León, 28 de abril del 2008

 


El viaje del Papa a los Estados Unidos:

Un mensaje más allá de las Palabras

A través de diferentes medios pudimos seguir el viaje del Papa Benedicto XVI a los Estados Unidos de América, del 15 al 21 de Abril. Sus mensajes, llenos de profunda sabiduría evangélica, requieren ser meditados con detención para descubrir el significado de las palabras que dice al mundo este erudito excepcional, pero sobre todo, este creyente que dialoga con humildad y argumentación, ofreciendo sus convicciones a una sociedad opulenta y a los representantes de los más variados países del mundo.

Debemos ir más allá de las imágenes que captamos a través de la televisión; debemos trascender el significado de esta visita.

Sin pretender asumir una actitud triunfalista, creo que la alegría explosiva de los jóvenes, el recogimiento orante de la multitud en las celebraciones litúrgicas y la actitud expectante de los representantes de las naciones en el salón de plenos en la O. N. U. nos llevan a descubrir el significado más importante de esta Visita Papal.

Es indudable que hay un debilitamiento de la Iglesia Católica en los Estados Unidos y en otras partes del mundo, que se manifiesta en el descenso de la práctica religiosa, en el envejecimiento y disminución de los sacerdotes y en la actitud pragmática con que se resuelven muchas de las grandes cuestiones que sólo tienen respuestas valederas haciendo referencia a los valores éticos. Pero los signos que nos ofreció esta Visita nos permiten descubrir realidades que frecuentemente no percibimos; incluso nosotros los católicos, pareciera que estamos incapacitados para ver el panorama en su conjunto: vemos lo que va desapareciendo y lo lamentamos, pero no vemos lo que está surgiendo, las nuevas formas de buscar en la religión respuestas a preguntas inquietantes.

¿Qué es lo que buscaba la multitud de jóvenes reunida en torno al Papa? ¿Qué hizo llenar en su totalidad el pleno del salón de la O. N. U.? ¿Acaso la pura curiosidad? Sería impensable, tratándose de personas habituadas al encuentro con los personajes más importantes del mundo.

Si dejamos de lado respuestas motivadas sólo por prejuicios o por el afán de descalificar al Papa, tenemos que aceptar un hecho: hay un deseo espiritual de renovación interior en muchos jóvenes, que coexiste con manifestaciones de indiferencia religiosa. Hay una sensación de pérdida de la brújula que oriente el sentido de la historia y hay un afán por escuchar voces autorizadas que marquen direcciones creíbles y confiables, tan necesarias para quienes toman las decisiones que repercuten en el orden mundial. La actitud expectante de los representantes ante la O. N. U. parecía estar diciendo que no tienen muchas oportunidades de detenerse para valorar el significado y la importancia de sus responsabilidades, pero que las necesitan y anhelan escuchar palabras confiables e iluminadoras.

El Papa se presentó en los diferentes encuentros consciente de los desafíos de la cultura actual; nunca se mostró arrogante ni impositivo, pero tampoco tímido e inseguro. Su actitud y sus palabras reflejan su convicción de que es posible alcanzar la colaboración entre hombres y mujeres de diferentes religiones y culturas, partiendo del respeto a los derechos de la persona humana, para dar una respuesta esperanzadora a los desafíos a los que hoy nos enfrentamos todos. Es una actitud típicamente cristiana que tiene sus orígenes en el Evangelio, cuando Jesús invitó a sus discípulos a ser “sal de la tierra y luz del mundo”. La sal da sabor al alimento y la luz nos sirve para iluminar lo que es oscuro.

Me parece especialmente importante el encuentro del Papa con los jóvenes. Eran muchachos que reciben todos los días mensajes que buscan convencerlos de que el cristianismo pertenece a un pasado anacrónico; que forma parte de la historia de la cultura, pero que no tiene nada que aportar a la cultura de la modernidad o de la postmodernidad. Sin embargo, quienes estaban reunidos para escuchar al Papa, y otros muchos que los seguían a través de los medios electrónicos, llevaban consigo preguntas sobre la vida y la muerte: ¿Por qué vivir? ¿por qué no quitarse la vida? ¿en dónde encontrar las bases que permitan seguir conservando la esperanza? ¿en quién poner la confianza para resistir en los momentos de dificultades?

La manera de proceder del Papa es una enseñanza que nos indica el comportamiento que nos corresponde a todos los católicos: si queremos ser luz del mundo y sal de la tierra, debemos tener presencia frente a quienes preguntan, pero también frente a quienes no se atreven a hacer preguntas; debemos tener el ardor y la intrepidez de ofrecer nuestras convicciones de manera positiva, no defensiva ni agresiva. El Papa nos enseña a ser valientes, a no mirar con derrotismo la indiferencia religiosa actual; a no ser escépticos frente a lo que caracteriza a nuestra sociedad; que debemos manifestarnos claramente como creyentes frente a todos y estar al servicio de todos. Como decía un autor antiguo: “Los cristianos son como el alma del mundo…. Son los que sostienen al mundo, porque no tienen miedo de estar presentes en él y de estarlo como cristianos” (Carta a Diogneto).

 

+ José G. Martín Rábago
Arzobispo de León

 

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