México D.F. a 12 de febrero de 2007


La Peregrinación Anual de la Arquidiócesis de Puebla
a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe

El 12 de Febrero, la Arquidiócesis de Puebla realiza su peregrinación anual a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, para poner en manos de Dios, a través de la Santísima Virgen, a todos los que formamos parte de esta Arquidiócesis, en una Misa presidida por Monseñor Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla, a las 11:00 de la mañana. Esta peregrinación fue instituida oficialmente en 1887 por el Obispo José María Mora y Daza, siguiendo la sugerencia del canónigo Ramón Ibarra y González, quien fue Presidente de la Comisión Organizadora. Desde entonces cada año se ha venido llevando a cabo. Sólo se interrumpió de 1926 a 1929 a causa de la persecución religiosa. Son miles los fieles que participan en esta gran peregrinación. Un buen número de ellos acude a pie, en bicicleta, y aún a caballo.

En la homilía, el Sr. Arzobispo saludó a los presentes y les recordó el sentido de esta peregrinación anual, cuyo gran promotor fue el Venerable primer Arzobispo de Puebla, Don Ramón Ibarra y González. Así mismo, manifestando la unión de la Iglesia poblana con toda América Latina, pidió oración por la próxima V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, a fin de que el encuentro con Jesús nos lleve a rechazar al pecado, y a ser discípulos suyos. Citando una carta de san Ignacio de Antioquia a la Iglesia de Roma, expresó un profundo agradecimiento por todas las gracias que Dios ha concedido a la Arquidiócesis de Puebla: la providencial llegada de los doce misioneros a Tlaxcala y Puebla; la abundancia de las diversas ordenes religiosas de los primeros años; la presencia de extraordinarios pastores, como los obispos Fray Julián Garcés, Don Juan de Palafox y Mendoza, Don Ramón Ibarra y González, Don José Ignacio Márquez y Toriz, y Don Octaviano Márquez y Toriz; la devoción a Santa María, especialmente en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe; la visita del Siervo de Dios, Juan Pablo II, y la celebración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Monseñor Huesca recordó también las grandes bendiciones que el Concilio Vaticano II trajo a Puebla, favoreciendo la mejor organización de las estructuras diocesanas en decanatos, zonas pastorales y vicarías episcopales; el florecimiento y fortalecimiento de los organismos laicales; el crecimiento de la pastoral de las vocaciones y el mejoramiento de la formación sacerdotal. “Dando gracias a Dios a los pies de María de Guadalupe por estos dones recibidos, reconocemos también que la limitación de nuestro corazón y de nuestra mente nos dejan retos que enfrentar y vencer: la purificación y vitalización de la piedad popular, orientándola hacia Cristo; la formación cada vez mejor en calidad y cantidad de agentes y líderes laicos; el crecimiento constante en la fraternidad y la comunión entre los presbíteros, la vida consagrada y los laicos; la Eucaristía dominical mejor celebrada, participada y vivida”, comentó Mons. Huesca, quien finalmente, exhortó a todos a invocar a la Santísima Virgen de Guadalupe para que interceda por la Arquidiócesis de Puebla, de modo que el Señor nos conduzca al encuentro con Él, para descubrirle como camino de conversión, de comunión y de solidaridad.

CDCS

Homilía pronunciada por Mons. Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla, en la peregrinación de la Arquidiócesis de Puebla a la Basílica de Guadalupe

Señores obispos, hermanos míos en el episcopado, hermanos míos en el sacerdocio, hermanas mías en la vida consagrada, hermanas y hermanos míos en el bautismo.

Como desde hace 120 años, hoy con gran júbilo, devoción, amor filial, nos reunimos en torno de María de Guadalupe, la Madre que nos ha regalado Jesús para conducirnos hasta Él. Cuántos sentimientos, plegarias, compromisos, súplicas de perdón, llenan nuestros corazones fortalecidos en la fe e iluminados por el Espíritu Santo.

Al estar en este bendito lugar, en esta cátedra de la Basílica cada año, siento que es una gracia especialísima de Dios para mí, del todo inmerecida, pero espero que sea siempre muy fructuosa, así pidámoslo, así lo pido yo aquí a sus plantas de María de Guadalupe. Pero entiendo que si para mí como su hermano mayor obispo, el Espíritu Santo me hace vivir esta Eucaristía como una gracia peculiar, no dudo que también a ustedes los ilumine y los guíe y así también sientan esta peregrinación que desde hace 120 años celebra nuestra Arquidiócesis, por la iniciativa y la devoción y el amor a María de Guadalupe del venerable don Ramón Ibarra y González, entonces miembro del Cabildo de la Catedral, con el acuerdo del entonces Sr. obispo don José María Mora y Daza. Son 120 años en que el Espíritu Santo nos ha concedido conservar esta manifestación multitudinaria de fe en Jesús, y de descubrir en María el camino para encontrar al Señor Nuestro Divino Salvador. En esta ocasión nos debemos sentir unidos a todos los obispos, sacerdotes y fieles de América Latina que afanosa y sabiamente preparan la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se llevará acabo el próximo mes de mayo en Brasil, tendrá como tema el ser discípulos de Jesús.

