Mazatlán, Sin., 28 de noviembre de 2007

 

MENSAJE DE LOS OBISPOS
DE LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE DURANGO

Durango – Mazatlán – Torreón – El Salto

Al finalizar la Quinta Reunión de la Provincia Eclesiástica de Durango efectuada en el Puerto de Mazatlán, Sin., el Arzobispo y los Obispos de las Diócesis que la integran, con gran alegría y profunda esperanza dirigimos un saludo cordial y fraterno a los presbíteros, religiosos, religiosas y fieles laicos de las comunidades eclesiales a las que hemos sido llamados a servir en el ejercicio del Ministerio Episcopal.

Acompañados de presbíteros y religiosas de nuestras Diócesis, asumimos el impulso renovador que la reciente V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe ha venido a ofrecer a la Iglesia, al exhortarnos a ser “DISCÍPULOS Y MISIONEROS DE JESUCRISTO PARA QUE NUESTROS PUEBLO EN ÉL TENGAN VIDA”. Proclamamos una vez más la riqueza de la existencia de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, que posee una altísima dignidad que nadie puede pisotear y que, por el contrario, debemos respetar y promover. (cfr. Documento de Aparecida 464)

Conscientes de la vocación a la Vida a la que el Creador amoroso ha llamado a cada persona, afirmamos que todo lo que se opone a ella, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de menores de edad, así como las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia, y son totalmente contrarios al honor debido al Creador. (cfr. Gaudium et Spes 27)

De entre todos estos hechos, la dolorosa realidad del aborto reclama de nosotros una palabra de pastores. Todos los que formamos la Iglesia pugnamos e imploramos de Dios su ayuda para implantar en nuestro mundo la cultura de la vida, porque:

• Ella es un don de Dios que a nosotros nos corresponde acoger, promover y defender.

• Comienza con la fecundación del óvulo por el espermatozoide y termina cuando los órganos vitales dejan de funcionar; cuando el cerebro es incapaz de fungir como coordinador de las funciones vitales.

• Desde su inicio hasta su fin natural, la vida humana debe protegerse y tutelarse por todos los medios posibles.

• El primer imperativo ético del hombre para consigo mismo y para con los demás es el respeto de la vida; toda sociedad civilizada se construye sobre esta base.

• El mayor bien es la vida, porque es el fundamento de cualquier otro bien que pueda tenerse o buscarse. Si no se posee eso ¿puede tener razón de ser cualquier otro bien?

• A los ojos de Dios como a los ojos de la genética, un embrión, un feto, es un ser humano completo. Lo único que le falta es desarrollo, crecimiento, y desde luego, comenzar el proceso externo de la vida.

Por lo tanto, podemos concluir que practicar un aborto es quitarle la vida a un ser humano, es un asesinato.

Para la Iglesia, optar por la vida implica entre otras cosas, promover iniciativas de apoyo a quien se encuentre en situaciones complejas ante problemas que pongan en la balanza la vida, así como lanzar cualquier otra iniciativa que promueva la cultura de la vida.

Desde nuestra experiencia de discípulos y desde nuestra misión de pastores, creemos que el Señor Dios ha confiado la existencia de los seres humanos bajo su cuidado responsable, para que la custodie con sabiduría y la administre con fidelidad al proyecto del Padre creador. Por eso, enfatizando que esta es un regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción y hasta la muerte natural, exhortamos a quienes caminan siguiendo los pasos del Buen Pastor a orar y a comprometerse a defender la vida y trabajar con firmeza y convicción para que todo ser humano que habita en nuestra sociedad, tenga acceso, no sólo a una mejor calidad de vida, sino a la Vida plena propia de los hijos de Dios a la que todas las personas tienen derecho, con condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de todo tipo de violencia, suprimiendo todas las desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes.

Que la Santísima Virgen María, la Señora de la Esperanza que en su vientre llevó al Señor de la Vida, Jesucristo el Señor, Camino, Verdad y Vida nos acompañe en la tarea de construir el Reinado de la Vida y de la Gracia.

Con nuestra bendición:

+ Mons. Héctor González Martínez
Arzobispo de Durango

+ Mons. Mario Espinosa Contreras
Obispo de Mazatlán

+ Mons. José Gpe. Galván Galindo
Obispo de Torreón

+ Mons. Ruy Rendón Leal
Obispo de El Salto

+ Juan de Dios Caballero Reyes
Obispo Auxiliar de Durango

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