Tarahumara, Chi. Diciembre 1 de 2007

 

EL RODEO

¿QUIEREN MISA LOS INDÍGENAS?
EXPERIENCIA PASTORAL


1. LA LLEGADA
Nueve horas entre caminos difíciles. Al fin llegamos a “Rodeo”, un lugar con una casita y con una pequeña iglesia. Ahí se reúnen los “rarómaris” para hacer su fiesta. Cuando llegamos – dos hermanas religiosas y este servidor -, ya nos esperaban en lugar que por estos rumbos se conoce como “puerto” con sus rostros llenos de alegría y esperanza, porque al fin los visitaba “baré obispo” (padre obispo). Primero fue el saludo, luego el rezo ante una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe. Las rezanderas sin titubear, comenzaron el rezo de tres misterios (Padre nuestro, Ave María, Gloria al Padre… y su respectivo canto; una armonía completa ni toda en rarámuri, ni toda español, pero que llega a lo más profundo).

“¡Qué pobre esta gente! ¡Qué mundo tan injusto!”. Ese fue mi primer pensamiento. El corazón me latió de emoción y de enorme cariño. Desde el primer momento me sentí contagiado de tanta libertad. Habían trabajado haciendo un camino para que pudiera llegar “baré obispo” sin tener que caminar a pie. Al poco tiempo, pensé: “¡Qué rica gente! ¡Aquí hay libertad!”.

Caminamos, con ellos y ellas durante casi una hora hasta llegar a la iglesia. Entre danzas y matachines, íbamos alabando al Creador. Una verdadera peregrinación, en la que no se dejó de rezar ni un momento. Los matachines de espaldas al camino y de frente al que recibían por primera vez en su comunidad.

Al fin llegamos. Sacaron a los “santitos” para que los saludáramos. Era un Cristo ya muy maltratado que con solo mirarlo da la impresión que grita el sufrimiento y la cruz de esta comunidad (ahumado, roto y vendado con lo que se pudo para que no quede sin piernas) Ahí estaba el “Siervo de Yahvé” Riosi Ranara “El Hijo de Dios” invitando a postrarnos y descalzarnos ante Él. Una imagen de Guadalupe muy pequeña, San Juan Bautista y otros santos carcomidos por el uso. No había más. Esa era toda su riqueza. Llegamos, los saludamos con profundo respeto y devoción. Quiero indicar que, para los rarómaris, los santos viven, sienten y sufren lo que ellos, hay que cuidarlos, para que nos cuiden, ayudarlos para que nos ayuden y hacerles fiesta para que estén contentos y nosotros con ellos.

Saludamos a los santitos y, luego, fui saludando a la gente uno por uno; desde el towí y la tewé de brazos hasta el chérame (anciano) que casi no ve pero que también vino a la fiesta. Ser rarámuri, rarómari significa ser gente, ser hijo, ser hija de Onorúame y por tanto vivir en esta tierra y tener un encargo de Aquel que vive Arriba.

La fiesta había empezado. Rostros alegres, libres, plenos…

Enseguida comenzó el “yúmari”. Todos se veían alegres. Y todos participando activamente. Mataron una vaca, ofrecieron la sangre a Onorúame. Fue toda la tarde y toda la noche de fiesta. El frío pegaba duro, pero ellos ya saben de eso. Ninguna queja. ¡Qué experiencia! Las letras y las palabras no pueden expresar lo vivido ahí. Fue como si, en un día y una noche, aprendiera más que en años de estudio.

2. LA MISA
Fui a dormir un poco en un ángulo del altar. De pronto, como a las 2 de la mañana, me despertó el siríame (gobernador): “Baré…, queremos la Misa, pero nos dirás que es eso”. Me senté en el piso (todo de tierra), y puse el pequeño cáliz y las hostias en el suelo. Todos estaban sentados esperando que les dijera que es eso de misa.

Inmeditamente vinieron a mi mente algunas preguntas: “¿La Misa es para ellos también?, ¿podrán entenderla?, ¿no será imposición de mi parte?, ¿no será mejor dejarlos que alaben a Dios a su modo?, ¿no será que debo sólo acompañar su cultura?, ¿qué les puedo decir del pan, si para ellos lo que les da vida es la tortilla y el pinole?...

Al fin me decidí. He aquí un resumen de lo que les dije en casi dos horas de instrucción. Sus ojos ni parpadeaban por su atención. Nunca había visto tanta emoción al escuchar. ¿No será que hacen como que me entienden?, me preguntaba, ¿no será que están en otro mundo?

Empecé a decirles que la Misa es “Kórima ”: “El Kórima de Dios”. Para ellos, el “kórima”, según entiendo, significa compartir todo, sin necesidad de que se les dé nada a cambio. Es algo gratuito. Es compartir los bienes y la vida. No es simplemente un trueque o intercambio, va mucho más alla. Significa que si yo tengo algo que otro no tiene, le pertenece a ese otro sencillamente porque Dios nos da el encargo de dar y nos da el derecho a recibir.

