Torreón, Coah. 19 de abril de 2008

 

Homilía en los 50 años de la Diócesis de Torreón

Hermanos y Hermanas:

Nos encontramos reunidos en torno a Jesús, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios, y puesta como la piedra angular. Nosotros somos tambien piedras vivas que han entrado en la edificación del Templo espiritual que es la Iglesia y que ha sido plantada como Templo vivo de Dios, en esta maravillosa región del Estado de Coahuila, hoy hace 50 años. (1ª de Pedro, 2, 4-9).

Para esta solemne acción de gracias por la fundación de la Diócesis de Torreón, y las bodas de oro episcopales de su primer obispo, S.E. Fernando Romo Gutiérrez, que de Dios goce, han querido prepararse con un año jubilar que inició el 19 de abril del 2007, con el objetivo de animar y fortalecer la vida pastoral de la Diócesis con una firme evangelización en todos sus sectores y bajo el lema: “celebremos el jubileo anunciando el Evangelio”. En efecto, el anuncio de Jesucristo, Evangelio del Padre, ha motivado el origen de esta Diócesis, y este anuncio es su razón de ser en el presente y para el futuro.

Agradezco de todo corazón a su obispo, S.E. Don José Guadalupe Galván Galindo, quien me ha hecho la invitación a prestar el servicio de presidir esta solemne concelebración en la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

La historia de la Iglesia de Torreón en la comarca lagunera de Coahuila se ha venido escribiendo en estos 50 años, como historia de salvación gracias al designio amoroso de Dios, para todas las gentes, que habitan esta región, gracias a la mediación de sus tres grandes pastores obispos, que Dios ha puesto, cada uno en su momento al frente de esta su grey: S.E. Mons. Fernando Romo Gutiérrez (1958-), S. E. Mons. Luis Morales Reyes (1985-1999), primero como obispo coadjutor y despuès como diocesano y S.E. Mons. José Guadalupe Galván Galindo, desde el 2000; gracias tambien a la entrega de sacerdotes diocesanos y religiosos, gracias a la vida consagrada y a numerosos fieles cristianos laicos, y a tantos hombres y mujeres de buena voluntad que, aún sin darse cuenta, han contribuido todos a dar crecimiento a esta Iglesia que nació, providencialmente con la fuerza de los vientos renovadores del Espíritiu del C. V. II.

Precisamente, el C.V. II nos ha ayudado a tomar conciencia, a pensar, sentir, ser y vivir la Iglesia de forma profundamente renovada. Lo ha propiciado haciendo resurgir una variada riqueza de lenguaje y con categorías de profundo sentido bíblico, histórico, conceptual y simbólico que no agotan la grandeza y hermosura del misterio de la Iglesia, y que sobrepasan en mucho, la pura definición de Iglesia compuesta por dos categorías de cristianos; la jerarquía y los fieles.

La Iglesia misterio.

Lo primero que nos recuerda el Concilio es que la verdadera comprensión de la Iglesia la podemos tener sólo partiendo del interior, con los ojos de la fe. Yendo màs allà de su mera estrucura organizativa; diócesis, parroquias, zonas, agrupaciones, etc.

El Concilio nos recuerda que la Iglesia nace de Dios, no de la iniciativa humana; va más allá de la institiución visible: (incluso del tema tradicional de la fundación de parte del Cristo histórico) y se enraiza en el misterio mismo de la Trinidad.

La Iglesia vive de una vida que no se da a sí misma; vive de un don que no procede de acá abajo, ni de lo alto de la jerarquía, sino del misterio, el más alto, el de la Santísima Trinidad. La Iglesia procede del amor del Eterno Padre, es fundada en el tiempo por Cristo redentor y congregada en el Espíritu Santo. En otras palabras, la vida que está eternamente en el Padre, después de comunicarse eternamente entre las tres divinas personas de la Trinidad, por gracia, es comunicada a las creaturas. Esta es la Iglesia: la participación de la misma vida divina a la multitud de los hombres. En este sentido, la Iglesia es un misterio. No como un problema planteado a nuestro conocimiento, como doctrina esotérica, enigmática, sino un designio amoroso de Dios que quiere salvarnos haciéndonos partícipes de su misma vida. Iglesia misterio en su más profundo valor espiritual.

