México D.F., a 1 de mayo de 2007


Homilía de Mons. Carlos Garfias Merlos
Obispo de la Diócesis de Nezahualcóyotl
XXVIII Peregrinación
a la Basílica de Guadalupe

 

Muy estimados hermanos Sacerdotes,
queridos hermanos y hermanas:

«Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»

Una mujer es capaz de exclamar y reconocer que no es posible separar al Hijo de la madre ni a la Madre del Hijo. También en las nuevas generaciones de discípulos seguidores de Cristo, van juntos el amor a Él y la veneración a su Santísima Madre. Lo estamos viviendo y comprobando en el amor manifestado en esta magna peregrinación de nuestra amada diócesis de Nezahualcóyotl a Santa María de Guadalupe, donde muchos bautizados de nuestra Iglesia Particular expresan con su presencia que se saben y se sienten miembros de la gran familia de Dios.

Esta misma Madre, María, es la que ha traído al mundo a Cristo, el cual se hizo hombre para que nosotros –Hijos e Hijas del género humano- recibiésemos la adopción de hijos de Dios. Por eso, «Al llegar la plenitud de los tiempos, envío Dios a su Hijo, nacido de una mujer…para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4,4.5). Ante este admirable e irrepetible acontecimiento, en verdad podemos hacer nuestras la palabras de María «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de jubilo en Dios, mi salvador» (Lc 1,48).

«Entrando en la casa de Zacarías saludo a Isabel…»

Quiero saludar y agradecer la amable presencia de mis hermanos sacerdotes, de los religiosos y religiosas, y los animo desde aquí, desde la casa de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, a santificarse con su incondicional entrega a Dios mediante su servicio a las familias que nos han sido confiadas para guiarlas a Dios en el amor, esencia del Proyecto de Renovación Pastoral que hemos emprendido y decidido juntos, y que sin lugar a dudas, nos llevará a crear en la vivencia de cada día, la Comunión en el amor.

Saludo igualmente de manera muy afectuosa a todos ustedes, Padres y Madres de Familia, animándolos con esperanza en las difíciles situaciones que atraviesa hoy la familia mexicana. Saludo a mis queridos jóvenes y adolescentes esperanza de nuestra Iglesia y de la Sociedad mexicana, y los animo a que se construyan en el amor, no obstante las dificultades que se tienen hoy para experimentarlo según el evangelio de Cristo. Mando un abrazo paternal de Cristo a todos los niños, y pido a Dios los proteja en su inocencia. A los abuelos y abuelas les digo: ‘sigan animándonos con su sabiduría de vida’.

Dichosa tú, que has creído…

Al nacer de una mujer y en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Por eso nosotros veneramos como santa a la Familia de Nazaret, en cuyo seno «Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2, 52). Nosotros creemos que la Sagrada Familia es el modelo a seguir para las familias cristianas, pues profesamos que el núcleo familiar es aquel espacio en el que se despliega la abundante gracia de Dios, que nos hace renacer en el Bautismo. De aquí, que nosotros hayamos proclamado como Diócesis de Nezahualcóyotl, el año 2007 con el lema: Familia, Iglesia Doméstica: Discípula y Misionera de Jesucristo. Que profundo es el significado que asume la familia cristiana en los planes de Dios.

Me siento sumamente preocupado por la realidad del mundo de hoy en el que, la familia está siendo atacada de mil formas y borrada de su interior su verdadera identidad. Las reformas al código penal en su artículo 144 que despenaliza la interrupción del embarazo durante las 12 primeras semanas de gestación, ha sido interpretada por muchos como una derrota a la Iglesia católica, en los que los dimes y diretes han estado a la orden del día, y no se han dado cuenta que la cuestión primordial no es quien gana y quien pierde, sino lo que verdaderamente está en juego que es la vida. Por ello, el tema debe ser estudiado en la profundidad y desde los diversos campos del quehacer reflexivo y científico del hombre, sin prescindir jamás del valor más preciado que poseemos los seres humanos, que es el amor por la vida. Pues sabemos de sobra, que a medida que se va debilitando el verdadero amor, se oscurece la misma identidad del ser humano. De ahí que el hombre no pueda vivir sin amor. «El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor Hominis 10).

La grandeza y la responsabilidad de la familia está en ser la primera comunidad de vida y amor (GS 48); pues es, el primer ambiente donde el hombre aprende a amar y a sentirse amado, no solo por las otras personas, sino también y ante todo por Dios. Por ello, los padres cristianos poseen la Misión de formar y mantener una Iglesia Doméstica, es decir, un hogar en el que germine y madure la profunda identidad cristiana de sus hijos: el Ser Hijos de Dios. Pero sólo su amor de padres podrá hablar de Dios a sus hijos y será mucho más creíble, si antes es vivido como amor de esposos, en el crecimiento y desarrollo como pareja, en la comunión y en la apertura a la fecundidad de la comunicación y entrega matrimonial.

Aunque rico en bienes y promesas, el matrimonio cristiano es una realidad exigente. Requiere, sobre todo, fidelidad en el amor, generosidad y abnegación. Al mismo tiempo, debe haber siempre una apertura al don de la vida. En este sentido, queridos esposos y esposas, tienen que reflexionar profundamente que si en la unión conyugal se elimina la posibilidad de concebir el hijo, los esposos se cierran a Dios y se oponen a su voluntad. Además, el esposo y la esposa se cierran el uno al otro, ya que rechazan la mutua entrega en la paternidad y la maternidad, reduciendo la unión conyugal en ocasión de satisfacer el egoísmo de cada uno.

