Monterrey, N.L. a 9 de enero de 2007


80 años de vida del Emmo. Sr. Cardenal D. Adolfo Suárez Rivera

La Arquidiócesis de Monterrey se unió al júbilo del Emmo. Sr. Cardenal D. Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo emérito de Monterrey, al llegar a sus 80 años de vida.

En una solemne ceremonia, presidida por Su Eminencia y concelebrada por el Excmo. Sr. Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Monterrey; los Obispos Auxiliares, Mons. José Lizares, Mons. Gustavo Rodríguez y Mons. Alfonso Cortés, así como algunos Obispos de la región, Mons. Alonso Garza, de la diócesis de Piedras Negras; Mons. Eduardo Patiño, de la diócesis de Córdoba; Mons. Ramón Calderón de la diócesis de Linares; Mons. Ruy Rendón de la Prelatura de El Salto, Durango; Mons. Guadalupe Galván de la diócesis de Torreón, quienes fueron llamados al episcopado del presbiterio de Monterrey en la época en que el Sr. Suárez era pastor de Monterrey. También estuvo presente Mons. Ricardo Watty de la diócesis de Nuevo Laredo y el Obispo auxiliar emérito Mons. Alfonso Hinojosa.

Además, estuvieron presentes más de 200 Sacerdotes del clero de Monterrey y algunos más venidos de las diócesis en donde el Sr. Suárez realizó su ministerio episcopal. Miembros de la vida consagrada, seminaristas y laicos formaron parte de la solemne Eucaristía.

En un clima de fraternidad, el Sr. Cardenal ingresó a la Basílica de Guadalupe en punto de las 12:00 del medio día y fue recibido con gran alegría por parte del pueblo ahí reunido, quien le manifestó su cariño con un fuerte aplauso, que le acompañó hasta subir al presbiterio.

Al inicio de la Celebración, el Pbro. Alfonso Miranda, Canciller de la Curia, leyó la carta enviada por S.S. Benedicto XVI en donde felicitaba a Su Eminencia por su aniversario, posteriormente, el Sr. Arzobispo, D. Francisco Robles, le dirigió un emotivo mensaje a nombre de todos los presentes y aprovecho la oportunidad para dar la bienvenida a los señores Obispos ahí presentes.

En la homilía, el Sr. Cardenal manifestó su gratitud a Dios y a quienes le han acompañado a lo largo de su vida: "En esta santa Celebración los tengo a todos muy presentes, especialmente quiero hacer memoria de mis papás y hermanos que – con la misericordia de Dios- ya disfrutan de su presencia santa. Pienso en los señores obispos y sacerdotes, padres espirituales y maestros, muy queridos, que contribuyeron en mi formación, a mis compañeros y amigos de estudios, los que viven y los que ya se nos adelantaron."

Al término de la Eucaristía, la gente rodeo al Cardenal para felicitarlo y desearle que Dios le siga colmando de bendiciones y de mucha salud.

Posteriormente, se ofreció una recepción, en donde estuvo presente la familia del Sr. Cardenal, así como Obispos, sacerdotes y laicos. En la misma, el Gran Rabino de la Comunidad Judía en Monterrey, Don Moisés Kaiman, amigo personal del Cardenal, dirigió un especial mensaje al festejado.

 

HOMILÍA DEL SEÑOR CARDENAL EN SU 80o. ANIVERSARIO


Hermanos y hermanas ¡muy queridos en el Señor! hace unas semanas, el Excmo. Sr. Arzobispo, Don Francisco Robles Ortega – como es su bondadosa costumbre hacerlo – me visitó en la Casa de todos ustedes y mientras tomábamos el cafecito, salió el tema de la celebración de mis 80 años de edad.

Su Excelencia me manifestó que si estaba de acuerdo en celebrar, este día, nueve de Enero, con la Sagrada Eucaristía y con un fraternal ágape, a la que invitaba a todos ustedes hermanos y hermanas, muy queridos todos en Cristo Jesús.

Me da mucho gusto sentir la presencia de mis hermanos los Señores Obispos, muchos de ellos ordenados obispos por mi humilde ministerio; a este amado presbiterio de Monterrey, a nuestro Seminario, a los padres que gentilmente nos acompañan de otras diócesis vecinas y de Tepic, mi primer destino como Obispo, que conserva un lugar muy importante en la mente y en el corazón de su servidor.

Me complace la solidaridad de todos los miembros de la Vida Consagrada que nos acompañan, de los laicos, hermanos y hermanas que comparten con nosotros la tarea de la evangelización.

Agradezco el apoyo y la compañía de mi familia: mis dos hermanas y mi hermano, acompañados por sus cónyuges, mis primos y sobrinos…

No puedo, sin embargo, dejar de mencionar a los doctores y doctoras que, desde hace tiempo, me prodigan generosamente su atención médica.

A todos ustedes, que están aquí presente mi gratitud inmensa por sus atenciones: "¡Qué Dios nuestro Señor les recompense"!

