Guachochi, Chih. 5 de abril de 2008

 

“DAR GUSTO AL PADRE”
Para un retiro espiritual
(Primera parte)


1. INTRODUCCIÓN

El objetivo de este retiro consiste en descubrir la motivación profunda de lo que hacemos, es decir, en ir a la intención principal. La razón consiste en que hacemos tantas cosas justas y buenas, pero no siempre de la manera justa. No basta, a mi ver, hacer las cosas bien hechas, sino hacerlas con recta intención. En el fondo del vivir religioso ha de estar como fondo la intención de agradar a Dios. De ahí el título.

Esto es lo que hace que nuestro caminar diario se convierta en un culto agradable. Es la intención lo que ha de iluminar, desde dentro, todas mis acciones, y lo que ha de unificar mi existir. La intención es justa y la motivación es recta, en la medida en que todo lo hago para darle gusto al Padre.

Este es un valor muy importante que muchas veces descuidamos. Valor que nos hace ser auténticos. Es, además, una invitación al examen diario para ver si, en el fondo, esa es la intención que nos mueve; una invitación a la rectitud y a la humildad. Tal vez nos falta mucho para que nuestro existir sea luminoso, puro, transparente, es decir, revestido de este grande valor: “darle gusto al Padre, y sólo a Él”.

De esta forma, cada que termina el día, me pregunto: “¿Fueron mis acciones de hoy agradables al Padre? Si no fue así, aunque me haya esforzado por trabajar mucho y haya hecho cosas importantes, faltaría la profundidad de la recta intención.

2. ¿QUÉ SIGNIFICA DAR GUSTO AL PADRE?

Esta frase tan simple – las frases más simples son las más profundas y las que más olvidamos – significa hacer todo, de modo que el Señor, mirándome caminar, hablar, vivir y obrar bajo su mirada, esté contento de mí. Así de simple. Significa darle la oportunidad a Dios de decirse a Sí mismo, con alegría: “este es mi hijo que vive como a mí me gusta, pues me sirve de manera justa y está delante de mí como me agrada”.

¿ Habrá algo más grande que esto? Claro que no. Poder sentir que el Señor me dice: “muy bien, siervo mío bueno”. ¿Qué mejor recompensa que la de saber que el Padre está contento? No hay valor más grande que este. Es aquí donde mi relación con Dios se reviste de perfección en el amor.

Esto es un vivir “Diosmente”, es decir, un vivir a la manera de Dios. Que donde quiera que vaya, y todo lo que haga, lo haga dejando ver que ahí está un hijo del Padre. Que todos puedan oler el olor del Padre.

3. ¿NO SERÁ ESTO UNA PRETENSIÓN ORGULLOSA?

Pero, ¿quién soy yo, tan pequeño y pecador, para dar gusto a Aquél que es Santo y Adorable; a Aquél que todo lo tiene y que no tiene necesidad de nadie; a Aquél que, en su vida trinitaria, lo tiene todo para ser Feliz? ¿Cómo puedo agradarle yo tan limitado?

La respuesta es también simple. Cuando Dios mira, se inclina y desciende. Con razón la Santísima Virgen dijo: “ha mirado la bajeza de su esclava” (Lc 1, 48). De hecho, la manera típica como Dios ama es inclinándose sobre el débil para levantarlo. Dios se inclina, se baja, está agachado hacia el hombre.

Dios se complace en mí porque en mí contempla algo de su propia perfección. Le soy agradable en la medida en que Él se inclina sobre mí y ve, con su ojo penetrante, algo de Sí: su bondad participada, su belleza y riqueza donada; una expresión viva de su amor. Nada, de hecho, agrada a Dios que no sea un reflejo de Su belleza, bondad y amor.

Cuando Dios cumplió la obra de la Creación, la Biblia dice: “Dios vio que era muy bueno” (Gen 1, 31), es decir, que todo reflejaba a Su mirada, algo de la bondad misma del Creador. Él se complació de su obra.

Ahora estoy aquí yo, en mi pequeñez, tan pobre pero envuelto en esa finalidad global: para Su gloria. Todas las criaturas cantan la gloria de Dios, pero yo la canto de manera distinta de una montaña, de una estrella, de un océano o de una flor. Esto, porque yo soy persona, y mi relación es de persona a persona.

