Torreón, Coah., 14 de mayo de 2007


En el marco del año jubilar de oro con motivo del 50º Aniversario de Fundación de la Diócesis de Torreón, la imagen de la Virgen de Nuestra Sra. de San Juan de los Lagos ha visitado por segunda vez esta Iglesia particular, recorriendo los cinco municipios que la integran. Con este motivo, el pasado sábado 12, en la explanada del quinto centenario de la evangelización ubicada en el centro Saulo, Mons. José Guadalupe Galván Galindo presidió una Solemne Concelebración Eucarística en la que el Obispo de Torreón pronunció la homilía, cuyo texto publicamos a continuación:

 

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍACON MOTIVO DE LA VISITA DE LA IMAGEN DE
NUESTRA SRA. DE SAN JUAN DE LOS LAGOS A LA DIÓCESIS DE TORREÓN
EN EL MARCO DE LA CELEBRACIÓN DEL JUBILEO DE ORO

 

Muy queridos hermanos y hermanas:

Nuevamente el Buen Dios, mediante su Espíritu, convoca a su pueblo para seguir celebrando el Jubileo de Oro Diocesano y Episcopal. En esta Eucaristía, Sacramento de amor, actualizamos el memorial de la Pascua del Señor Jesús.

En ocasión de esta celebración jubilar, nos sentimos profundamente agradecidos por la segunda visita de la Bendita Imagen de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos. Nos llena de alegría que el Señor nos conceda ser hijos de María, así como lo prometió desde la cruz al discípulo amado: “Ahí está tu madre”. Hoy nos queremos sentir discípulos amados de Jesús, pues acogemos con cariño, ternura y devoción a su Madre y Madre nuestra.

Nuestra fecunda Diócesis de Torreón lleva en sus entrañas la presencia Materna de María Santísima, pues desde sus inicios, los fundadores de estos pueblos laguneros han invocado la intercesión de María en sus advocaciones del Carmen, Guadalupe, Perpetuo Socorro y Refugio de Pecadores.

La Bendita Imagen de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos es visitada y venerada por miles de fieles en su hermoso santuario de San Juan de los Lagos, Jalisco. Desde estas tierras, muchos laguneros han organizado peregrinaciones para visitar a Nuestra Señora, siendo cientos de familias peregrinas de nuestra Diócesis las que acuden a invocar la intercesión de la Virgen de San Juan.

La tradición nos dice que cuando los misioneros fundaron el pueblo de san Juan Bautista, que ahora forma la ciudad de San Juan de los Lagos, construyeron una ermita muy humilde que tenía paredes de adobe y techo de zacate; en ella dejaron expuesta a la veneración esta pequeña y hermosa Imagen que más tarde fue conocida por muchos.

A principios del s. XVI, la Imagen estaba notablemente deteriorada, por eso se abandonó en la sacristía; pero una nativa, llamada Ana Lucía, que le profesaba un gran amor, la volvió a exponer al culto público, porque así se lo pidió la misma María Santísima, según asegura la tradición y los acontecimientos que tuvieron lugar posteriormente.

En 1623, la hija de un maromero que iba a Guadalajara, se detuvo en San Juan Bautista para dar unas funciones; al practicar sus ejercicios, la niña cayó y murió. Cuando se preparaban para darle sepultura, se presentó ante ella Ana Lucía, llevando consigo la Bendita Imagen de María Santísima y les exhortó a poner la Imagen sobre el cadáver, prometiéndoles que la niña volvería a la vida; así lo hicieron e inmediatamente la pequeña volvió a la vida. El maromero, en agradecimiento, pidió mandar retocar la imagen a Guadalajara y después la devolvió a su ermita. La noticia de este acontecimiento se difundió muy pronto por todas partes, lo cual fue motivo para que desde entonces comenzara el pueblo a ser visitado por muchísimas personas, atraídas por el deseo de conocer y venerar la Bendita Imagen.

Con el mismo amor de Madre que ella nos recibe en su santuario, hoy, como hijos devotos de ella, le ofrecemos el corazón de cada uno de nosotros como su casa y le agradecemos que en estos días esté caminando por las calles y por los caminos de nuestros pueblos de la comarca lagunera, que forman la Diócesis de Torreón.

En esta solemne y gozosa Eucaristía, estamos delante de esta Bendita Imagen de nuestra Señora, para implorar, por su intercesión, la vida en abundancia que nos ha prometido Jesús, el Hijo de Dios vivo. Nos preguntamos, a la luz del Evangelio: ¿Qué significa esta visita para nuestra Diócesis?; ¿Cómo aprovechar este encuentro para crecer en nuestra fidelidad a la Palabra del Señor?; ¿Qué compromisos podemos adquirir con los más pobres?; ¿Cómo hacer de esta fiesta popular un profundo encuentro con Jesús vivo, para ser sus discípulos y misioneros?

Las actitudes de María, nos pueden ayudar a dar una respuesta de fe, para vivir de acuerdo al Evangelio.

María, discípula del Señor. María es el espejo para las discípulas y los discípulos de Jesús, es el primer medio para conformar cada vez más la propia vida a su persona y a su mensaje. María que ha vivido con fe inquebrantable cuanto Jesús dijo y vivió nos precede y acompaña.

