San Cristóbal de las Casas, Chis a 14 de febrero de 2007


TENSIONES OPUESTAS NOS NEUTRALIZAN

 

VER

Pareciera que el país está fracturado en dos tendencias diametralmente opuestas y excluyentes entre sí, a las que, simplificando, se les podría calificar de izquierda y derecha. Esto se manifiesta sobre todo en la política y en la economía. El 2 de julio pasado y la forma como se recibieron los resultados electorales, denotan dos concepciones distintas sobre cómo debería ser el país. Los que oficialmente resultaron perdedores, nada bueno les reconocen a quienes legalmente ganaron. Y éstos, a como dé lugar, quieren convencer a la opinión pública de que son la mejor opción.

Esto no es novedad. Así sucede en casi todos los países, también en los de tinte dictatorial. Incluso es sano que acontezca, pues la uniformidad en la forma de pensar y de actuar es un empobrecimiento para los pueblos. Lo grave es que estas diferencias, si no se armonizan en asuntos fundamentales, pueden paralizar, e incluso destruir a la sociedad. Y los que salen perdiendo más no son los ricos y poderosos, pues ellos se defienden de muchas maneras, sino los pobres, que por todos son utilizados como bandera.

En la Iglesia no estamos exentos de estos peligros. También hay tendencias espirituales y pastorales que se erigen en árbitros supremos de verdad y de bien, condenando a quienes tienen diferentes acentos cristológicos, eclesiológicos, antropológicos y sociales. Esto puede ser enriquecedor, si sabemos dialogar, escucharnos, respetarnos, valorarnos y, sobre todo, amarnos. Pero también puede ser desgarrador de la unidad querida por Cristo; podemos dispersarnos y hasta enfrentarnos, con lo cual el enemigo del Reino de Dios sale ganando, y el pueblo perdiendo.

 

JUZGAR

Dios no quiere la uniformidad, sino la unidad. En el misterio fontal de nuestra fe, la Santísima Trinidad, adoramos a tres personas distintas, que no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero. Es un solo Dios, porque El es amor. El amor une a los diversos, y así, unidos, crean y recrean el cosmos y a la humanidad. De igual modo sucede en el matrimonio: para que la pareja pueda colaborar en la creación y educación de nuevas vidas, debe estar integrada por diferentes sexos, unidos por el amor. Dos personas del mismo sexo no pueden lograr esta fecundidad, por más que las leyes quieren camuflar cualquier tipo de uniones, llamándoles de muy diversa manera, equiparándolas al matrimonio y a la familia.

En la política y en la sociedad, la uniformidad sería nociva. Es muy importante que haya izquierdas y derechas, siempre y cuando sepan entrelazarse para combatir la pobreza, la corrupción, las injusticias, el narcotráfico. Dios nos dio dos manos diferentes, para que, juntas, hagan más fuerza y avancen más. Una sola, es muy poco lo que puede lograr. Por ejemplo, para tomar el azadón, el pico y la pala, ocupamos las dos manos. Antes, las mujeres, al moler el nixtamal en el metate para hacer las tortillas, necesitaban ambas. Pero si la mano izquierda y la derecha siempre estuvieran peleándose entre sí, arañándose, nada avanzaríamos y nos dañaríamos tontamente. Para que las diferencias se conviertan en energía constructora, las dos manos están unidas por un solo corazón y guiadas por un solo cerebro.

En nuestro país, hacen faltan personas que tiendan más hacia la izquierda, hacia la justicia social, a la plena democracia, a la defensa de los derechos humanos, a promover una economía que proteja ante todo las necesidades básicas de los marginados; pero también se necesita una moderada derecha, que defienda las instituciones contra los anarquistas; que cuide el orden y la legalidad, contra quienes pretenden arrebatar y socavar todo. Lo ideal sería que todos fuéramos un poco más equilibrados y tuviéramos una buena combinación de izquierda y de derecha. Jesucristo revoluciona muchas cosas, pero al mismo tiempo dice que no vino a abolir, sino a llevar todo a su plenitud, conforme a la voluntad de Dios Padre, que exige el reino de la justicia y de la verdad, la fraternidad universal.

 

ACTUAR

Este mundo debe cambiar, sobre todo en la economía, pues en muchos aspectos es un desorden institucionalizado, legalizado; es una estructura que beneficia a los grandes y poderosos, a costa de los humildes y pequeños. Sin embargo, hay que aprender de Jesús, que no organizó revoluciones armadas, sino que nos enseñó a amar incluso a los enemigos, a los diferentes, a los que trabajan por el bien común, aunque no sean de nuestro grupo. El amor, como el corazón, debe unir a quienes luchan por el bien de México, siendo de tendencias distintas y contrarias. Decir que el cerebro coordina los movimientos de ambas manos, no significa tener un pensamiento unánime, sino combinar las fuerzas, izquierda y derecha, para encaminarlas a un fin común: el pleno desarrollo del país, en justicia y en verdad.

En vez de descalificarse unos a otros, habría que buscar la forma de unir esfuerzos; para ello, hay que ser humildes y saber escuchar los puntos de vista de los otros, aunque no estemos de acuerdo en muchas cosas. Nadie, fuera de Dios, puede pretender que su visión sea la única completa e integral. También los de otros partidos, grupos, organizaciones, tienen algo de verdad y de bien. Pretender imponerse a costa de todos y de todo, es perder piso, es demostrar intransigencia, es envenenar el ambiente, es sembrar desconfianzas hacia lo bueno que puedan tener los otros.

Pedimos a los legisladores que discutan seria y profundamente sus puntos de vista sobre lo que más convenga al país; pero que traten de llegar a acuerdos, porque, de lo contrario, nos paralizamos y se pierde confianza en todos. Lo mismo pedimos a quienes enarbolan banderas contrarias sobre la conducción del país: que usen sus diferencias para construir, no para destruir.

 

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

 

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