Toda la creación canta la gloria de Dios, pero lo canta sin saberlo, y Dios oye ese canto. Pero cuando yo tomo consciencia de esa verdad, entonces canto la gloria de Dios conscientemente. Ahora, pues, todo lo que tengo y lo que soy, lo hago para que Dios se goce en mí. Esto significa tener la intención de tenerlo contento. Esto es motivo, decíamos, de examen diario de conciencia.

4. ¿CÓMO SUCEDE ESTO?

Aquí necesitamos partir de verdades fundamentales. Cristo es el Hijo eterno, enviado al mundo para reflejar toda la bondad, la riqueza, la belleza y la santidad de Dios mismo. Él es la Imagen viva de Dios. Es Imagen viva de Dios, no sólo para nosotros sino a los ojos de Dios mismo. Es, en Cristo, donde Dios tiene todas sus complacencias.

Con razón Jesús decía: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). El Padre, viendo a Jesús, se ve a Sí mismo, y se ve a Sí mismo con infinita complacencia. El Padre se complace eternamente en su Hijo. Esta es la alegría de la vida trinitaria. Se complace de su Hijo que se ha vuelto para nosotros: bondad y belleza nuestra. Cristo es el rostro de Dios estampado en nosotros mediante su Espíritu derramado en nuestros corazones.

Por lo tanto, agradar a Dios significa proyectar a Su mirada la imagen Suya que es Cristo. En la medida que esta Imagen estampada en mí, que es mi identidad en la gracia, que es mi dignidad; en la medida en que se vuelve más luminosa y transparente, y menos ofuscada del mal, Dios se complace en mí, y me acoge como esplendor de su gloria.

5. LA ASPIRACIÓN DE JESÚS

Toda la vida de Jesús tiene una sola aspiración: agradar a su Padre; hacer Su voluntad. Cada día, Jesús, le abre espacio a su Papá, y ese espacio es la oración. Al orar, lee lo que acontece a la luz de lo que su Padre le dice. Orando le da sentido a la realidad. Esa es su “hermenéutica” o manera de interpretar la realidad.

Dios no nos dio las cosas hechas. Él se instala, con su fuerza, en nuestro interior y nos ayuda e impulsa a actuar. Cuando le pedimos algo, Él nos dice: “Vamos a hacerlo juntos”. Por eso, como Jesús, hay que estar averiguando constantemente lo que Dios quiere.

Jesús está buscando siempre por dónde está la voluntad de su Papá. Sabe que le va a ir bien, pero no sabe por dónde. Por eso nunca se equivoca. No se puede equivocar un hijo que busca honradamente agradar a su Papi.

Tanto era su deseo de darle gusto a Dios su Padre, que ha dicho: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha mandado” (Jn 6, 38). Esta declaración, podríamos decir, es como lo que da forma a su existencia. No pretende hacer su propia voluntad (negatividad), sino la de su Padre (positividad).

6. ¿QUÉ NECESITO HACER?

Necesito empeñarme en dejarme conformar a Cristo para poder agradar siempre más al Dios que se digna ser mi Padre. Necesito abrirme a la gracia de Cristo y eliminar de mí todo lo que podría obstaculizar la mirada complacida de Dios en mí, es decir, la opacidad de las imperfecciones, la niebla de mis pecados, y todo lo que pueda ofuscar el retrato de Dios que está en mí.

Esto significa caminar lo más posible “puro y sin mancha”, es decir, luminoso y transparente. Liberándome de los vicios y pecados que hacen la imagen de Dios menos reconocible a los ojos de Dios mismo. Querer que la imagen Dios en mí (Cristo), sea una imagen siempre más nítida y, por tanto, siempre más agradable a Dios.

7. ¿CÓMO HACERLO DIARIAMENTE?

La manera de hacerlo es buscar expresar a Cristo en mí; imitarlo y seguirlo; adherirme a sus intenciones y, de esta manera, proyectar a la mirada de Dios algo de la santidad de Cristo.

Pero, ¿lo puedo hacer? Sí, lo puedo hacer y, pudiéndolo, lo necesito hacer. Lo puedo porque Cristo está en mí, y lo necesito porque Dios me hace rico de su Cristo para complacerse en mí. Lo debo hacer, además, porque así me doy cuenta de mi enorme dignidad de hijo. Esta dignidad la llevo en la pobreza de una criatura tan frágil y carente, pero esta fragilidad no me quita nada de mi ser como hijo de Papá Dios. Mi dignidad consiste en ser hijo y tener la capacidad de amar a mi Padre, participando de Su amor. Amor eterno que, por gracia, se mete en mi persona. ¡Esto es sublime!

