Lago de Guadalupe, Cuatitlán Izcalli, Méx., 3 de abril de 2008

 

Asamblea de la Conferencia del Episcopado Mexicano

Mi mensaje de esta semana va dirigido desde la ciudad de México, pues me encuentro en la Asamblea que acostumbramos tener los Obispos del País en la segunda semana de Pascua. Es una oportunidad valiosa y hermosa de encuentro entre los Obispos. Se asemeja al encuentro de una familia numerosa, con la alegría de saludarnos, de comentar vivencias que vamos teniendo, de alegrías y una que otra tribulación. Va creciendo el número de los Obispos. En esta ocasión nos hemos reunido 118. No deja de haber la noticia de alguno que no asiste por enfermedad o algún contratiempo grave, o de alguien que ha fallecido o a quien se le ha aceptado la solicitud de renuncia y se convierte en “emérito” (sinónimo de “jubilado”); pero también con frecuencia hay nuevos Obispos. Yo tengo 10 años como Obispo, me siento entre los Obispos jóvenes, pero parece que ya no lo soy mucho, pues posterior a mí ha habido unos 70 Obispos.

La preparación de la Asamblea se va haciendo con bastante anticipación. El desarrollo de la misma es intenso: con tiempos de oración, de reflexión y diálogo, además del convivencia normal que se puede ir teniendo a lo largo de la semana. La atmósfera de relación es muy positiva. Me renueva el poder alimentarme de la espiritualidad, la sensibilidad y la sabiduría de otros.

Como fue en la pasada Asamblea y lo será en las dos siguientes, estamos aplicando el Acontecimiento y Documento de Aparecida: en esta ocasión para crecer nosotros y todos los bautizados en México en nuestra identidad de discípulos y misioneros de Jesucristo, de modo que la Nueva Evangelización responda a los desafíos e interpelaciones del país. Estamos dando una mirada hacia nuestro interior, para renovar nuestra misión de pastores; también una mirada hacia nuestro pueblo, para que desde Cristo y con Cristo podamos transformar nuestra realidad, en la que nos agobian tanto los aspectos negativos, que muchas veces dejamos de ver los positivos que también existen. Ha salido con frecuencia la necesidad de la conversión personal y pastoral, el pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera.

Yo diría que llegamos a la Asamblea con ilusión y esperanza, a la vez que salimos cansados pero motivados, con nuevas luces y encomiendas para aplicar en nuestras Diócesis y Provincias. Vale la pena seguirnos reuniendo para caminar juntos en el seguimiento y anuncio de Cristo Jesús.

Sabemos que mucha gente ora por nosotros y la Asamblea; tenga usted la seguridad que oramos también por nuestro pueblo, por usted y su familia, con sus alegrías y tristezas, con sus dolencias y esperanzas.


+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán

 

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