Acteal, Chis a 22 de diciembre de 2007

 

HOMILIA EN ACTEAL

Con dolor y tristeza, pero también con fe y esperanza, celebramos este décimo aniversario del injusto y arbitrario asesinato de 45 hermanas y hermanos tsotsiles que oraban pacíficamente en este lugar. Su sangre es una señal de hasta dónde puede llegar la maldad y la perversión del corazón humano, cuando su primer interés es el dominio sobre los demás y la destrucción de los que piensan distinto. Nada detiene a los poderosos perversos; abusan de su autoridad y pisotean las leyes, la justicia y los derechos de los demás; se les embrutecen la mente y los sentimientos; ya no parecen seres humanos. No ven a los otros como hermanos, sino como adversarios a eliminar.

Nuestra diócesis se une a tantas voces que siguen exigiendo justicia en la verdad, esclarecimiento definitivo de responsabilidades a todos los niveles: local, municipal, estatal y federal. No lo hacemos por ánimos de venganza, sino porque la paz, el perdón y la reconciliación no se pueden asentar con estabilidad si no hay cimientos sólidos de verdad y de justicia.

Exigimos justicia, ahora y siempre, aquí y en todas partes, no movidos por presiones de una parte de la opinión pública, sino inspirados por la Palabra de Dios. En efecto, escuchamos en el Evangelio de hoy lo que proclama la Virgen María, en su visita a su prima Isabel: “Mi alma glorifica al Señor… Porque ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada” (Lc 1,46-56). Esto lo dice la mujer más humilde y pacífica, el espejo de justicia, la reina de la paz. Nosotros no podríamos decir menos.

La mayoría de quienes fueron asesinados aquí, eran mujeres y niños, que estaban orando y ayunando en la pequeña ermita. Reflejan a otra mujer y a otro niño, de nombre Ana y Samuel, de quienes nos habla la primera lectura, que acudieron a la casa del Señor, en Siló, para hacer oración. Ana daba gracias a Dios, porque no la dejó en su aflicción, sino que, con su poder, hizo que todo cambiara para ella y para el pueblo. Esta seguridad que nos da Dios de que todo puede cambiar, la expresamos en el salmo responsorial: “El arco de los fuertes se ha quebrado, los débiles se ven llenos de fuerza…Mi corazón se alegra en el Señor, en Dios me siento yo fuerte y seguro. Ya puedo responder a mis contrarios, pues eres tú, Señor, el que me ayuda…El levanta del polvo al humillado, al oprimido saca de su oprobio, para hacerlo sentar entre los príncipes en un trono glorioso” (1 Sam 2).

Hermanas y hermanos: Dios no deja a su pueblo. Quizá algunos no hacemos todo cuanto debiéramos por los pobres e indefensos; pero Dios es fiel y nunca nos abandona. Tengamos una plena confianza y seguridad en su acción divina a favor de su pueblo. Y esta fuerza de Dios se manifiesta en muchas mujeres, como la Virgen María, Isabel, Ana, y tantas mujeres indígenas, a quienes debemos valorar mucho más. Su vida, su palabra y su trabajo merecen todo nuestro respeto, pues para Dios son muy importantes. Que nunca más haya discriminación hacia ellas. Que nunca sean objeto de violencia física y moral. Ellas traen vida y dan vida. ¡Benditas sean!

Con la venida de Jesucristo, que celebramos en Navidad, se cumple lo anunciado en la Biblia. El vino para que tengamos vida, y vida en abundancia, vida en plenitud, corporal y espiritual, temporal y eterna. Inspirados por esta Palabra de Dios, afirmamos que El no puede estar de acuerdo con lo que aquí pasó. Dios no quiere la muerte de los pobres y pequeños, sino la vida. Dios no apoya los planes de quienes pisotean los derechos de los indefensos. Dios no quiere que Caín siga matando a su propio hermano Abel. Dios no quiere que vuelva a repetirse un Acteal, ni en Chiapas ni en ninguna parte. Si en este mundo no hay justicia, de Dios nadie se burla, y tarde o temprano, de una u otra forma, Dios hará justicia. El juicio de Dios es lo que nos sostiene en la esperanza.

Cristo vino a este mundo a derrotar la injusticia y la mentira. Sufrió injustamente la muerte en cruz, para librarnos de los lazos del odio y de la mentira; para que rompamos las cadenas de la muerte entre hermanos. Cuando se acepta de corazón a Cristo en la vida personal, familiar y social, en la política y en la economía, en los partidos políticos y en las organizaciones, entonces se construyen la justicia y la paz, el respeto mutuo y la fraternidad, el perdón y la reconciliación. Entonces, es Navidad. Entonces, es Resurrección. De lo contrario, cuando prevalecen el egoísmo y el orgullo, la ambición del poder y de dominio sobre los demás y sobre los bienes materiales, suceden las navidades más amargas y sin sentido, como la de hace diez años.

A la luz del misterio de Cristo, no podemos estancarnos en el pasado. No hemos de reducir nuestras luchas sólo a acusar a los autores materiales e intelectuales de este crimen vergonzoso. Ciertamente no hay que ceder en la exigencia de justicia, para que este hecho no vuelva a repetirse; pero hay que mirar hacia delante. Dios quiere que, de la muerte, salga vida, como de la muerte de Cristo nos vino la vida en plenitud. Navidad es vida. Vida es justicia. Vida es armonía entre todos los seres humanos. Vida es amor entre hermanos de una misma cultura, de un mismo territorio, de una misma sangre. Vida es paz y perdón.

La vida que Dios nos trae es unidad. Para las “Abejas”, la vida es organización comunitaria. Y para que haya más vida y se fortalezca, es necesario, a los 15 años de su fundación y a los 10 años de la masacre, revisar su caminar. Surgieron a partir de la Palabra de Dios, y es importante que no pierdan su raíz. Su fuerza ha estado y estará siempre en la unidad. Que no se rompa la unidad fundamental, dentro de una legítima pluralidad de opciones, para mantenerse firmes ante el enemigo.

Vida es solidaridad, que agradecemos de corazón a cuantos la han brindado a estos hermanos. Hay muchísimas personas, del país y del extranjero, que han hecho mucho por ellos. Agradecemos en especial al P. Pedro Arriaga y a la Compañía de Jesús, por su acompañamiento durante diez años. Ha desgastado su vida, para que aquí surja nueva vida. Que el Señor recompense a todos y conceda los dones de su Espíritu al nuevo párroco, el P. Marcelo Pérez.

Esta Eucaristía es vida de Dios, que se nos da en forma abundante. El mismo que nació de María Virgen en Belén, se hace presente entre nosotros, para traernos su paz, para consolarnos y levantarnos, para asegurarnos que no estamos solos, ni siquiera en las noches más oscuras. Aquí se actualiza también el sacrificio redentor del Calvario, al que unimos la sangre de quienes fueron masacrados. Está aquí Cristo resucitado, para compartirnos su triunfo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el sepulcro. El es la fuente de nuestra esperanza y fortaleza. Por El, rechazamos la violencia, la división y la mentira. Que El nos sostenga en la lucha por la justicia y la verdad, y nos ayude a amarnos como hermanos, para que se haga presente el Reino de Dios entre nosotros. Así sea.

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

 

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