Cuando pienso que soy tan rico de Dios, hasta poder decir: “Abbá”, como Cristo y en Cristo, me pongo a llorar de gozo. Ahora no me queda otra cosa que vivir como hijo para darle gusto a Papá Dios. ¿Hay algo más sublime que esto? Buscar vivir siempre y mejor como hijo. Así, mi palabra “Abbá”, será escuchada por el Padre y le agradará cada día más.

¿ Qué otra palabra puede ser más agradable que esta? Ninguna otra, pues ahí está todo lo que soy. Esta palabra sale a Dios y le agrada, en la medida en que viene dicha filialmente. No es sólo un sonido, sino toda la expresión de lo que soy. Es mi persona “ya hijo de Dios” la que puede crecer y madurar en esa filiación divina.

8. VALOR Y LEY FUNDAMENTAL

Cuando me doy cuenta de lo que soy, necesito estimularme para avanzar más en mi identidad de hijo, y así agradar a mi Padre. ¿Qué otra ley puede haber para un hijo? Ninguna; solo esta: vivir alegremente como hijo, es decir, dejarme mover por el Espíritu del Hijo que habita en mi corazón. Ya no necesito tantas leyes ni normas ni ejemplos. Todo sirve, pero lo que me conforta y consolida es el sentido de identidad en el misterio de Cristo.

Soy portador de una imagen en la que Dios contempla su propia santidad, y se complace en ella. Esto me motiva cada día más. La motivación es esta: “quiero caminar de manera digna de lo que soy. Quiero agradar a mi Padre, haciéndole gozar al ver a su hijo gozar”. Cuando Dios me ve hacer lo que le gusta, ve a Cristo en mí y me ve a mí en Cristo. Casi veo reír y gozar al Padre cuando vivo como su hijo.

Hay muchos valores importantes, pero este es fundamental, y debo estar atento para no perder autenticidad. Todo lo que tengo es para la gloria de Dios y todo lo que Dios me da es para que yo pueda agradarle. Agradándole soy feliz, pues la felicidad consiste en dejar que Dios imprima a Cristo en mí y en alegrarme de que Él se goce.

9. ¿HASTA CUÁNDO VIVIR ASÍ?

Este camino no tiene término, pues ¿quién puede decir que ya alcanzó esto? Nadie puede decirlo de sí mismo sin caer en el ridículo. Nadie puede decir que ya le da gusto al Padre. Hay siempre un camino para avanzar en la pureza interior, en la transparencia, en la fe siempre más iluminada, en la esperanza y, sobre todo, en el camino filial del amor. Entre más amo a Dios, más le quiero agradar. Este es un camino de amor filial que no tiene un final. Nadie puede decir: “ya basta”.

Quien camina así, seguro que morirá diciendo el Padre nuestro. ¿Hay otra oración mejor que esta? Quien vive y muere así, no muere. Muere, o mejor dicho, termina su camino por la vida con las mismas palabras de Jesús: “Abbá, Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46). ¿No es esto hermoso? En la simplicidad de tanta intención está envuelta toda la riqueza de mi ser: soy un proyecto de Dios en Cristo Jesús.

10. ¿QUÉ BENEFICIOS NOS VIENEN DE ESTO?

Con este valor nos vienen muchos beneficios. Uno de ellos es la autenticidad. Soy hijo, pero necesito serlo auténticamente. Nosotros no vemos a Dios, pero Él mira nuestro corazón.

El corazón del hombre es un misterio tan grande, que no logramos verlo, pues hay zonas que permanecen oscuras a nuestra mirada. Sólo Dios lo conoce a fondo y lo escruta con su mirada penetrante y luminosa. Dios me conoce mejor que yo mismo. Por eso, fiándome de Él, le digo: “mírame en lo íntimo, en tu misericordia; dígnate complacerte en este tu hijo”.

De esta manera me voy haciendo más auténtico. Esto empeña mi persona en el camino de la fe. Significa que, si me habitúo a vivir día a día, situación en situación, bajo la mirada de Dios, captaré que me voy transformado en su hijo. No hay mayor recompensa que esta.


+Rafael Sandoval Sandoval
Obispo de Tarahumara

 

© 2008 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO