUBILEO ANUNCIANDO EL EVANGELIO”

 

+ José Guadalupe Galván Galindo
TERCER OBISPO DE TORREÓN


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