Cómo nos ayuda en su comprensión la fuerza expresiva de las imágenes bíblicas, de los Santos Padres, y de la Liturgia, introducidas por el Concilio: la imagen de la levadura, el pequeño grano de mostaza aplicado a la pequeñez de la Iglesia, la luz que señala su misión de ser testimonio, el campo sembrado de trigo y cizaña que indica su lenta maduración. Las imágenes que privilegian lo colectivo para reforzar el llamado a la comunión o a su identidad comunitaria: el rebaño, la viña, la construcción, la familia, el templo santo, la nueva Jerusalén…

En espacio aparte está la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo, para poner de relieve que en la Iglesia todo debe transparentar que Cristo ocupa la primacía, el valor supremo y el único criterio de vida y de conducta.

Misterio e Institución.

Junto con estas enseñanzas, el Concilio nos recuerda que la Iglesia no sólo es, una realidad invisible, puramente interior y escondida en el corazón de los hombres, sino que incluye al mismo tiempo, una Institución visible: los dogmas, los sacramentos, las normas morales, los ministerios jerárquicos, el mismo Código de Derecho Canónico que tiene como fin la organización de la vida de la Iglesia, para bien de las almas.

La Institución nos hace visible la Iglesia, nos asegura su estabilidad en el tiempo y en el espacio. Favorece la indicación de los lugares concretos en donde podemos encontrar la gracia y le da al creyente la posibilidad de realizar su identidad comunitaria. Siempre en constante referencia o relación con su carácter de misterio para superar el peligro de reducirla a simple estructura burocrática, a un sin número de cosas, ideas, leyes, que tienen que ser simplemente administradas. La solución que propone el mismo Concilio a ese peligro, es asumir la Institución y ponerla al servicio del misterio de comunión. Es decir, en coherencia con su origen y naturaleza, la Iglesia Institución debe siempre cultivar dependencia y sumisión, haciéndose instrumento de acción del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Iglesia sacramento.

Por lo dicho anteriormente, el Concilio llama a la Iglesia sacramento de salvación. Con esta característica se resalta su ser misterio, pero esta vez, poniendo el acento más en su misión que en su origen. La Iglesia adornada con los dones de su fundador recibe la misión de anunciar el Reino de Dios y de instaurarlo entre los hombres.

“La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. LG 1.

En otras palabras, la Iglesia, en cuanto sacramento, no debe entenderse a sí misma, sólo como destinataria de la salvación, sino a la vez, como signo para los demás; viviendo fielmente su propia vocación se constituye en servidora y promesa para el mundo.

La Iglesia Pueblo de Dios.

Estas notas características de la Iglesia que hemos considerado (misterio, Institución, sacramento) desembocan en la doctrina conciliar en la definición de la Iglesia como Pueblo de Dios, del que forman parte el clero, los laicos, los religiosos, poniendo de manifiesto, la existencia de la Iglesia en Dios, como misterio de comunión.

“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”.Ef. 4,5.

El pueblo de Dios tiene una común dignidad en cuanto a sus miembros, en virtud de la regeneración en Cristo, es común la gracia de ser hijos, es común la gracia de la perfección, una sola la salvación, una la esperanza y la indivisible caridad. Por eso se aplica una igualdad a todos los bautizados en el triple ministerio de ser Sacerdotes, Profetas y Reyes.

Al mismo tiempo por voluntad divina, algunos son constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores, prevaleciendo, sin embargo, la igualdad en cuanto a la corresponsabilidad de edificar el Cuerpo de Cristo que es común a todos los fieles.

Queridos hermanos y hermanas.

Aún haciendo esta brevísima alusión a temas claves de la eclesiología del CV II, no podemos dejar de constatar y apreciar lo que ha influido este viento renovador del espíritu del CV II, en la edificación también de esta Iglesia de Torreón, en estos primeros 50 años. Tomando en cuenta, desde luego, el influjo de las demás enseñanzas conciliares: sobre la sagrada Liturgia, sobre la Palabra de Dios, sobre la Iglesia en el mundo actual, sobre la misión, etc.