Pues bien, todo comenzó hace 80 años… en San Cristóbal de las Casas, Chiapas: al terminar la primaria ingresé al Seminario Conciliar de mi ciudad natal, a los 14 años ya estaba en el Seminario de Xalapa, Veracruz y luego, tres en el Seminario de Montezuma. Cuatro años los viví en la Ciudad Eterna, en Roma, donde fui ordenado un 8 de Marzo de 1952, hace ya casi 55 años.

Al regresar de mis estudios, serví al Señor 19 años como formador en el Seminario de San Cristóbal de las Casas y párroco. Luego, fui enviado a estudiar catequesis y durante cuatro años estuve por todo el país apoyando a los Señores Obispos en la aplicación de las normas del Concilio Vaticano II a través de una organización de la cual fui cofundador: la "UMAE" (Unión de Mutua Ayuda Episcopal). De nuevo en la diócesis ejercí 5 años como párroco hasta que S.S. Paulo VI me preconizó Obispo de Tepic, recibiendo la sagrada Ordenación el 15 de Agosto de 1971. Nueve años después, S. S. Juan Pablo II me trasladó a la sede de Tlalnepantla y en 1983 me trasladó de nueva cuenta, a esta amada arquidiócesis de Monterrey… ese 12 de Enero que imborrablemente queda consagrado en nuestro corazón. Y cuando ya no esperaba más noticias… un 26 de Noviembre de 1994 S.S. Juan Pablo II me creaba miembro del Sacro Colegio Cardenalicio. Últimamente, desde el 28 de Abril 2004… les sigo acompañando en la caridad y en la oración.

En esta santa Celebración los tengo a todos muy presentes… especialmente quiero hacer memoria de mis papás y hermanos que – con la misericordia de Dios- ya disfrutan de su presencia santa. Pienso en los señores obispos y sacerdotes, padres espirituales y maestros, muy queridos, que contribuyeron en mi formación… a mis compañeros y amigos de estudios, los que viven y los que ya se nos adelantaron…

Gracias Señor Arzobispo por esta celebración, que con mucha caridad, Su Excelencia ha convocado para darle gracias a Dios.

Aunque recién ha concluido el tiempo de la Navidad, nos hemos permitido tomar la Misa de la Epifanía para enmarcar un años más de vida que, con el auxilio de su gracia, me dispongo a iniciar.

Teniendo la pobreza del Niño Jesús y la humildad de los Magos como testigos, después de haber hecho un breve repaso de estos últimos 80 años que me ha permitido vivir, quiero considerarlo que ahora pone delante de mi.

La pobreza del nacimiento de Cristo no puede ocultarnos su esencia de Todopoderoso, así mismo, la humildad de los Magos tampoco puede escondernos su extraordinaria sabiduría. Iluminados pues, por estas realidades, tampoco nosotros podemos conformarnos con lo que "ahora" aparece ante nuestros ojos… ya que se nos oculta – hasta el día de hoy – la manifestación de la gracia con la cual hemos sido redimidos, incluso, no podemos ver, ni comprender del todo, la transformación con la que quedó bendecido nuestro ser cuando recibimos la sagrada ordenación.

¡Qué misterio tan grande el que en estos días hemos celebramos! Misterio que posiblemente se haya convertido en rutina… haciendo de lo extraordinario algo cotidiano, algo común.

A los Magos de Oriente no se les esconde la grandeza del Niño Jesús ¿Acaso se esconde para nosotros la grandeza de la que estamos revestidos? Sin embargo, hermanos, no es la grandeza la que tiene que ser visible en y entre nosotros; sin embargo; sino la pobreza y la humildad, sustentadas por la grandeza interior de la presencia transformadora de Dios.

Al celebrar este aniversario, además de considerar lo que hasta hoy la gracia de Dios me ha permitido vivir; quiero, mas bien, traer a cuenta lo que Dios quiere de mi… lo que dios quiere que yo sea para ustedes, pues aunque "Emérito" no se me ha retirado la santa preocupación por conducirlos, por la caridad, a la vivencia de la gracia… tan solo me ha sido retirado "la primacía de la responsabilidad " de esta porción del pueblo de Dios en Monterrey… ya que la responsabilidad es algo que no termina, simplemente se comparte… se y nunca lo he olvidado, que sobre mis hombros todavía está la cruz con la cual el Señor me ha distinguido y me ha hecho digno de cargar junto a su Hijo, junto a ustedes, queridos amigos y hermanos. Tal vez ahora me encuentre al final de esa cruz… lo digo con humildad y con entera conciencia, pero no he soltado la mano… ayudando desde "mi retiro" ha hacer más ligera su jornada… se los garantizo… nunca se han salido de mi corazón y de mi ser de pastor, confío en no haber sido olvidado por su oración y caridad

Pues bien, el profeta Isaías nos remite a la visión de una ¡Jerusalén gloriosa! ¡Celestial! cuando el pueblo de Israel que apenas regresa del destierro… ve todo lo contrario: ¡una ciudad en ruinas! Pero los ojos del profeta van más allá… son epifánicos, es decir, descubre una realidad no visible aún y hacen contagiar al Pueblo de una alegría y felicidad tampoco visibles y palpables aún para ellos.

