Celaya, Guanajuato, 9 de abril de 2008


LA IGLESIA PERSEGUIDA

Algunos acontecimientos recientes en México nos dan pie para recordar que la vida de la Iglesia de Jesucristo estaría acompañada de incomprensiones, rechazos e, incluso, persecuciones a sus pastores y miembros. La Iglesia a lo largo de la historia y cumpliendo con su misión de anunciar con integridad el evangelio de su Fundador, ha resultado incómoda porque propone estilos de vida contrarios a los valores del mundo y porque denuncia con valentía acciones y actitudes que contradicen el proyecto salvador de Dios que implica la implantación de la verdad y la justicia para con los que carecen de todo. Testimoniar con la vida propia a Jesucristo y su evangelio siempre ha corrido grandes riesgos que, en ocasiones, ha sido la causa de condenas a muerte totalmente injustificadas.

En este contexto, debemos leer el texto evangélico de San Mateo que en el capítulo diez de su libro presenta a Jesús hablando a sus discípulos sobre la experiencia que les espera de ser perseguidos por el solo hecho de pertenecer a El. Ese será el único delito que se les imputará y por el que serán acusados ante las autoridades. Quienes son estudiosos de la Escritura nos dicen que este párrafo refiere, por una lado las palabras de Jesús y, por otro la situación de los primeros seguidores. Cuando el autor sagrado redacta su escrito era testigo de cómo eran maltratados los primeros cristianos y así verificaba la verdad de lo anunciado por su Maestro.

Hay frases que conviene recordar del texto porque resultan interesantes y ayudan a comprender lo que ha sucedido y sigue sucediendo en la Iglesia. Jesús dice, entre otras cosas, que sus discípulos serán llevados ante autoridades y reyes para que den testimonio ante ellos y los paganos. También anuncia que incluso en la familia habrá traiciones por confesarlo; más aún, que todos serán odiados por su causa pero el que persevere hasta el final, ése se salvará. La persecución servirá en todo momento para dar testimonio de la fidelidad a Jesucristo y su evangelio.

Lo dicho antes nos lleva a contemplar a Jesucristo perseguido, incomprendido, azotado, crucificado y muerto por su extrema fidelidad a su Padre Dios. La Escritura recuerda a Jesús como aquel que pasa la vida haciendo el bien y, no obstante, termina su existencia humana en la cruz ajusticiado como cualquier delincuente común. El mismo Pilatos se vio obligado a reconocer su inocencia pero, según el testimonio de los mismos evangelios, fueron los sacerdotes y los ancianos quienes influyeron en el ánimo del pueblo que presionó, a su vez, a Pilatos y éste tomó la decisión de entregarlo para ser crucificado. ¿Y qué delitos se le imputaban? Ninguno, todo se reducía a chismes, rumores y calumnias; ninguna de las acusaciones vertidas contra El tenían el sustento de la verdad. Al asesinarlo, se cometió la mayor injusticia contra un inocente.

Es evidente que hablamos de unos hechos que ya estaban anunciados con anticipación; fue precisamente lo que Jesús hizo comprender a los discípulos de Emaús que vivían confundidos a causa de la muerte violenta de quien esperaban que fuera el libertador de Israel. A sus dudas Jesús responde que los profetas habían anunciado que era necesario que el Mesías sufriera para entrar en su gloria. A ella debía de llegar pasando por la cruz. Sus palabras nos iluminan el contexto para comprender el verdadero significado de su pasión y muerte. Se reconoce que hubo autores materiales que se fueron contra Jesús responsables de su muerte cruenta y es evidente que todo fue fruto de una confabulación movida por el deseo de vengarse de aquel que había cuestionado el culto falso y la hipocresía de quienes se hacían llamar buenos y justos. No es posible olvidar a los que asesinaron a Jesús pero también es deber nuestro reconocer a los ojos de la fe que detrás de los hechos se escondía un plan establecido por Dios desde antiguo; ese era el camino a recorrer para Jesús poder obrar la salvación de los hombres.

A partir de lo sucedido con Jesús, podemos constatar como a lo largo de la historia no le ha faltado a Iglesia, jerarquía y laicos, la incomprensión y, en ocasiones, provocada por el odio a su Fundador y a sus seguidores. Así lo reconoce el Concilio Vaticano Segundo cuando, al abordar el tema del martirio, afirma que no obstante que éste es un don concedido a pocos, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

Me parece que lo dicho ayuda a entender lo que sucede en el mundo y, concretamente en México, en contra de la Iglesia. No quiero referirme al pasado ni a los casos en donde las acusaciones son justificadas como, por ejemplo, con los sacerdotes pederastas que tanto daño han causado a la misma Iglesia. Son situaciones que han hecho sufrir a toda la comunidad católica.

Me estoy refiriendo a la situación actual en la que la Iglesia sin causas razonables es agredida por personas que tienen acceso a algunos los medios de comunicación desde donde los ataques a sus pastores son permanentes. Se dice que los obispos y sacerdotes queremos adueñarnos del poder político y económico, que el defender la vida contra todo atentado es un intento por dominar las conciencias y volver hacia tiempos pasados de la cultura de cristiandad ya superada, que los pastores se cobijan bajo leyes que les permiten acumular cuantiosas riquezas evadiendo el fisco, sin tomar en cuenta las obras de caridad que favorecen a los más marginados y que están en manos de personas consagradas que contemplan en cada pobre el rostro de Jesús. Como si fuera poco, recientemente se han manipulado declaraciones del Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana para, sin razón alguna, propagar como si fuera verdad el que la Iglesia protege a las narcotraficantes y se beneficia de ellos, algo absolutamente falso y que no es posible probar con hechos ¡Hasta dónde llega el odio contra ella!

Pero que esto no nos sorprenda, es el camino que recorrió su Fundador y la Iglesia no puede ser más que El. Lejos de debilitar nuestra fe, los acontecimientos actuales son la oportunidad para redoblar nuestro amor y fidelidad a la que, por voluntad de Dios, es el sacramento de la salvación, la Iglesia.

+Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

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