León, Gto., 26 de Enero del Año 2007


Homilía
Misa solemne
Inicio formal de la Provincia Eclesiástica Bajío

“Llegado el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa en que se encontraban”

Este primer Pentecostés cristiano es como el acta de nacimiento de la Iglesia; el Espíritu Santo es el principio vital que da existencia, cohesión y unidad a la Iglesia; unidad de fe, pero también de vida. Cristo y la Iglesia forman un solo Cuerpo. El Espíritu que habitaba en Jesús de Nazaret durante su vida terrena y conducía sus decisiones está ahora en la Iglesia. Es el Espíritu el que reúne sin suprimir la diversidad, es el que indica el horizonte hacia el que se dirige el ser y la actividad de la naciente Iglesia: anunciar con valentía que el Crucificado ha resucitado, que está vivo y que Dios lo ha constituido Señor y Salvador para que todos los que creen en él no perezcan.

Pentecostés no es simplemente un acontecimiento histórico que nos refiere a un pasado remoto; Pentecostés sigue sucediendo: es acontecimiento cada vez que por la fuerza del Espíritu los que hemos sido llamados a creer en el Señor Jesús, somos congregados en una unidad vital, para aportar nuestras legítimas diversidades, para armonizarlas en una sinfonía que glorifica al Cordero que ha sido degollado, pero que ahora vive inmortal y glorioso.

Esta es la verdad profunda de la Iglesia; no la captan quienes sólo la miran como una organización social, nacida de la libre decisión de los hombres. La verdad de la Iglesia sólo se conoce y se acepta desde la fe, porque su origen, su vida y su destino están ligados al misterioso proyecto de Dios de reunir a todos los hombres en Cristo, para que participando de su vida, se conviertan en miembros de un mismo cuerpo.

La alegoría de la Vid y los sarmientos que hemos leído en el evangelio de esta liturgia es una espléndida revelación de la intimidad de la Iglesia: en el centro está Cristo, el tronco que sostiene y comunica la vida a todas las ramas. Los cristianos vivimos espiritualmente de la vida que nos comunica el Resucitado por su palabra y por sus sacramentos. Esta alegoría, unida a la imagen paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, nos revela la acción del Espíritu como principio de unidad entre nosotros los creyentes: “Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros… así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo” (Rom. 12, 4-5). Se trata de una unidad profunda que está más allá de diversidad de opiniones, de simpatías o de filiaciones políticas. Nadie separado, nadie en el aislamiento; todos en comunión de interés mutuo, en intercambio de los dones de gracia recibidos para el crecimiento armónico del todo.

Esta reflexión me ha parecido oportuna hoy que se proclama oficialmente la erección de una nueva Provincia Eclesiástica: la Provincia de El Bajío. Si bien es cierto que la organización de la diócesis vecinas, agrupándolas en familias de iglesias hermanas, obedece, en parte, a exigencias de carácter práctico y de eficacia pastoral, su verdad más profunda hay que buscarla en las raíces de nuestra identidad eclesial: cada individuo, cada iglesia particular está destinado a vivir una espiritualidad de comunión de manera efectiva y afectiva. Estamos llamados a integrarnos en la catolicidad, en la universalidad de la única Iglesia de Cristo, pero requerimos concretizaciones, necesitamos instituciones que nos permitan establecer, en formas prácticas, ese dinámico intercambio de dar y recibir, para no quedarnos en una convicción abstracta que a nada nos compromete y en nada nos beneficia.

Las provincias nos instituciones creadas por las leyes de la Iglesia; su espíritu, sin embrago, responde al mismo proyecto de Cristo: vivir la fraternidad entre las iglesias a través de las variadas formas que el Espíritu mismo inspira y que van requiriendo las cambiantes circunstancias de los tiempos.

Nuestra Provincia de El Bajío nace dotada de inapreciables dones con que el Señor nos ha regalado: la religiosidad arraigada en la cultura de nuestras iglesias particulares, los planes y proyectos pastorales que han puesto a nuestras diócesis en un prometedor proceso de renovación, la relativa abundancia de agentes comprometidos: sacerdotes, consagrados y consagradas y fieles laicos. Quisiera referirme, de manera especialísima, a una nota que define de manera peculiar la identidad de nuestra Provincia: su acendrada devoción mariana. La patrona de nuestras diócesis es siempre nuestra Señora la Virgen Santísima en variadas advocaciones: Nuestra Señora de los Dolores en Querétaro, la Inmaculada Concepción en Celaya, Nuestra Señora de la Soledad en Irapuato y la Madre Santísima de la Luz en León. Nacemos, pues, como Provincia, arropados en la ternura materna de María. Ella nos llevará de la mano por el camino que nos conduce al encuentro con Cristo el Señor.

Tenemos también desafíos, y son graves: la rica herencia católica que ha sido sembrada en nuestra región por evangelizadores de extraordinaria audacia y creatividad pastoral, como Don Vasco de Quiroga, podemos perderla en un lapso de tiempo brevísimo, bajo el influjo destructivo de una cultura que se organiza sin ninguna referencia a los valores religiosos, sea en el campo de la familia, de la sociedad, o sea en el ámbito de la conciencia personal y colectiva. En esta región de nuestra Patria conservamos, de manera sobresaliente, la persistencia de nuestra fe en Dios, las ricas formas de religiosidad popular, respeto los ministros sagrados y a sus enseñanzas. Pero, ¿tenemos conciencia que todo esto puede quedar gravemente deteriorado en el lapso de una sola generación impactada por los profundos cambios en la comprensión de la verdad, de las costumbres, de la conformación de la sociedad y de las legislaciones?.

