Morelia, Mich. 20 de abril de 2008

 

Palabra del Obispo:
San Agustín: la Iglesia, eucarística

San Agustín nació en el norte de África el año 354. Hijo de Patricio, un pagano romano, y de Mónica, mujer profundamente cristiana. Fue un hombre inquieto que buscó en diferentes escuelas la respuesta a profundas interrogantes. Maestro oficial en Roma y en Milán, tuvo la oportunidad de escuchar la predicación de San Ambrosio. A los 33 años recibió de él el Bautismo en la noche de Pascua del año 387. Regresó a su tierra y se estableció en Hipona donde quería vivir en paz. Propuesto por el pueblo, fue ordenado Presbítero y después Obispo. Murió durante el asedio de los vándalos a su Diócesis el 28 de agosto del año 430. Modelo de Pastor, dejó una cantidad impresionante de escritos. Su doctrina eucarística ha tenido gran influencia a través de los siglos.

Sigue muy de cerca el pensamiento de San Ambrosio, el cual expone con toda claridad lo que llamamos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. “Lo que ustedes están viendo sobre el altar es pan y vino. Pero cuando llega la Palabra, este pan y este vino se hacen Cuerpo y Sangre del Verbo. Quita la Palabra y hay pan y vino, añade la Palabra y ya es otra cosa. ¿Qué otra cosa? El Cuerpo y Sangre de Cristo... añade la Palabra y se realiza el Sacramento”.

Este realismo lo lleva a identificar aquello que está contenido en el Sacramento con el mismo Cuerpo que nació de la Virgen, que padeció por nosotros en la Cruz y que se ofreció al Padre como víctima propiciatoria.

Insiste San Agustín en la dimensión eclesial de la Eucaristía que tiene como fin construir el Cuerpo de Cristo en la comunidad de los fieles. “Lo que se ve tiene apariencia corporal, lo que se entiende produce un fruto espiritual. Si quieres entender lo que es el Cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol cuando dice a los fieles: ustedes son el Cuerpo de Cristo y miembros suyos. Luego, si ustedes son el Cuerpo de Cristo y sus miembros, su propio misterio está colocado sobre la mesa del Señor. Reciban su propio misterio. A eso que ustedes son respondan Amén y al responder lo firman. Sé miembro del Cuerpo de Cristo para que tu Amén sea verdadero”.

Para resaltar el aspecto sacrificial de la Eucaristía, San Agustín con frecuencia recurre a los sacrificios del Antiguo Testamento a los que considera siempre como signo y preparación del único Sacrificio verdadero. Y explica de manera muy clara este tema al escribir: “Cuatro elementos forman todo sacrificio: a quién se ofrece, quién lo ofrece, qué se ofrece y por quién se ofrece. Este mismo, único y verdadero mediador, por medio del sacrificio pacífico al reconciliarnos con Dios, seguía siendo uno con Aquel a quien se lo ofrecía, se hizo uno con aquel por quien lo ofrecía y era él mismo el que lo ofrecía y lo que ofrecía”.

Al comentar el Padrenuestro, San Agustín nunca separa los tres alimentos o panes que son necesarios al hombre en este mundo: el pan material, sustento del cuerpo; el pan de la verdad que recibimos en la Palabra de Dios, y el Pan Eucarístico que es el más excelente. Hace ver cómo Cristo alimentó a la muchedumbre hambrienta con el pan multiplicado en el desierto, sació su espíritu con la fe en su Palabra y con su Cuerpo en el Sacramento.

Se refiere a la práctica común de orar por los difuntos: “Es valioso el testimonio de la Iglesia universal, cuya autoridad reluce en esta costumbre según la cual en las oraciones que el Sacerdote dirige a Dios ante su altar, también tiene lugar la memoria de los muertos”. Y al narrar la muerte de su madre Mónica, dice: “Sólo quiso que hiciéramos memoria de ella ante tu altar en el cual se ofrece la Víctima Santa”.


+ Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia


 

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