En el domingo antepasado las tres lecturas (de la misa) nos hicieron un resumen de lo que es ser discípulo de Jesús, al narrarnos el llamado de Isaías, luego el llamado de San Pablo en la Segunda Lectura, y en el Evangelio el llamado de aquellos primeros pescadores de hombres en la orilla del lago. En los tres encuentros, vemos la esencia de ser discípulo, es escuchar el llamado de Jesús, comprenderlo, aceptarlo, encontrarse con Él.

En los tres, ese encuentro con Jesús del nuevo discípulo recién llamado, hace crecer en el corazón la conciencia de nuestros errores. Así, Isaías, como primera respuesta dice: “¿qué haces Señor si yo soy un pecador?”. Pablo de Tarso dice lo mismo al narrarnos su encuentro y su llamado: “yo, el más perseguidor, el más pecador, pero la gracia del llamado me ha convertido en discípulo”. Y San Pedro, en nombre de los pescadores, al reconocer por el milagro de la pesca milagrosa, la presencia de Jesús, exclama igualmente: “apártate de mí Señor, que soy un pobre pecador”.

Entonces después de la escucha del llamado, de su comprensión y del gozo de sentirse convocado por Jesús y de estar con Él, necesariamente el Espíritu Santo hará florecer en nuestros corazones la grande gracia indispensable del arrepentimiento, del reconocimiento de nuestras equivocaciones y de nuestras limitaciones, pero enseguida viene la aceptación de la misión. En encuentro con Isaías, terminaba narrándonos las palabras del Señor que decía: “¿a quién enviaré, quién hablará por mí?, e Isaías contesta: “aquí estoy, envíame”. Y Pablo de Tarso también contesta: “aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y Los discípulos, lo relata San Lucas con el hecho clarísimo que dice: “y dejando las barcas y las redes, y dejándolo todo, le siguieron”.

Esas tres gracias forman el discipulado: el llamado, la conciencia de la propia pequeñez, límites y errores, y la entrega al amor que nos viene a invadir y que nos manda a una misión. Y no os equivoquéis queridos hermanos laicos, pensando que esos llamados son para obispos, presbíteros o los apóstoles, ésta es la forma de llegar de Jesús a cada uno de nosotros. Esa es la forma de hablarnos, esa es la forma de actuar del Espíritu Santo y esa es la forma en que espera nuestra respuesta. También quisiera ahora pensar con ustedes en las gracias que Jesús ha derramado en nuestra Arquidiócesis a través de cerca ya de 500 años, cuando San Ignacio de Antioquia iba rumbo a Roma para ser martirizado, le escribió una carta a cada diócesis de su camino o a cada diócesis que el quería saludar y en todas alaba los dones de Dios, pero es muy claro y abundante al referirse a la Iglesia de Roma.

Voy a leer algunas líneas: “Ignacio, llamado también Teóforo, a la Iglesia que ha alcanzado misericordia en la magnificencia del Padre Altísimo y de Jesucristo su Hijo Único, a la Iglesia amada e iluminada en la voluntad del que ha querido todo lo que existe conforme al amor de Jesucristo nuestro Dios, a la Iglesia digna de honor y digna de alabanza, depositaria de la ley del amor de Cristo, adornada con el nombre del padre, a esta Iglesia la saludo en nombre de Jesucristo Hijo del Padre”.

Pensando ahora después de tantos años de ser sacerdote y obispo en esta Arquidiócesis y conociendo estas cartas y en especial ésta, siento que así podría venir a decirnos, porque el Señor ha sido magnificente con nosotros. Desde los primeros días hizo que llegaran a nuestras tierras de Tlaxcala y Puebla los doce misioneros y que en éstas nuestras llanuras poblanas y tlaxcaltecas se sembrara con más abundancia su Palabra de amor y salvación porque fueron numerosas las órdenes religiosas que vinieron enseguida de los franciscanos. Recordemos los hijos de Domingo de Guzmán, los hijos de Agustín de Hipona, los Carmelitas, los Hijos de Ignacio de Loyola.

Y también es asombroso recordar y lamentar que los avatares de la historia hayan cortado el otro tesoro, el florecimiento de numerosos conventos de órdenes contemplativas femeninas. Mencionemos algunas: carmelitas, dominicas, concepcionistas, clarisas. Después una sucesión de pastores sacerdotes santos e ilustres, obispos extraordinarios. Para que nos convenzamos de estos dones de Dios, diré algunos nombres: Fray Julián Garcés, el gran Juan de Palafox y Mendoza, el venerable Don Ramón Ibarra y González; ya conocidos de nosotros los mayores y cercanos en sus recuerdos para todos ustedes, los dos hermanos, Don José Ignacio y Don Octaviano Márquez y Toríz. Después, este trabajo de los sacerdotes, los primeros misioneros, las religiosas, luego los párrocos y los obispos, pero sobre todo el Espíritu Santo nos ha regalado la devoción mariana como característica de la Arquidiócesis de Puebla y especialmente la devoción guadalupana.