La respuesta a éstos y a otros muchos retos está exigiendo que cada Iglesia particular, desde su propia identidad e integrada a la comunión eclesial, favorezca, junto con las diócesis vecinas, relaciones de solidaridad fraterna que se concreticen en comunicaciones de experiencia pastoral, de ayudas eficaces y de respuestas similares a problemas y necesidades comunes. El Papa Juan Pablo II se refería a la esencia de la provincia eclesiástica y a la necesidad de darle nueva vitalidad, cuando afirmaba: “un modo concreto de favorecer la comunión entre los obispos y la solidaridad entre las iglesias es dar nueva vitalidad a la antiquísima institución de las provincia eclesiásticas. En efecto, dada la similitud de los problemas que debe afrontar cada obispo, así como el hecho de que un número limitado facilita un consenso mayor y más efectivo, se puede ciertamente programar un trabajo pastoral común en las asambleas de los obispos de la misma provincia” (Pastores Gregis, 62).

La respuesta inteligente y dócil al Espíritu está exigiendo a nuestras iglesias una intensificación en la vivencia de la comunión, en la corresponsable asunción de nuestros problemas, en la enriquecedora comunicación de nuestras experiencias y en el generoso intercambio de nuestros bienes. La verdad es que nos hay problemas que afecten a una sola diócesis; la marcha hacia la integración es unos de los signos de los tiempos.

Con la creación de esta provincia, por decisión paterna del Papa Benedicto XVI, corresponde al Obispo de la Diócesis de León las funciones propias de Arzobispo Metropolitano, cuya responsabilidad “no debe limitarse a los aspectos disciplinares, sino extenderse, como consecuencia natural, al mandato de la caridad, a la atención discreta y fraterna, a las necesidades de orden humano y espiritual de los pastores sufragáneos” (Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, 23-b). Las relaciones entre los obispos de la provincia estarán nutridas de una cálida experiencia de fraternidad; cada Obispo es responsable de su propia Diócesis, pero es también quien va educando a todos los agentes (particularmente a los sacerdotes) a comprometerse, cuando sea necesario, en tareas que trasciendan su Iglesia Particular, superando una mentalidad exclusivista y abriéndose al ejercicio de un espíritu misionero.

El Arzobispo es “un hermano mayor, el primero entre iguales” (Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos 23-b), responsable principal de favorecer una mayor coordinación pastoral y una integración apostólica con los obispos sufragáneos; todo impregnado de respeto y de atención cordial, para que resplandezca la unidad de la Iglesia como Familia de los Hijos de Dios.

Este momento que nos es dado vivir será una referencia en el caminar histórico de las iglesias de nuestra provincia. Es un hoy de gracia que se ha hecho posible por la benigna decisión de Su Santidad el Papa Benedicto XVI; también por los diligentes servicios del Excmo. Señor Nuncio Apostólico D. Giuseppe Bertello. ¡Señor Nuncio su ministerio discreto, eficaz y siempre fraterno, le ha ganado un gran afecto entre los obispos de nuestra Conferencia y entre todos los fieles con quienes usted ha compartido siempre con sencillez y cercanía! Que el Señor conduzca los exigentes servicios que ahora le tocará desempeñar en su misma patria. Seguramente los asumirá con la fe y la serenidad que los son características.

Quiero agradecer a los Arzobispos que condujeron el caminar de la Provincia a la que hemos pertenecido hasta ahora: Gracias a los Excmos. Señores Arturo Antonio Szymanski y Don Luis Morales Reyes. Gracias por su ejemplo de comunión episcopal y por su amistad; gracias a los sacerdotes y demás agentes de la Arquidiócesis de San Luis Potosí con quienes logramos estrechar vínculos de cercanía y compartir proyectos pastorales. ¡Dios te bendiga, Arquidiócesis de San Luis y te fortalezca en la experiencia de una renovada creatividad pastoral, ahora que inicias un nuevo camino iluminado por la rica identidad cristiana de tu historia!

En nombre de los señores obispos sufragáneos y en nombre mío expreso un profundo reconocimiento a los Excelentísimos señores arzobispos y obispos que han querido unirse a nosotros para agradecer este Pentecostés que hoy vivimos con gozo y esperanza

Gracias a los sacerdotes y a los agentes de las diócesis amigas que nos acompañan en esta celebración. Gracias a las autoridades estatales y municipales por su plena disponibilidad para colaborar en la organización de este evento religioso. Agradecemos también a los representantes de los medios de comunicación que han contribuido para la difusión de esta liturgia y han mantenido constantemente informados a los fieles, creando un clima de interés y de participación.

Es la hora de iniciar la marcha; caminemos pues con decisión, bajo la protección materna de Nuestra Señora la Virgen María que nos conduce, fuertes en la esperanza, al encuentro del Dios que no defrauda. Amén.



† José G. Martín Rábago
Arzobispo de León.

 

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