Durango, Dgo. 23 de diciembre del 2007

 

E P I S C O P E O
¡FELIZ NAVIDAD!


Mientras José y María estaban en Belén para el empadronamiento ordenado por el emperador Augusto “llegó para Maria el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa” (Lc 2, 6-7).

Por el censo, José y María dejaron Nazaret para ir a Belén en los días en que estaba por nacer el Niño. Seguramente José y María tenían parientes de Belén, pues eran descendientes de David; Jesús habrá nacido en casa de algún pariente. La colina en que estaba construida Belén, estaba llena de cuevas naturales o hechas por el hombre. La cueva en que nacería Jesús estaba construida de dos salas con una separación. La sala del fondo servía de bodega y establo; por la falta de espacio a causa del empadronamiento, José y María se instalaron en esta sala destinada a los animales.

“ Llegó para María el momento del parto”. Es el cumplimiento de la expectativa y de la esperanza, anunciada por el profeta Miqueas: “tú, Belén Efrata, aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a aquel que debe gobernar a Israel”(Miq 5, 1); siglos de anhelo y oración, inspirados por las promesas mesiánicas, están por cumplirse, por encima de la penumbra y las fatigas mesiánicas: “retuércete de dolor y grita, hija de Sión, como mujer que da a luz, porque ahora saldrá de la ciudad, para vivir en despoblado. Llegarás hasta Babilonia, pero ahí será liberada, pues Yahvé te libertará del poder de tus enemigos” (Miq 4, 10).

“Dio a luz a su hijo primogénito”. Sirve mucho el significado de las palabras en griego, al no utilizar el término “hijo único”; y sí, en cambio utilizar el término “hijo primogénito” para designar al hijo que continuará la estirpe y recibirá doble porción en la herencia de los mayores; término que ocasionalmente también tenía fuerte resonancia mesiánica, pues las bendiciones de los patriarcas o herencia religiosa de Israel, se transmitían a través del “primogénito”; además este término no implica que María tuviera otros hijos con José.

Estos elementos son el núcleo principal y el ambiente destacado de la Navidad que celebramos los cristianos. Jesús, tanto en su nacimiento como en su muerte, se asemejaría a los más abandonados. Entonces, Navidad es conmemorar los valores fundamentales del Evangelio como el anonadamiento radical del Verbo Eterno, hasta hacerse igual en todo a nosotros menos en el pecado; conmemorar este anonadamiento de Cristo y asumirlo como actitud o virtud de pobreza y desprendimiento, eso es celebrar auténticamente la Navidad.

Por ello, S. Francisco de Asís, el cristiano que comprendió del mejor modo el misterio humano, humilde y sencillo de la vida de Cristo, y que no sólo lo comprendió racionalmente, también logró plasmar la natividad de Jesús en la escenificación que llamamos nacimiento y que constituye una de las mejores tradiciones mexicanas.

De esta práctica religiosa franciscana somos herederos tanto desde la fe y el Evangelio, como desde la espiritualidad en que fuimos evangelizados y que ha llegado a ser nuestra herencia y nuestra tradición cristiana. Tradición y herencia que nada tiene que ver con Santa Claus, con el arbolito y mucho menos con la comercialización o el despilfarro.

En conclusión: por el misterio de Dios cercano a nosotros o mejor por del Emmanuel, Dios con nosotros, imploro que así experimenten una ¡Feliz Navidad!

+ Héctor González Martínez
Arzobispo de Durango

 

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