Y en nuestros días, para que no pensemos que este torrente del amor de Dios fue de siglos pasados y se cortó, recordamos la gracia única de la venida del Papa Juan Pablo II y la celebración de la III Conferencia General del Episcopado.

¿Todavía no somos capaces de percibir plenamente el efecto evangelizador y la gracia de salvación de la visita del Papa y la celebración de la III Conferencia del Episcopado? Si nos detenemos a meditarlo descubrimos inmediatamente muchas cosas. Ojalá y sigamos encendiendo esa flama y difundiendo ese fuego que el Espíritu Santo nos ha regalado.

Claro que estos dos acontecimientos son una gracia desprendida de la gracia mundial del Vaticano II. ¡Habernos tocado la época del Vaticano II! Hermanas y hermanos nuestros, es una dicha que no podemos dejar de gozar y es una gracia que no podemos terminar de pagarle al Señor.

Por eso hoy dando gracias a los pies de María de Guadalupe por estos dones recibidos, reconocemos con tristeza nuestras limitaciones, nuestro corazón débil, nuestra mente pequeña, y nos dejan retos que enfrentar y vencer. Por ejemplo, la piedad popular es un tesoro sembrado por nuestros mayores y sobre todo por el Espíritu del Señor. Tiene que continuar siendo una preocupación constante en su purificación, en su totalización, en su orientación hacia el encuentro pleno con Cristo. Aún la misma devoción guadalupana tiene que ser fortalecida, acrecentada, en medio de nuestras comunidades.

Pensando en esto, por el año 1985, le encomendé al Padre Eliezer y a otros sacerdotes, buscar una forma de profundizar, difundir y de disfrutar más esta devoción, y él nos ofreció los círculos guadalupanos que son una forma sencilla, eficaz y correcta, de lograrlo. No emplea mucho tiempo de la agenda de los padres ya tan ocupada. Pero el Padre Eliezer ha crecido en años y en cansancio y cómo me gustaría que un par de sacerdotes se ofrecieran ante su obispo para decir: nosotros continuamos; o que un grupo de ustedes en sus decanatos y zonas, con sus laicos, fuesen pensando cómo acrecentar el valor salvífico de este regalo que es María de Guadalupe.

Podría yo seguir enumerando muchos retos, me fijo en los que creo que más importan: la mejor y mayor cantidad de agentes y líderes laicos en la evangelización, no sólo en la ciudad de Puebla o en las ciudades que se hace bastante, sino en las zonas, en los decanatos y en cada comunidad parroquial. Mientras en torno al párroco no exista un equipo de hombres y mujeres más fervorosos en la oración, más conocedores en la palabra de Dios, más conocedores en la firma de atender las necesidades peculiares de esa comunidad, tendremos ahí una parroquia que descansa sólo en la ya cansada espalda de su párroco. Otro aspecto es el crecimiento de la fraternidad y comunión entre todas las diócesis.

No olvidemos que en su testamento espiritual que el Papa nos deja en sus últimas cartas, nos dice que la Iglesia en este nuevo Milenio tiene que ser no sólo una comunidad en comunión, sino una escuela de comunión, que vamos hacia los otros. Otro aspecto en lo que estamos comprometidos desde que el Papa nos mandó su carta es la misa dominical, pero no percibo que la estemos celebrando del mejor modo que sea de verdad eficaz encuentro de salvación entre nosotros y la comunidad y Jesús. Que sean dadas gracias a Dios porque hemos cumplido 120 años de este cariño manifiesto en estas peregrinaciones fervorosas. Doy gracias a mis queridos vicarios episcopales, a los queridos padres decanos y especialmente a los párrocos que son los que animan esta peregrinación. Pero sobre todo doy gracias a todos ustedes queridos hermanos que desde tan lejanos lugares se reúnen siempre aquí. Esa es una prueba del amor al regalo que Jesús nos hizo enviándonos a su Madre para decirnos: “¿qué temes, qué te aflige?, te tengo en mi regazo”.

Gracias a los que hacen el sacrificio de venir a pie, enfrentando riesgos, yo los encomiendo todos estos días y ahora en esta misa, encomiendo su feliz regreso. Muchas gracias por darnos este testimonio, no todos somos capaces de ofrecer el agradecimiento de amor por su amor al decirnos “aquí tienes a tu Madre”.

Que el Señor nos conceda vivir la cuaresma fervorosamente escuchando la Palabra de Dios que poco a poco nos irá llevando hasta la celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo en la Semana Santa, y que escuche la plegaria que cada uno de nosotros tiene en su corazón. La plegaria del seminarista que busca el discernimiento de su llamado, la plegaria del sacerdote que pide la fidelidad y sabiduría para su misión, la plegaria de los padres de familia que piden la gracia de poder llevar a cabo su misión tan hermosa pero no siempre fácil. La plegaria por nuestros enfermos, por nuestros difuntos, todo lo toma en sus manos maternales María de Guadalupe para presentarlo a Jesús y Él contesta viniendo a nuestro altar de la Basílica para renovar aquí la ofrenda de sí mismo, su sacrificio único y eterno para nuestra salvación.

 

Que así sea.

 

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