Este pan se va a convertir en el Hijo de Dios. Cuando mi mamá nos daba el pan, para ustedes es la tortilla, en ese pan nos comíamos a la mamá, y la mamá nos comía a nosotros. Pero mi mamá no era la tortilla, pero ella iba en la tortilla.

…“ Miren, este pan – les dije -, es el Pan que Dios nos da. La Comida que Dios nos da es su mismo Hijo. Esta hostia va a ser el mismo Cristo. No es sólo apariencia de Cristo, sino que es el mismo Cristo que nos quiere tanto y que quiere que lo comamos para que cada uno lo llevemos dentro de nosotros y así seamos Cristo mismo. Cuando se acabe la fiesta, todos seremos cristos. Cristo mismo irá dentro de nosotros y lo llevaremos a nuestros casas. Mis ojos se humedecieron cuando uno de ellos, sin dejarme terminar, me dijo: “ya haz la Misa para que ya veamos a Sucristo”. Celebré la Misa como nunca lo había hecho. No contestaban, pero estaban todos atentos y asombrados. ¿Entienden esto? – me preguntaba yo mismo -, pero luego me decía: “pues, ni yo comprendo… no entiendo, pero creo”. Ellos no entendían, pero creían. Lo único que sé es que ellos no se iban. Estaban creyendo aquello de “Yo soy el Pan de la Vida…”.

Una de las dos religiosas me dijo: “señor obispo, primero explíqueles el Sacramento de la Confesión”. Lo hice durante buen tiempo. Créanme que muchos querían confesarse. Confesé a los que alcancé. Pocas veces he administrado este Sacramento con tanto fervor, y nunca había escuchado esta forma de confesar sus pecados. Me di cuenta que todos somos pecadores, tambén ellos. Aunque he de decir que ahí supe que muchos de ellos no tenían consciencia de haber cometido ni siquiera pecado venial; que ahí hay, entre ellos, muchos que son verdaderamente santos.

Al momento de la Consagración, se pusieron de rodillas. Tuve en alto la Hostia consagrada durante algún tiempo. Todos estaban admirados. Era digno de el más alto grado de fe que yo había visto en mi vida.

Terminamos la Misa como a las 4 de la mañana. Siguieron las danzas. Matachines, paskoles y el Yúmari, ese ir y venir hacía donde sale el sol y hacia donde se esconde. Vivir y morir, bailar para Dios, que esté contento y estando contento nos siga dando vida y fuerza. Siempre en armonía con el canto del violín, de la guitarra y del bulero que le habla a Dios buscando que le responda con una de sus tantas voces, la lluvia.

Luego el Siríame dio el “nawézari”: conjunto de consejos que da a su gente. Comprendí que era todo un sermón hecho de vida. Todos atendían y movían la cabeza en signo de aceptación. Algunos comentaban y reían. Es la forma de ir aceptando lo que Dios les dice. Y es que lo sagrado está en lo ordinario y cotidiano de la vida. Me dije por dentro: “Estos que dan el nawézari podrían ser reconocidos como verdaderos ministros”. (Son ministros que a falta de sacerdotes les ha tocado ejercer el sacerdocio del pueblo, incultarando y apropiando lo que los buelos y mayores aprendieron, oyeron y vieron hacer a los primeros y grandes misioneros que llegaron a estas tierras).

Las rezanderas cantaban muy despacito. Por la tonada y alguna palabra en español que con atención se aprecia, me dí cuenta que eran cantos muy religiosos y antiguos a la Virgen María y de Adoración al Santísimo Sacramento. Posiblemente se les grabaron esos cantos de los primeros misioneros. A través de esas “rezanderas” se ha conservado la fe. Para mí, aquello era como refrescar mi infancia cuando, en la iglesia de mi pequeño pueblo, algunas mujeres rezaban con tanta frescura.

Vino el primer “platillo” – aunque ahí no hay platos ni nada semejante – de carne, pero no la de la ofrenda que hervía en grandes ollas de barro atizadas por grupitos de hombres que a la vez que se calientan, cuidan que se mantenga pura para Onorúame.

3. LA VUELTA
Ya casi al mediodía, me despedí. “Quédate más tiempo” – me dijo el siriame -, pero todo tiene un final en este mundo, y me tuve que despedir. Nos acompañaron a pie por espacio de media hora. En todo el trayecto de vuelta no había más imagen en mi mente que la de los rostros de las mujeres, los niños, los ancianos… Rostros de Cristo sufriente y resucitado.

Ya en casa, me metí al silencio para ver cómo pasó Dios y cómo lo percibí. Una experiencia más de la certeza del Dios de la vida; de la convicción de que Jesucristo es de todos; también de los indígenas; de que los Sacramentos no son “de los occidentales”, como algunos dicen, sino de todo aquél que se abre a estos signos eficaces de la salvación de Dios.

No cabe duda que la cruz de los obispos es una cruz gloriosa. Apenas sucedió ayer, y parece que una experiencia más ha marcado mi vida.

+ Rafael Sandoval Sandoval M.N.M.
Obispo de Tarahumara

 

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