Sólo bajo esta luz, podemos entender la vitalidad alcanzada y la consolidación del seminario diocesano de Torreón, completo en su ciclo formativo, Curso Introductorio, Filosofía y Teología, y abierto incluso al servicio de otras diócesis. Sólo así comprendemos la integración de sus 102 sacerdotes del clero diocesano y 34 sacerdotes del clero regular. Muchos originarios de la región, con gran apertura y comunicación entre ellos y con su obispo. Además el impulso a la fraternidad y colaboración entre presbíteros del clero secular y regular, con una constante participación en sus reuniones quincenales, o mensuales, y en sus once decanatos.

Sólo así se entiende el buen nivel de preparación del clero, con un significativo número de presbíteros con especialización en la teología, filosofía y otros campos del saber humano; su interés en su formación permanente en cursos de actualización, retiros espirituales, ejercicios, conferencias, convivencias, vacaciones en grupos y su participación en reuniones de provincia y en cursos a nivel nacional.

Y qué decir de la organización pastoral alcanzada con el instrumento del Plan de Pastoral 2004-2010, que señala el objetivo a alcanzar, así como los desafíos a los que debe responder y los criterios de acción que impulsan los programas pastorales a partir de las comisiones y dimensiones. Plan que involucra a cada una de sus 51 parroquias en la zona urbana y rural, con sus respectivos organismos básicos, que son el consejo de pastoral, el consejo de economía, y los diferentes equipos de servicio pastoral; catequesis, pastoral juvenil, matrimonial, de salud, caritas y vocacional, además de los equipos de liturgia, de los ministros laicos, especialmente de la comunión y de la Palabra.

Es sin duda, debido a los cauces abiertos del Concilio que Torreón cuenta ahora con una fuerza apostólica de fieles cristianos laicos, agremiados en 35 movimientos y asociaciones, conducidos por el liderazgo de los mismos laicos, con acompañameinto de los presbíteros. Se organizan y se proyectan en cada área a la que está destinado su servicio: familia, espiritualidad, liturgia, social, juventud y en caritas diocesana de Torreón.

Ahora hermanos y hermanas, al mismo tiempo que miramos el pasado con ánimo agradecido por el nuevo Pentecostés que ha significado para la Iglesia el CV II con toda su riqueza y todo el abundantísimo Magisterio, reflexión teológica y experiencias pastorales que ha suscitado, es oportuno también reconocer con humildad las sombras que por negligencia o nuestros pecados hayamos proyectado sobre esta comunidad diocesana en sus primeros 50 años. Pero por sobre todo, es oportuno mirar con esperanza el futuro, de la mano del sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI queriendo vivir el llamado que nos hace, a partir de las conclusiones de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que él convocara en Aparecida, Brasil. De acuerdo a este llamado queremos vivir nuestra más profunda identidad, la de ser discípulos y misioneros fieles de Jesucristo, queremos conocerle, queremos amarle y queremos seguirle hasta identificarnos con él, para hacer realidad el llamado que también el Concilio Vaticano nos hiciera a todos a la Santidad.

En nuestra condición de discípulos y misioneros Jesús nos hace familiares suyos, porque comparte la misma vida que viene del Padre y nos pide una unión íntima con él, obedeciendo la Palabra del Padre para producir fruto en abundancia. Como nos los dice en el Evangelio que escuchamos, que seamos santificados en la verdad, y que así como él fue enviado al mundo, así nos envía también él al mundo. El se santifica a sí mismo, para que nosotros tambien seamos santificados en la verdad. (Cfr. Jn 17, 11.17-23).

María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos ha estado muy cerca de sus hijos en esta Iglesia de Torreón, los ha acogido, ha cuidado sus personas y trabajos, cobijándolos como a Juan Diego, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. A ella le pedimos, como Madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo, y a hacer lo que él nos diga. DA 1.

+ José Francisco Robles Ortega
Cardenal Arzobispo de Monterrey

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