Para ninguno de nosotros se nos ocultan las dificultades y las desesperanzas por las que estamos atravesando en nuestro mundo, en nuestro tiempo… ¡reales por cierto!

Pero acaso no será también que nos estamos negando la visión epifánica de lo que es la Iglesia y de los que ésta representa – no podemos, ni debemos – quedarnos en la visión de lo fenomenológico, de lo que aparece inmediatamente a nuestros ojos y a nuestras conciencias…

Por la gracia de Dios somos más grandes de lo que aparece ante el escrutinio propio y extraño. – No podemos, ni debemos – dejarnos aplastar por una realidad transitoria a la cual el mundo pretende con sus razocinios a orillarnos, cuando tenemos en nuestras manos el "Regalo de todos los pueblos ": Jesucristo, nuestro Señor.

Los invito a tener el espíritu de Isaías… de alegrarnos y regocijarnos por esta salvación, de la cual nosotros somos fieles operarios… ¡somos una extensión de las propias manos de Jesucristo nuestro Salvador! Visión que no podemos darnos el lujo de ocultar.

Los invito a levantar sus ojos… los invito a mirar alrededor de nosotros mismos… y ver lo que Israel tampoco veía, pero sentía profundamente en su fe: fuimos ungidos para convocar, para reunir, para redimir, para contagiar de la gracia de Dios a todos los pueblos de la tierra… Nosotros ¡No somos toda la Iglesia! Somos en el tiempo y en el espacio una parte de ella… cargamos sí con nuestros pecados y negligencias… pero también cargamos para su remisión, los pecados y negligencias de toda la humanidad.

Somos contemplados por miles, millones de mujeres y hombres santos, pobres y humildes que con sus sacrificios y humillaciones nos enriquecen día con día… realidad que no podemos ocultar.

Antes de su Servidor, vinieron una veintena más de obispos pastores que han apacentado esta porción del Pueblo de Dios llamada Monterrey… ellos visiblemente se han marchado… epifánicamente continúan en medio de nosotros… en sus legados… en sus obra… en sus edificaciones… en sus escritorios… que para nosotros son y deben ser, el oro, el incienso y la mirra que nos descubren en nuestras miserias… la grandeza de Dios.

Excelentísimo Señor Arzobispo… amigo, hermano: Su Excelencia camina sobre ese legado… es acompañado no sólo por los que aparecen ante sus ojos - aquí y ahora – sino, además, por la preocupación espiritual de todos estos pastores y es auxiliado por centenares de presbíteros de Monterrey que contemplan cara a cara a Dios.

Su Excelencia sabe de esta realidad epifánica y con seguridad se ha de acordar de mis palabras en el día de su toma de posesión, de aquel 28 de abril de 2003 – ya casi cuatro años- "Al final de mi jornada, la número 19 de los Pastores de Monterrey y que el Señor me permitió vivir en 19 años, no veo el sol ocultarse en la viña del Señor, sino un amanecer que se avecina, una jornada nueva, la vigésima de los pastores de Monterrey, una nueva oportunidad para demostrar que el Señor resucitado está vivo y operante en medio de nosotros".

Le decía: "Tú, Francisco, elegido por Dios, para ser pastor y guía de esta Iglesia que peregrina en Monterrey. Tu jornada está por empezar… mira hacia el horizonte que tienes frente a ti, ese pueblo al que deberás entregarte, amar, y apacentar. Es la Iglesia que espera ser santificada por tu ministerio. Es la viña en espera de ser trabajada y cosechada".

Dios y su Iglesia te han constituido como el vigésimo Obispo y décimo primer Arzobispo de Monterrey ahí tienes a los Obispos Auxiliares, Presbíteros, Diáconos, Religiosos y Religiosas, Laicos.

Todos ellos están atentos a tu mano, esperan el momento en que tomes el arado para ayudarte y seguirte… y aunque sólo Dios sabe cuánto dure tu jornada, jamás estarás solo, "jamás faltará agua en tu cántaro", "ni harina en tu costal… "tus ovejas, y yo con ellas, escucharemos tu voz, te seguiremos y seremos un sólo rebaño, bajo la guía de un mismo Pastor.

Que santa María, Señora nuestra del Roble, Estrella radiante de la Nueva Evangelización te alcance de su divino Hijo: La audacia de profetas y la prudencia evangélica de Pastores.

Y cuando tu amigo, hermano, y servidor se haya ido a reunir con los suyos en la Casa Eterna del Padre… de un modo más misterioso aún, seguiré cargando con el alma, nuestra mutua preocupación por esta amada porción de la Iglesia que peregrina en Monterrey

¡Que así sea!


Arquidiócesis de Monterrey

 

 

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