María en escucha de la Palabra. María es fiel a la Palabra y al abandono confiado en Dios. Ella decía junto con el salmista: “Amo tu voluntad, Dios mío, llevo tu ley en mi interior” (Sal 40,9). Además, seguramente repetía muy desde el fondo de su corazón el credo israelita: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón las palabras que hoy te digo” (Dt. 6,4-5).

Vemos en María cómo Dios hace grandes prodigios cuando encuentra la disposición generosa de aceptar su voluntad. La Encarnación del Verbo de Dios y la redención del hombre están estrechamente relacionadas con la Anunciación, cuando Dios le reveló a María su proyecto y encontró en ella un corazón totalmente disponible a la acción de su amor.

María, mensajera de buenas noticias. El amor de Dios es activo, no puede permanecer quieto. María, la “llena de gracia” (Lc 1,28) acude hacia la casa de Isabel y va feliz por haber confiado en Dios. Busca caminos para llevar la buena noticia de que ha sido objeto.

María se puso en camino con prontitud, sin demora, con presteza, de prisa; lleva la presencia viva de Dios.

Isabel intuye el misterio de Dios y le dirige a María la mayor de las alabanzas: “¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”. María por su parte, sin retener la alegría por llevar a Dios en sus entrañas, exclama la bella oración poética que conocemos popularmente como Magnificat.

María proclama no sólo lo que Dios ha hecho en su vida, sino que alza su voz para cantar la acción de Dios en la humanidad. Se descubre inmersa en la historia de pobreza y sufrimiento de los hombres y de las mujeres, descubriendo, al mismo tiempo, la fuerza creadora de Dios que viene en busca de lo que se ha perdido.

María, mujer atenta y servicial. María es mujer que vive inmersa en las realidades de su pueblo porque la Palabra de Dios es familiar en ella, estaba penetrada de esa Palabra, por eso irradiaba amor y bondad. Además ella se compadece de nuestras debilidades porque ha vivido su propia historia en nuestro camino, todo lo ha experimentado, excepto el pecado. Su presencia irradia todos los momentos por su solicitud y entrega. Sabe vivir la alegría de no hacer su propia voluntad y de dar a Dios lo más precioso de ella, con una entrega cada vez más profunda. Es la Madre que sabe estar atenta a las necesidades en una relación de confianza con los demás y entregándose a ellos.

María, en el dolor y en el gozo. Desde la profecía de Simeón: “Una espada atravesará tu corazón” (Lc 2,35), María aprendió a seguir a Jesús. Ella “avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz”. Supo mantener hasta el final el sí entregado en la Encarnación, despojándose de aquello que podía haberle dado un reconocimiento como madre de Jesús; se mantuvo en el silencio y la humildad, y dejó que el Hijo fuera totalmente libre para su misión.

María al pie de la cruz ha experimentado el más profundo dolor; no obstante ella se mantuvo en pie, haciendo suya la oración del israelita: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3,26). Y allí junto a la cruz comienzan a brotar las señales de la nueva misión de María al entregarla Jesús como madre al discípulo. Ahora es la madre de todos los discípulos y discípulas de su Hijo. Surge de esta manera la nueva maternidad en la misión de ser madre de todos los creyentes.

Hermanas y hermanos todos, dejémonos cautivar por el testimonio alegre y fiel de María Santísima. Sigamos celebrando nuestro Jubileo, anunciando el Evangelio con renovado entusiasmo, sabiendo que siempre nos acompaña la primera evangelizadora, discípula y misionera: María, la madre del verdadero Dios por quien se vive.

Concluyo con esta plegaria dirigida a María, la primera seguidora de Jesús, pidiendo a Dios que nos siga protegiendo con su Espíritu y que Nuestra Señora de San Juan de los Lagos nos regale la experiencia de ser discípulos amados.

 

Seguir a Jesús como tú, María, es revestirse de Él,
ir adquiriendo cada vez más un asombroso parecido a Él.
En el admirable itinerario de tu fe, nos enseñaste cómo esperar,
cómo perseverar, aún en medio de la incomprensión; cómo avanzar, aún en la noche.

Sí, María, inicio y madre de nuestra fe, fundadora de nuestra comunidad de creyentes.
Tú nos enseñas cómo hacer de Jesús el amor y la pasión dominante de nuestras vidas.
Tú misma nos configuras con Él.

María del seguimiento, mira a la Iglesia de Torreón y sus comunidades.
De ella fuiste fundadora.
Intercede por ella para que sea más fiel en el seguimiento de Jesús;
para que pierda los temores que la paralizan.
María del seguimiento, ¡ayúdanos a ponernos en marcha de nuevo!

Queremos seguir a Jesús hasta el final.
Queremos estar contigo, siguiéndolo hasta la cruz, junto a la cruz, y junto a ti,
como discípulos amados de Jesús.
Queremos contigo, allí, junto a la cruz, recibir la herencia: El Espíritu.

Queremos tenerte siempre, siempre en nuestras casas,
así no dejaremos nunca de seguir a Jesús;
así nos será imposible dejar de creer
y seremos bienaventurados, felices.

Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, ruega por nosotros.

 

“CELEBREMOS EL JUBILEO ANUNCIANDO EL EVANGELIO”

 

+ José Guadalupe Galván Galindo
OBISPO DE TORREÓN

 

Comisión Diocesana de comunicación,
Torreón Coahuila


 

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