Los hijos, en efecto, mantienen vivo el sentido de su unión matrimonial; rejuvenecen a la vez el matrimonio y el amor mutuo de los padres. El hijo, en la familia, es una bendición de Dios. Así lo ha entendido la sana tradición milenaria de nuestro pueblo cristiano, que se ha abierto generosamente al don de la vida. A este respecto, deseo recordar también a los padres, el deber moral que tienen de cuidar y velar por sus hijos, sobre todo cuando son pequeños y débiles.

La sociedad es cada vez más sensible sobre los derechos de los niños. Incluso paradójicamente se ha elaborado desde hace unos años la Carta de los derechos del niño. Sin embargo, el niño está expuesto a múltiples males: el egoísmo de una parte de la sociedad que atenta contra su vida antes de nacer, con la práctica del aborto; la insuficiente alimentación, que afecta su futuro desarrollo; la falta de afecto, los malos tratos con diversas formas de violencia, el abuso de menores y el crimen de introducirlos al mundo de la droga. A quienes se comportan así va dirigida la sentencia de Cristo: «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que cree en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino, y lo hundan en lo profundo del mar» (Mt 18,5-6).

Alzar la voz para recordar a los padres y madres de familia, así como a los responsables de la sociedad, a nosotros eclesiásticos y a todo aquel que colabore en la formación y cuidado de los niños, que el deber moral es la aplicación del criterio de Cristo, el Maestro: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se los impidan porque de los que son como éstos es el Reino de los cielos» (Mt 16,14-15).

Padres de Familia no olviden nunca que sus hijos dependen primordialmente de ustedes. El ver la luz y el descubrimiento de la riqueza de la vida y la felicidad que se construye depende de su ejemplo y enseñanza. Dios ha querido que el don de la vida surja en esa comunidad de amor que es el matrimonio, y quiere que los hijos conozcan la naturaleza de ese don en el clima del amor familiar. Por ello, los padres cristianos tienen el derecho y el deber de formar a sus hijos en una educación sexual integral, que respete y promueva el significado “esponsal del cuerpo, y en una educación para el amor” (Familiaris Consortio, 37), como don de sí mismo, como premisa indispensable para una educación sexual clara y delicada que los padres están llamados a realizar.

La familia ha recibido de Dios la misión de ser “la célula primaria y vital de la sociedad” (Apostolicam actuositatem, 11 ). Como en un tejido vivo, la salud y la fuerza de la sociedad depende de la salud y fuerza de las familias que la integran. Por ello, la defensa y promoción de la familia es también defensa y promoción de la sociedad misma. Consiguientemente, ha de ser ésta la primera interesada en el desarrollo de una cultura que tenga como base la familia.

Viene a mi mente la mujer que dentro de la muchedumbre alza su voz exclamando “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron” a lo que Jesús responde: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,27-28). Una bendición semejante pido a Dios para todas las familias de mi diócesis. Que aprendamos a ser padres, madres, hijos e hijas, que escuchando al Señor y Maestro de todos pongamos su palabra en práctica.

Que cada familia de la Iglesia particular de Nezahualcóyotl poco a poco vaya saliendo de su miseria y pasividad para crecer y lleguen a ser “Iglesia doméstica” discípula y misionera de Jesucristo, en la cual, mediante el amor, maduren los hombres y la mujeres en su dignidad de hijos de Dios. Que en cada familia se verifique que la prueba de que son hijos de Dios es que ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! (Ga 4,6). Los invito para que roguemos a Dios para que éste mismo Espíritu impulse a los participantes de la V Conferencia General del episcopado latinoamericano y del Caribe que se reunirán del 13 al 31 de mayo, para reflexionar sobre el tema;” Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El, tengan vida”.

“Hijo mío, Juan Diego, el más pequeño de mis hijos, ¿qué temes? ¿No estoy aquí que soy tu madre?”

Disponiéndonos todos para celebrar la Eucaristía quiero dirigir mi pensamiento y mi corazón a Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la primera y de la Nueva Evangelización. A ella le encomiendo todos los proyectos de nuestra diócesis que buscan fortalecer en la comunión y en el amor a nuestras familias.

Bajo su cuidado maternal pongo a los jóvenes de nuestra diócesis para que no tengan miedo en seguir a Jesús y consagrar su vida a él. Nuestra diócesis requiere hoy más que nunca de ustedes los jóvenes para que renueven con su ímpetu y su fuerza nuestra Iglesia y colaboren en la construcción del hombre y la mujer en la verdad y en el amor.

Bajo su manto sagrado pongo la vida inocente de los niños, especialmente de los que corren el peligro de no nacer. Confío a su amorosa protección la causa de la vida, y le pido que ningún hombre o mujer se atreva a vulnerar el precioso y sagrado don de la vida en el vientre materno.

A su intercesión encomiendo a los pobres con sus necesidades y anhelos. En sus manos pongo también a los trabajadores, empresarios y a todos los que con sus actividad colaboran en el progreso de la sociedad actual.

Virgen santísima te pido que llevemos en nuestro caminar por la vida tu imagen impresa en nuestra existencia y que podamos escuchar tu voz maternal y protectora que nos repite hoy: “Hijo mío, Juan Diego, el más pequeño de mis hijos, ¿qué temes? ¿No estoy aquí que soy tu madre?” (Nicán Mopohua). Así sea.

 

+ Carlos Garfías Merlos
Obispo de la Diócesis de Nezahualcóyotl

 

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